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EL PRESENTE

Posted on 15 May 2012

 



“Please press REC and talk … we’re recording for the Future….”

 

 

 

Hoy he abandonado a mi madre. He pedido que vinieran por ella los del asilo y ya se la han llevado. La acosté sobre su cama semidesnuda y desinfectada y de ese modo los robots la han puesto sobre una camilla para sacarla volando a través del transportador.

Los médicos dicen que vale la pena salvarla. Sí, salvarla. Ella siempre fue férrea defensora del “hablar por hablar” y los médicos dicen que esa característica es la que le ha salvado a ella y a los que mantienen esa vieja costumbre humana. Lo último que supe es que le habían injertado un procesador diminuto (del tamaño de un piercing) en los labios y así registrar todas sus palabras; las mismas palabras que contarán el devenir de la humanidad. La Historia es así desde hace siglos. La cuentan los historiadores comprados por los que siempre ganan.

Gracias a mi madre y a que la cedí a la ciencia me han asegurado algunos años más de vida y estudiarán mi caso cuando llegue la hora de decidir si puedo ser eterna o no.  A ella ahora la drogarán con algo para mantenerla viva hasta que ellos digan que ha sido suficiente y la “apagarán”  Eso sucederá el día que ya no pueda más y haya perdido las ganas naturales de vivir (si a esto se le puede llamar natural)

A mi me han negado el acceso a verla y el acceso a sus drogas para ser eterna porque no heredé la costumbre de contar por la boca lo que veo con los ojos. Digamos que esta es la primera vez que me da por escribir lo que siento ahora que sé que en el fondo he abandonado a mi madre. Yo no hablo mucho; sólo sé escuchar, aunque no muy bien.

Puede decirse que soy parte de una generación de jóvenes indiferentes que reptan por las ciudades del mundo con unos cascos puestos oyendo voces (de gente quizá ya muerta) tocando instrumentos y sintetizadores de última generación. Nosotros reptamos especialmente por el metro porque es bajo la tierra donde nos sentimos más humanos. Somos y actuamos como gusanos y recorremos las profundidades de la tierra sin tener contacto entre nosotros. Ni siquiera nos besamos. A nosotros la boca nunca nos sirvió para nada, ni siquiera para comer por eso somos todos muy delgados y blanquecinos. Nuestros dedos son alargados y casi traslúcidos pero muy hábiles con las teclitas de cualquier artilugio digital que llegue a nuestras manos. Somos como gusanos fashionistas: pálidos, alargados, tristes, caminamos lentamente, no tenemos ganas de vivir.

Mi día a día es como el de cualquier mujer bulímica. Despertamos de golpe y nos golpeamos violentamente contra el suelo en busca de nuestras gafas oscuras que nos calzamos para ver las noticias del universo. Todo en nuestras casas se graba con millones de cámaras instaladas en todas partes. Ellos tienen acceso a toda la información que descargamos en nuestros cerebros. Sin una conexión nos moriríamos, es como una droga, necesitamos información. Lo primero que hacemos antes de ver la luz artificial del sol generador es enviar el primer mensaje escrito mediante parpadeos que se transforman en “ceros” y “unos” (transformados en emoticones) al ciberespacio como si fueran mensajes en una botella.  Luego nos arrastramos al sofá-ventana para encender el primer cigarrillo viendo  desde los rascacielos el movimiento de lo que haya en el exterior. Cuando miro por la ventana sólo veo haces de luces; hace años que no veo el movimiento de algo verdaderamente. Una vez que el ser humano rompió la barrera del sonido dejamos de ver y disfrutar del movimiento de las cosas. Es muy triste. Es todo muy rápido.

Personalmente no recuerdo la última vez que cagué como un ser humano. Se me viene esta idea mientras leo los periódicos digitales y la programación de la televisión. Llevo mucho tiempo sin evacuar de manera natural mi estómago porque por dentro estoy vacía. En estos tiempos eso es lo normal. Todos nos operamos para no sentir necesidades fisiológicas y dejamos de comer para no malgastar nuestros organismos con trabajo innecesario de digestión. Yo creo que la próxima semana me operaré por enésima vez. Esta vez pediré que me sellen el ano porque ya no tiene sentido tener un agujero en el cuerpo que ni siquiera sé para qué lo quiero ya. Pediré, también, que me pongan dos tallas más de tetas y que me rebanen un poco las caderas porque son demasiado pronunciadas. Aunque después de todo no sé para qué hacerme tanto arreglo.

Hubo una época bastante divertida hace unos años atrás en que podías cambiarte las partes de tu cuerpo que no te gustaban. Yo intercambié en el banco de órganos mis dos piernas. Aunque luego intenté con un pulmón que no me funcionaba bien pero el indigente que me lo iba a dejar murió una noche que hizo mucho frío. Los intercambios de partes de tu cuerpo ahora están prohibidas porque la gente perdía el control e incluso algunos cambiaban casi completamente y luego no había modo de reconocerles lo que propiciaba el delito. La medicina plástica es un bien al que todos tenemos acceso desde siempre (desde que tengo uso de razón) A veces me pongo a pensar en que no me gustaría terminar como mi madre y que mi hijo me dejara así como la dejé yo a ella para uso de la ciencia. A veces pienso que en vez de operarme el culo y las tetas debería extirparme el útero y así no albergar ninguna posibilidad esperanza a este planeta.

Me inyecto cada domingo mi ración de vitaminas que me alcanza para toda la semana directamente a lo que me queda de flujo sanguíneo y he pensado en reemplazarme toda la sangre por algún combustible más sano y productivo que no me amenace con leucemias. Ya veré.

Luego de leer las noticias de las colonias de las lunas de Saturno me meteré en el estabilizador que pondrá cada célula de mi cuerpo en su sitio. Tengo treinta años pero quiero lucir toda mi vida como si tuviera veinte hasta que llegue a los cien. Quizá para cuando eso ocurra las leyes se hayan reblandecido y todos podamos tomarlas. Actualmente sólo las administran a los ancianos porque graban sus voces y con eso escriben la historia; a los que no hablamos no nos las administran porque no aportamos nada a la sociedad; sólo vamos de un lado a otro pensando en qué operarnos.

Escribir no está mal. Me gusta. Aunque mi idioma original no sea el español del siglo XXI sino el arameo antiguo de los tiempos de un tal Jesús. Cada vez que quiero aprender una lengua nueva me conecto al estabilizador y me descargo alguna lengua muerta. Es una de las pocas cosas que me motivan de este mundo. Tenemos toda la información (que ellos quieren) disponible a cualquier hora del día y la capacidad cerebral de inyectarnos todo ese saber en milésimas de segundo a través de espasmos eléctricos. De este mismo modo aprendí Física Cuántica y Álgebra Booleana. Quizá tanto conocimiento ya no le sirve a nadie. Tuvimos acceso a él a cambio de nuestra humanidad, y si lo pienso bien con todo ese conocimiento podríamos tener grandes carreras pero no es posible. Hubo un tiempo en que la gente se ayudaba entre sí y se enseñaban cosas unos a otros, pero ya no. Hoy el acérrimo individualismo nos ha carcomido y ahora nadie ayuda a nadie; perdimos el sentido de comunicarnos entre nosotros y la capacidad de amar lo que hacemos. Sólo queremos poseer el conocimiento para desecharlo y coger un poco más. Hambre sin fin. Todos los días siento mucho hambre.

Hoy por hoy sólo nos dedicamos a estar encerrados en casa, en nuestras cápsulas de diez metros cuadrados que son como pequeñas naves espaciales cuadradas cristalinas que se unen unas a otras formando rascacielos. El día que nos cansamos de nuestros vecinos preparamos el despegue de nuestra habitación-nave y la separamos del resto del edificio para mudarnos y acoplarnos en otra comunidad. Puede decirse que nuestras ciudades son bastante dinámicas. Antes de mover nuestros cubículos trazamos nuestro plan de mudanza y lo enviamos al sistema central que nos da la ruta y la hora estimada. Nos mudamos de noche, cuando hay menos tráfico de haces de luces.

Somos felices en el siglo XXX. No comemos, no cagamos, no sufrimos por no estar junto a alguien, no salimos de casa, nos operan lo que no nos gusta, somos bellos, no trabajamos, nos tragamos toda la mierda de internet, estamos interconectados (aunque lo que le pase al vecino no nos importa) y salimos de casa directamente al lugar donde queremos ir a través de las líneas de metro que son campos magnéticos donde la energía te eleva del suelo y te transporta de un lado a otro a través de haces de ondas que tienen un recorrido específico. Si. Somos felices. Nadie se nos acerca, somos muy felices. Sólo deseamos tener acceso a esa droga que te da la vida eterna pero no queremos pagar el precio que tiene: que graben tu voz y la reproduzcan para que así quede registrada tu lengua, tu manera de vivir, tu vida. Lo queremos todo pero no queremos dar nada. El Estado de la Unión Económica Global nos mantiene. Si, somos muy felices.

Vivo sola en mi cubículo (de qué otra forma iba a ser) desde que abandoné a mi madre aunque siempre me sentí sola desde que nací. Una máquina me amamantó.

A veces me pongo una película proyectada en una pared y me siento en el cuadro de mandos donde (con mis cascos) simulo que me pierdo en el Amazonas, que me zambullo en el mar, que pisoteo ciudades o que me escapo a través de una escotilla hacia el espacio en medio de una gran sinfonía celestial. Lo único malo es que las películas no duran más de diez minutos porque el Estado no quiere que nos influencien y que terminemos por suicidarnos al ver que existieron mundos que ahora ya no están. Las que superan los diez minutos están prohibidas. A quien sorprendan con alguna de contrabando le arrancan con su cubículo y lo meten en zonas que están por debajo del nivel del metro, en zonas donde siempre es de noche, en zonas desde donde no sales jamás. A otros los exilian en alguna luna de Saturno. Es irónico: El Estado cuida que no te suicides pero si luego te saltas alguna ley te proveen de todos los medios para que lo hagas lo antes posible.

Es curioso. Las películas del siglo XX contaban una historia, las de hoy cuentan sensaciones. El mensaje de las películas de hoy es el mismo: que no olvides que eres humano. Es todo tan contradictorio. Te sientas, te enchufas y estás diez minutos sintiendo lo que siente el protagonista de la película o cualquiera de sus personajes pasando desde miedo al placer a una velocidad abismal. Sensaciones, muchas sensaciones para que no las olvides jamás. Y luego te desconectas y te asomas a la ventana: afuera los mismos haces y las mismas vidas que ves pasar a la velocidad de la luz sin que le importes a nadie. No sabría decir si estoy viva o muerta pero eso da igual.

Estoy desnuda con mi cuerpo perfecto apoyada en los cristales con mis huesos aguantando el peso de esta mezcla de carne y silicona que el tabaco consume poco a poco y sin esperanzas de llegar alguna vez a sentir placer.

Si tan solo pudiera conseguir una película de las de antes donde sucedía algo.

Hace un momento hablaba de las lunas de Saturno. Es paradójico pero todas ellas son consideradas cárceles de reinserción social para gente que jamás saldrá de ellas. Tengo un hermano en una de sus lunas. Un hermano menor de edad. Cuando era más pequeño siempre se metía en problemas. Le daba por pensar que podía hacer su vida fuera de cualquier sistema o norma y desde temprana edad comenzó a traficar películas que distribuía entre algunos privilegiados; incluso yo vi una vez una de ellas y tuve suerte de que no registraran mi IP. ¡Era maravillosa! No recuerdo el título pero era sobre un hombre que viajaba con un amigo a una tierra lejana y se transformaba en Rey.

A mi hermano, luego de que le detuvieron, lo llevaron a una sala acristalada instalada en el medio de la ciudad con cámaras que le enfocaban y le mostraban en todas las pantallas publicitarias donde todos podían verlo incluso a muchos años luz de distancia. Así le mantuvieron encerrado durante un tiempo, completamente desnudo y a la vista de todos como un delincuente. Cuando los robots policías se cansaron de aplicar aquel software de castigo le desintegraron para volverle a integrar en una de las lunas. Una vez por año le dejan comunicarse con quien quiera. Conmigo nunca ha contactado. Sé que está bien aunque me odia porque no pude hacer nada por él. Sólo me limitaba a verle a través de los cristales y llorar. Fue la última vez que salí a la calle por mis pies y la última que sentí algo llamado a tristeza.

Yo creo que él ahora es más libre de lo que soy yo. Sé que está con más delincuentes como él, aunque a veces creo que los delincuentes que trafican con la libertad lo son más que nosotros aquí. Aun tengo escondidas las películas que no pudieron requisarle, pero algún día pondré alguna aunque intercepten mi IP y me descubran. Sé que será el único modo de volver a verle aunque para ello tenga que ser expuesta en las pantallas de toda la ciudad como un trozo de carne en esa jaula de cristal.

¡Qué despacio pasan los segundos en la ciudad! Apenas dos horas escribiendo en la pantalla y me parece un siglo luz. Lo único que me queda es mi capacidad para dormir aunque para eso deba inyectarme somníferos. Poco a poco nos han quitado todo a cambio de tranquilidad y calidad de vida.

En el año 2020 nos prometieron tranquilidad y el fin del terrorismo. A los que aceptaron aquel nuevo orden de cosas les grabaron en la piel un código de barras que les permitía comprar y atesorar cosas a la vez que identificarse. El resto fue aniquilado económicamente. En los países que se negaron a entrar en la nueva Unión Económica Global se les dio la espalda y sus habitantes murieron de hambre. Ningún país les ayudó y poco a poco las economías pobres, en vez de ayudarse mutuamente, entraron en guerras internas por el poder y acabaron siendo gobernadas por dictadores y militares ignorantes que gastaban las riquezas del país en armas nucleares. Así la Unión cerró sus fronteras y se construyeron nuevos muros antiterrorismo y donde había amenaza de arma nuclear se enviaba una bomba de antimateria que arrasaba con todo. De ese modo asistimos impávidos a la destrucción de Corea del Norte, de Oriente Medio y Centro América. De 5 continentes que hubo en el planeta no quedaron más que cuatro o cinco islas protegidas e intercomunicadas. El resto fue mar contaminado de los que no estaban dentro. A nadie en la Unión le importó. Estábamos a salvo de la sociedad del terrorismo. Las grandes potencias prefirieron perder millones y millones de euro-dólares con tal de aniquilar a toda esa gente. Se crearon nuevas energías para jamás volver a depender del gas ruso ni del petróleo del Medio Oriente ni de Venezuela. De un día para otro se arrancaron de raíz el Islamismo, el Budismo, el Hinduismo y todas las religiones no Cristianas. Durante un par de siglos el Cristianismo se instaló en toda la Unión y quien no se declaraba mínimamente cristiano era exiliado a alguna luna perdida. Con el paso del tiempo esta Fe también se olvidó y fue reemplazado por el Hedonismo más acérrimo. Al Estado esto le dio igual. Sólo deseaban la unión económica. A fin de cuentas la religión de la gente fue sólo la excusa para levantar una nación contra otra.

La gente de aquella época debió haberla pasado muy mal al ver las noticias de toda esa destrucción, con todos esos muertos en Oriente Medio, la Meca ardiendo, el Tah Mahal en ruinas, la muralla China convertida en piedras para coleccionistas. Esos espectadores, dicen los historiadores de las naciones vencedoras, tenía sentimientos: eran capaces de sufrir ante la vista de un niño africano muriendo de hambre a punto de ser devorado por un buitre; si veían a un limosnero en las calles le daban dinero, si habían despidos masivos se apoyaban unos a otros y los sindicatos estaban con los trabajadores y no con la empresa, cosas así. Cosas de seres humanos.

A veces siento un gusanillo. A veces siento envidia de pensar en lo que pudo haber sido haber vivido en el año 2010 y ver el principio del fin. Ahora aunque quisiera no podría recuperar esas imágenes porque están vetadas. Lo único que me quedan son las películas que mi hermano distribuía clandestinamente y sé que si reproduzco sólo una más de diez minutos tendré en fracción de segundos a la policía robot interviniendo mi IP y viniendo por mí para exponerme desnuda como una delincuente. Si tomo una de esas películas y la pongo quizá sea al menos feliz durante diez minutos. En el minuto once comenzará mi exilio. La solución está en mis manos: un pequeño chip donde almaceno un millón de películas en formato tetra-dimensional donde el tiempo es la cuarta dimensión. Sólo necesito once minutos.

Olvido que todo esto está grabándose. Todo lo graban; un millón de ondas de video que atraviesan la ciudad nos vigilan cada vez que respiramos. No hace falta delinquir porque leen nuestros pensamientos a través de las gafas conectadas a Internet; lo saben todo y pueden adelantarse a mis intenciones.

Sé que pronto estarán aquí. Tirarán el cristal de acceso abajo y me sacarán arrastras hacia la columna que comunica a la habitación de sobreexposición. Todo el mundo me verá desnuda desde sus casas como en un gran reality donde se muestra a quienes se han equivocado. La televisión mundial está llena de delincuentes en la sala de espera hacia alguna luna perdida donde les dejen morir de inanición.

Lo saben todo…¿habéis oído eso?

 

End of transmision…

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DEBERÍAS ESTAR PROHIBIDO

Posted on 07 May 2012

.

.

Buscando desesperado, los dedos llenos de saliva,

hasta dar con el teléfono de alguien que quiera prestarse

a ser tu vertedero particular.

.

Sevilla puede llegara a ser muy sórdida

para un pescado como tú…

.

Te acordarás que el mundo existe cuando haga falta una familia,

te acordarás que no existió cuando veas nuestras faltas

Esperarás a que preguntemos, con una copa en la mano, ¿Que qué tal todo, buddy?

y nos hablarás de miles de barcos a punto de zarpar

como si a todos nos interesara el mar.

Te reirás de nuestras costumbres y te dejaremos ridiculizarnos

porque mañana tu vida volverá a ponerse en stop.

.

La gente no te huele

No sabe que andas cerca

a menos que sacudas la colita en las farolas

a menos que las botellas giren y se descorchen,

a menos que te quejes en tv

Buah, buah!

y tu imagen nos recuerde –cancinamente- que existes

.

Me aburres

Me aburres

Me aburres

.

Jugando al comecocos con los pueblerinos,

jugando a que conoces a todo el mundo,

y que reyes y reinas se postran a tus pies,

que celebras fiestas para princesas de pies malolientes,

y recepciones para mafiosos marbellíes,

para actores porno que se masturban con revistas del corazón

y para tarados que deslumbras con tu dentadura.

.

¿Te vienes a jugar a que me pides un autógrafo?

.

Mañana habrá café para todos,

capuccino y nata donde naden mechones de tu pelo, escupo y cigarrillos

Todos vendrán y se irán hasta que pierda todo sentido mostrarte a los demás

Tus cuadros – el Picaso, el Dali -, perderán valor si nadie te come la polla.

La casa señorial se hará gigante sin risas de agencia de modelos

ni camisas planchadas, ni sonido de cascos de caballos sin peinar.

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¿Alguno de vosotros me dejaría una moneda?

Tócame, soy real

Oh, oh, oh…

.

Vámonos a Milán, a Mykonos, a tomar café a Florencia, a robar besos por París.

Pongamos alguna canción,

alguna que se ría de mí y yo me haga el desentendido, como si no fuera conmigo

¡Podréis ver lo divertido que soy!

Soy un chico normal.

“You’re so vain

I bet you think this song is about you

Don’t you, don’t you?” (*)

.

Hagamos algo

No sé por dónde empezar

¿Si me apunto a alguna ONG?

Podría ayudar a toda esa gente sucia, dejarles algo de mi ropa, dejarles algo de mí

¡Hay tanto qué hacer por todos esos desgraciados!

Mañana seguro que habré cambiado de idea y ya nadie me agradecerá nada.

.

¿Por qué no me rodeáis y me sacáis de fiesta por algún sitio de moda?

Podríamos meternos en problemas…

¿Habrá cámaras? ¿Habrá coca?

¿Por qué no nos encerramos todos en el baño y me coméis el rabo entre todos?

Mañana quizá ya no esté….

Podríamos hacer un reality – ya sabéis – cualquier cosa de la nada

Y luego decir que somos super amigos y que nos liamos entre todos

¡Entraríamos a todos los sitios de gratis!,

como enanos paseando las ropas que robamos al emperador

¡Seríamos trending topic!

.

¿Quién te gusta más?

¿Mick Jagger o Warren Beatty?

.

Buscando desesperado, hoja por hoja

hasta dar con el teléfono del vertedero.

Es que estoy muy triste, ¿sabes?

¿Me comes la polla?

 .

 .

 .

 

(*) Eres tan vanidoso,

probablemente piensas que esta canción es sobre  ti.

 ¿No crees?

You’re so vain – Carly Simon.

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EL AMOR SE IRÁ POR DONDE VINO

Posted on 04 May 2012

 

 

 

 


Hoy murió mi abuela, la gran Alexandra Fairós, vieja y despeinada. Tenía casi noventa años y el patatús le dio cinco minutos después de cerrarle la puerta en las narices a un cartero histérico que tardó medio día en dar con la seña de su casucha. La abuela tenía el pulso malo y el pecho le crujía de hace días y no me asustó verla tiradota sobre las tablas de cajón de manzanas de exportación que usaba de mesita. Sobre la barriga tenía la carta recién abierta, firmada, compulsada y visada por todo dios. La tomé el pulso: estaba bien muerta. Solté una lágrima y luego la curiosidad me pudo más. Le cogí la mano donde apresaba el papel y uno a uno fui separando sus dedos huesudos pegados a una película de piel de pollo frío. Abuela, la llamábamos todos, pero para muchos era como una madre envuelta en lentejuelas. Me llevé la carta al rostro, me la pegué a la narizota que heredé de ella y la leí con la esperanza que fuera por fin una buena noticia, una bomba como que la vieja hubiera heredado algo o que hubieran descubierto que era pariente de alguna princesa sueca, pero nada. Era una carta de mierda del País Vasco con un pedazo de multa de esos que te petan la patata. La carta decía que habían pillado a la abuela “conduciendo un camión cargao de explosivos por el casco histórico de Amorebieta” ¡Cómo si Amorebieta tuviera caso histórico! Miré a la abuela dormida en el suelo y un escupitajo triste y amargo me bajó por la garganta. Lo último que recuerdo es que salí corriendo de su casita prefabricada de tablones en dirección al valle, hacia la carpa del circo donde llevábamos instalados un par de meses, para avisarle a las demás. Lo contenta que se iba a poner la loca de la cartera –pensé -, que ya no va a tener que cocinar judías todos los días para ella -, y lo triste que se van a poner todas las demás. La abuela Alexandra era la transformista más vieja de todos los tiempos. Yo creo que llegó con Colón a América, montada en una carabela, con los pañuelos y los zarcillos, a poner el jopo encima a las indias, y allí se quedó hasta que le entró nostalgia y se regresó con la idea grabada en la cabeza de montar un circo de transformistas que recorriera España. La abuela nunca triunfó, sólo lo hizo la semillita que plantó en Chile, pero de aquella generación de loquitas que fundó allí poco más se supo. ¡Ay que tristes iban a ponerse todas menos la  loca de la cartera!

Corriendo por el valle, dando trompicazos, se me viene a la mente la música que a la abuela le gustaba escuchar. Todo el día estaba con la radio cassete puesta con las mismas cintas de cumbia, una y otra vez, hasta cortarlas y volverla a pegar con pintauñas rosa. Yo la voy a extrañar mucho, especialmente cuando llueva porque, en esos días, era cuando yo regresaba a su casucha, que los payasos le levantaron silbando una canción, a que me contara sus anécdotas a la luz de un cigarrillo.

La abuela llevaba ya años sin actuar –estaba bien jodida de las piernas -. Los domingos por la noche, cuando había más gente, íbamos antes a buscarla y, entre todos los payasos y transformistas, la montábamos en una calesa y la traíamos tropezando hasta dejarla suavemente en primera fila. Luego, cuando ya se había hinchado de reír y de mover los brazos al ritmo del mambo, que rico el mambo, nos la llevábamos de vuelta levantándola por sobre las cabezas de la gente. Todo el mundo aplaudía mientras ella se defendía a carterazos, por llevárnosla tan pronto. Yo creo que del alboroto que montaba, de gritos y carterazos a diestro y siniestro, mientras los chiquillos le tiraban golosinas, que la loca de la cartera (la transformista más envidiosa que parió Dios) cogió la idea de cambiar su show de perros amaestrados por uno nuevo y más dinámico. Unos días después todo el mundo se quedó de una pieza: la loca de la cartera salió al escenario, le cogió el culo al presentador, le pateó la bandeja de cacahuetes al payaso que imitaba al Rey con su elefante, se metió el hilo dental en el potorro y se hizo con el escenario entangada y con una cartera roja sospechosamente grande. Las primeras risas vinieron de las gradas altas del fondo, de donde solían apelotonarse los chavales que estaban haciendo la mili, y luego se extendieron por toda la carpa. La loca de la cartera iba más pintada que una puerta y pensó que de eso se reían. Cogió el micrófono y se golpeó los dientes con él antes que empezó la música de una canción en inglés que cantó en puntiagudo playback. Todo el mundo le pifió y aquel fue el comienzo de su show: saltó del escenario, cual gata enloquecida y, cartera en alto, se fue directa a las gradas del fondo a meterles con la cartera a los de la mili. A su paso le clavó los tacones en el coco a un par de gitanas de moño alto, le rompió la camisa a dos chulitos que intentaron tirarla gradas abajo y se llevó por delante los cables de las luces rojas que alumbraban el show de la malabarista. Esa semana su show se hizo famoso en toda la comarca y, al viernes siguiente, la gente hacía fila sólo para verla a ella. Los chicos de la mili volvieron, pero esta vez se trajeron los cascos.

Secundario era el show de Minerva, la transformista enana que la abuela rescató de manos de una monja traficante de niños que intentó abandonarla en un vertedero. Minerva creció en el circo enamorándose de todos los chicos que rozaron su muñeca con el cambio del algodón de dulce. Dicen que sabía idiomas y leía mucho. Incluso yo recuerdo que era ella la profe que nos enseñaba las letras del abecedario y las tablas de multiplicar, a la manga de críos que pululaban entre las caravanas. A mí me tenía cariño y me exigía más leyéndome textos raros de libros que guardaba en un baúl. Mis favoritos eran aquellos que hablaban de los indios e imaginaba a la abuela abriéndose paso a través de la selva, machete en mano, defendiéndose de los españoles que querían levantarle las polleras.

“Durante los primeros años de la Conquista, los suicidios masivos eran cosa común entre los indios caribe que preferían la muerte a la esclavitud”

                Por las noches, después que la enana Minerva me leyera sus cuentos de indios de otras tierras, me ponía a soñar que la abuela, la loca de la cartera y la cordobesa conquistaban las pirámides mayas dejando caer desde lo alto sendos tules infinitos de color escarlata mientras los indios, desde abajo, adoraban el brillo de sus joyas.

La cordobesa vivió en la capital. O al menos eso decía ella. La abuela la reclutó porque cantaba bonito y porque tenía más cara que espalda. Ella decía que había vivido en Londres y que por eso, cuando cantaba en inglés, nadie le entendía porque eran todos unos catetos de patas sucias. La cordobesa no era mala, sólo era una incomprendida. La verdad es que pocos entendían lo que balbuceaba marcando la “u” de “uropa”. Ella amaba el circo y, aunque sus medidas no fueran noventa-sesenta-setenta, ella se merecía su sitio más que nadie en el mundo. Ella siempre contaba que había estado con muchos hombres en su corta vida – tenía treinta y pocos -, pero que a los que más recordaba era a los que habían sido gilipollas con ella. La cordobesa, antes de llegar al circo, dicen que tuvo un trabajo de oficina y que se gastaba todo el sueldo bebiendo en los bares buscando a su príncipe azul, pero nunca lo encontró. Sólo dio con tipejos que jugaban con ella, que le preguntaban preguntas de recursos humanos, del tipo: “¿Tú cómo te defines?… ¿Y tú? – me preguntaba luego ella – ¿Qué responderías a un tipo que te preguntara esa soplapollez?. Yo no sabía qué decirle. ¿O que te pregunta “¿Sus vai?” cuando dices que te quieres ir a casa, con ese tonito de importante como si fuera el alcalde de Puente Genil? ¿Tú cómo te quedas ante esos desplantes de galantería? Yo me acuerdo de la vez en que la cordobesa me contó de aquella noche en que se montó en la moto del novio de la loca de la cartera, dos días después que lo dejaran, convencidísima que el chaval había estado enamorado de ella desde siempre y que ahora le estaba dando una oportunidad al amor. Esa noche salió montada en la moto del tarado éste, convencidísima de que el amor existía, que el chico era honesto y que le estaba pidiendo “intentarlo”… Por la cabeza de la cordobesa pasaría la pregunta aquella de ¿intentar el qué, gilipollas? – me confesaría semanas después -, pero que luego se olvidó de todo razonamiento porque llevaba su peluca rubia, se sentía linda y adivinaba que aquella noche el amor duraría lo que dura el despecho: un polvo. Todos se rieron de ella: montada en la moto de un tipejo de pelos rastas que, a saber tú cómo tendría los pelos de allá abajo; que le olía el aliento a fritanga y que jamás se cambiaba los calcetines blancos. Tiempo después la cordobesa me confesaría que el recuerdo de aquella noche le hacía mucha pupa porque podía verse a sí misma, montada en la moto como una gilipollas, saliendo con el ex que una transformista desechó. “Eso hace mucha pupa, ¿sabes?”, me decía medio en serio, medio en broma. La cordobesa salió y volvió por donde vino, un par de horas más tarde, sola y despeinada, pero intentando convencerse que el amor realmente había pasado por su vida. La loca de la cartera no le habló en un par de semanas e, incluso, le metió de carterazos en pleno show transformista, pero luego hicieron las paces y se prometieron jamás pelearse por un ex que no valiera nada. Al poco tiempo volverían a las andadas, pero esta vez por un camionero que siguió la ruta del circo un par de semanas y volvió a repetirse la historia. La  verdad es que la cordobesa me lo contaba todo, pero yo nunca entendía a qué punto quería llegar cuando se ponía cabezona con que el amor realmente existía y acababa largándose ofendida cuando aparecía la enana Minerva preguntando “what’s the point, what’s the point?” y la otra no sabía qué responder porque no entendía ni papa de inglés. En el fondo yo creo que se tenían ganas o se odiaban a muerte. Quién sabe, en el circo, a primera vista, todas las transformistas se odian a muerte.

Hubo una época en que la abuela insistió en contratar boys como bailarines para las transformistas que tuvieran show con canciones. Y fue el infierno. De la noche a la mañana todas se pensaron cantantes y se hicieron divas y no había nadie que las soportara dentro de su ego. Cada vez que pasabas por el lado de la loca de la cartera ella te ladrada que te quitaras del medio, que ella iba pisando sobre pétalos de rosa – cuando en el fondo iba descalza por un camino polvoriento a dar de comer al elefante estreñido -. Y ni modo de acercarte a la enana Minerva que te escupía -como un guanaco – que te quitaras, que le tapabas la vista de la puerta de las duchas comunitarias por donde saldrían los boys, recién duchados, envueltos en sus diminutas toallas, a cambiarse para el espectáculo. Al final todo fue un desastre: todas cantaban como Paulina Rubio y los chicos no se enteraban a qué transformista tenían que obedecer porque, de la noche a la mañana, todas era dueñas del circo y pobre del que se olvidara de esto que iba a la puta calle. Un desastre. La abuela largó a todos los bailarines y todo volvió a la normalidad: la loca de la cartera a sus carterazos, Minerva a vender algodón de dulce y la cordobesa a cantar con playback imaginando que escapaba con su peluca rubia montada en la moto de su príncipe azul.

Hubo también, durante una temporada, una transformista que era guiri. Le llamábamos “La langostino” y nadie se enteraba muy bien lo que decía. La langostino era contorsionista, se doblaba en cuatro que daba gusto, pero que acabaron echando porque se quedaba con el dinero de las entradas. Tenía un amiguito bielorruso que la venía a buscar y que la llamaba de “Ignaciou”, lo que nos hacía sospechar de su nacionalidad. La langostino era listísima: comía todo el día gambas hervidas y veía los programas del corazón haciéndose la que intentaba aprender español entre escupitajos. El día que la abuela la echó a la calle, la Langostino –según lo que me dijo la enana Minerva- se inventó que se iba, no porque la hubieran pillado robando, sino porque ella quería. Cuando vino el bielorruso a buscarle, y como nadie hablaba su idioma, intentamos explicarle que la abuela la había echado, pero él no entendió nada. Al final le dijimos a coro: “Ignacio party, Ignacio party”… y se fue convencido que La Langostino había cogido vacaciones y que andaba por la zona de folleteo (aunque todos sabíamos que La Langostino follaba menos que un cocodrilo), pero bueno, eso era cosa de ella, que era mentirosa patológica, contorsionista y mitómana. Nunca más la volvimos a ver. Aún después de un par de meses de que la echaran, aún flotaba en el circo su tufillo a mentira de refrito.

Yo crecí entre ellos y entre muchos otros transformistas que pasaron por el circo, pero que no dejaron huella en mí ni en la abuela. Muchos hablaban nada más que tontunas del tipo: “Si tú no respetas la cadena del frío, no esperes que la cadena del frío te respete a ti”. O sea: gente vacía. Yo sólo le tenía cariño a la loca de la cartera, a la enana, a la cordobesa y a mi abuela.

A mí, en el circo, me llaman “La sopa para uno” porque, en lo que respecta a tíos, yo sólo caliento lo que me voy a comer. Yo es que siempre he sido bastante práctica, donde pongo el ojo, pongo la cola, aunque después de tanto tiempo y de aguantar muchas tontunas, he acabado sintiéndome igual de sola que todas los demás. Creo que ya sería bueno que dejásemos de rodar…

Ahora me veo a mí misma entrando en la carpa – como quién se ve dormir en la cama mientras flota desdoblada en el techo -, fuera de mi cuerpo, corriendo sudada, deteniéndome, inclinada con las manos apoyadas en las rodillas, abriendo la boca y, sin decir palabra, porque ya no me queda ninguna, mientras todas me ven desencajada. ¿Qué les voy a decir a todas estas pasgüatas que me miran con cara de “qué cojones le pasa a esta”? ¿Qué les voy a decir a todas? ¡Nada, seguramente nada! Me echaré a llorar como una tonta y todas se echarán a llorar conmigo adivinando lo que ha sucedido. Nos sentaremos en el suelo, mudas y destartaladas, a pensar qué hacer primero: si montar la carpa para esta noche o ir a buscar a la abuela, recogerla del suelo, peinarla, afeitarle el bigote, ponerle su vestido favorito y traerla a cuestas en su calesa para velarla en el escenario un par de días hasta que deje de venir la gente a despedirse de ella. Y el amor se habrá ido por donde vino, como ya imaginamos todas cada día al despertar con los chillidos de los loros caribeños. El recuerdo de la abuela se irá poquito a poco hacia América, donde siempre soñó volver, y nos quedaremos pensando todas en nuestras cosas hasta que las luces se enciendan y todo nos vuelva a oler a algodón de dulce recién hecho.

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

7-ELEVEN

Posted on 19 April 2012

                James es un chico que llama la atención allí donde va. Viste una camiseta blanca de tirantes, un cigarrillo que nunca enciende, un sombrero borsalino -de alguna tienda del downtown-, unos vaqueros de GAP que dejan a la vista la rajilla del culo y un pendiente con forma de pequeño diamante en una oreja. James conduce su motocicleta descalzo lo que le da un toque potentemente sexual. Tiene la piel blanquecina, las manos grandes, los dedos de los pies angulosos y la voz profunda; sus ojos son verdes, casi turquesas, y oculta la mirada tras una mata de pelo castaño que le cae sobre el rostro como al Keanu Reeves de los 90’s. Me gustan los chicos, no me gustan las mujeres. Algunas de ellas, con los años, pueden convertirse en auténticas máquinas de quejarse.

¿Dónde está la magia, James? Quiero que sepas que esta va por ti, grandísimo hijo de la gran puta, por no saber qué es eso.

Me gusta hacer la caja contando quarters, dimes y pennies. Es la única manera de no echar de menos mi corbata verde inmobiliaria que solía usar en España.

                James está en la esquina de la cama, observándome desnudo con sus ojos turquesa mientras estoy liando un cigarrillo. Se sienta a mi lado y me acaricia el pelo. Yo le aparto. James sonríe como siempre, se levanta de la cama, se seca el rostro con una toalla deshilachada, se calza sus viejas gafas y sale por la puerta, desnudo con el macuto al hombro, hacia los jardines comunitarios. Un gran sol anaranjado se cuela por los cristales. El portazo que ha dado James ha hecho remolinos con el polvo en suspensión que acaba mezclándose con la primera bocanada de mi cigarrillo.

-            Hey yo!, Can u break this? – pregunta James largándome un billete de veinte dólares sobre el mostrador.

-          Sure! – digo alargándole tres billetes de cinco y cinco monedas.

Anoche, después de salir del 7-Eleven, me puse a caminar calle abajo por Post Albany Road hasta llegar donde nace Croton Ave hacia la biblioteca. Iba escuchando Devil Inside de Inxs. Hubo un instante que me hubiese montado en el primer coche lleno de malotes bebiendo cerveza que se hubiese detenido al borde del camino.

-          Hey, hey, are u ok? – Vuelve a preguntar James.

-          Yeah, sure, need something else? – le pregunto.

-          Yeah man, I’m still waiting for my pack o’ cigarettes… what’s up, man?!

Le doy el tabaco y el cambio por un Carlton 100’s y sale por la puerta dejando entrar el calor vaporoso de la noche. Mañana, cuando pase frente a su jardín como cada mañana que regreso a casa, le veré revolcarse mojado en la grama con su perro después de haberle bañado con la manguera.

Hace un par de noches James vino al jardín que da a la parte trasera de casa. Arrojó una piedrecilla y yo abrí la ventana para verle allí abajo. Allí estaba, sentado bajo el árbol, mascando tabaco. Se quitó la camiseta y espero a que los aspersores automáticos comenzaran a regar. Así estuvo durante unos diez minutos, haciendo como si yo no existiera, hasta que se puso en pie y saltó la reja en dirección a su casa. Yo me quedé de pie, como un idiota en mi ventana, viendo como se alejaba descalzo atravesando los jardines de los vecinos. Siempre tengo el mismo sueño, siempre despierto sintiéndome como las niñas Amish del anuncio de Levis. Me levanto de la cama sudando, cojo el teléfono y llamo a su padre.

-          Hola, eres el padre de James? – pregunto jadeando.

-       I beg your…?, who the fuck are you! – me responde el padre al otro lado de la línea.

-       Tu hijo se está revolcando en el aparcamiento del bar de Roxy  con un camionero de Great Neck – digo y cuelgo. Siempre le digo lo mismo sabiendo que no habla una gota de español.

Todas las noches veo salir al padre de James a la puerta de su apartamento y se sienta hasta que viene James de soltar a su novia en el Bronx. El padre lo abraza y lo mete a casa en silencio.

Roxy era una puta. Trabajaba en el único bar del pueblo junto al 7-Eleven. Yo, a veces, la visitaba en su apartamento de Cedar Lane y nos lo montábamos de gratis a cambio de alguna botella de whisky y un cartón de tabaco. Ella siempre repite que le queda poco para jubilarse, pero nunca lo hace, ella ama su vida y soporta mis mariconadas. Roxy es mentirosa compulsiva. Una noche me dijo que, cuando vivía en Seattle, un tal Kurt le había escrito una canción – About a girl –, que se la había dedicado a ella y no a esa zorra gorda que salía en la tele. También me dijo que cada noche la llamaba Courtney para decirle que le devolviera la pasta por no haberse cargado a Novoselic cuando se lo encargó, pero ella ni puto caso. Aquella noche, cuando estaba con Roxy, la tal Courtney llamó y me la puso al habla. Sólo oía quejidos de alcantarilla pre-grabados. Con el tiempo me enteré que era la pista 99 del Antichrist  Superstar de Marilyn Manson. Roxy recibió durante meses la misma llamada cada noche, siempre a la misma hora, hasta la misma noche en que la hallaron muerta junto a una familia de mapaches que vivía detrás del 7-Eleven. Yo sé quién lo hizo. Fue Moha, el turco. Él trabajaba en la central de taxis y también llevaba los pedidos de comida rápida que la gente hacía por internet, así que sabía perfectamente cómo programar un servidor para darle el coñazo a quien quisiera por teléfono. Moha mató a Roxy, la mató de aburrimiento. Esa noche, diez minutos después de la acostumbrada llamada de Courtney, Roxy bajó al 7-Eleven a por un paquete de Newport Light y unas Coors porque no podía dormir. Me dijo que me las pagaría con una mamada y me puse de espaldas a la cámara haciendo el movimiento como si me estuviera pagando. Cuando salió se llevó por la cara la última Vanity fair, la más cara y, al salir a la calle, se resbaló y se desnucó. Era una puta bastante torpe, aunque ya tenía sus años. Los mapaches le robaron el paquete de Newport Light y la cartera; por ese simple hecho estuve dando declaración un día entero con una pareja de polis lesbianas en comisaría.

A James le gusta Leonard Cohen. Me he comprado unos prismáticos y he estado espiando las paredes de su cuarto tapizadas de las carátulas de sus discos favoritos. Es el típico maricón de pueblo de gustos estándar. A mí me gusta Kid Loco, Camarón y Wang Feng. Soy bastante repelente como las maricas que te clavan las uñas por Madonna y Lady Gaga.

-       Jey, Güat yu yu güan! – grita el de la gasolinera dirigiéndose a mí como si me importara lo que dice.

-       Fill it! – respondo encendiendo un cigarrillo.

-       Yu Kant smouk jir! – me grita.

El de la gasolinera dice llamarse Pavel. A diferencia de Novotny, el actor porno gay tallado a mano, este Pavel está bastante hecho mierda. Creo que es pakistaní. Se ha cambiado tantas veces el nombre que ya no sé cómo llamarle ni a él le preocupa que le llamen de cualquier manera. No me gustan esta gente, siempre te miran como si tú no supieras nada de su país y ellos supieran todo del tuyo – lo que en el fondo es verdad -,y me jode. Le pago y me largo con la radio a toda pastilla.

Hace unos meses me compré un cacharro de los 60’s por 400 dólares. Es un Ford algo. No tengo seguro ni permiso de conducir, pero a nadie parece importarle mucho por aquí. Lo uso para ir de Cedar Lane a la estación de tren que lleva a Poughkeepsie. Nunca he tomado este tren, ni el que va en sentido contrario. Me bajo del coche, enciendo otro cigarrillo y espero a que anochezca para regresar al 7-Eleven. A veces, al atardecer, me paro en la esquina de Broad Avenue, a ver a los negros de Puertas negras volver del bar jamaicano y a sus esposas sentadas en la puerta despiojando a los niños que pasan por ahí.

En Cedar Lane no hay ricos, no hay uno sólo en todo el pueblo, al menos como los que uno está acostumbrado a ver, yo creo que todos se mudaron a White plains porque en Cedar Lane son todos unos pobres desgraciados. En Cedar Lane hay cinco bloques, de 2 plantas, 8 vecinos en cada una con sus jardines y terrazas y de ninguno de ellos te saldría un buen caldo. Hay una piscina central y un par de hectáreas de grama que podar. Adivinen a quien le toca hacerlo a cambio de unos dólares. No es que me queje, pero me pagan poco.

 

“Me parece que la vida está totalmente desprovista de interés, y esto sucedía especialmente cuando trabajaba ocho horas por día. La mayor parte de los hombres trabajaban ocho horas al día, y tampoco ellos amaban la vida. No hay ninguna razón para amar la vida para alguien que trabaja ocho horas al día, porque es un derrotado.”

Mi jefe es boricua, cobra la comunidad con un rifle y todos los fines de semana le saca brillo a un pequeño bote aparcado en el jardín. Se llama Luis. A veces, cuando salgo de casa para ir al 7-Eleven, le veo merodeando por los matorrales con la escopeta al hombro y un pack de Bud’s. Luis está borracho los lunes y me ladra instrucciones desde su terraza rascándose los huevos. “Hoy estamos busy”, dice metiéndose dentro con la mano metida en el culo para seguir durmiendo. Luis está casado – eso dice él -, su esposa no habla, sólo se corta las uñas al borde de la piscina mientras observa al salvavidas, un negro de 2 metros que no sabe nadar. Nadie se baña allí desde que encontraron al perro de mi vecino, el fotógrafo de ilegales, muerto e hinchado como un globo. Todo esto es como el video de Black Hole Sun de Soundgarden.

Yo, a aparte de alquilar en Cedar Lane, hago el mantenimiento a todos los pisos. Ochenta pisos llenos de hijos de puta. A muchos no les conozco ni de oídas, a otros sólo les veo pasar cuando van a por cerveza y a algunos les veo ir al 7-Eleven a robar Tylenol. Les salgo hasta en la sopa a todos estos cabrones. Hay una extraña pareja en el bloque de junto: ella es una mujer alta, muy alta y maciza, rubia de melena que ata en un par de trenzas vikingas y de esposo enjuto y endeble. Ella debe tener unos 45 años; él no más de 20. Cada noche se les oye gemir. Ella le viola sistemáticamente. Al día siguiente él sale de casa, coge el coche y se larga a trabajar a una tienda de antigüedades, junto a un Deli de dominicanos y vuelve por la noche con la cena para ella. A veces la vikinga le golpea tanto que él deja de salir a trabajar un par de días. Me consta que esos días nadie abre la tienda ni nadie come en esa casa. Son una extraña pareja.

A los pies de mi piso vive un chico que se dedica a hacer fotos. Luis me dijo que era paparazzi en L.A, pero yo creo que es simple y llanamente un hijo de puta como todos los de su calaña. Cuando llevaba unas pocas semanas me hizo un par de fotos sin mi consentimiento mientras cortaba la grama. Esa misma tarde tenía a un par de agentes de la migra golpeando la puerta. Cuando vieron que tenía todo en regla se fueron maldiciendo. Al día siguiente apareció muerto el perro del fotógrafo en la piscina. Fui yo y se lo dije a todo el mundo.

Mi familia favorita, por decir algo, son unos indios que viven en el piso que da a la colina. Un día les reparé el váter que tenían taponado. Su apartamento olía a incienso, curry y mierda. Cuando entré, el agua llegaba a la moqueta de los dormitorios. La mujer del indio lloraba impotente mientras su esposo tenía la vista pegada a Slumdog millionaire, una película que veía una y otra vez. Las paredes las tenían tapizadas de carteles de películas de Bollywood y el lavavajillas tenía una torre de ollas de aluminio sucias. La mujer parecía atrapada. Hice el viejo truco de desatascar el váter con una escoba vieja envuelta en una bolsa de Wendy’s y le solucioné la papeleta. La mujer no paraba de darme besos, el esposo ni se inmutó. A ese tío, aunque le cayeran las rupias del cielo del “Quien quiere ser millonario”, no se enteraría. Unas semanas después vi a la mujer coger un taxi de camino al aeropuerto. El hombre la despedía desde la puerta de casa con una sonrisa como su supiera que en la India la iban a despreciar, pero ella sonreía. Ella se mudó a Virginia. Lo sé porque me lo dijo chapurreando en el 7-Eleven. Yo me alegré por ella. Del esposo nunca volví a saber. Cuando paso por fuera de su piso me llega un extraño tufillo a muerto: o es eso o se le volvió a tapar el váter.

A veces, por las noches, cuando no me toca currar, leo blogs de los que solía leer cuando vivía en España. Me encantan cuando las maricas escriben: “Finalmente ha llegado a mis manos el esperadísimo MDNA”. También me gustan los comentarios del tipo: “No, hijo, a estas alturas de la película no ha llegado a tus manos como si te lo hubiera enviado por DHL la misma Lourdes María. Tú te has bajado un winzip pirata como las demás maricas fanáticas de Madonna. ¡Amos, no me jodas! Y encima, el autor del blog, escribe para rematar el artículo: “There’s only one queen… and that’s Madonna”. Echo de menos las tonterías de las maricas de España fanáticas de los títulos nobiliarios. Al autor del blog aquel me lo imagino espameando a sus amigas modernas para que no digan a nadie que Él se baja discos de internet, porque eso sería como insultar a sus amigas artistas que le envían sus discos gratis desde las discográficas. A veces, también veo por internet el programa de TV donde sale leyendo los tweets de los telespectadores. Esto es lo mejor. Siempre sale con cara de musculoca que se ha tragado la aceituna del cóctel. Es inquietante verle inmóvil en la pantalla, como a los que leen la carta astral, recibiendo mensajes a su twitter; deben llegarle veinticinco diciendo lo guapo que se ve y ochocientos noventa y tres diciéndole que es tonta de los cojones. ¡Puaj! He malgastado un párrafo escribiendo sobre la paleta ésta. No aprendo y no puedo negar que echo de menos las tonterías de las maricas fanáticas de los títulos nobiliarios. Aquí, en USA, no hay mucho sentido del humor, o no lo entiendo. Daría cualquier cosa por ir a tomar una cerveza al café Figueroa y encontrarme a la marica tonta ésta, con su ropita de marca y su gorra tapa cartones. Pasaría por su lado, le oiría decir sus tontunas y sonreiría. Puede parecer tonta la analogía, pero el chico éste me recuerda a un personaje que hizo Maribel Verdú en una película en la que interpreta a una iluminada llamada, a sí misma Osiris, pero que realmente se llamaba MaríaJesú. Extraño las tonterías de la fama, porque son tonterías. ¿Fama? La fama es destructora, es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos y sin embargo no dejan de proliferar las tontas florecillas de la tele buscando ser adoradas porque sí, ni las estúpidas maricas que les siguen el rollo y les pagan sus vicios al comprar las revistas de corazón. No quieren darse cuenta que la fama no da de comer, no sirve para nada, sólo sirve para agilipollar a todos por igual. Deberían prohibirle el twitter a los famosillos o exigirles un test sicológico antes de abrir una cuenta: Los 15 minutos de fama de Warhol se han transformado en 144 caracteres y la democracia a veces es bastante peligrosa porque se suelta mucha idiotez. El terror ya es dueño de todos nosotros y está en los perfiles de gente que cree que tiene algo que decir. Seguidores y seguidos, al final todo se va a resumir en eso, nada nuevo bajo el estúpido sol.

Tengo una colección de casetes viejos que pongo en una radio mientras hago mi turno. Daría toda mi sangre por tener una rockola a la cual arrojar una moneda y que sonara algo de funky los fines de semana. Pondría un par de altavoces hacia la calle mientras los mejicanos beben sus Bud’s, no les pondría tex mex, pondría a Mutiny, porque no estoy para ordinarieces.

Hace unas noches subí el volumen mientras cantaba Sheryl Crow, entraron unos chavales con los pantalones caídos y sus gorras e improvisaron un numerito al ritmo de la música arrojándose los burritos de una estantería a otra. Uno de ellos se quitó la camiseta y se trepó a la caja registradora restregándose el paquete en ella. Por unos minutos me sentí como el dependiente que sale en el video de Crazy de Aerosmith. Luego se fueron llevándose su improvisada fiesta. Sabía que esa noche la caja no me cuadraría, pero me regalaron unos minutos en que realmente me sentí exultante y por unos minutos olvidé que no tenía seguridad social. Esa misma noche, antes de acabar mi turno, hubo un choque en North Highland. Era Paul, mi vecino, que venía de recoger a sus críos de casa de su esposa con un par de copas de más. Entró al 7-Eleven, arrastrando a los niños que traían el rostro ensangrentado, usó el teléfono y se sentó en el suelo a llorar por su coche. Unos minutos después entró una pareja de oficiales mientras yo les limpiaba la sangre a los niños. Se llevaron a Paul esposado. Mientras hacía la caja  entró la madre por la puerta para llevárselos consigo. No me dio las gracias, ni le sorprendió que los niños no pararan de correr dentro de la cámara frigorífica –les había dado un black horse para que dejaran de llorar -, ella simplemente salió por la puerta maldiciendo. La pareja de polis volvió a venir más tarde y me tomaron declaración como si fuera un terrorista. Yo no sabía nada. Una de las oficiales, la negra, no paraba de mascar chicle, mientras la rubia hojeaba la última FHM relamiéndose y arreglándose el pelo a lo Hulk Hogan. Cuando se fueron me dijeron algo que no entendí. Ese día mi relevo no vino así que me quedé hasta el mediodía como un gilipollas esperando que viniera mi jefa libanesa. Cuando llegó me echó la bronca por no hacer un pedido a la central en Texas. Yo la mandé a cagar. Ninguno de los dos se enteró muy bien de lo que nos dijimos. Cuando llegué a Cedar Lane alguien me esperaban en la entrada de casa con una navaja en la mano. Era Tino, un boricua drogadicto. Él había chocado con Paul y sólo quería asegurarse que no le había dicho nada a las polis lesbianas. Luego intentó venderme un social security y una bolsa llena de comida robada del dominicano de Main Street. Le compré la comida y se fue. Arrojé todo. Por la tarde, desperté sobresaltado con el ruido que hacía un mapache tirando los cubos calle abajo y provocando un accidente de tráfico de cojones. Ese día Cedar Lane se llenó de polis como cuando vienen quince bomberos a convencer a un gato que baje de un árbol. Esta gente es muy inútil.

-       Whatta fuck men? There’s no cofee?!– pregunta Louie, el camionero de dos metros adicto al vanilla nut.

-       It’s over – le respondo – Can u wait for a minute? I’ll get some more.

-       Why do I have to wait?! – dice como si su tiempo valiera oro.

-       You’ve got to wait anyway – digo, dejándole con la palabra en la boca.

Un grupo de uruguayos entra por la puerta con ganas de hacerse los simpáticos. Me quedan algunas horas más, unas pocas más.

James, a eso de las 5 AM, entra sudando al 7-Eleven -no hemos bajado de 98º Fahrenheit en toda la noche -. James entró para sentirse fresco unos minutos y luego se largó como una aparición, sin decir palabra. A veces la gente entra sólo para eso, luego se van sin comprar ni decir nada. Es como si no existieras. Luego que volví en mí me di cuenta que tenía un pedido de periódicos  en el mostrador, con sus facturas y sus cosas. James tenía un trabajo nuevo: era el nuevo chico de los repartos del USA Today. En mi mente James seguirá apareciendo embutido en sus pantaloncillos cortos, su gorra, la pegatina en el pecho prometiendo un servicio rápido y sus deportivas sudadas de chico de los repartos, él nunca engordará, ni se transformará en un viejo de mierda de vida de mierda. Así le recordaría siempre, sonriendo y saliendo a toda prisa antes de darse cuenta que yo le he devuelto la sonrisa.

Mi jefa ha venido antes de tiempo. No me ha dado tiempo a hacer el puto pedido online a la central de fascistas de Texas ni a rellenar el cooler de Bud’s, Coors, Mountain Dews, Slim’s, Cokes, ni pollas en vinagre. Salgo dando un manotazo a la estantería de los mapas de carretera. Me he robado unas cervezas y unos bollos con mantequillas y semillas de sésamo. Ya tengo con qué tirar hasta el finde.

Algún día saldré del 7-Eleven y de Cedar Lane. Algún día seré libre, pero por ahora soy un cobarde. Si tuviera metas no lo sería, soportaría una vida entera de lucha, pero jamás sería un cobarde. Joder, parezco un puto anuncio de coca-cola.

Hoy hace más calor que ayer, me suda hasta la falange de los dedos, sudo desde la nuca, pasando por los cartílagos de las orejas hasta la planta de los pies. Esta noche acabaré por enmohecerme. Sólo el whisky me hace olvidar este calor. Lo bebo a trompicones sentado en mi viejo sofá de cuero negro hasta quedarme dormido resbalando en mi sudor hasta la moqueta del suelo y me despierto como un perro sobresaltado. Hoy es domingo, tendría que hacer algo, pero no se me ocurre nada más que encender el ordenador mientras oigo a los pajarillos trinar. Esto es una puta película de Disney.

Lunes, 5 am. Entra James a toda prisa con su cargamento para idiotas: el USA Today. Nunca me había fijado hasta hoy que James tiene un pequeño tatuaje sudado en el cuello, una pequeña serpiente que asoma por su camisa y le lame el lóbulo de la oreja izquierda. Hoy por primera vez me he atrevido a preguntarle algo directamente.

-       Hey, nice tatoo – digo envalentonado. Él me mira extrañado. What does it means? – le pregunto.

-       Not your bizness – dice él, y sale disparado.

A este puto cabrón le hace falta que alguien le enseñe a gente. Debe ser el típico maricón que se avergüenza que le asocien con el españolito inmigrante que trabaja de cajero. Oigo que afuera, en la calle, una de las polis lesbianas le saluda y le pregunta cómo está. Él responde: I’m fine, nice!… “Nice”, odio esa puta respuesta estándar de estos descerebrados, la usan para todo: the movie was nice, nice body, nice to meet ya, nice, nice, todo es jodidamente nice, pero por dentro se están cagando en ti por intentar ser amable.

Yo no debería haber emigrado a USA, debería haberme ido a Alemania como el resto de subnormales que dejó de estudiar para irse a trabajar a la construcción y luego las deudas se comieron por los pies. Ahora todos nuestros sueños son ceniza. Lo único bueno que hice bien fue ignorarles y aguantar sus bromas cuando me metí a estudiar inglés. Ahora deben estar rompiéndose los cuernos aprendiendo alemán. Y pensar que, en el 2004, con toda mi jeta, le dije a la tipa del INEM, cuando me llamó, que los trabajos de camarero eran para los panchitos y que se metiera los cursos de capacitación por el coño. A veces echo de menos mi corbata verde inmobiliaria y los cafés con mis compis comerciales hablando de las soplapolleces en las que nos gastábamos el sueldo.

Martes. Creo que de la misma semana, una y otra vez, las ocho de la tarde. Afuera los grillos gritan como bestias al borde de la piscina y Luis, el boricua se ha quedado dormido borracho junto a la puerta de la lavandería con la escopeta sobre la barriga. Todo normal. No hay nadie en el jardín mientras atardece. El sol se esconde y el calor acumulado comienza a subir en forma de vapor empañando la ropa de Luis como si se estuviera pudriendo desde dentro. Me siento en el sofá negro de cuero. Me quedan un par de horas antes de bajar la calle hasta el 7-Eleven. Abro el ordenador y comienzo a buscar artículos que acaben por deprimirme. Chile, años 30, durante la gran Depresión:

“Oiga Ud. que pasa… Es usted un cobarde. Así redondamente. Y no crea que se lo decimos para atraerlo a este cartel. No, simplemente: Ud. que está leyendo esto, sea quien fuere ¿Se ha fijado cómo vive? ¿Qué es lo que hace todos los días? Calla cuando le conviene. Se arrima siempre al más fuerte. Opina como todo el mundo. ¿Cuándo ha levantado su voz ante la infamia escandalosa que le rodea? ¿Cuándo?… A ver, revise su vida. Mañana o pasado muere Ud. y para qué ha servido.

 

¿Sabe lo que es esta sociedad en que vivimos, la sociedad capitalista? ¿Sabe lo que es el régimen que nosotros preconizamos y que Ud. retarda? Ud. piensa, sin duda, como el periódico que lee todos los días. Aprenda, hombre, por Ud. mismo. No sea un muñeco. Tenga vergüenza. Use su propia cabeza, para eso la tiene. Averigüe, entérese. No sea miedoso.

 

Y no se vaya tranquilo después de leer esto. Es en vano que se haga el sordo: Es Ud. un cobarde, a merced del que mejor le pague o más fuerte grite. No se haga ilusiones sobre Ud. mismo. ¿Cuándo se animó a decir algo que pudiera comprometerlo? Por los mansos como Ud. es que el mundo es inhabitable de canalla” (*)

 

 

                Ni de coña buscaré en internet nada relativo a Bukowski. Tengo demasiado a mano la escopeta de Luis.

Oigo hablar a los vecinos, unos ecuatorianos que viven uno sobre otro. El más viejo, el que duerme en el sofá afuera, en el jardín, se pone a hablar en voz alta: “El americano odia al negro, el negro odia al latino, el latino odia al presidente que le obligó a emigrar y al sindicato que se olvidó de él”. La misma retahíla, una y otra vez, es como un vinilo rallado, como un viejo aborigen al que han arrancado de sus tierras y ahora se lamenta de su desgracia. Es un viejo indio de la sierra, quizá el único ser que merece respeto en Cedar Lane, quizá los aborígenes son los únicos que merezcan respeto en este mundo de canallas sobrealimentados.

Pienso en lo que dice, no puedo arrancarme sus palabras de la cabeza, porque sé que en sus palabras no están los nuevos miserables, los nuevos ricos que se empobrecieron y dejaron su tierra. Soy el nuevo aborigen estándar, yo no tenía tierras, no tenía nada, ni mi sueldo era realmente mío, todo, todo pertenecía a los bancos. Vinieron y se llevaron hasta nuestra dignidad y nos dejaron vacíos, sin siquiera derecho a que nadie nos odiara. ¡Yo soy español! ¡Yo toqué la gloria! Yo toqué un pequeño trozo de gloria y por unos instantes fui grande. Sólo una vez abandoné y me fui detrás de mi sueño. Cogí todo lo poco que me dejaron, dejé mi trabajo, y me fui a Sudáfrica detrás de un grupo de dioses el 2010. ¡Yo vi a Dios frenar un gol! ¡Yo dormí en las calles de Durban, yo empeñé todo lo que no tenía por un trozo en una acera fuera de un estadio de futbol! ¡Yo me tragué el fuego del calor de las calles de Johannesburg, sembrada de zombies yonkis, por ver a la marea roja transformarse en dioses del Olimpo! ¡Yo grité tanto aquel día que no paré de llorar de felicidad hasta regresar a España! Tuve a mi jefe de nuevo enfrente y le rogué que me readmitiera, pero no lo hizo. Todo cambió en pocos días y no lo quise ver. Di media vuelta y salí a la calle, me sentí libre por unos instantes y sentí pena por los que se quedaban en la oficina porque ellos no habían visto lo que vieron mis ojos. Ellos no lo vieron y ahora tienen lo mismo que yo: nada.

… “Desperdicié más de una década de turnos de noche de 12 horas.

No me explico por qué seguía allí. Es probable que por cobardía.

 

Una noche me puse en pie y dije:

- ¡Ya está, voy a dejar este curro ahora mismo!

 

Fui pasando junto a las hileras que formaban, todas aquellas caras,

enfilé el pasillo dejando atrás filas y filas de ellos,

todas las caras mirándome.

 

Luego me vi en el ascensor de bajada.

En el primer piso y afuera, salí a la calle, caminé calle adelante,

entonces me volví y contemplé el inmenso edificio, de cuatro plantas,

vi las luces en las ventanas, percibí la presencia de aquellas 3.000 personas allí dentro.

 

Di media vuelta y me largué hacia la noche.

Y en mi vida entró la magia”

                Joder, me prometí a mí mismo no buscar en internet nada de Bukowski y aquí estoy lamiéndome las heridas como una perra. Siempre he pensado que las mujeres son máquinas de quejarse, pero nosotros no lo hacemos nada mal. Tengo un trabajo, algunos extras, tengo a alguien que me gusta, pero soy incapaz de ir a por él. Soy un puto cobarde. Bukowski se descojonaría de su legado de inútiles cobardes.

Me visto. Alguien golpea a la puerta. Abro. Es una de las viejas que vive sola en Cedar Lane, con una bata vieja y una taza de té humeante en la mano. Apunta a un gato trepado a un árbol. Le cierro la puerta en las narices y espero hasta que oigo sus pantuflas irse. Esta puta villa está llena de soplapollas especialistas en tocar los huevos a todas horas.

Salgo de Cedar Lane. Luis ronca junto a la puerta de la lavandería aún. Cuando llegue al 7-Eleven pondré, escondiéndome como un cobarde de la cámara de vigilancia, una tv pequeña y sintonizaré el canal de póker o las noticias de CNN, donde hablarán de atentados terroristas, de jugadas maestras, de política, de maricones muertos por cristo-fascistas, de la reina de corazones, de las maricas que antes se llamaban Abelardo y ahora se hacen llamar Abel, de la crisis, de que aún no es tiempo de volver, de la Merkel y el soplapollas de Sarkozy, de la importancia de tener una buena mano, del cigarrillo y el whisky sobre la mesa, del trébol que nunca nos salió, del 21 de los huevos y del nuevo aniversario de las Torres Gemelas, de todo en general que, un grupo de fascinerosos periodistas traficantes de emociones, buscan para idiotizarnos.

A las 5 AM James entrará por la puerta como todos los días con el USA Today. En la portada leeré cuánto le amo, pero él cambiará a la sección de deportes y verá los resultados del último partido de los NY Yankees mientras los restos de mi corazón de desmenuzan como una galleta en un café, en vaso de plástico, del 7-Eleven. James saldrá por la puerta, como todos los días, hacia el calor del amanecer, así durante años, todos los años de nuestras existencias hasta que ya no quede tiempo más que para vivir del recuerdo de cosas que jamás nos atrevimos a hacer, ni siquiera por salir de este aburrimiento de vida. Y acabaremos como viejos de mierda con vidas de mierda. ¿Dónde está la magia?, le preguntaré y él responderá que qué cojones es eso.

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

¿DÓNDE ESTÁ DANI?

Posted on 31 March 2012

Suelo escribir cuentos; a veces la gente se mosquea, otras, les provoco una sonrisa. Creo que nunca había cedido un espacio de mi blog para algo que no fuera una historia de ficción con tintes reales, pero esta vez, esta única vez, lo que ha pasado con Daniel Zamudio me ha superado. No sólo porque lo que le ocurrió fue terrible, sino que puede sucedernos a cualquiera mientras no se legisle y se castigue esta clase de crímenes. Ya no hace falta ser homosexual, ni moreno, ni negro, ni nada que salga de los cánones de la “normalidad”; ahora cualquiera puede hacernos daño empuñando el odio como única arma.

A veces hay noticias tristes y sé que en Somalia hay mucha gente muriendo, que hay pobreza en España, que hay crisis, que estamos pagando los años de abundancia abultada (inflada como un globo) en que los chavales dejaban los estudios para ir a trabajar a la construcción. Muchos se compraron coches y se hipotecaron de por vida, ahora no hay ni coche, ni hogar… sólo deudas. Sé que hay muchas otras noticias tristes: terremotos, hambruna y desgracias en general, pero para eso está la tele, para olvidarnos de todo esto y ver las vidas de los ricos, de todos aquellos que se aprovecharon de nuestra estupidez y sacaron partido de ello. No me voy a extender, no vale la pena.

Leí este artículo hace unos días y sentí tanta rabia que llegué a perder la fe en la justicia. Las historias se repiten. A la Derecha chilena no le interesa velar por la seguridad de nadie, ni le interesa concienciar a nadie sobre la igualdad ni sobre cómo aceptarnos, con nuestras diferencias. Sólo les interesa enriquecerse y desviar la atención. Mientras tanto la Izquierda chilena se frota las manos para volver a su posición cuando la gente se harte de Piñera, ellos volverán y comenzará el nuevo ciclo de ladrones con título que en connivencia con los medios de comunicación,  se encargan de mantener la línea divisoria entre los que les siguen e idolatran y los que cada día pierden seres queridos a esperas de que la ley algun día funcione para todos por igual. No os preocupéis: en España estamos bien, tenemos un Rey que piensa que la justicia es igual para todos mientras su yerno Urdangarin (por el momento) se libra de la cárcel por chorizo. Pero no os preocupéis, chilenos, la injusticia está de moda y no olvideis jamás las palabras del Rey Juan Carlos: “La ley es igual para todos” (animalico de él que vive aun en el Barroco)

Políticos en general, pobres ignorantes que sólo saben sacar la vuelta y robar, no saben ni sabrán nunca que en la diversidad está la mayor riqueza. Ellos quieren que nos uniformemos, que votemos las mismas ideas fascistas, que nos callemos, que no demos nuestra opinión, que les bailemos la cueca, que nos idioticemos haciendonos fans de cualquier cosa, que compremos, que nos olvidemos de ellos para que puedan arrancarnos nuestra idiosincracia y moldearnos a su antojo. Luego habra quien les vuelva a votar pensando que peor es lo desconocido. Hemos crecido en dictadura, no sabemos lo que es la libertad y les hemos dejado el paso. Las ideas extremistas se han plantado en nuestro país, el odio ya está aquí (lo ha estado desde siempre, pero las ideas neonazis se han hecho fuertes y, realmente, no lo entiendo… ¡¡pero si somos todos negros, descendientes de mapuches, de atacameños, diaguitas, yaganes, onas y criollos!!.. ¡de donde han sacado la idea de que hay en Chile gente superior, si unos pocos de apellidos foráneos piensan que, por ese simple hecho, ya se es mejor persona! ¡Pero cuánta estupidez! ¿Acaso Luciano Cruz-Coke sabía lo que decía cuando en el Festival de Viña se refería al cantante Emanuel como “raro”, que no le gustaba la “gente rara” y “que se fuera”?  Me recuerda a la pobreza de espíritu que hay en España con los títulos nobiliarios y la fama improvisada. Pensar que se es mejor por cosas materiales, por el color del piel, por una tendencia sexual, por creencias religiosas o políticas, por un poco más de opio del pueblo. Es triste, y lo es más cuando se cumplen los deseos de gente que quiere la muerte de todos los que sean diferentes. Somos todos diferentes, si lo pensamos bien, somos todos diferentes. Si empezamos a matarnos por esta razón, al final, sólo quedará el más fuerte porque insisto TODOS SOMOS DIFERENTES, y ésa es la mayor riqueza del ser humano. Pero esto es algo tan difícil de inculcar, que cansa repetirlo una y otra vez. Los fascistas,y los ciegos que les apoyen y voten, jamás se darán cuenta de su error hasta que no sufran el dolor de perder a alguien esperanzo la aprobación de las leyes que políticos les prometieron aprobar.

El cambio nunca vendrá si en nuestros hogares seguimos inculcando temer a aquel niño pobre, ese niño “colita”, ese otro que nos da miedo porque es hijo de extranjeros. El cambio nunca vendrá mientras miremos para otro lado… mientras nos haga gracia el chiste del mariconcito en la tele. Gente simple ¡Cómo no va a ser fácil manipularnos!

Y luego no quedará más que lamentarnos, colgaremos la noticia en nuestro Facebook y nos sentiremos bien porque a vista de todos estamos mostrando que nosotros no apoyamos eso, para quedar bien y sentirnos mejor. Mañana nos olvidaremos, iremos al trabajo, veremos la tele, iremos al cine, amaremos a nuestros seres queridos, viviremos nuestras vidas, haremos todas esas cosas que DANIEL ya no podrá hacer. Pero poco nos importará, porque todos los días muere gente en el mundo.

El nuestro es un mundo a medias, no sólo Chile lo está.

Texto adaptado del 28/03/12, anónimo colocado en el frontis de la Posta Central mientras Daniel se moría:

“Perdón Daniel por este país a medias, perdón, porque inexplicablemente volveremos a idiotizarnos con el fútbol y los realities de turno. Y tu muerte será una cronología más de este Chile de mierda”. Perdón, porque no fuimos capaces de mostrarte otro mundo, perdón por esa oscuridad a la que nuestra indiferencia y falta de interés te ha arrastrado. Perdón por nuestros niños, porque siguen la senda establecida de la burla. En este mundo de burla contra los gordos, los feos, los fletos (gays), los cojos, los tuertos, las putas, los narigones, las solteronas, los culones, los indios de mierda y los comunistas asquerosos que habitan esta incómoda costumbre chilena de encasillar y despreciar. Perdón, porque no vivirás para disfrutar de la mano, abrazado a quien hubieses elegido para amar, una tarde de domingo. Perdón por tanto perdón, pero es que he intentado entrar en tu socorro profundo y me lo ha impedido la frialdad, el fútbol, los realities, la discriminación, la Fe idiota, el sermón anticuado, la hostia recocida, el cura y la monja ignorante, el evangélico espumoso de la Plaza de Armas, el centro comercial, mis tarjetas de crédito, mi cuenta bancaria, mi ideología política y corrupta,  mi gobierno fascista de turno, las tetas de la mina de la tele, el gol de Alexis Sánchez, el ovni que vio la Maldonado, la teleserie de la noche… Perdón, pero tengo que terminar de algún modo y no sé por dónde. Perdón, porque seguiremos nuestra vida a medias, a trancazos, a bofetadas, pero siempre a medias. Y perdón, porque este país que hemos soñado se deshilvana con las ideologías de un Dios sexista, opresor y homofóbico. Perdón por nuestras leyes obsoletas. Perdón por nuestros chistes a la diferencia, por nuestra superficialidad agarrada al consumo diario de tanta televisión. Perdón por la clase política que tenemos: Una clase política que da vergüenza. 

Perdón por tanto perdón, perdón, porque hemos creado un Dios a nuestro antojo y conveniencia. 

Perdón a tu madre por no estar en sus internos desgarrándonos con su dolor”

No olvidéis sus rostros, porque no se hará justicia. No olvidéis sus rostros porque os vais a cruzar con ellos en la calle porque van a ser absueltos porque la injusticia está de moda…

FUENTES: Vivian Rivera (mi amiga, a quien le cogí la triste noticia de su muro)

ENLACES:

http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2012/03/28/perdon-daniel-zamudio-por-este-pais-a-medias/

http://www.chileinforma.com/noticias/8318.shtml

http://www.cristianosgays.com/tags/daniel-zamudio/

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

RIESGOS

Posted on 14 February 2012

De: ramonlujan@brasilonline.br

Enviado: Martes, 14 de febrero de 2012, 12:52:36

Para: gerencia.ceo@consultora.ralliarta.es

CC: rrhh.ceo@consultora.ralliarta.es; empresa@consultora.ralliarta.es; ccoo.ceo@consultora.ralliarta.es; sradelalimpieza@consultora.ralliarta.es; ladelagarita@consultora.ralliarta.es

Hola

Buenas tardes a toda la empresa

Seguramente no os acordaréis de mi. Da igual, de todos modos este mail va dirigido especialmente a la Gerencia de Ralliarta, la consultora donde actualmente trabajáis.

Hace exactamente dos años fui despedido. Yo no encajaba en el espíritu de la empresa ni satisfacía el perfil requerido. No lo sé; algo así se inventó Recursos Humanos para echarme a la calle luego de casi diez años de estar al pie del cañón. Ahora que me acuerdo RRHH aprovechó la reforma del 2012 para echarme a mí y a veinte personas más dándonos una miseria de indemnización. Ahora lo recuerdo bien. El resto de mis compañeros permaneció en sus funciones y pocos alzaron la voz para decir algo; es en estas ocasiones en que uno ve quiénes realmente son tus compañeros y quienes no.

Estuve dos años sin trabajo – no pude encontrar nada -, parecía que algo se había encargado de informar a todo dios de lo que me había sucedido (de hecho de ninguno de los que echaron ese día, todos, absolutamente todos, agotaron el paro y se vieron obligados  emigrar a Alemania y a otros lugares más fríos donde, con mucho sacrificio, pudieron adaptarse –aunque yo no -, a mí me costó lo del idioma, pero al final, de todo se sale. Seguramente esto que os estoy contando os de igual (si vuestros trabajadores no eran más que números, por qué os iba importar ahora lo que os diga un número que está tan lejos). No os voy a aburrir.

El motivo de este mail es más interesante.

Voy a ser escueto: me he ganado el euromillón hace un mes y me he acordado de vosotros como empresa y os quiero proponer un trato. Me gustaría tener una cita con el comité ejecutivo y proponeros la compra del 51% de la empresa; ya sea en acciones, participaciones, beneficios, lo que sea –no estoy muy puesto en estas cosas, pero tengo un bufete de abogados que por unos miles de euros están dispuestos a dejaros en calzoncillos-. Bueno, al lío. Tenéis una semana para pensároslo. En caso contrario que queráis seguir capeando la crisis – como estos dos últimos años – os tengo otra propuesta. Como el premio del euromillón resultó ser la friolera de trecientos millones de euros y, considerando que la plantilla de la consultora actualmente no debe superar a veinte personas (que trabajan por cuarenta), pienso hacer una pequeña donación de un millón de euros a cada uno en 24 horas (o lo que tarden en responderme a este mail con los datos de su cuenta corriente) de modo que, de aquí a dos días, las oficinas de la consultora estarán más vacías que el Bernabeu en un concierto del Arrebato. Si intentáis salir de paso contratando mano de obra barata de E.T.T repetiré la operación.

Seguramente pensáis que es una broma de mal gusto, pero me encantaría que bajarais a la recepción y vierais con vuestros propios ojos a la segurata dando gritos (le he enviado un pequeño presente en metálico que hará que deje su puesto de inmediato y tendréis que bajar, con vuestros huevos, a abrir la barrera para salir en vuestros coches) ¿A que soy majo?

Id avisando a vuestro departamento de control de riesgos porque tenéis entre manos uno de los grandes.

A propósito, he llamado a un par de canales de televisión (de esos que contratan chavales a quinientos euros para perseguir a la Pantoja) y están esperando a que salgáis para sacaros en antena en el noticiario del mediodía. Mañana tendréis el doble de periodistas y, os aseguro, la productividad del último día de vuestros trabajadores, será nula.

Vais a desaparecer como consultora con un sonoro ¡Pof!

Por último, quiero que sepáis que actualmente vivo en Brasil donde me ocupo de un par de negocios de hostelería que van viento en popa con esto del Mundial de Futbol 2014. Si en algún momento os veis apretados os puedo enviar una oferta de trabajo para que podáis emigrar ahora que los ciudadanos españoles son mano de obra barata en Sudamérica. El ofrecimiento está así que ya sabéis.

Como veis en el fondo no debo ser tan mala persona. Comencé este mail amenazándoos con quitaros todo y lo acabo ofreciéndoos trabajito.

Pensároslo.

Atentamente: Ramón Luján, antiguo empleado Consultora Ralliarta.

De: gerencia.ceo@consultora.ralliarta.es

Enviado: Martes, 14 de febrero de 2012, 17:00:01

Para: ramonlujan@brasilonline.br

CC: rrhh.ceo@consultora.ralliarta.es; empresa@consultora.ralliarta.es; ccoo.ceo@consultora.ralliarta.es; sradelalimpieza@consultora.ralliarta.es; ladelagarita@consultora.ralliarta.es

Buenas tardes Don Ramón

Nos ponemos en contacto con usted primero para agradecer que nos haya escrito y nos haya contado qué ha sido de su vida. Nos alegra mucho el premio que le ha tocado y nos hace mucha ilusión que comparta su alegría con nosotros.

Antes de seguir nos gustaría ponerle en antecedente. Hace dos años aproximadamente Ralliarta quebró de manera intempestiva y echó a todo el mundo a la calle sin indemnización –por lo que entiendo que debería darse con un canto en los dientes que al menos usted alcanzó a pillar algo-. Luego de eso la empresa se declaró en suspensión de pagos a proveedores, de servicios y de cuanto hay que pueda requerir obligaciones.

Somos una pequeña empresa – un locutorio, vaya – y, cuando nos enteramos que las oficinas de la consultora salían a subasta pública, nos organizamos entre otros pequeños empresarios y las compramos. Lo que vino después de seguro que se lo imaginará: nos liamos a poner paneles pa’rriba y pa’bajo y, lo que antes fue una consultora, ahora es un taller de corte y confección que da empleo a quince chinas a sueldo mínimo, una cafetería que a la vez es peluquería (no me pregunte cómo, pero la picardía de la gente es así), un mini call-center de dónde sólo se oyen quejidos pornográficos, una zapatería donde también se hacen apuestas, un salón de belleza donde te hacen las uñas y luego te inyectan botox francés en las tetas y una carnicería que vende de todo menos carne (pero eso no es asunto mío). Con la compra de las oficinas de la consultora nos quedamos hasta con los dominios de correo electrónico que usaban y, de hecho, soy el único que los sigue recibiendo (eso le da un caché importante a mi locutorio)

Voy a ser claro: le he contado lo que me ha escrito a toda la gente de aquí y están todos encantados con la donación que comenta. De hecho están todos flipando y alguna hay por ahí que se ha arrancado a llorar a lágrima viva.

Con respecto a la oferta de trabajo en Brasil la acepto encantado porque estoy un poquito hasta lo huevos de mandar faxes y fiar lo del Internet a los tres gandules que vienen a diario. ¿Dónde hay que firmar?

Ahora que lo dice creo que la empresa quebró porque uno de sus empleados se ganó un premio parecido al suyo y tuvo la misma idea que usted (pagarle a los empleados para que dejaran el puesto tirado mucho, pero mucho menos dinero del que usted ahora ofrece) ¡Ahora entiendo que todos salieran en el periódico con una sonrisa de oreja a oreja a pesar de no tener indemnización ni nada!

Bueno, que no me quiero liar: todos aquí aceptamos su oferta y nos quedamos la espera de su respuesta. ¡Ah y gracias por el paquete! Me va a venir de perlas el dinerillo que venía dentro pa reformar el locutorio y que sepa que aquí están todos encantados con que mañana vengan los de la tele ¿No será uste amigo de la Belen Esteban? (si, aún vive)

Atentamente: Gerencia de Locutorios Ralliart

PD: A propósito, cómo algo sé de informática (que pa eso he montao un locutorio), me he tomado la molestia de averiguar l dirección IP desde la que escribe y me complace saber que está usted en mi tierra: Tomelloso. Un saludo para mis coterráneos. ¡Qué lindo es Tomelloso, con sus suaves inviernos y sus agradables veranos!

De: ramonlujan@brasilonline.br

Enviado: Martes, 14 de febrero de 2012, 16:32:10

Para: gerencia.ceo@consultora.ralliarta.es

CC: rrhh.ceo@consultora.ralliarta.es; empresa@consultora.ralliarta.es; ccoo.ceo@consultora.ralliarta.es; sradelalimieza@consultora.ralliarta.es; ladelagarita@consultora.ralliarta.es

Buenas tardes

Estimado señor o señora:

Veo que ha sido una confusión bastante lamentable. Disculpad vuesas mercedes.

Si la Empresa, como me contáis, ya no está, pues la oferta no se hace extensible a la empresa que ocupe sus instalaciones.

PD: Si os escribo desde Tomelloso, es porque he tenido que viajar de urgencia desde Río de Janeiro a ver a mi madre que está muy malita y muy mayor. Pero el fin de semana me regreso a Brasil, que lo sepáis.

¡Olvidaros de mí! ¡Fascinerosos!

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

NO TI RÍAS DE LAS DISGRACIAS AJENAS

Posted on 04 February 2012

            Se rieron de él toda la vida. Hasta su perro se rió. Dijeron que tenía las orejas como Dumbo y que iba a estar gafado toda la vida. Y así fue. El día que nació dijeron en la tele que nevaría y al final no nevó. Eso le marcó la vida: prometía mucho y al final se desinfló como un globo colorín.

De mayor se hizo payaso porque estaba convencido que en el alma llevaba una nariz roja.

El día más feliz de su vida fue cuando se compró en una tienda de mascotas al pequeño Micoloro, un perro mastín enano, albino y peleón. Él era un payaso, pero no por eso no iba a tener una vida glamorosa. Intentó mil y unas veces enseñarle modales, algún truco, algo que le valiera para hacer carrera del perro, pero no lo consiguió. Cada vez que venían sus amigos payasos a comer risketos a casa, el perro les espantaba a todos por el callejón. Ese callejón daba miedo, era como el de la niña del Exorcista.

Lo más triste que al payaso nunca nadie le llamó por su nombre y acabaron llamándole por el nombre del perro, “Micoloro”, y eso que el bicho no quería tener fama, ni talento, ni nada. Sólo quería morder a su amo de la manera más vergonzosa como venganza por haberle dejado vivir como un mastín enano que no valía para nada.

El segundo día más feliz en la vida del payaso fue el día de su boda. Se casó con una mujer que estaba como una cebolla. Al salir de la iglesia les tiraron cacahuetes en vez de arroz y en el hotel, de la noche de bodas, no le aceptaron la tarjeta de crédito del Banco Popular y tuvieron que regresar arrastrando los trajes de novios por la autovía a casa. Hacía un frío que pelaba así que le metieron prisa. Cuando llegaron al que iba a ser su hogar encontraron a todos sus amigos payasos del circo pegando las copas al techo, llenándoles la cama de azúcar y escondiendo al perro en la nevera junto a las lechugas. Al pez de la pecera le había dado de comer albóndigas y con el tiempo se murió de depresión. Esa noche no durmieron. El lunes volverían al circo a trabajar y el domingo se le hizo eterno como viaje de bodas a ninguna parte.

Después de un año se separó de su mujer y se puso a vivir en un piso de veinte metros cuadrados con el perro y una lámpara de pie que fue lo único que la cebolla le dejó quedarse. Le despidieron del circo, pero a él eso le dio igual. Tenía un perro, que cada vez que podía, daba un brinco y le mordía la oreja.

En sus ratos libres intentaba enseñarle algún truco al bicho, pero no había manera. El perro le miraba con odio como pidiéndole que acabara con su existencia de enano corto de ruedas, pero él no le hacía caso. Le trataba como a un niño malcriado. El truco de pasar por el aro jamás lo quiso aprender.

-  To-to-todos van a ir de campamento de perritos menos tú-tu-tu: los perritos de los 101 dálmatas, los hijos de la da-da-da-ma y el vagabundo y el perro de Ti-ti-ttintín. Todos menos tú- Y el perro le mostraba los dientes y se le lanzaba a la cara a morderle la oreja otra vez.

Tenía un vecino mejicano que chupaba chochitos todo el día –ya sabéis, pastillas del homeópata porque era oligofrénico y ladrón-, pero nunca le hicieron efecto. El payaso acababa todos los días llamando a la puerta del vecino para que le regresara la maceta del gladiolo que coqueta adornaba su puerta.

Una temporada le dio por trabajar de estatua humana, pero eso no fue a ninguna parte. Acabó en la cárcel por pelearse con Dora la exploradora y con Bob Esponja en la Puerta del Sol mientras un gordo italiano vestido de hombre araña intentaba separarles gritando eres un criii-mi-naal, un criminaaaal.

Un día conoció a una chica, hermosa, hermosa como la luna. Era tímida, tímida, pero hablaba por los codos porque con él se soltaba las trenzas. Ese día el perro estaba malo en casa, así que no le sacó a la calle y pudo dar un paseo tranquilo. Fue un día perfecto. Se sintió con fuerzas de invitar a la chica a tomar un café y estuvieron hablando de sus cosas hasta entrada la madrugada. Fueron de cafés, luego de bares y luego por Huertas. Se enamoró.

Y es que era flotar en el aire oírla hablar. Él estaba encantado aunque ella sólo decía tontunas:

      “Anoche fuimos con una amiga polaca a un concierto de música clásica y un amigo me mandó un video de su perro haciendo cacota, luego me distraje y en pleno segundo acto me di cuenta que en la orquesta había una gandula que en todo el concierto na más que tocó el gong. El resto de la concertina estuvo con el culo en una banqueta aburrida con los brazos cruzados sobre el pecho como Nefertiti. Dos veces estuvo a punto de venirse al suelo de hocico, pero el gandul de al lado, el del xilófono, la despertada hincándole una batuta en el chipke. En general el concierto estuvo divino ¡Me encantó! Luego nos fuimos a la escuela donde estudio chino a celebrar el año nuevo del dragón y en un sorteo me tocó un tapete de esos que se pegan al suelo para hacer meditación trascendental. Luego estuvimos comiendo como bestias y bebiendo piyou toda la noche hasta quedar tiradas. ¡Todo muy zen! ¿Alguna vez te has cogido un pedal de esos no buscados? ¡Pues a mí me pasa casi siempre!. Luego un par de chinos salidos nos invitaron a una fiesta clandestina cerca de la Gran Vía y para entrar había que entrar diciendo una contraseña que nadie sabía así que los cuatro nos pusimos a cantar villancicos; bueno, nosotras dos porque los chinos no se sabían ninguno así que le cantaron el cumpleaños feliz al portero hasta que nos echó por gilipoyas. ¡Fue divertidísimo! Acabamos en Huertas de copas en el bar de una colombiana que nos besaba a los cuatro en los labios y a una chica peruana que se peinaba sentada con las piernas cruzadas sobre la barra. El sitio estaba lleno de heterosexuales que olían a tocho y a gato mojao. Como nos vieron entrar con dos chinos pensaron “esta es la nuestra y hoy triunfamos” así que se nos acercaron intentando arrimarse, pero no les hicimos caso porque los heterosexuales para ligar son más lentos que el caballo del malo. A las cuatro de la mañana dejamos a los chinos en el bar cantándole la cucaracha a la peruana que cantaba con un micrófono de karaoke y nos fuimos. Mi amiga polaca se fue a casa porque se le puso la cara amarilla difteria. Yo me perdí por las calles buscando otro bar a ver si podía cogerme otro pedal, pero nada. Nadie me dejó entrar. ¿Sabes que yo fui una mujer super famosa? Yo era chelista, tocaba el chelo, hasta que lo empeñé en el cash & convert. Yo triunfé en Tomelloso y en Villanueva de Tajuña. Allí batí el récord de la mujer que más cervezas ha bebido sin romperse la crisma contra el arcén. Incluso salí en un periódico de unos fachas. Dijeron de mí que como chelista era excelente, pero como persona no valía un níspero. Otro dijo que tenía vida de drag queen ¡cómo si eso fuera un insulto! Pobre, pobreta, me decían por las calles. Y bueno, eso… ¿Y tú qué te cuentas?”

 

Y el payaso embobado con un hilillo colgandero por el mentón. No supo qué decir. Llevaba meses sin que nadie se le acercara y le hablara porque sí. Cogió su chaquetilla violeta, se bebió el culillo de la última cerveza, le compró una flor a la chica –de esas que venden los indios en los baretos ataviados con gafas y luces por las orejas-, y se marchó. Ese día se convenció que él valía mucho.

Al otro día tenía una entrevista de trabajo, así que se puso el despertador, encerró al perro en la bañera del baño y se fue a la cama con una sonrisa en el rostro. Al día siguiente se quedó dormido, pero fue a la entrevista porque era payaso de los responsables.

A la semana le llamaron ¡Le habían cogido! Por fin dejaría atrás una vida entera de estrecheces y, si todo iba bien, podría mudarse de ciudad y alejarse de la cebolla que sólo le quería para cobrarle la pensión y gastársela en las maquinitas. ¿Qué podía salir mal?

Su primer día de trabajo fue tranquilo. Era un call center en un polígono perdido. Todos fueron muy amables y nadie dijo nada porque llegó oliendo a mono al trabajo –no tenía dinero para el metro así que se fue caminando- dos horas para ir, dos para volver, pero estaba feliz. A la hora del almuerzo se comió las uñas y sus compañeros le hicieron un hueco en la mesa del comedor. Se sintió uno más, jodido, pero uno más. No hacía más que pensar en Micoloro y en que estaría comiéndose el sofá, pero se tranquilizó cuando uno de sus jefes se sentó a su lado y le ofreció un yogurt caducado. ¿Tú qué tal? –le preguntó-, ¿qué tal tu primer día? Y el ex payaso hizo memoria y se soltó como cuando un globo suelta el aire:

“Po-po-pos bien –dijo tartamudeando (¿He dicho que era tartaja?)-, que-que-k-k- estup-p-pendo tototodo”. Y se enmudeció muerto de la fatiga.

Todos los de la mesa se le quedaron mirando hasta que los colores le bajaron y le volvieron a subir, luego siguieron a sus cosas.

El día transcurrió tranquilo. Sólo recibió la llamada de un niño que quería ponerle nombre a un delfín, la de una señora mayor del Jurásico que quería hacerse un plan de pensiones con efecto retroactivo, y la de un segurata de la guardia Real exigiendo que le restituyeran el servicio del cable por impago al Rey para que pudiera contratar una porno –que en el fondo era pa él. Todo normal.

Por la noche llamó a su chica que le respondió con voz de ultratumba y se pegó el auricular a la oreja hasta caer dormido como una piedra.

La chica no paró de hablar como siempre, pero su voz era un bálsamo resacoso.

“Me acabo de despertar. No, mentira, me desperté hace un rato. Una amiga me mandó un wassap para contarme que estaba en el funeral de un facha en Chile y que estaba aburrida de muerte así que comenzó a transmitirme todo lo que veía: que era el responso de un militar de la dictadura que por fin la había pichado y que eso estaba lleno de enanos y nietos fachitas como el abuelo, que leían discursos y vestían como marineritos: como en una comunión de vejestorios. Luego me empezó a contar que se volvía a España porque había muerto un vecino suyo, que se había lanzao por un puente y había caído sobre un chaval de esos de la patineta de colores satánicos. Así que, aunque estaba descojonada por el funeral del momio, sentía algo de pena por su vecino porque se lanzó del puente vestido de mujer y en las noticias de internet dijeron que era un siquiátrico que se había escapado. ¡Todo por no decir que era mariquita orgulloso! Que a veces también le daban pena los periodistas del Mundo que manoseaban las noticias y las ponían al gusto de la Esperanza Aguirre y la Botella para ver si así les ascendían o les pagaban más, pero nada. Oye y cómo te contaba la otra noche: buscando, buscando otro bar dónde meterme para seguir chupando di con uno que tenía un gorila que olía a Axe que me dio un empujón como si su bar fuera la Moncloa. ¡No veas lo aguerrida y circunspecta que me puse!. Me acordé de un amigo cubano que en una disco de chachis se peleó con uno que le puso el cubata de sombrero; como era mariquita, le sacó lasuñas y le metió dos zarpazos. Se puso bien de la Habana vieja, bajitica, bajitica ¡No veas el pollo que montó! Vino la poli y se los llevó a todos, especialmente a mi amigo por tirarle los tejos a un poli… viene y le dice en toda su sanguchera que parecía tonto con la porra en la mano amenazando a un grupo de maricones perfectamente capaces de romperle las piernas… y se los llevaron a todos pero sólo a él le dijeron que se lo llevaban por gilipoyas, al resto no les dijeron na. ¡Uf, me he perdido! ¡Ah, me acordé! Que podríamos quedar el finde, me gustaría ir al museo de cera, ése bien horrible que hay en Colón para ver en qué cubo de la basura han tirao la figura de Urdangarín ¿te mola el plan? ¿Y qué tal el curro nuevo? Yo una vez curré, en Valencia –que es el eje del mal-, pero duré dos telediarios. El día que me echaron me dijeron que nunca más en la vida llegaría tarde a un trabajo, como dándome una lección, y no me dejaron explicarles que me había cogío un taxi para llegar pronto, pero que al taxista le había dado un telele y tuve que llamar por radio a una ambulancia y hacerle el boca a boca ¿te lo puedes creer? En mitá de la calle, con el taxi ostruyendo el tráfico y yo espatarrá culo arriba intentando reanimar al hombre aquel que no hacía más que morderme la lengua… ¿Oye a ti te gustan los perros? ¡A mí me encantan! Tengo un perro enamorao que se mea cuando ve la tele y un gato que persigue a los perros y que se trepa a los árboles. Mi vecina siempre me está gritando que me baje del árbol cuando intento coger al gato ¡bájate de ahí vieja loca!, me grita, pero yo no le hago caso. La vida de mi gato está primero. A mi vecina le dicen la bisagra porque vive pegá a la ventana y a la puerta ¡No vea que cotilla! ¿Y bueno, tú qué tal? ¿Oye, oye, no te habrás dormío mientras te hablaba? ¡Ya no quean cahalleros! ¡Será posible!”

 

Y el payaso dormido con un hilillo colgandero por el mentón…

Al día siguiente se encontró la ventana de la cocina que da al patio interior, por donde a veces veía al mejicano chupando chochitos, abierta de par en par. El mejicano estaba tirado en el salón y a Micoloro, el perro, encima de su cuerpo mordisqueándole la oreja. El payaso se asustó. Cogió el teléfono y llamó una ambulancia, llamó a la policía y a la guardia civil. Vinieron todos, pero tardaron. Antes que llegaran se puso los guantes de fregar los platos e inspeccionó el cuerpo del mejicano. Tenía la boca espumosa. Le habían envenenado. ¿Pero por qué en su casa? ¿Quizá intentó robarle y el perro le detuvo, le mordió y le pegó la rabia bubónica? ¿Era eso posible? ¿Así? ¿Tan rápido? El payaso miró por todas partes y no encontró más que un boli mordisqueado y una nota escrita empuñada en la mano de la víctima. Extendió el papel y se asustó. Abrió la puerta del piso, dejó al perro salir hacia el portal para que huyera detrás del primer vecino que fuera saliendo al trabajo a esas horas y se sentó en el sofá.

Y el payaso pensando con un hilillo colgandero por el mentón sobre lo que podría haber pasado en su salón, con su perro y su vecino, mientras él se dormía al teléfono escuchando a su novia abstemia…Se sintió como la madre de la niña del Exorcista.

Puso la tele. Ese día la oligofrénica del telediario decía que iba a nevar, pero no nevó ¡El colmo de la mala suerte! Abrió la ventana del salón. La policía ya estaba golpeando a la puerta. Apretó los puños y se lanzó hacia la calle con tan mala suerte que acabó espatarrao sobre un jabalí que huía del circo de Legazpi. Ambos murieron en el acto: el payaso por el golpe sobre el lomo del animal y el jabalí porque del susto se mordió y se atragantó con su propia lengua. Cuando la policía llegó hasta donde estaban ambos cuerpos encontraron en el puño del payaso una nota escrita a mano que decía: “Ha sido Micoloro”

El perro miraba la escena entre la multitud. Escapó entre la gente con la lengua colgandera sintiéndose vengado por llevar una vida de mastín enano, que el payaso cobarde nunca remedió, los días que le paseaba por el parque para que los otros perros se rieran de él.

Al día siguiente salió la noticia en las noticias del metro y la gente quedó convencida que había muerto el payaso Micolor que vendía detergente para la ropa. Se armó tanta trifulca que el actor que hacía de Micolor tuvo que dar una rueda de prensa para decir que estaba vivo.

De la chica abstemia se sabe que recuperó su chelo del cash & convert y se fue a vivir a Laponia donde vive bajo un puente. De la cebolla se sabe que ahora trabaja en el circo de Legazpi -aquel donde se escapó un jabalí- y que cobra en la taquilla. Del perro Micolor nunca más se supo nada… aunque por ahí en internet he visto por las mías un anuncio de su nuevo dueño buscándole novia perruna, de preferencia enana, por un asunto técnico-reproductivo.

 

 

 

 

 

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

LOS RUIDOS

Posted on 27 January 2012

De joven los ruidos no me asustaban
hoy el perro enmudece a los pies de la cama
y se gira dándome la espalda.
.
Aulla
.
El ruido de la cañería arrastra recuerdos de cómo sonaba el agua arrastrando patas de gallinas degolladas
Antes se tiraba todo
Hoy no arrastra nada
.
Pronto todos seremos viejos
Nos crecerán las uñas duras
Nos olerá el pelo a flor de plastico
Y comenzaremos los días entre crujidos
.
Cenaremos callos y juanetes.
.
Lanzo cosas por la ventana, grito y canto de noche,
Araño las paredes -el perro no se acerca-, y me como los granos de cemento desprendidos de los muros de la plaza.
.
Doy vueltas movido por el viento
Soy un remolino en mis fauces.
.
El perro se seca en mi pelo el ácido que cae del cielo.
.
La máquina quitanieves pasó por aquí de largo,
Iba a la ciudad en la montaña.
Llegó la autopista y el alcohol,
Los pianos y las chicas de nariz roja,
Los trajes, los maletines, los eructos democráticos y el ron.
Se llevaron todo; primero la historia, luego los hijos
Volvieron por ellas y por sus vientres,
Cuando ya no quedó nada volvieron y se llevaron hasta las piedras.
.
Hoy ellos conducen truenos, sus mujeres se inflan las tetas y sus hijos les insultan y se rebelan por nacer en la opulencia.
Cuando se pegan su teléfono a la oreja se sienten igual de solos que yo.
.
La máquina quitanieves pasó por aquí de regreso buscando otra ciudad
Esta tierra es nuestra -dijeron-, y simularon democracia sin despegar los labios de los puros.
.
Anoche tuve un sueño: las estatuas cobraban vida…

.
“Escrito entre Fuente de la Mora y Delicias”

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

DÍAS GRANDES EN MADRID

Posted on 21 January 2012

Eran días raros, yo en Septiembre, tú en Madrid

Yo pinchaba la carreta, tú acabaste empujándola solo.

-o.

¿Dónde fueron esos días?

¿Dónde se fue todo el mundo?

Han encendido las luces del bar.

-o-

Almodóvar ofrecía anuncios de escoba por las esquinas de Chicote,

Amenábar se escondía tras sus amigos,

Alaska derrapaba por Callao y Ana Blanco sin pestañear,

Todos los de la tele nos visitaban en Palafox, pero sólo abríamos si venían de noche.

O estábamos en la oficina o estábamos en Cool.

-o-

Llenamos las terrazas de Olavide y Lavapiés

Castillo, Bikel, Mónica, Gonza, Marisel, el de Graná, la Rumana, Gloria, Remy, Alberto, el Chino,

Cris, Petardo, La Pantoja, la Tita, Ana la de Catsa, los novios de Adan.

Todos oliendo a viento y gasolina.

Las cervezas para el desayuno.

Mañana ya se verá.

-o-

Isra nos esperaba en Boite ondeando su precioso pelo largo,

Adan, con racimos de uvas en las manos, siempre un motivo para brindar,

Las gemelas de la Havana; Alex el norte, Alain el sur

No ha nacido perra que nos destruya, dijeron, éste es nuestro hogar,

Manu cogió un vuelo aburrido de malmeter.

-o-

Fiestas en pisos gigantes, discotecas oscuras y chicos que esperaban en las calles el amor de sus vidas

Silvia siempre dijo que Madrid era una ciudad Sagitario -o te odia o te ama-, a nosotros nos dejó.

-o-

Mamen se perdió por Valverde, hace un tiempo la encontré

Estaba rodeada de pequeños niños apache tocando el tambor.

-o-

Los gemelos de las cuadrigas arrojaban besos,

el ángel caído se tapó la mirada,

el Madroño se comió nuestras últimas hojas verdes,

Madrid nos pasó muy de cerca, afilado, siseando,

nunca dejamos de temblar.

-o-

Lo siento

Con una buena mano también se puede perder

-o-

Tu padre pasa, saluda a la cámara, baila con tu madre, tienen veinte años (1)

Si hubiera sabido que aquellos días se irían lo hubiera filmado todo…

(1)     “Sol” – Loquillo (de copas en el Balmoral)

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

¿ABSURDIGAY, YO?

Posted on 02 December 2011


Este no es un cuento como al que os tengo acostumbrados: esto es un artículo y nace de la necesidad de explicar que aún hay salvación y que no todos acabaremos siendo absurdigays (felices de vivir en su cómodo sistema capitalista). No todos nos conformamos con ver y reírnos de las contradicciones de la gente desorientada. Bueno, eso creo yo.

Va por ti Shangay y por las risas que te habrás echado viendo el video del chico aquel, de calle Génova, el día que ganó el PP. Cítese el enlace:

http://blogs.publico.es/shangaylily/2011/11/28/el-absurdigay/

            Vamos a viajar, a otro tiempo, a un pequeño país al que la garra de la globalización también alcanzó por allá por los 90’s. Nos hizo bien, pero también vició nuestra autenticidad.

Erase una vez un país en el culo del mundo, pero no por ello menos variado, llamado Chile (un país solo para valientes porque para aguantar 17 años a Pinochet hay que serlo y mucho), en donde hasta hace muy poco ser gay significaba ser simplemente llamado MARICON, la colita del barrio, la peluquera de la esquina, el fletito, el huequito, el tontito al que compraban con un voto con sabor a libertad y luego a desencanto.

Con el pasar de los años, se fue modificando el apodo a nuestro género hasta llegar a ser GAY, que proviene del vocablo anglosajón y que significa alegre (¡!) (cosa que ya todos sabemos, ¿No véis nuestra cara de alegría los fines de semana? ¡Qué alegres somos!. No hay maricón al que no le guste irse de marcha (secreto para descubrir a un mariquita en un salón lleno de gente: Poner VOGUE de Madonna y saldrán todos hasta debajo de las piedras a bailar)

También existen los que no les gusta destacar, y ellos son la excepción a la regla. Después de todo, las estrellitas no tienen derecho a desmerecer a aquellos que no les apetece llamar la atención y que sólo quieren vivir una vida en casita, alejados de las luces, de los novios facilones, las drogas, y las tonterías de maricas que el mundo insiste en colgarnos al cuello como si nuestra vida fuese una interminable retahíla de estupidez vana. También está el resto, ese grupo de chicos y chicas a las que los avances sociales simplemente se la bufan y prefieren seguir un patrón de conducta lleno de tópicos para que nadie vaya a pensar que somos unos desadaptados entre los desadaptados: coleccionar amantes, hacerse tatoos, ir al gym, meterse anabolizantes, fingir que nos duele cuando un novio nos deja, sufrir sólo por los cabrones, comprarse cosas inútiles marca “gay”, rodearnos de amigos “gays”, de mariliendres y de todas aquellas cosas que nos ayudan a que todo el mundo vea que pertenecemos a alguna subclase dentro de otra subclase, y así llegar a la vejez felices y satisfechos de haber tenido un paripé de vida que nos satisfizo. ¡Ah! Y que en nuestra lápida ponga con brillitos: “Amé toda mi vida a Madonna por sobre todas las cosas

Pues bien, gracias a la llegada de Internet, por aquel tiempo, muchos que estaban escondidos en los viejos armarios de Chile, salieron a la luz, otros se quedaron encerrados (y a estas alturas deben ser orugas); estos últimos aún están probándose la ropa de la madre y sus tacones (llámense ingenieros, abogados y médicos muertos de miedo de que se descubra su secretito en el trabajo – llámese mina, buffet, congregación religiosa, partido político de derechas, o en el colegio de médicos donde está tan de moda ser del odioso Opus Dei)

De los que estamos afuera, no sin mucho esfuerzo y dolores de cabeza innecesarios, hemos de sobrevivir día a día haciéndonos los hombres, los machos recios que nos gustan las tías, para luego soltar pluma para que no piensen que hemos dejado de pagar la cuota mensual del club vip marica.

Quiero aclarar, antes de seguir, que vamos a dejar tranquilas a las lesbianas porque una de ellas, sólo una, es capaz de mostrar más sentido común que cien maricas con bolsas de la colección de Versace del H&M.

Eran muchos los especímenes que se podían encontrar, como decía, cada fin de semana, en cualquier bar, disco o sauna gay de Santiago de Chile. Los había de todo y para todos los gustos. Vamos por partes (Extrapolar por favor chicos, que da igual si estáis en Tomelloso, Rancagüa, o en NYC ¿Recordáis la palabra globalización? A ella nos apuntamos de los primeros… caemos más rápido en los tópicos que ningún otro gueto. ¡Cachis! ¡Ya he dicho la palabra prohibida!

A saber:

1. Los regios (primer puesto para los que están buenos que te cagas, que se dejan las neuronas en los gimnasios, y se puede decir que físicamente son perfectos -del resto de cualidades ni hablar; si lo mismo hay alguna excepción… Disculparme un momento, es que no puedo parar de reírme…

2. Los top (están buenos y sicológicamente parece ser que no tienen problemas sicológicos ni viven aún con sus padres. Vamos, que no hace falta examen psiquiátrico ni nada para decir que son los hombres perfectos, los que son parte del inventario del lugar de moda, los que si vas un día a la discoteca (aunque se haya declarado una Guerra civil) allí estarían peinando a su amiga, la transformista. ¡Cachis! ¿Decir transformista es sinónimo de decir “ya no me parece tan perfecto”?

4. Las divas, especímenes sin miedo al ridículo porque hay que ser valiente para creerse diva a estas alturas del siglo. Dícese de aquellos que se piensan superiores a la media y que no le dirigen la palabra a nadie a menos que sea para insultarle.

5. Los osos, último resquicio de humanidad de la comunidad gay.

6. Los provincianos, que vienen a la capital a liberarse.

7. Los hetero-curiosos. La curiosidad mató al gato ¿Lo sabéis no?

8. Los hetero-bi  o cualquier otra terminología compleja que sólo sirve para segmentar.

9. Los que se disfrazan; aquellos que creen que si usan gafas D&G, traslucidos ahumados en degradé se ven más glamorosos. Se parecen un poco a las divas, pero al menos mantienen la boca cerrada y se mueven al ritmo de la música como si estuvieran encerradas dentro de un cubo.

10. Los fashion hortera-victims: que usan camisetas tan ajustadas que parece que van a explotar de un momento a otro y se calzan esos vaqueros tan ajustados que más que insinuar gritan: ¡Mi culo está disponible! También suelen pasearse por las piscinas municipales. Si sois del rollo “sólo leo libros de sagas de vampiros”, sabréis cómo destruirles preguntándoles quién era Dostoievski.

11. Los extranjeros, que fliparan con nosotros de vernos tan catetos aún.

12. Los primerizos, que no se separan ni un instante del grupo del acojone que tienen. No van a los servicios solos.

13. Los que van de turista (que van con la cámara de fotos) ¿Sabías que en Fausto, la discoteca gay chilena más famosa de todas, no se puede entrar con cámara? Así era hasta el año 2004 por culpa de los famosos que iban de estrangis… vaya que hubiera alguna cámara suelta y acabaran en la portada de alguna revista cutre del corazón.

14. Los latinos y folclóricos, aquellos que se ofenden si no suena Mónica Naranjo, alguna cancioncita de Eurovisión o Isabel Pantoja (algo me dice que de todos modos se lo pasan bien)

15. Los autodidactas, que se diseñan su propia ropa pegándole mostacillas brillantes a las camisetas. No visten nada que no ponga D&G (droga & gilipollas)

16. Los rebaños, que llegan en manada, hablando y haciendo escándalo como si fueran la comitiva del presidente.

17. Los repetitivos, que van 1000 veces al mismo sitio (son los más aburridos) y que ves con la misma ropa, la misma copa y la misma actitud de “no encuentro al amor de mi vida; acabo de rechazar a un chico prácticamente perfecto, pero me gusta sufrir como una tonta”

18. Los evidentes que sin embargo se ocultan ¿Cómo pueden vivir pensando que nadie ha reparado en ellos?

19. Los felizmente comprometidos; ¿Van a pasarlo bien o a mirar para el lado? ¿Por qué seremos tan hijos de puta que cuando estamos con alguien nos apetece tirarnos a todo dios?

20. Los chulos, que van detrás de un tío con pelas ($)

21. Los tíos con pelas (probablemente gente madura) De esos que buscan en la cama lo que el espejo no refleja. ¡Por dinero baila el chulo!

22. Los estrafalarios, que se visten con los modelitos más increíbles para dar un aspecto fashion-alternativo-cosmo-marciano-maricón. ¿A que estos se parecen a las divas, a los auto didactas y a muchos más? Si es que eso de segmentar al final no va a ser bueno que nos liamos.

23. Los machotes, que una vez borrachos, te dicen que te quieren. El resto de la semana pasan de ti como de comer mierda.

24. Los cibernautas, los que tienen cita hecha por Internet. 50% probabilidades de que acaben bien.

25. Los hetero-infieles, que van a ponerle los cuernos descaradamente a sus esposas/novias y que después de tener 3 hijos ¡se dan cuenta de que son gays! (¿no estaban en extinción?)

26. Los políticos idealistas, que están todo el día con el discursito marxista anticapitalista, comunista, anti racista y muchas más “istas” que para seguirles el rollo hace falta haber leído mucho, mucho.

27. Los bipolares, que necesitan ayuda urgente para aclararse sobre qué quieren en la vida. Necesitan manual de instrucciones, uno gordo.

28. Los mentirosos: esos que te dicen que son en los chats que son cachas, rubios, de ojos azules, y que alardean de posición social y otras memeces que creen importantes.

29. Los Mister Algo, que heredarán el Reino de los cielos porque de vosotros están llenos los realities de la TV, con sus panelistas, tronistas, o como se llame a aquel grupo.

30. Los actores/cantantes/famosos/famosillos, que tienen horror a salir del armario porque no pueden vivir sin los gritos de las niñatas.  (Acaban siendo tronistas. Siempre)

31. Los Muscu-locas, los del eterno gimnasio que no hablan más que de proteínas y anabolizantes). También llamados “hombres gamba”. La tienen chica, pero no les importa, porque es un problema de proporciones y siempre dirán que eres tú quien tiene un cuerpecito de mierda y que te mueres de envidia.

32. Los compañeros del trabajo, que tenías la duda de que si eran o no, pero una vez que los viste en el lugar ya no te quedó la menor duda ¡Cómo nos gusta homosexualizar a todo dios!

33. Los promiscuos, son los que mejor se lo montan, aunque la depresión post-polvo es horrorosa. Son aquellos a los que no reconoces vestidos y que seguramente pasan temporadas encerrados en casa curándose de la última venérea.

34. Los viajeros, los que la  última vez que hablaste con ellos te dijeron “Me voy al extranjero”, y aun están aquí porque no hablan ningún idioma y se han acojonado. ¿Dónde se vive mejor que en Chile?

35. Los retornados, que vienen recién bajando del avión y se creen que van a arrasar todo y se sienten más famosos que Hugh Jackman. Este grupo suele cambiar de acento con una facilidad abismal y vive preguntando “¿Cómo se decía esa palabra que quería decir cutre en chilensis?”. ¡Hortera!, amigo, ¡hortera!

36. Los fans de Madonna, si chicos, os merecéis capítulo aparte porque sois muy cansinos.

37. Los TV-lameculos, que hacen séquito del actorcito o cantante de turno. Se conforman con poquito.

38. Los sadomasoquistas. No chicos, no me refiero a los que solo se enamoran de heterosexuales inalcanzables, sino a los que se visten de cuero y se dan de hostias con fustas en sitios que, de sólo nombrarlos, ya duelen que te cagas.

39. Los groupies, esos que sólo te hablan o se acuestan contigo solo si eres famosete y que en el fondo no le hacen asco a nada, ya seas Brad Pit o la duquesa de Alba.

40. Los feos atractivos, que desafortunadamente no entran en los cánones de belleza gay. No sé cómo lo hacen para sobrevivir entre tanto maricón falsete. Ojo al dato: Ellos no han olvidado el secreto de la verdadera seducción.

41. Los vanidosos, sólo tienen tiempo para mirarse al espejo y que no saldrían con nadie a menos que fueran ellos mismos o su clon. Al final siempre se  quedan solos porque a nadie le gusta acercase un tarado de ese calibre. Bueno, alguno hay.

42. Los drogatas paupérrimos, juntando moneditas para la siguiente pasti.

43. Los drogatas divinos, que tienen pasta para invitar a toda la discoteca a pastis. Obviamente no lo harán, que el resto se joda y se busque la vida. Gustan de rodearse de drogatas paupérrimos, pero se hacen ascos entre ellos.

44. Los andróginos. Ahora les llaman Emos y sólo piensan en suicidarse porque está de moda.

45. Los anoréxicos; los que adelgazaron, pero las malas lenguas llaman flacos dudosos…

46. Los Super-hombres, dícese de aquellos gays que se creen especies superiores y que tienen la cabeza comida por ideas nihilistas, individualistas, narcicistas y un largo “istas”. Son ultra-modernos, esculpen sus cuerpos, tienen mucho dinero, lo gastan en cosas de absolutamente glamurosas, sólo ven el canal Divinity, el MTV o cualquier cosa, que proyecte en la pantalla, que son superiores. En sus ratos libres les gusta imaginar que son super-héroes o agentes secretos con la misión de exterminar a todo aquel gay que no rezuma technocracia. Están convencidos que después del Armagedon tecnológico y social, serán los únicos que sobrevivan, porque cómo va a ser posible que criatura más perfecta que ellos, se acabe pudriendo como el resto de los mortales… ¡Dios, cuánta vulgaridad! Hablar de ellos me ha contagiado de su prepotente arribismo.

47.- Ah!… también hay una desviación genética en los Super-hombres, aquellos que en los 90′s se les llamaban, microeconómicamente hablando,  Hombres-light. Ahora se les llaman Maricas con poder especulador. Han pasado de ser lights a ser heavies, heavies en cuanto a ambición. Se gastan el dinero en chaperos y tienen cargos públicos. A veces salen en las noticias olisqueando las discotecas de Ibiza.

48. Otro desorden genético del gay super-hombre es una criatura algo más simplecita, más edulcorada, llamada Marica-Azafata- de-vuelo (como las Nancys) a ellas les ofende que las traten como Camareras-de-aire y sólo hablan de timing, delayed, NYC, Bali, autóctono, Salidas, llegadas, Cabin crew, turbulencias, Bangkok y jetlag. Tambien mutan en Marica-dependienta-de-Dolce&Gabana, Marica-enfermera-psiquiátrica, Marica-de-alto-standing y nuestro último modelo: la Marica-Willy-Fog que inunda sus perfiles con fotos alrededor de todo el mundo. Todas estas maricas tienen como referente al Ken de Barbie. Se les reconoce fácilmente porque cuando quedan con sus amigas maricas les tratan como si fueran catetas que nunca han visto el mar. Hablan muchos idiomas y los mezclan entre sí sin reparo ni verguenza ajena. Nunca invitan a nada y se gastan el sueldo llenando el armario. No admiten objeciones a sus comentarios totalitarios. Son tontas y ellas lo saben.

Y así podría seguir todo el día clasificando a la gente, pero como diría el gran sabio Homer Simpson: Me aburro. Y es que tenemos esa fea tendencia a decir que no pertenecemos a ningún grupo durante la semana y luego, los fines, nos damos de hostias por entrar a cualquier boliche de mala muerte con letrero luminoso que prometa una noche de música que ayude a olvidar. Somos capaces de hacer una fila kilométrica rodeados de fauna variopinta aunque esté cayendo la de Dios; capaces incluso de pagar una pasta gansa por estar dentro de estos mal llamados “sitios exclusivos” por apenas una hora de baile, una copa del garrafón más malo, y una serie de tonterías que sólo una mariquita idiota podría hacer y así, sentirse aceptado e integrado dentro de un exclusivo grupo de subnormales que te dicen: qué hacer, qué vestir, qué beber, qué opinar, a quién votar, a qué gente acercarse y de quienes pasar como de comer mierda.

Y si no quedó claro de qué va el término “absurdigay”, pues lo explico con poquitas palabras (y fuera ya de bromas)

Absurdigay: dícese de un nuevo grupo citadino que responde al llamado selvático de la derecha, sin saber muy bien qué están diciendo, y por no quedarse debajo de la carroza de la victoria, es capaz de traicionar sus propios valores. Ellos aman las cámaras de TV; pueden camuflarse perfectamente entre xenófobos, explicarles que también son seres humanos, que a ellos también les gusta ir a la Iglesia, que nunca pensarán en casarse con su novio porque lo dice Dios, y fingir que no oyen cómo se burlan de él por ser incoherente con su discurso. En el fondo se lo pasan pipa cantando el Pe-pe-pe-pe-peeeee.

Señores, ha nacido una nueva especie: El absurdigay, pero a mí me importa poco. Estoy más pendiente del último disco de Paulina Rubio y me muero de ganas porque gane mil premios MTV y deje por los suelos a Kylie Minogue ¡Menuda mamarracha! ¡Hay qué ganas tengo de verle celebrar su premio EMTIVÍ o VIEISHGUAN con Mario Vaquerizo en una discoteca; que me miren, me firmen un autógrafo y me traten con la punta del tacón por no vestir una chaqueta de cuero ultra exclusiva! Si es que me lo tengo merecido por no tener sus respectivos niveles adquisitivos…

La verdad es que, cada vez que veo el video del chico “absurdigay” me río, por no llorar…

 

 

 

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

MARICÓN SONRISA

Posted on 01 November 2011

                En la Facultad tuve un profesor al cual llamábamos “maricón sonrisa”. Debo aclarar que en Chile hay muchas interpretaciones para la palabra “maricón”. Una es “cobarde”, como aquel hombre que pega a su mujer, o aquel soldado que huye, pero que vale para otra guerra (los chilenos somos así de raros con el lenguaje; somos capaces de meter en un mismo saco a cobardes y a sensatos). Luego está el “maricón” de siempre, aquel al que tratamos así por ser afeminado y al que tememos – y envidiamos – porque sabemos que él hace lo que quiere con su vida sin importarle lo que piensen los demás. Otro espécimen es aquel que nos juega alguna mala pasada, por ejemplo tu inquilino si deja tu piso sin previo aviso (es un maricón por dejarte tirado). Finalmente está – aquel que es motivo de este cuento – el siempre mal ponderado maricón sonrisa.

                Como contaba, el profesor al que tratábamos así, era capaz de dar cátedra con una sonrisa en el rostro, responder tus preguntas fuera del horario habitual e, incluso, parecer cercano y amistoso, pero llegado el momento de los exámenes finales era perfectamente capaz de “rajarte” de pies a cabeza y suspender a todo el mundo para luego irse con los exámenes bajo el brazo, su acostumbrada sonrisa en el rostro, y un “hasta luego, chicos” lleno de cariño.

Cierta vez que había suspendido a todos por quincuagésima vez – y antes de arrojarme a su cuello para estrangularle – le pregunté por qué se actuaba así, engañándonos, haciéndonos sentir que le importábamos y sin embargo, nos suspendía porque sí. Él, sorprendido de que uno de sus alumnos (al que consideraba el más listo emocionalmente) me respondió: Francisco, hijo, primero que nada tienes que estudiar más. Esto no es un juego donde tendrás muchas oportunidades. En la vida vas a encontrarte con hijos de puta que te van a decir a la cara que te odian y, que si pudieran, te jodían la vida sin compasión. Esos serán muy pocos – ojalá hubiera más gente honesta de este tipo en el mundo -. El resto, movido por sus propios intereses, te harán la cama con una gran sonrisa y, apenas te descuides, te clavarán la puñalada por la espalda (seguramente antes prepararán el camino hablando mal de ti a tus espaldas y tirarán tu reputación por los suelos). ¿Qué prefieres? ¿Qué alguien te diga a la cara que eres un hijo de puta inepto o que lo desperdiguen en tu empresa para que todos piensen lo mismo y te despidan? Yo sólo les estoy preparando para lo que se van a encontrar afuera en el mundo. Yo no pretendo que se acuerden de mí con cariño, sino que se acuerden de m como el “maricón sonrisa” que les enseñó a cuidarse la espalda y a olisquear a las hienas cuando acechan en la hierba. Y era cierto. Él sabía desde siempre el apodo que le habíamos puesto; sin embargo, no noté en él ninguna actitud vengativa.

No es que haya aprendido muy bien la lección -como la madre del cervatillo enseña a sus crías a olisquear a la hiena -, pero lo intento. Sé que en el camino han quedado muchos cervatillos y estoy seguro que llegará el día en que el olfato me falle y las hienas me den alcance, pero al menos podré contar que escapé de muchas otras antes.

Espero, sinceramente, que el “maricón sonrisa” siga dando sus cátedras, pero espero mucho más que algún que otro cervatillo coja la lección y la aprenda de verdad.

Afuera hay muchas hienas esperando ( y gente amaestrándolas)

 

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

RONDANELLI EN POCAS PALABRAS

Posted on 29 September 2011

                “La frase: Ground control to Major Tom  debería ser la frase más importante de todos los tiempos; la que se debería enseñar a los niños en los colegios, la que debería viajar en el tiempo y en el espacio como símbolo de lo que alguna vez fuimos…”

                Rondanelli apaga el televisor y se va al pasamano de la corrala vistiendo su bata deshilachada y sus pantuflas del número cuarenta y cinco. Es calvo como un globo terráqueo. Tres pelos le adornan el cráneo liso y perfecto.

Rondanelli fuma y arroja la ceniza del cigarrillo desde la tercera planta para que la filipina del primero se hinche, culo arriba, limpiando la mierda que él arroja, cada tarde que se aburre.

A veces se toma un mate sin azúcar. Un pequeño termo de agua caliente le calienta la pierna izquierda.

De la cama al sofá y del sofá al pasamano – él nació allí, en los pasillos de la corrala que otrora perteneciera a su familia de apellido ítalo-argentino – así durante cincuenta y siete años.

Hoy es un día especial. Hoy ha decidido vender lo último que le queda: su BMW de segunda mano que, oficialmente, nunca aprendió a conducir, pero que en verdad nunca usó porque no cabía en su interior. Al final todo lo bueno se acaba y hoy tocaba decidir la venta al primer estúpido que no supiera de coches y que lo compre sin preguntar mucho. Rondanelli se queda a pie – a la que te criaste – hasta el día que la suerte le tocó y pilló tajada gorda en la Lotería.  Ojalá y lo venda antes que cualquier envidioso se lo choque mientras está aparcado en la calle de atrás.

Hoy ya no queda dinero. Hoy sólo quedan los dos pisos de la corrala – aparte del suyo -que subalquila a ese grupito de chavales paletos que han venido a Madrid a estudiar a la UNED de Lavapiés (porque hay que ser paleto para mudarse a la capital a estudiar algo que perfectamente puedes hacer a distancia). Ellos son cinco –cuatro chicos y una chica – repartidos en dos pisos de la misma planta en la que él vive. Les ve salir a todos cada mañana para ir a clases, pero a mediodía les ve dando vueltas por los locutorios y cajeros automáticos buscando a quien sisarle unas monedas para un par de canutos. Rondanelli piensa que el día que les encuentre dando vueltas por Embajadores, ese mismo día, les pondrá en la puta calle. Rondanelli jamás baja a esa glorieta, así que jamás se dará cuenta hasta que le llamen los del banco para decirle que ya no queda dinero. Ese día no habrá quién responda por ello.

¡Mírales! ¡Todo el día tocándose los huevos! Los cinco inútiles dando vueltas como gallinas degolladas por la plaza de Lavapies. Todo el día, los cuatro inútiles y el pequeño zorrón, de rastas largas, apestando a hachís y escuchando esa música rara que les hace sentir distintos entre sus pelotudos congéneres que huelen igual que ellos. ¡Mírales!, huyendo descalzos  de la lluvia para refugiarse bajo las piedras de la biblioteca de las Escuelas Pías. Cuando deje de llover subirán a la cafetería de la terraza a secarse los pantalones multicolores al sol, mientras discuten de política de izquierdas, soñando en secreto, con pertenecer a la derecha para cobrar lo que Esperanza Aguirre. En el fondo todos los seres humanos somos iguales, piensa él, todos somos como monos que bailan por monedas.

Llegará el fin de semana y se encontrará a los cuatro orinando los contenedores, fuera de La Ochenta de Sombrerería, mientras la chica les hace unos tiros sobre el capó de algún coche mal aparcado.

Rondanelli espera fumando apoyado en el pasamano de la corrala, en la tercera planta, a que lleguen los estudiantes borrachos, que llegue la jipjopera tartamudeando con el último cotilleo, o el vecino del cuarto a pegar a su mujer, o a los filipinos del primer piso con la espalda deshecha, o Joaquinita con algún chico que se la quiera llevar lejos de su madre y de su hermana tonta, o el niño azul de los avioncitos de papel, o Camilo – el mariquita del segundo – con algún cliente al que sacarle los cuartos a escondidas de su novio trabajólico o cualquiera, el que sea, al cual observar desde lejos, fumando, para sentir esa sensación que palpita en su pecho. Rondanelli les observará a todos llegar a casa cada noche y vendrá la envidia del observador de la vida.

Ellos se creen que no me doy cuenta de sus vidas, piensa dándole una chupada al mate. Y regresará a la cama, y de allí al sofá, y del sofá al pasamanos.

Esto es la corrala. Aquí estamos todos – enfangados -, pero estamos.

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

LOS NIÑOS AZULES

Posted on 07 September 2011

                Lo primero que oyó la jipjopera, incluso antes de abrir los ojos, fueron los gritos que venían desde lo alto de la pirámide de toda aquella gente que celebraba su caída al vacío. Intentó levantar la cabeza para respirar una última bocanada de aire antes de desvanecerse, pero sintió millones de agujas que se clavaban en su rostro, como miles de pequeñas piezas desmembradas de lo que una vez fue su cráneo. El cabello negro y largo le cubría el rostro; abierta de manos y pies sobre el bloque aquel de caliza, no quedaba más que esperar a que el sol le calentara un poco antes que viniera la marabunta a darle muerte. Vendrán apenas vean que aun estoy viva, pensó, así que no me moveré. La jipjopera prefería pasar los últimos segundos de agonía en paz, sintiendo que los pulmones se llenaban de sangre caliente – como cuando el Nilo desbordaba la cosecha, lento, lento -, antes que perecer golpeada por una lluvia de piedras. Lo último que oyó la jipjopera, antes de sentir que se vaciaba por los cuatro costados, fue la voz de un hombre de voz suave, muy suave, que le susurraba al oído:

“¿El hombre es un simio o un ángel?”

-o-

                Por las noches, la jipjopera, leía libros mientras esperaba que el lexatin hiciera efecto. –¡Qué aburrimiento!, pensaba, ¡novelas escritas en primera persona! Y digo “pensaba” porque, si lo decía en voz alta, tartamudeaba y eso no le gustaba. Cinco minutos más tarde ya comenzaba el sueñecito y, las primeras gotitas de sudor bajando por el cuello para acomodarse en el hueco de sus clavículas huesudas. Mientras, su gato de culo torcido, bostezaba a los pies de la cama.

-o-

                Se despertó en la puerta de la corrala, desorientada y descalza. Junto a ella tenía a la parejita de vecinos del edificio de al lado que le hablaban de sus planes de matrimonio y; sin pensarlo ni nada, se auto invitó a su boda marroquí. Insistió tanto que acabaron aceptándola de mala gana. Prefería pasar por confianzuda a pasar por loca. No le quedaba otra: disimular para que no se dieran cuenta que no distinguía entre pesadilla y realidad.  ¡Iba a ser la más guapa entre todas las moras asistentes a la boda! – pensó dentro de su ignorancia mientras se toqueteaba el rostro buscando fracturas. ¡Tenía que comprarse un par de zapatos nuevos, un trozo de tela bien de brilli brilli y una tiara para ir como una reina!

A la novia no le hizo mucha gracia que la jipjopera se auto invitara; no porque todos dijeran que era una vieja chalada, sino porque le faltaba un diente y le iba a afear las fotos.

Al novio le dio un poco igual – esa vieja no llegaba ni de coña a La Mamounía -, así que se hizo el amable apuntándole su número de teléfono marroquí en un papelito y se lo puso en la palma de la mano. Cuando él le preguntó si tenía algún teléfono que darle por si se perdía en Marrakech, la jipjopera le dijo que el número no se lo daba a desconocidos  ¡y se quedó tan pancha! Al novio moreno se le cayó un trozo de diente de la impresión (la loca aquella se estaba auto invitando a su boda, pero le estaba diciendo en su jeta que no era pájaro de su confianza), y se dio la vuelta, blanquecino, para ir a meterse al coche que tenía aparcado en doble fila. La novia se quedó de piedra, de pie, con cara de pazguata, sin creer lo que estaba oyendo y no despertó de la impresión hasta que su novio le tocó el claxon para largarse de allí a seguir repartiendo invitaciones.

La jipjopera les vio salir por patas en el coche y se despidió de ellos con un saludo de princesa, pero luego, cinco minutos más tarde, ya había olvidado con quién había estado hablando. Cosas del Alzheimer. La anciana miró hacia la corrala y vio cómo descendían, suavemente en vuelo, tres avioncitos de papel que un niño hacía volar desde lo alto. Y sonrió hasta que el sol le cegó la mirada. – ¡Que la boda es en Marrakech!-, pensó en un arranque de cordura, como si acabara de ver esto como la escena de una película antigua-, ¡que me tengo que comprar unos zapatos! Y se le vino el mundo encima de sopetón.

La jipjopera dio un primer paso descalza, luego dos, y luego tres – como si no reconociera los pasos que daban sus pies, como si el cuerpo que estaba ocupando no fuera el suyo -. Se fue directo a una tienda de babuchas, se calzó un par, y salió caminando por las tiendas de Lavapiés en busca del vestido de invitada perfecto para una boda marroquí. Visitó teterías, zapaterías y peluquerías moriscas y no encontró más que una cachimba barata, unos inciensos en una tienda de mayoristas y un cedé pirata de Selif Keita que compró en un top manta casi llegando a Tirso de Molina. Pero de vestido ni zapatos nada. Tiró como en dirección al Rastro y por sus calles se perdió. Cuatrocientos elefantes, bordados con hilos de oro, le sonrieron desde una tela sedosa a través del escaparate polvoriento de una tienda y a por ellos fue. Puso de vuelta y media la tienda y casi hizo enloquecer a la dependienta hasta que salió de allí con la cantidad de tela necesaria para hacerse una carpa de circo, una tiara de reina jordana hecha con monedas de un céntimo que le hizo ilusión y una pitillera monísima para no parecer una cualquiera durante el convite ¡Sólo le faltaban los zapatos! Se perdió por las zapaterías de Sol buscando un par de zapatitos de cristal – que tenía en su mente idealizados -, hasta que los vio: refulgiendo desde aquel escaparate, el par más bello del mundo, rodeado de pelucas, aceitunas y melones, y calzando los pies de una hambrienta maniquí. Preguntó a la dependienta por ellos y ésta le cerró la puerta en las narices diciendo que no estaban en venta, que se fuera a MaryPaz, que le espantaba a los guiris y fuera, fuera, circulando, que hoy no he vendido ná.

La jipjopera se fue cabizbaja pensando en que estaba realmente jodida ¡Cada día debo tener más cara de loca porque no se explica que me traten así!, pensó de camino a alguna peluquería donde quisieran hacerle un algo, lo que fuera, con tal de que el mundo la respetara.

Suspiró. Estaba de pie, en una esquina, esperando la luz verde para cruzar. Y fue el recuerdo de una luz roja – que en alguna otra vida vio – la que le ayudó a razonar y a reconocer que ya no iba a la boda en Marruecos. Ba-ba-basta ya de pensar k-ko-como una niña, se dijo a sí misma. Y cruzó la calle en paz. Iba a ser una pena perderse todo, pero ya algún día vería las fotos, cuando los novios le perdieran el miedo, y se acercaran a su piso a mostrarle el álbum.

Se lo iba a perder, pero estaba tranquila. Se iba a perder el ver a la novia, vistiendo su takchita, llevando las manos y los pies pintados de henna; al novio vistiendo su djellaba y a ambos alzados en sendos tronos como reyes. Se perdería el banquete: la harira, los keftas, los dátiles y el cous-cous; los zumos de melocotón y el baile al ritmo del tambour, las zummaras, el darbuka y las qarqabas. Se perdería a los señores dando palmas con compostura y las señoras moviendo las muñecas como cogiendo las estrellas del firmamento. Se perdería a las abuelas – y a las mujeres en general – que se atrevieran a hacer el yuyu haciendo bailar sus lenguas. Se perdería el silencio de los grillos, embrujados, en los jardines de La Mamounía. Se perderá el final de la noche. Se perdería los siete vestidos de la novia, las lágrimas del novio por haber robado descaradamente el diamante más hermoso del Magreb, y el fin de fiesta rodeada de desconocidos. Se perderá…

La jipjopera entró en casa, soltó las bolsas, y llamó por teléfono –al número que ella creía tener apuntado en el papel – para decir, con la dignidad de un dignatario, que no podría ir, pero no hubo operadora en Marrakech que pudiera pasarle con el novio ni con nadie de los invitados a la boda. “Un moment, s’il vous plaît, un moment…” –, fue lo único que obtuvo por respuesta. Y, resignada, colgó y se tomó un lexatin.

Despertó atragantada, en una habitación a oscuras, con la cabeza colgando boca arriba a los pies de una cama que no era la suya. Se levantó, tosió un poco, y se acercó a una puerta cerrada por donde escapaba algo de luz de una habitación contigua. Abrió la puerta lentamente, hasta hacer un hueco a sus curiosos ojos, y vio girar sobre sí a un niño vestido de mujer, en trance, mientras un grupo de hombres en corro le aplaudía. Hasta aquí todo bien, pensó, porque estaba acostumbrada a las pesadillas violentas, pero el mazazo siguiente que recibió en la nuca, le dijo que eso ya era un poquito menos normal.

Despertó en tierra. Unos brazos fuertes le despegaron el rostro de la nieve y la arrojaron a un agujero donde yacía en el fondo, encogido, un niño de piel plomiza que no respiraba. Comenzó a nevar tierra desde el cielo hasta que sintió que ya no le quedaba oxígeno. Se asustó porque, aunque sabía que era una pesadilla, no podía ignorar que podía darle un jamacuco y petarle la patata en pleno sueño. Intentó jadear más pausadamente para calmarse pero los latidos de su corazón se aceleraron más y más. Mañana despierto agarrotada en la cama, pensó. Cuando ya creía haberse calmado por completo abrió y cerró los ojos rápido y, para su sorpresa, ya no había tierra mezclada con nieve y piedrecillas. La pesadilla había acabado. Eso llegó a creer convencida porque iba a dos pesadillas por noche. Se puso de rodillas. No estaba en su cuarto, de eso estaba segura. Estaba detrás de una barra rodeada de cristales rotos. Se miró las manos ¡la izquierda le estaba sangrando profusamente! Miró a su alrededor como haciendo un barrido. Los sonidos del lugar comenzaron a llegar en cámara lenta, deslizándose, primero un grito seco, luego uno más largo y desesperado y luego una retahíla de rezos en tropel mezclado con llantos. La habitación estaba llena de gente desconocida que hablaba un idioma extranjero que no entendía, que se chocaban entre sí, intentando escapar de algo. Unos hombres lanzaban sillas y mesas contra los cristales y otros intentaban abrir las puertas de las salidas de emergencia. Nadie reparó en ella. La jipjopera giró sobre sí y reparó en un hueco en la pared, como una especie de buzón donde meter valijas y paquetes que, al parecer, comunicaba con la primera planta de aquel edificio. Un niño – con el mismo rostro del niño de los avioncitos de papel – le observaba desde dentro del habitáculo. El niño sonrió y cerró la puerta del buzón para dejarse caer hasta abajo, a la primera planta, donde alguien le rescataría con todos los huesos rotos, pero vivo. La jipjopera sonrió. Era la primera vez que vivía una pesadilla en la que alguien se salvaba.

El calor era asfixiante como si el mismo sol se alojase en la planta aquella. Los gritos fueron subiendo en intensidad y las imágenes se abrieron ante sus ojos en toda su magnitud, como si estuviese a solas, de pie, frente a la pantalla de un cine con pantalla i-máx. Y entonces sucedió: a través de las ventanas lo vio venir, con la seguridad de un misil teledirigido, un avión gigantesco de pasajeros directo a la planta donde se encontraba. Afuera, desde las plantas superiores, seguían lloviendo seres humanos como copos de nieve que no llegarán a tocar el suelo con vida. El impacto del avión en la torre ya lo conoce todo el mundo.

¡Se despierta sobresaltada! El gato ha huido al sofá del salón y alguien golpea con el palo de una fregona bajo su cama: Es la vecina de abajo que no puede dormir con los gritos que seguramente ha estado dando mientras soñaba: ¡Que te calles, vieja puta, que hay gente que trabaja temprano!, le gritan desde el piso de abajo y desde el patio de la corrala. La jipjopera ya está acostumbrada a sus chillidos porque sin ellos se sentiría muy sola.

El niño de los avioncitos, el hijo de los vecinos, le cae bien. Es un niño muy despierto. Su familia se ha mudado hace un tiempo a la corrala: el padre es una especie de monstruo mentiroso y la madre es de aquellas mujeres que nunca denunciaría un mal trato por no dejar a su hijo sin padre. La jipjopera desconfía de aquel hombre, pero no recuerda muy bien porqué. Lo mismo no sabe si lo soñó o si se lo está inventando.

Un par de noches antes, mientras daba un paseo por la calle de atrás para tomar el fresco, vio al vecino reventando los neumáticos de su propio coche y luego dándose de golpes en la cabeza con el espejo retrovisor arrancado hasta quedar ensangrentado. Todo un poema. El hombre aquel le odia a muerte, piensa ella, porque es la única que lo ha visto y teme que se lo cuente a alguien tartamudeando –aunque tarde una tarde entera -, pero teme a fin de cuentas que lo escupa. Hay que ser muy miserable para tener miedo de lo que pueda decir una pobre vieja, piensa ella. Hay que ser muy cotilla como para irle con el cuento a mi mujer, piensa él. Pero nadie piensa en el niño que ya se huele la tostada desde hace días.

La jipjopera aun recuerda la primera vez que vio al niño de los avioncitos. El niño azul, le llama ella, porque apenas le vio pudo percibir el color de su aura. Soy su vecino, le dijo él, presentándose en la puerta de casa con sus ojos grandes y negros, ¿si le cuido el gato me daría monedas para comprar papel? Ella aceptó. Entre los dos se creó un vínculo indisoluble: ella le contaba sus pesadillas y él la oía tartamudear divertido. Lo que hay entre nosotros no nos lo puede quitar nadie, piensa la jipjopera. Lo que hay entre nosotros nos lo arrebatará el odio de mi padre, piensa el niño. Y se acompañan, algunas tardes, en sus soledades.

El niño de los avioncitos le cuenta sus cosas, le cuenta historias de los años 70, cuando hubo una oleada de nacimientos de niños azules a nivel mundial. Niños de aura azul, muy sensibles y con poderes sobrenaturales como la telepatía y la precognición. Niños índigo, cómo él dice saber, niños muy intuitivos que han venido a construir un nuevo orden de cosas. Yo soy un niño índigo, dice muy seguro de sí, me lo ha dicho mi madre. La jipjopera le oye con atención. Es tan raro que alguien le dirija la palabra porque sí.

-       Es tan-tan-tan… dice ella tartamudeando.

-       Te deberíai operar del córtex frontal izquierdo – le dice el niño- lo leí en un libro de medicina en la biblioteca. También leí que hay gente que, así como se olvida de toas las custiones, hay otra que no puede olvidarse de ná y lo recuerda todo toda su vida. O de gente que ha tenido un accidente y sigue sintiendo dolores en algún miembro amputado, como si sus extremidades fuesen fantasmas… ¿Cómo te llamai’? – pregunta acariciando el gato de la anciana que se le ha subido al pecho.

-       Carmen – responde la jipjopera.

-       Nooooo – responde el chico – ¿cómo te llamabai’ antes?

-       ¿Antes de k-ke-qué?

-       Mmm, seguro que no te acordai’ ¿Querís que te vea el futuro? ¡Dame la mano! … Aquí dice que fuiste una princesa a orillas de un gran río, que te cortaron una mano y que siempre soñai’ que te tiran al vacío.

La jipjopera cierra la puerta de golpe asustada. Este crío da miedo, piensa.

Por debajo de la puerta el niño le pasa un papelito con un mensaje, luego oye sus pasitos a lo largo del pasillo y el portazo de despedida al entrar a su piso.

“No le digai’ a nadie lo que te conté;

prefiero que me digai’ mentiroso a que me trati’s de loco”

El niño de los avioncitos es un niño herido. Él sabe lo que dice y, más aún, lo que escribe. Es un niño sensible. Ese día la anciana  promete intentar comprenderle.

-o-

                La jipjopera despierta en la puerta de la corrala, mecida por una extraña brisa fría; descalza y soñolienta, junto a la parejita de vecinos que le está contando que se casan en Marruecos por el rito musulmán. Y; sin pensarlo ni nada, se auto invita a la boda para desviar el tema y que no la tomen por la loca de la cartera. ¿Se encuentra usted bien?, le pregunta la novia – que es algo más pazguata -. La anciana responde que sí asintiendo, pero por dentro se pregunta si estos dos no se habían casado ya. Luego otra vez lo mismo: verles escapar a toda pastilla porque se ha cubierto el cielo y está empezando a llover. Y la jipjopera se queda de pie y piensa que estos dos son unos descarados porque, de algo a ella le suena, que le invitaron por cortesía…

¡Ahora ya ni siquiera tiene una motivación para irse de compras! La anciana mira a sus pies. Junto a ella tres avioncitos de papel mojado, que han aterrizado junto al transportín del gato, que maúlla chorreandito, y le recuerda que hoy tocaba veterinario.

Así son todos los días para ella. Un lío del copón. A veces llegan recuerdos esporádicos como cartas del banco a su buzón.  A veces se le queda la mirada perdida; otras, no sabe si está soñando o si realmente está despierta con ese colgajo que tiene por muñón, mientras unos hombres fuertes la empujan, por la cuesta, a lo más alto de la pirámide. Se mira la mano izquierda, la amputada, y es capaz de sentir cómo mueve aún los dedos invisibles. Extremidades fantasmas, piensa. Un nuevo empujón, que la arroja a tierra, la saca de sus cavilaciones. Un guardia la levanta jalándola de los pelos y la abofetea. Ella ya no siente aquel dolor. Ella sólo tiene pensamientos para esos dedos invisibles de la mano izquierda que intentan defenderle.

“Que no la veas no significa que no esté ahí”

-o-

                Despierta azorada. Se ha quedado frita viendo la tele.

Todos los días son iguales: todo en su sitio, las pastillas esperándole en la encimera y el gato sobre el sofá echándole miradas de pena como queriendo decir ¿cuándo acabará esto? Su gato es muy sabio. A veces tiene la impresión de que le hablara en su lengua; pero no un maullido cualquiera, un maullido con algún mensaje del más allá que ella no acierta a comprender – o lo mismo sólo quiere salir a cagar a la calle como los perros -.

Y entonces, una tarde sucedió lo que siempre estuvo esperando. Estaba comiendo sola, como de costumbre, mientras el gato veía el telediario, y echaron aquella extraña noticia sobre una lluvia de estrellas que tendría lugar ese día. Un pulsar. El gato comenzó a maullar cada vez más alto con los bigotes pegados a la pantalla del televisor y ella se puso nerviosa. Había llegado el día, el destino estaba aquí, en este punto, en este punto de inflexión que unía dos universos paralelos. Comenzaron a golpearle la puerta violentamente ¡Era el hombre aquel, el vecino que quería matarla! Luego se hizo un silencio y sólo se oyeron los pisotones de sus zapatos y el portazo en su piso. Ella abrió la puerta de casa y echó una última mirada al gato, que la observaba desde el sofá, bañado por la suave luz del atardecer que se colaba por la ventana. Cerró la puerta tras de sí y bajó las escaleras en dirección a la calle. El vecino volvería a matarle el gato tirándolo por la ventana, pero no se atrevería a hacerle nada a ella, como bien le dijo el niño azul que podía ver el futuro.

-o-

                Despertó con el olor a quemado del piso de al lado. Salió a ver lo que sucedía y pudo ver cómo un bombero sacaba el cuerpo sin vida del niño azul y cómo los otros extinguían el fuego de su cuarto. Vio como todo el mundo pasaba por su lado, sin reparar en su presencia, y entonces se dio cuenta de cuál era la verdadera realidad.

-o-

                “El cerebro pesa mil trescientos gramos de materia gelatinosa y, en su interior, es capaz de albergar tantas conexiones nerviosas como partículas tiene el universo. Aunque fisiológicamente somos unos macacos sin pelos, la evolución del cerebro nos convirtió en algo único y trascendente, en una verdadera hazaña cósmica de la ingeniería universal (*)”

“¿El ser humano es un simio o un ángel?”

                Esa fue la gran interrogante que pasó por la mente de Azeneth, antes de morir, otrora llamada Carmen.

NOTA DEL AUTOR:

Quizá sería recomendable que, quien quisiera adentrarse en el personaje de la Jipjopera, leyese primero los cuentos “PULSARES” , “LA CORRALA” y “YO CUENTO CIEN”

(*) Dr. Vilayanur Ramachandran

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

FAKE

Posted on 10 August 2011

Tengo múltiples personalidades

Todas vidas de chicos aburridos.

Algo debo de estar haciendo mal.

-0-

En cualquier caso, somos maricas del Barroco, imagínatelo (*)

Gente que escribe mensajes en sus móviles, mientras viaja en el metro sin hablar.

Internet llena de sus botellas en el mar.

Gente sucia y deshonesta.

-o-

¿Dónde vas, tan solo y tan tarde, perdido por Londres?

Dime qué estás pensando…

-o-

¿Si las ratas saben a canela en el metro de New York

-son ratas triple A-,

o si en España, el 20-N, no sabremos qué celebrar,

y en Santiago la cacerola anuncie que te puedes casar,

por qué me siento tan mal?

-o-

Los jinetes de Dylan se perdieron en Las Vegas.

-o-

Los chinos de Usera están inquietos, ya no quieren seguir remando en las galeras,

Se pasean en sus coches y se estrellan entre sí.

-o-

Skinheads mejicanos que te escupen a la cara,

palomas xenófobas que se reúnen a rezar para que el Papa les reciba en asamblea.

Le tocará esperar como a todos los demás.

-o-

Kiki Kannibal se desconectó

Ha dejado de ser divertido hacerse fotos al espejo,

 para que todos digan que te quieren matar.

-o-

Miro la tele con un cigarrillo pegado a los labios,

nada al otro lado de la ventana,

dime alguna palabra de aliento, dame una esperanza, algún ritmo que bailar

Buenas noches Occidente,

wish me luck.

(*)Lovetown” – Michal Witkowski

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

LA GATA ENTRE LAS PALOMAS

Posted on 03 August 2011

Para mí los 80’s comenzaron con las canciones de Stock, Aitken & Waterman en casete y acabaron con la llegada de Ofra Haza en cedé. Ya nada sonaba igual. Supongo que los nostálgicos del vinilo sintieron algo parecido a lo que yo sentí. El sonido se enfriaba para dar paso a más nitidez, salvo raras excepciones que ponían los pelos de punta como Love song de la israelí.    Me pasé años grabando casetes piratas donde José, el novio de Helena, que vivía frente al internado de niñas. Todos los días nos cruzábamos a su casa cuando las cuidadoras del internado se descuidaban y volvíamos por la noche. Nadie nunca nos echó en falta.

La madre de José nunca estaba en casa y el padre había muerto años atrás así que nos comportábamos como un par de crías locas, un par de crías menos que cuidar. Salíamos del Instituto y nos íbamos donde José a ver pelis de terror tipo Hellraiser, Mi vecino es un vampiro y Pesadilla en Elm Street; jugábamos videojuegos en el Atari como el Moctezuma y el Boulderdash, intentábamos aprender a fumar y crecimos creyendo que teníamos una familia que nos quería. José, Helena, Auxi y yo nos disfrazábamos, nos veíamos la suerte a las cartas, jugábamos con la ouija y nos burlábamos del miedo que le daba a José -que para el caso era como nuestro hermano mayor-, cuando parecía que el juego se salía de control. Yo creo que él se sentía solo y dejaba que nos coláramos en su habitación con tal de oír voces a sus espaldas.

A Auxi y a mí, en el instituto, nos rehuían porque olíamos a comida de internado, a porotos con rienda en lata, a leche con galletas y a salsa de tomate ácida. José y Helena eran distintos, ellos no nos rehuían; iban un curso más arriba y eran como nuestros hermanos mayores. Nunca fue importante para nosotras que ambos tuvieran síndrome de Down.

La madre de José, que era profesora del instituto, estaba saliendo con otro profesor y vivía metida en su casa. José ya tenía dieciséis años y todos esperaban que él entendiera esta situación, pero no la entendía, no porque fuera más lento entendiendo estas cosas, sino porque era demasiado rápido entendiéndolas. Él sabía lo que algún día tenía que pasar.

José no hablaba, sólo hacía gestos, apuntaba con el dedo aquí, allá, aprobaba o desaprobaba frunciendo los labios y vivía con cara de susto. Era un chico raro y solitario, pero Helena le quería porque le ayudaba con los deberes, le dejaba su colección de vinilos 12” y todas sus revistas de música que le enviaba su hermano mayor Nicolás desde alguna parte. José soñaba con irse del país y volver a hablar sin sentirse inferior -eso se le notaba en el brillo de los ojos cuando veía los programas de la tele sobre viajes-, se imaginaba fotografiándose bajo el peso de la Torre de Pisa sobre la espalda o con el Taj Mahal entre los dedos. José no avanzaba, sólo se dedicaba a cuidarnos y a enviarnos a las tres de regreso al internado cuando se hacía de noche.

Helena salía con José porque le gustaba su casa sin padre; una casa cómoda, con patio y una jardinera gigantesca, comida gratis y una radio de doble casete donde ella se grababa selecciones de canciones en cintas TDK. Helena era algo bruta, pero tenía buen fondo. A veces nos quedábamos sin ideas cuando inventábamos juegos y ella saltaba del sofá diciéndonos que éramos estúpidos, que deberíamos bailar y dar saltos de felicidad porque estábamos juntos. Ella quería ser cantante y espiritista. Ella me enseñó que nada es imposible.

Algunos días José y Helena sufrían dolores de estómago, pero su madre jamás llevó a su hijo a urgencias, menos iba a llevar a una cría con esa cara que decía amar a su hijo.

Auxi, por el contrario, era más reservada, era incapaz de ponerse a bailar porque sí. A ella le gustaba escuchar, a solas en su habitación del internado, un viejo casete pirata de una banda que se llamaba Halloween. Era una adelantada. Oía la misma canción una y otra vez, el mismo coro agudo que cantaba “in my heart, in my soul”, pero jamás entendió el resto de la letra. Yo sabía que Auxi estaba contenta cuando la veía colarse a la oficina de la directora para cogerle el teléfono y llamar a todas las viejas locas de la ciudad. A todas les preguntaba si conocían a Violeta la pescadora, pero nadie cogía la broma. Y cortaba. Otros días, cuando invadíamos la casa de José y hacía calor, Helena cogía la manguera del jardín y nos mojaba a todos hasta quedar como una sopa. A mí casi nunca me mojaba. Éramos absolutamente felices los cuatro: Auxi y yo nos escapábamos del internado, esperábamos que Helena se fugara primero, y la seguíamos cruzando la calle tres pasos por detrás. Helena siempre caminaba a paso ligero, medio cabizbaja, volteaba la cabeza y yo me reía, pero ella aceleraba y corría a golpear la puerta de José para colarse dentro muerta de miedo. Luego teníamos que estar golpeando porque nos había dejado fuera. Helena cojeaba porque los zapatos de segunda mano le quedaban pequeños.

Y pasó lo que tenía que pasar. Me enamoré de “Todos los fuegos, el fuego” de Julio Cortázar y de los silencios de José; de sus ojitos redondos, de sus mofletes y su flequillo liso; me enamoré con confianza, con la misma confianza con la que, sin abrigarte, sales de casa a mojarte con la lluvia de verano.

De la madre de José guardo pocos pero buenos recuerdos. Era una mujer fuerte y autoritaria como profesora, pero en casa nos dejaba hacer lo que nos daba la gana. Su frase favorita era “donde mis ojos te vean”. Ella tenía un gato, pero de un día para otro amaneció muerto envenenado sobre el sofá, con el hocico espumoso, los ojos desorbitados y las patas colgando desde lo alto de un cojín. José cogió su cuerpo y le acompañamos cuando le enterró en el jardín. A la madre no pareció importarle mucho vernos en procesión fúnebre vestidos de negro, arrastrando una bolsa por la que asomaban las patas fláccidas del bicho. A ella sólo le preocupaban dos cosas: tener el frigorífico lleno de cosas ricas para nosotros y que el gato, o las palomas de la plazoleta, no nos fueran a pegar la toxoplasmosis. Sólo una vez la oí gritar. Aquel día ella entró en casa hecha una furia y nos pilló a los cuatro espatarrados en el salón con un paquete de tabaco sin abrir preparado para ser el primero de nuestras vidas y pirateando la discografía de Modern Talking – una banda alemana horrible que cantaba las mismas letras y repetía los coros siempre dos veces: una con voces graves y otras agudas. Ese día la madre de José nos echó una mirada asesina y nos soltó a la cara que jamás estudiáramos la mierda que ella estudió, que si de ella dependía nos iba a evitar ese sufrimiento. Se nos acercó, se agachó sobre la alfombra y nos quitó el paquete de tabaco para  sacar uno, encenderlo y salir al patio dando un portazo que reventó el cristal de la ventana de la cocina. Nos pusimos de pie temblando, nos calzamos, y pegamos la oreja al muro que daba al jardín. Ella despotricaba sola contra alguien – como si le hablara a su esposo muerto -¿Sabes cuánto tardó el hijo de puta ése en decir que me votó para dar clases a los cursos superiores?- gritaba a los cuatro vientos-, ¡media hora! ¡Y eso que las votaciones eran secretas! ¿Y sabes por qué lo hizo? ¡Pues para venir luego a pedirme algo a cambio! ¡Profesores hijos de puta y me quejo yo de los alumnos! ¡Y ahora cómo cojones me voy del pueblo si tengo que quedarme otro año más! Luego entró a casa, volvió a dirigirnos una mirada y nos dijo que nos íbamos a quedar solos el finde, que ella se iba a casa de su novio porque necesitaba pensar y que nos comiéramos lo que había en el frigorífico, que alquiláramos películas con su tarjeta del video club y que el lunes ni se nos ocurriera faltar a clases porque se enteraría todo el pueblo. Los cuatro asentimos ¡el finde entero solos! Nos miramos y José enarcó una ceja con una sonrisilla. Supe de inmediato que eso significaba que podíamos mojarnos con la manguera cuanto nos diera la gana y nadie nos diría nada.

Y nos fuimos al internado las tres a cambiarnos de ropa, a ponernos guapas porque ese finde sería de fiesta. Nos quitamos el delantal azul, los zapatos usados negros y las coletas de niña tonta y nos pusimos el vestido que guardábamos para los domingos sin visitas. Volvimos a escaparnos a casa de José.

Yo me acuerdo de eso -de lo bueno-, pero prefiero olvidarme de los días en el internado de niñas. Las primeras semanas me lo pasé llorando encerrada en mi cuarto porque mi tía me dejó allí sola. Mi tía no podía cuidarme -su alcoholismo no se lo permitía-, y los vecinos se hartaron de verme llena de golpes en urgencias. Y acabé aquí. Por el contrario, Helena acabó en el internado porque era de un pueblo perdido y desde allí al colegio había tres horas de autobús bordeando un acantilado. Decían que era bastante inteligente para su edad y para su enfermedad; Auxi, por el contrario, era más tonta que una puerta o al menos eso quería hacernos creer.

Todas las tardes veía desde mi ventana el patio de José, veía como se ponía a jugar a darle de patadas a un balón contra un muro de ladrillo. Cuando se echó de novia a Helena fui yo la que les vio darse su primer beso ¡fue muy embarazoso! José se quedó petrificado y salió corriendo a esconderse a casa. Helena se quedó como una tonta de pie en el jardín  y luego cogió su mochila y se fue por la reja de atrás. Al día siguiente lo volvió a intentar y pasó lo mismo, pero esta vez José volvió a salir de casa y le regaló algo que parecía un vinilo. Al día siguiente Helena me mostró el regalo: era una selección de grandes éxitos, los Smash-hits de 1987. Por la tarde lo pusimos en un viejo tocadiscos del internado y me enamoré de “Cat among the pigeons” de Bros. En clases de inglés, al día siguiente, pregunté qué significaba el título de la canción, pero nadie me respondió. Sola en la biblioteca busqué el significado del título y jamás lo olvidé porque así me sentía, como una gata entre las palomas, aunque con el tiempo y comprendería que la gata era otra.

En nuestro pueblo nadie sabía nada de la fiesta de Halloween; unos decían que era el día de los muertos y otros que era una americanada sin sentido donde los niños se disfrazaban de fantasmas para pedir dulces por la noche y a hacer trastadas. Jamás entendí el sentido de esto, sólo me fijaba que aquella noche en particular algunos chicos mayores se juntaban bajo el puente que cruza el río para suicidarse por tonterías. Al día siguiente el telediario siempre daba la misma noticia: “Han hallado ahorcados a cuatro chicos junto al río”. Todos dejaban una nota de despedida que hablaban de embarazos no deseados, novias que no te querían, suspensos en el colegio, problemas familiares, problemas con drogas y problemas con la vida de un pueblo pequeño. Y así crecimos: viendo cómo otros se suicidaban mientras los demás hacían la fila esperando a ser los siguientes. Yo, a veces, me ponía a pensar en cuál sería mi razón para suicidarme y si algún salvador llegaría a tiempo a aflojarme la cuerda del cuello. Siempre me dormía imaginando que todos lloraban mares por mí.

Esa tarde, después de cambiarnos, regresamos donde José y nos encontramos al cartero tocando el timbre. Nadie abrió la puerta y el cartero se fue dejando el paquete en la entrada. Yo corrí desesperadamente y, antes que lo cogiera, José salió y cogió el paquete dándome con la puerta en las narices. Cuando entramos José estaba abriendo el paquete junto a la mesa puesta. Cuando José nos vio de pie junto a la puerta sonrió ¡estaba muy ilusionado! Sólo apuntaba al paquete con un dedo y reía.  ¡Era de Nicolás!, lo adiviné en su sonrisa. Lo abrió desesperado para encontrarse en su interior una carta en un papel amarillento, un extraño casete negro y unas máscaras. Esa fue la primera vez que oí a José hablar ¡lo invadía la alegría! Nos contó, leyendo la carta de Nicolás, que él había estado en los carnavales de Venecia y había comprado máscaras para todos, pero que el paquete seguramente habría tardado en llegar porque había tenido que ahorrar mucho para el envío. De las cuatro máscaras venecianas yo elegí la del narigón, Auxi escogió la máscara de plumas, Helena la del Pulcinello –como dijo en tono pedante-, y José la última, una blanca entera y sin expresión porque su cara no decía nada.  Nos pusimos las máscaras y nos sentamos a la mesa a comer todo lo que la madre nos había dejado preparado en el frigorífico: pasteles de carne, tortillas, empanadas y dulces del pueblo. Nos lo zampamos todo entre risotadas.

Auxi llevaba días diciendo que podíamos hablar con los muertos y con el subconsciente de los vivos usando una biblia, una cinta roja y unas tijeras, así que después de comer nos pusimos a buscar en la casa lo que nos hacía falta. El cuadro era inquietante: cuatro chicos enmascarados chillando y dando saltos por toda la casa. Cuando lo tuvimos todo pensamos en quién contactar, pero no se nos ocurrió nadie así que llamamos al primer espíritu de paso que anduviera por allí aburrido. José y Helena fueron los primeros: cogieron la biblia, le liaron la cinta roja haciendo una cruz y clavaron las tijeras en el lomo. Ahora tocaba hacer las preguntas. Helena preguntó si José era el hombre de su vida y las tijeras se movieron hacia la izquierda -lo que significaba que no-, luego José preguntó si su hermano Nicolás volvería a casa alguna vez -las tijeras se movieron a la izquierda nuevamente-. Desilusionados dejaron caer la biblia al suelo y se pusieron a escuchar el casete que venía de regalo como si no existiéramos. Yo les miré estupefacta y Auxi comenzó a temblar preocupada. Algo estaba mal, habían invocado a “alguien” para responder sus preguntas y no habían cerrado comunicación de modo que “eso” aún estaba allí. Miré el reloj de muñeca de José: era casi de noche. El tiempo pasaba volando. José estaba enfrascado en lo que se oía en la cinta: parecía estar en blanco, sin sonido alguno los diez primeros segundos, luego la primera canción del lado A y después la voz de un hombre en un idioma extraño. Auxi dijo que eso era español, pero del revés porque lo había visto en la película del Exorcista y había que invertirlo. José cogió un destornillador, quitó los tornillos, cogió la cinta, la invirtió, la rebobinó con un boli, puso los tornillos y metió el casete en la radio para volver a oírla: un chico estaba hablando, pero no reconocí la voz de Nicolás porque nunca la había escuchado. Decía algo así como que viajaba de noche en un autobús bordeando un acantilado, que venía de Ierzu, un pueblo de Cerdeña, y que todos los pasajeros vestían de negro y hablaban sardo; que tenía mucho miedo y que el autobús se había estropeado justo en lo alto de una montaña, que un coche se había apeado junto a ellos y que todos comenzaron a aplaudir cuando un extraño hombre de sombrero de ala ancha subió al vehículo y la cogió por un brazo para sacarlo fuera entre golpes. Luego se hizo un silencio sepulcral y sopló un viento frío. La voz siguió hablando a través de la cinta de casete: Todo el mundo bajó del autobús y ayudó a empujarme hacia el acantilado.

José quitó el casete y arrancó la cinta, la hizo añicos y la arrojó lejos. Auxi se puso a llorar como siempre y Helena se asustó aún más llevándose las manos a la cabeza para que Auxi dejara de hacer ese ruido espantoso con la nariz. Levanté la mirada hacia la puerta del patio: alguien había entrado en casa y estaba moviendo los muebles; luego un silencio tan profundo que mis latidos eran como tambores, después el sonido del timbre y finalmente el grito ahogado de Helena prometiendo que no volvería a joder con la ouija ni nada parecido. Pero era tarde. Yo fui la primera en verle volver a casa, pero nadie más la vio porque fue como un flash helado que desapareció al instante. Me levanté y caminé hacia la puerta de la calle para ver quién había tocado y no vi a nadie por la mirilla. Auxi me siguió y puso la mano en las llaves de la cerradura para darles una vuelta pero la puerta se abrió de golpe dejando entrar un vendaval de hojas secas que invadió el salón.

A veces me pongo a pensar que no tienes futuro si no hay en tu vida un violento punto de inflexión que te ponga en el rostro la bifurcación entre dos caminos.

José se acercó a la puerta y la cerró con decisión. Esa noche venció su miedo y habló. “Nicolás no va a volver”, dijo y se sentó en el sofá con la luz apagada. Nosotras nos sentamos en la alfombra y le escuchamos. Su voz era lenta y sonaba todo lo adulta que puede sonar la voz de un crío que sabe lo que ahora va a suceder.

         “Nicolás se fue y me dejó aquí con mamá. Se fue pero prometió que volvería a por mí. Pero pasó el tiempo y no volvió. La última vez que él llamó a casa mamá estaba furiosa porque Nicolás se había echado novia y se iba a vivir con ella a un pueblo en lo alto de una montaña, donde todos vestían de negro y se paseaban por la plaza al compás de las campanadas de la iglesia. Había dejado la beca. Algunos dicen que se casó con una hermosa mujer de mirada turquesa y piel morena; otros, que fue padre pero que el bebé nació muerto. Ella no se recuperó del parto y la dejaron ingresada en un viejo hospital a los pies de un castillo. No había medicinas. Nicolás cogió el autobús que llevaba al aeropuerto de Cagliari a buscar a alguien que hiciera algo más que los yerbajos de la comadrona, pero la gente del pueblo se pensó que la estaba abandonando a su suerte y le siguieron en un coche veloces por las callecitas de Ierzu hasta que le dieron alcance, lo sacaron del autobús sin escuchar sus gritos y lo arrojaron desde el acantilado. Cuando su mujer se enteró de lo que le habían hecho escapó como una loca de noche por los caminos y le siguió arrojándose desde el mismo sitio. El acantilado se los tragó”

             Todas las cartas que llegan vienen en blanco – continuó José, a veces interrumpiéndose con sonoras toces secas-, las postales, las máscaras, los recuerdos, todas son cosas que Nicolás quiso mandarnos de los lugares que quiso conocer. Y la vida siguió. Mamá se buscó un novio nuevo con el que quiere irse a vivir a otra ciudad, pero está atada a esta casa donde soy el único recuerdo. Para ella yo, y todo lo que me rodea, son un estorbo.

Y sentí la primera cuchillada en el estómago, luego Helena cayó al suelo presionándose el vientre y luego Auxi que casi no lloró. Afuera, en la calle los primeros gritos de los niños disfrazados y los primeros golpes en la puerta pidiendo golosinas mientras nosotros temblábamos de dolor en el suelo. Fueron unos minutos largos hasta que la madre de José salió de su escondite, nos miró desde lo alto, giró el cuello y se cercioró que ya no gemíamos.

La biblia se equivocó. Nicolás volvió por nosotros para llevarnos a un sitio mejor, en lo alto de una montaña coronada por un castillo donde vive con su mujer y su niño.

La gata esa noche asustó a los niños con un ronco maullido y salió de su antigua casa dejando cuatro palomas muertas sobre la alfombra del salón.

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

BAILANDO TÍBIRI-TÁBARA

Posted on 15 July 2011

Al Juguete le cayeron entre ocho morochos.

Silbando por el callejón, como silba el chanfle cuando acaba el contrato, iban ellos de chulos.

Le sacaron de su chabola arrastrando como a un chuzmeta sin preguntarle el nombre.

¡Que de dónde tú eres! – le preguntó uno

¡De chuchiñi! – gritaba el pobre, pero a nadie le importó dónde estaba eso

Se le salió una babucha y vio cómo caía a la acequia y se la llevaba la agua pal bajo.

 

El Juguete era un chavo legal; todo el día bebido, pero no le hacía daño a nadie.

No chambeaba. No robaba. Pedía en la esquina, sólo pedía

Todos le daban. “Vas que chutas”, le gritaban porque hacía buenas monedas

El chapero le daba unos chavos, la esposa del chafirete también

El  camello y el chichifo que iba de machito (pero le chirriaba)

La charruca, la negra, la marchita y los cholitos. Todos le daban.

 

¡Chucha!, exclamó el chómpiras cuando le encontró muerto en la escalera de cemento.

Vino toda la gallada a verle el día del funeral. Se juntaron todos y nadie sabía nada

“Le comía la color al morocho del ocho”

“Chambeaba con el camello y le sisaba”

“Vio al chichifo acaramelado con el chafirete y lo acallaron”

“Nos vio a todos pasar. Nos tendía la mano y sólo le dábamos monedas”

“Se murió de soledad, se murió de solito que estaba”

“Cuando llovía cantaba, ¿le oyó alguno alguna vez? ¡Qué rete bonito que cantaba!”

“Era un chilango, más feo que un pie y ni se le entendía lo que rumiaba ¡Chocheaba!”

“Bailaba tíbiri-tábara si no le dabas monedas y luego te perseguía a piedrazos”

“Pobre Juguete…”

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

LAZARETO

Posted on 10 July 2011

            Algunos ricos se gastan el dinero castigando a los suyos; unos se van de cacería, otros dan de comer a sus perros de caza.

Estoy en un sitio perdido que cuelga de los acantilados de alguna costa, de algún país extraño en el que nunca había estado. No sé realmente cómo vine a parar aquí, sólo sé que me trajeron contra mi voluntad.

Si quisiera buscar un culpable de mi situación podría acusar a mi padre por haberme hecho esto, pero no es así. Cualquiera en su situación habría hecho lo mismo con un hijo que vive con la nariz pegada a las manos de los camellos de la calle.

Mi vida era bastante simple; con veinte años ya había pisado los cinco continentes siguiendo rehabilitaciones de todo tipo y nada, no hubo ni una sola clínica de la que saliera limpio. Siempre me encontraba con algún amigo famoso con el cual recaer y al cual pagarle los vicios una temporada. Mis pisos de lujo de Brooklyn se llenaron de gentuza a la cual desalojar con la policía.

La última mala temporada la pasé en White Plains, New York; allí probé el crack y allí acabé el viaje tirado en el váter de una agencia de modelos con las muñecas abiertas. Lo siguiente que recuerdo es que me arrojaron dentro de un avión privado de mi padre, en Mahopac, rumbo a un sitio desconocido. Cuando desperté había turbulencia, pero pasó pronto y sentí cómo aterrizábamos en una pista llena de baches. Cuando la puerta de la cabina se abrió, el piloto me cogió y me arrojó al suelo donde un chofer vestido de negro me levantó de un brazo y me estrelló la cabeza contra la puerta de un coche aparcado junto al avión. Entre los dos me dieron una paliza de muerte, luego me arrojaron dentro del coche. Era una carroza fúnebre.

Tenía hambre, tenía fiebre, estaba temblando y no recordaba la última vez que había comido. Me miré las muñecas y no pude saber si aquello me lo había hecho yo mismo o alguien intentando asaltarme. Intenté dejar la mente en blanco, pero no pude; traía la cabeza llena de ruidos de motor de avión mezclados con tambores de garitos afroamericanos. Abrí la ventanilla del coche. Lo poco que vi, a toda velocidad, no me gustó: un desierto sin fin, salitre y sal, un sol en lo alto punzante en los ojos y una carretera mal dibujada bordeando caprichosamente aquella costa. Pregunté al chófer dónde me llevaba, pero no entendió mi idioma y no hizo ningún esfuerzo por hacerlo. Intente tranquilizarme. No parecía un secuestro a primera vista. Aquello no sería más que otro viaje obligado a una nueva clínica de la cual saldría igual o peor. De todos modos, el chofer no tenía pinta de querer hacerme daño. Seguro que la paliza que me dio con el piloto al meterme al coche fue un trabajo bien pagado por mi padre.

El coche se desvió por una carretera sin asfaltar en dirección a la costa, hacia lo que a lo lejos parecía ser una casa abandonada, cercada por un muro de piedra, al borde de un peñasco. Pasamos junto a una fábrica de explosivos clausurada y llena de letreros de fondo negro con calaveras de color rojo. El coche se detuvo un poco más adelante. El chófer bajó dando un portazo, abrió la puerta y me cogió del cuello arrojándome a tierra de cabeza. Cuando me recuperé tenía piedrecillas afiladas pegadas a las mejillas. Al ponerme de pie el viento del desierto me golpeó y sentí el ardor en el rostro y un hilillo caliente de sangre bajó de mi nariz. Me humedecí los labios con saliva mezclada con tierra pero el remedio fue peor que la enfermedad. Toda mi piel estaba resecándose a una velocidad abismal.

El chofer se metió las manos a los bolsillos y sacó un cigarrillo que arrojó a mis pies. Me incliné y lo cogí; el tipo se sacó un saquito minúsculo hinchado de coca que se metió en la entrepierna luego de bajarse la bragueta, luego me dio una patada en el estómago para que me inclinara e intentó cogerme la cabeza para clavármela entre sus piernas, pero me lancé al suelo de espaldas entre forcejeos. Me golpeé la cabeza tan violentamente al caer que me llevé las manos al rostro y cerré los ojos para intentar calmar el dolor. Cuando los abrí el tipo estaba apuntándose al paquete para que fuera a por la coca a ver si estaba tan desesperado. Comencé a escupir el polvo que había tragado e intenté razonar con él, pero no sirvió de nada. El tipo pasó por mi lado, me dio un par de patadas más, y se metió al coche para salir de allí dejándome tirado. La matrícula del coche tenía números y un par de caracteres que no eran anglosajones. El ruido de las ruedas del coche se alejó hasta no ser más que un punto negro disperso entre el espejismo de la carretera.

Me puse de pie. El muro de piedra de la propiedad parecía no tener fin. La sangre de mi rostro se había secado. Una vieja puerta de madera avejentada me separaba de la propiedad y la crucé. Era eso o quedarme en mitad de la nada esperando a que alguien me rescatara. Al otro lado del muro se extendía un camino bordeado de cactus cubiertos de polvo y, más allá, una casa de murallas de piedra desnuda y vigas vistas con forma de troncos. Avancé lentamente siguiendo un camino de tierra hacia la casa. Todo parecía abandonado: el espacio de puertas y ventanas de toda la propiedad no tenía cristales ni nada que franquear. Las olas del mar se oían a lo lejos o quizá bajo mis pies como si la casa estuviera construida sobre alguna formación rocosa apenas unida al continente. El sonido de la puerta desvencijada me dio la bienvenida. Puse un pie en la entrada y giré el cuello hacia el desierto que tenía a mi espalda: el viento que soplaba comenzó a levantar polvaredas con formas de remolinos; luego sopló con más fuerza, y más hasta hacerse casi imposible respirar. Me metí dentro y cerré la puerta detrás de mí.

Encendí el cigarrillo que el chófer me había dado como limosna.

Tenía hambre, mucho hambre, un hambre doloroso que me carcomía, un gruñido tan estentóreo en mi estómago que creí que algo saldría der mi boca y me devoraría. Bajé los peldaños de piedra que llevaban a la primera habitación: todo desolado como si nadie viviera allí desde hace siglos. Por los rincones cúmulos de tierra del desierto, ventajas arrancadas de cuajo, manchas en las paredes, símbolos dibujados y el esqueleto de algún animal colgando de una de las vigas.

El sol del atardecer, que se colaba por el hueco de un ventanal, me obligó a cubrirme los ojos amoratados.

Recorrí todas las habitaciones de lo que parecía una casa con forma de colmena laberíntica sinuosa como la geografía del acantilado; todas unidas entre sí por huecos de puertas inexistentes, todas sin el menor rastro de ser humano alguno a excepción de las marcas como si alguien hubiese intentado aferrarse a las paredes desnudas. Bajo las manchas, a simple vista, parecía no haber rastro de pintura, ni papel ni nada que pudiera resultar inflamable: una casa a merced de los silbidos del desierto y al gruñido de las olas del mar.

Oscureció.

Me busqué en los bolsillos: sólo tenía el mechero. Lo encendí y caminé iluminando las infinitas habitaciones hasta quemarme los dedos. A través de uno de los ventanales de la casa una extraña luna roja se plantó como pintarrajeada en el firmamento. Seguí caminando a tientas iluminando de vez en cuando con el mechero. En el patio de la propiedad había una pequeña fuente de piedra seca y, junto a ella, un montón de piedras desperdigadas por el suelo como si alguien se hubiese estado divirtiendo arrojándolas contra un cuerpo maniatado. Un poco más allá había una serie de duchas -como en las escuelas militares-, cuyos caños estaban embutidos en mangueras de plástico verde por las cuales manaba un hilillo de agua viscosa. Me arrojé desesperado a beber un poco, pero fui incapaz de tragar aquello. Acerqué la luz del mechero al agua para ver qué contenía: unos pequeños gusanos marrones se desperdigaban sobre el suelo. Aquel fue el primer momento en que me preocupé por saber dónde estaba. La piedra del mechero saltó por los aires y me quemó la mano.

Cayó noche cerrada y el viento afuera rugió con más fuerza. Me padre, esta vez, se había lucido. Si quería darme alguna especie de extraña lección de supervivencia, lo estaba logrando. Quizá la prueba era conseguir comida o que los buitres del desierto no me comieran, no lo sé. Seguro que mañana, cuando amaneciera, estaría el chófer fuera de la propiedad esperando a darme una nueva paliza de castigo y me llevaría a casa. Eso sonaba muy reconfortante.

Me acurruqué apoyando el cuerpo contra uno de los muros de la casa e intenté pensar en cuál sería el plan que mi padre tenía para mí, pero no pude imaginar nada peor a lo que estaba viviendo. Me dormí tirado en el suelo imaginando las formas monstruosas que se dibujarían en las paredes a la luz de un mechero que ya no funcionaba.

El sonido de mis tripas me despertó y di un salto. Estaba teniendo una pesadilla horrible en la que unos extraños seres de negro se metían en la casa y me devoraban con ansias. Intenté incorporarme pero un vahído me regresó al suelo. Pensé en cómo escapar de aquel lugar a conseguir algo para comer, pero había pocas opciones. Si decidía salir de la casa, en dirección al desierto, no llegaría muy lejos y acabaría en mitad de la nada enterrado bajo la arena. Además no sabía ni siquiera dónde estaba, ni siquiera había visto alguna población habitada desde que salimos desde el helipuerto y la fábrica de explosivos también parecía abandonada. Desistí de salir de la casa y me centré en saltar por los ventanales hacia el acantilado y ver si habría alguna manera de bajar a la playa.

Salí fuera, por una ventana sin cristales, y camine hacia el precipicio. Había esperanza: una escalera hecha de cuerdas y trozos de madera atados bajaba serpenteando hasta la playa algunos cientos de metros. Me arrojé al suelo y estudié las cuerdas de la escalera. Parecían firmes. Miré hacia lo lejos, hacia abajo y no vi más que las olas golpeándose contra las rocas y, más allá, junto al acantilado, unas formaciones que parecían cuevas. El ruido de las maderas golpeándose contra las paredes del acantilado me hizo dudar, pero no había otra opción. Tendría que bajar aferrándome con fuerza para que el viento no me tirara al vacío. Tuve un extraño presentimiento, una idea descabellada que me vino a la cabeza que me empujaba a saber de una vez cómo sería el sonido de mi cuerpo estrellándose contra las rocas. Tenía tanta hambre que el dolor en mi estómago se intensificó. Me doblé sobre mi barriga intentando calmar la punzada, pero fue inútil. Fue entonces cuando decidí bajar a la playa de noche.

Me asomé al acantilado e intenté ver lo que había más allá, en la orilla de la playa. Un extraño reflejo, como la luz de una minúscula hoguera, apareció ante mis ojos. ¡Había esperanza! ¡Quizá fuesen campistas! ¡A ellos les podría mendigar algo de comida!

Bajé por las escaleras de cuerda, pisando vacilante los trozos de madera e  inicié mi lento descenso intentando aferrarme para que el viento no me golpeara contra las rocas. Fue una bajada cruel. Me golpeé el rostro tantas veces que pensé que me desmayaría. Perdí la noción del tiempo. De vez en cuando miraba hacia abajo, pero el descenso parecía no tener fin. El único detalle que llamó mi atención es que las paredes del acantilado, a medida que me acercaba a donde reventaban las olas, tenían una película aceitosa que impregnaba mi ropa.

Por fin uno de mis pies tocó la suavidad de la arena y me dejé caer exhausto a la orilla del mar. Algo me dijo que me estaban observando. Me puse de pie y me arrastré hacia la pared del acantilado. A lo lejos extrañas figuras se movían en mi dirección. La hoguera que vi desde la casa parecía a punto de extinguirse. El viento, a la orilla del mar, ya no soplaba con tanta violencia. Las figuras aquellas se detuvieron. Parecían unos cuantos seres de caminar lento que venían arrastrándose a mi encuentro. No pude saber si eran humanos o no; eran como manchas en el horizonte, como un extraño grupo de figuras desdibujadas en la noche. Me pegué a la pared del acantilado asustado, pero luego razoné ¿Quiénes podrían ser más que un grupo de pescadores nocturnos o campistas?

Unos metros más en su dirección había un hueco que daba paso a una cueva. Me apresuré y me colé en ella para esconderme. Saqué la cabeza fuera de la cueva y vi como las figuras se detenían confusas. Uno de ellos, el que caminaba guiando al grupo continuó caminando con decisión mientras los otros dudaban.

El primero de ellos llegó a unos metros de la cueva donde me escondía y estuvo auscultando las paredes del acantilado. Pegó lo que parecía una nariz deforme a la roca y olisqueó como lo haría un animal, luego se tiró al suelo y siguió avanzando en cuatro patas. El resto le siguió. Aquello no era humano.

Me metí al fondo de la cueva intentando no hacer ruido y me agazapé detrás de una roca. La extraña figura apareció en el borde de la cueva y la luna roja iluminó su silueta al ponerse de pie sobre sus dos patas. El ser aquel estuvo de esta guisa olisqueando el aire y mirando en todas direcciones y luego se sentó, como se sentaría un perro guardián a la entrada de casa y espero a que el resto se acercara a él. Otro de los suyos se acercó y se puso a su lado a oler la arena y luego pasó una lengua alargada sobre el rostro de su compañero. El resto les dio alcance y se apostaron en la entrada de la cueva. Ninguno se atrevió a entrar. Todos se pusieron allí a esperar a que saliera.

Les estuve observando sin caer en mi horror hasta que uno de ellos, que parecía herido se desvaneció sobre la arena. Tardaron un poco en darse cuenta que uno de los suyos había caído a tierra hasta que otro tropezó con el cuerpo y comenzó a lamer la carne, luego a morderla y luego a arrancarla con las fauces. Cada bocado era recibido por la víctima por gritos desgarradores de dolor que hicieron que me mantuviera escondido. Los demás se fueron encima de la víctima y se unieron al festín hasta transformar su rostro en un amasijo de huesos. Extrañamente el cuerpo no lo tocaron. Más que un acto de supervivencia parecía un intento de robo de identidad. Me mantuve con la vista pegada en la escena al borde del paroxismo, manteniendo la respiración e intentando no moverme para que no cayeran en mi presencia.

Las criaturas aquellas se mantuvieron en la entrada de la cueva sin moverse, de espaldas, con el rostro olisqueando la brisa salada del mar. De pronto uno de ellos se puso de pie, emitió un extraño sonido similar al gruñido de una bestia e hizo el ademán de irse. El resto le siguió.

Fueron minutos que parecieron durar una eternidad.

Les observé como uno a uno se incorporaban para irse dejando el cadáver de su compañero tirado. El último de ellos se mantuvo en guardia olisqueando las paredes de la cueva –parecía como si hubiesen perdido la vista y el olfato y sólo se guiaran por los ruidos-, así que me preocupé de no hacer ninguno. El rezagado se mantuvo en su sitio: estaba completamente desnudo, con la piel ulcerada amenazando con caerse, como les ocurría a los perros tiñosos; los brazos un poco más alargados de lo normal, unos pies gigantescos, la cabeza poblada de cabello largo y negro, y una lengua canina fuera de lo normal. De pronto el ser aquel se puso de pie y avanzó siguiendo al grupo que ya se había ido.

Espere unos minutos a no oír sus pies arrastrándose en la arena y me acerqué lentamente a los bordes de la cueva. Ya no les oía. Sólo las olas del mar rompían el silencio de la noche. Tomé aire y salí como en dirección a la escalera de cuerdas, pero una mano peluda me cogió de la mandíbula y me lanzó a tierra ¡Estaba todos agazapados esperando a que saliera! Me arrastré por la arena para intentar alejarme de ellos y ninguno se movió. Me puse de pie. Todos me observaban con deseo. Comencé a caminar sin darles la espalda y ellos no movieron un músculo. Corrí por mi vida, pero no les oía venir a por mí. Me trepé de un brinco por las cuerdas de la escalera y comencé a trepar con desesperación dándome de golpes contra las paredes del acantilado.

Ninguno de aquellos seres -mitad humanos, mitad jauría-, me siguió.

Alcé la vista hacia la cima y no logré ver la casa. Miré hacia abajo: las criaturas aquellas me observaban con la vista pegada a mi nuca, como sonriendo, jadeando, deseando que cayera para poder devorarme.

Seguí subiendo sin volver a mirar abajo. En lo alto de la cima las nubes parecían haber bajado a la tierra y cubrían medio acantilado en una densa neblina grisácea. De pronto todo se tornó blanquecino. Seguí subiendo a ciegas, aferrándome a cuerdas y maderas, con manos y pies, cruzando la profundidad de la neblina hasta que toqué el borde del acantilado con una mano. Antes de cantar victoria, de la profundidad de la neblina apareció el rostro del chófer del coche, con una extraña sonrisa en el rostro, cogiendo las cuerdas de la escalera y azotándolas para que cayese al vacío. De pronto uno de sus pies resbaló de la roca y cayó por mi lado despeñado, rasgándome las ropas, envuelto en un grito ensordecedor que se mezcló con los gritos de aquellos seres que le esperaban abajo. Cuando logré subir al borde del precipicio una extraña caja me esperaba: contenía carne cruda. La cogí y la lancé al vacío.

Me metí corriendo a la casa y la crucé hasta salir fuera, hacia el muro, entre la neblina, buscando el coche que debía estar aparcado. Seguro las llaves se habían ido con el chófer, pero encontraría la manera de arrancar y conducir hacia cualquier parte lo más alejado posible del aquel sitio.

Recorrí algunos metros, casi a ciegas, hasta chocarme con el coche fúnebre que se había dejado el chófer con las luces encendidas. Me colé dentro, a buscar la manera de hacerle puente, hasta que lo arranqué. El motor encendió y respiré profundamente aliviado. Di marcha atrás, para girar en ciento ochenta grados y huir, pero algo se interpuso en mi camino y le pasé por encima. El motor del coche se apagó y no arrancó más.

El viento de siempre -el que me dio la bienvenida-, comenzó a soplar; primero suavemente, luego con fuerza, despejando la neblina que poco a poco fue dando paso a la visión de quienes todo el tiempo me rodearon jugando a dejarme escapar para luego venir a por mí.

Y ellos estaban allí, todos esperando para darme alcance.

El primer mordisco me recordó que seguía vivo.

El sonido de mis tripas me despertó y di un salto. Estaba teniendo una pesadilla horrible en la que unos extraños seres de negro se metían en el coche y me devoraban con ansias. Intenté incorporarme pero un vahído me regresó al asiento del coche. Pensé en cómo escapar de aquel lugar a conseguir algo para comer, pero había pocas opciones. Si decidía salir del coche fúnebre, en dirección al desierto, no llegaría muy lejos y acabaría en mitad de la nada enterrado bajo la arena. Tenía que intentar arrancarlo para escapar. De pronto les vi rodeando el coche y viniendo sobre mí a devorarme.

El segundo mordisco me recordó que seguía despierto.

Epílogo:

            Un viernes de abril, cinco años después del brote de lepra, se inauguró un leprosario donde llevar a los enfermos. Como siempre ocurre en estas situaciones los enfermos fueron olvidados. Años después un grupo de alumnos de enfermería emprendió el viaje para buscar a los enfermos y ver quiénes seguían con vida. Ninguno de ellos regresó jamás. Hay quien dice que se ven coches fúnebres deambulando por el lugar y que un extraño hombre de negro les lleva comida que arroja por el acantilado. Otros dicen que los que se esconden allá abajo no son más que los enfermos que perdieron la razón y que han sobrevivido devorándose entre sí; otros, que los enfermos aprendieron a trepar por el acantilado…

 

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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

ROCK & ROLL WRITER

Posted on 02 June 2011

En China han prohibido a los escritores escribir historias con viajes en el tiempo. No quieren ver el futuro -ni siquiera inventado-, aunque su pasado sea un callo en el culo. Estúpido país de estúpidas leyes y estúpida gente feliz de vivir bajo ese régimen estreñido.

Hoy hay demasiada gente y demasiada información que no sirve para nada. Puedo entender que cada día haya más gente desesperada por desconectarse de todo, deseosa de irse lejos, cruzando valles y montañas para volver alimentarse de piedrecitas saladas, beber agua de los ríos con las manos y nadar hasta perderse en los confines del Ártico. En fin, deseosa de saber cómo escapar.

¿Vivir en sociedad? ¿Sociedad? ¿Qué es eso? La sociedad humana justa jamás ha existido –una donde sus integrantes no resulten con las alas chamuscadas-, o al menos una donde se respeten sus derechos. Ha sido todo un espejismo. Nos hicieron creer que una sociedad democrática era aquella donde los fuertes ejercían poder sobre otros débiles; aquella en la que un enano tirano controla la voluntad de un grupo de palurdos durante ocho horas a cambio de beneficio económico. Y a veces ni eso.

Desafortunadamente es muy difícil dejar atrás todo aquello que significa sociedad, cerrar tus cuentas, abandonar tu trabajo, tus compromisos sociales y tus vínculos afectivos, para echarte a la calle completamente en pelotas buscando una montaña más allá de las autovías, donde pillar la mejor vista al resto de vidas podridas. Dicen que esto es posible, pero por más que me digan que el universo es mental, no puedo apartarme de lo conocido a cambio de un poco de paz que no sé si existe. Todo es intentarlo, dicen, pero mientras me preparo para este gran cambio, preparo otros planes alternativos. Nadie abandona la sociedad en la que vive sin antes destruir algo. Nadie. Es esto o volverse loco. Es esto o unirse a lo que estoy planeando. Es esto o convertirse en un Rock&roll writer.

Buscamos pisos abandonados donde hacer fiestas. No somos vagos, no somos indigentes –aunque el gobierno insista en tratarnos así-, no somos inútiles hijos de la Realeza. Somos gente que busca pisos abandonados donde hacer fiestas.

Nuestro plan es simple: el sistema socio-capitalista nos castigó, perdimos nuestros pisos hipotecados con los cabrones del BBVA, nuestros trabajos de multinacional, nuestras parejas de centro comercial, nuestras vidas de multicine tamaño FNAC. Algunos volvieron a vivir con sus padres, los más afortunados a cobrar el paro, a mendigar un trabajo y a venderse por mantener un ritmo de vida domesticado.

Soy yo y mis amigos. Soy yo y nuestras circunstancias comunes. No sabemos lo que sucederá dentro de unos meses, o si acabaremos emigrando como nuestros padres o bajo los golpes de la policía por protestar en las plazas. No sabemos nada. El resto de la gente puede pensar lo que quiera, pueden incluso llegar a pensar que esto se solucionará; nosotros somos más optimistas, nosotros pensamos que no pasará.

Nos hemos organizado. No necesitamos de los idealismos políticos de perrito faldero, no necesitamos banderas, no necesitamos organizaciones sin fines de lucro, ni ong’s, ni canales de televisión, ni periódicos que diseminen el terror. Nos bastamos a nosotros mismos. Nosotros tenemos un plan y es real.

Somos once. Esta es nuestra historia. Dale al play.

Me llaman Fibonacci. Nadie sabe mucho de mí. Algunos dicen que soy el mejor vendiendo el humo de las revoluciones. Yo a nadie miento, yo a todos digo que el día que las cosas se pongan negras reinará el “sálvese quien pueda”. Yo duermo tranquilo. En mi sangre porto un virus que me quita la vida gota a gota. Soy una bomba de tiempo. De pequeño me gustaba el  electromagnetismo, el cálculo diferencial y el álgebra booleana. Ya no. Ahora me gusta organizar a la gente para que destruya cosas.

Caba, el segundo a bordo, también me sigue a ciegas porque le da igual perder algo que no tiene. Caba es un chico que estudió teatro, golpeó puertas, trabajo gratis para una veintena de productoras y se arruinó buscando financiar su compañía de teatro. Caba vive en el sótano de un viejo teatro remodelado como cafetería en Lavapies cerca de las Escuelas Pías. Físicamente es bajito, delgado y, a simple vista parece débil, pero es muy fuerte. Caba sabe tae kwon do y es capaz de volar de una patada cualquier puerta que se le interponga. Caba tiene un poder de convocatoria que da miedo, es capaz de organizar un pequeño ejército con los olvidados de la Tabacalera, mucho más organizado que el ejército de pitufos de calle Génova. Me encanta Caba, es un chico muy guapo. Mi día se ilumina cuando le veo reírse con esa sonrisa coronada por sus dientes frontales separados como los de Madonna. Quizá para su cumpleaños le regale un linchaco para que le parta la cabeza a algún poli que quiera desalojarle de alguna de sus casas okupas.

Los dedos de Herce son los más rápidos de Madrid. Herce es el perfecto diseminador de mensajes e ideas incendiarias. Si este mensaje te llegó fue gracias a él. Herce es la tendencia, se adelanta a su tiempo y crea necesidades en la gente por las cuales mañana se peleará a golpes. Herce se maquilla los ojos de negro. Él se escurre por Madrid armado de su i-phone con el que accede a las bases de datos del BBVA, sin que nadie sospeche que está echando abajo su sistema de seguridad en busca de pisos requisados. Herce sabe exactamente cuándo y dónde estará el servicio de mensajería que lleva las llaves de los pisos embargados por el banco. Cuando tenemos las llaves de un piso, nos adelantamos a su peritación y lo destruimos para que los del banco sientan lo que sienten los morosos condenados a pagar de por vida algo que ya no es suyo. Nunca hemos regresado las llaves de algún piso a su antiguo dueño -no somos Robin Hood-, simplemente lo destruimos y les enviamos las fotos. Herce vive en las inmediaciones del cementerio de San Isidro, y por las noches se cuela como Bela Lugosi en alguna cripta abandonada junto a su mascota Vampi. Puede ser el poseedor de muchos juegos de llaves, pero la que abre sus dominios de muerte jamás caerán en las manos de banco alguno. Herce, dentro muy poco tiempo, será el dueño de muchas llaves que abran muchas puertas.

Jota se sabe mover como se mueve el lente de una cámara. Jota piensa de manera estroboscópica. Gracias a él todas las fiestas que hemos organizado en los pisos embargados han sido un éxito. Todas las llenó de gente famosa que Herce le presentó. La crème de la crème ha asistido desde la primera a la última fiesta que hemos organizado; todo lo filmó y, poco a poco, prepara un documental que saldrá a la luz por youtube para que todo el mundo vea nuestra particular revolución y quienes colaboraron con ella. Sólo Jota logra que los artistas, actores y cantantes se solidaricen y vengan a romper alguna ventana, a incendiar parqués, echar abajo algún tabique y a soltar algún discurso incendiario que no salga en la televisión. Jota y su cámara dejará vestigio de lo que vamos a hacer. Este día otros serán los culpables.

El Dr. Aimé es el ministro de Asuntos complicados. Él trabaja codo a codo con Quevedo. El Dr. Aimé nació en Burkina faso y es un traficante de armas y trajes militares que trae de las guerras más sangrientas de África. Nunca nadie ha visto los ojos a Aimé; los oculta tras unas gafas negras que jamás se quita. Algunos dicen que es ciego, pero yo le he visto en Montera dar de golpes con su báculo a un coche policía mal aparcado hasta que el suelo se riega de cristalitos.

Quevedo es el vendedor. Sólo él sabe dónde se esconden los responsables de las expropiaciones, los que nos quitaron todo. Quevedo conoce los vicios ocultos de quienes crearon la burbuja inmobiliaria y sabe cómo atraerles a nuestro último gran golpe, la gran fiesta al sur de Madrid, en la ciudad fantasma poblada de esqueletos de edificios que jamás se poblarán, allí donde están las grúas más altas que tapan el sol manchego. Quevedo es el cebo. Quevedo les atraerá, como el amo atrae al perro con un trozo de carne fresca. Él les hará pagar por un paquete turístico completamente legal; les proveerá de un traje militar en la entrada, cuando lleguen en sus coches de cristal oscuro, y les dará copias exactas de pistolas y metralletas con las que disparar a las farolas polvorientas de la ciudad abandonada con la que arruinaron las vidas de miles de hipotecados. Quevedo es el puto amo, sólo él podía idear un plan tan descocido y morboso.

            Moha sabe dónde robar una cabeza tractora con su tráiler. Moha trabajaba en una obra y le echaron por no hablar el idioma y no tener papeles. A él le dio igual. Se fue calle abajo masticando su rabia. Cuando le conocí en Lavapies le hice un esquema de a lo que nos dedicábamos y él levantó el pulgar. Moha conducirá un tráiler robado y lo volcará en aquella curva tan peligrosa de la A-4 para cortar el tráfico y desviar la atención de la policía (aunque sabemos que nuestros invitados se ocuparán también de crear alguna treta para que nadie se sepa que ellos, en sus ratos libres, van a jugar a la ciudad fantasma a los soldaditos) Cuando atestados llegue al lugar del accidente Moha ya estará kilómetros al sur montado en la moto de Mohicana, mientras Stéfano les sigue de cerca en la suya.

            Stéfano & Mohicana son los rondadores. Se ocuparán de traer a Moha a la ciudad y dar una primera ronda de inspección al área para que nada salga mal. Ellos siempre son los primeros en llegar a todos los sitios; se cuelan en los pisos, estudian la zona, alejan a los intrusos y dan la señal de humo blanco para que los demás sigamos con las etapas siguientes. Ellos siempre se mueven en motocicletas robadas a las puertas del Congreso de Diputados. Si los congresistas no se movieron por la gente, ¿por qué les va a importar que les roben su coche o su moto último modelo? Después de todo siempre tendrán la posibilidad de seguir tirando de “coches oficiales”

Cuando los rondadores dan el  pistoletazo de partida, las gemelas cubanas, Alain y Alex, harán su aparición. Ellas son los de la música de fondo, las mulatas de piel azabache trepa-farolas, que vestirán la ciudad fantasma de cables y bafles para que nadie se quede sin oír los ruidos de esta mini metrópolis que no acabó de nacer. Las cubanas están obsesionadas con el Martini rosato y, allí donde van, siempre hay una copa asegurada para que podamos brindar. Las cubanas aman a Santa Esmeralda. Las fiestas comienzan con las palmas de “Copacabana” y acaban con la guitarra española de “Another cha cha”. Esta vez pincharán en toda la ciudad como en un circo de variedades. Cuando lleguen nuestros ejecutivos invitados, vestidos de soldados de mentira, recorrerán las calles disparándose entre ellos con pistolas y metralletas con balas reales. “La casa del sol naciente” les acompañará en sus últimos momentos a través de los altavoces.

Como veis nosotros no hacemos daño a nadie. Somos un grupúsculo a ritmo de Santa Esmeralda.

Desde lo más alto de los esqueletos de los edificios, desde aquellos pisos comprados por gilipollas que pensaron invertir y se arruinaron, veremos cómo se matan los culpables de la burbuja inmobiliaria y, cuando todo acabe, me treparé por la grúa abandonada más alta y desde allí ondearé nuestra bandera.

Si todo sale bien nuestro siguiente golpe será el aeropuerto Don Quijote de Ciudad Real.

Me llaman Fibonacci y, mis amigos y yo, buscamos pisos abandonados donde hacer fiestas ¿Conoces alguno?


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LOS CUENTOS DE FRAN BARRERA

YO CUENTO CIEN

Posted on 18 May 2011

            Lo primero que sintió la jipjopera fue el crujido que hizo su muñeca izquierda, contra la piedra, al ser cortada por una afilada espada. Estaba sentada al borde de una piscina con los pies desnudos. Giró el cuello violentamente y vio un par de botas negras a su lado. Subió la vista hasta donde le alcanzaba el cuello y vio aquellos dedos empuñando una espada repleta de brillantes. Bajó la vista hacia el muñón recorrido por un hilillo de sangre y pudo ver cómo su mano se alejaba cercenada a las profundidades de la piscina. Se lamentó sin asustarse y probó a decir algo sin tartamudear ¡Menos mal que tenía el anillo de casada en la derecha!, exclamó. En vez de asustarse se echó a reír porque podía hablar de seguidilla sin atropellarse. La jipjopera se rió tanto, y con tantas fuerzas, que pegó un brinco en la cama y cayó encima de la bacinica de aluminio. Se levantó del suelo y se limpió el rostro de los orines con las sábanas que colgaban. De pronto recordó que había perdido en sueños la mano izquierda. Encendió la luz de la lamparita y respiró aliviada: tenía la mano adormecida, pero completa. Intentó subirse a la cama, pero las piernas no le respondían. De pronto una violenta descarga recorrió todo su cuerpo doblándola como una muñeca vieja y, por más que intentó relajarse, la dentadura postiza no descansó hasta hincársele en la lengua. Había olvidado quitársela (entre otras cosas)

            Doblado y deforme, como una figura de cera, su cuerpo cayó desde lo alto del trampolín, maniatado y enredado, con las lienzas de pescar. Sintió en la cabeza el golpe en la superficie del mar y entró en él como un proyectil a toda velocidad. Abrió los ojos. Los peces que los pescadores habían ido a pescar se alejaron de su trayectoria de cuerpo inerte, pero luego regresaron a intentar morderle las ropas. ¡Aún no estoy muerto!, gritó, pero los peces no entendían su idioma. Intentó nadar pero estaba tan bien maniatado que el único movimiento posible fue hacia el fondo. No había mucho tiempo. Tenía que escapar de aquel accidente a lo Houdini, pero cada milésima de segundo se llevaba consigo las últimas burbujas de oxígeno. De pronto se acabó todo; no es que se hubiera quedado sin aire, se había quedado sin ganas de luchar. Observó el fondo del mar y poco a poco la luz, que se colaba de la superficie, fue apagándose como se apaga la luz de un televisor viejo hasta no ser más que un puntito blanco en el centro de una nada negra.

Manta-raya enséñame más”. No podía sacarse la letra de aquella canción de la cabeza. Los gritos eran como millones de martillos que retumbaban en las paredes. Era domingo y estaba harto de aguantar todos los fines de semana el mismo escándalo. Él subió el volumen de la radio para ignorarles, pero los vecinos gritaron aún más alto. Alguien dio un portazo y él quitó la música para oír lo que estaba ocurriendo arriba. Le estaban echando un pulso. Un estentóreo: “¡Hija de puta, te voy a matar!” se oyó en todo el patio interior. El vecino rumano hablaba español sólo cuando insultaba a su esposa y esta vez la cosa parecía seria. Jonás, el único vecino que parecía enterarse de lo que estaba sucediendo, se asomó a la ventana, por donde el tenderete, y oyó los gritos de terror de la mujer. Se armó de valor y salió de casa como un héroe rumbo al quinto a ver qué estaba sucediendo. Se detuvo frente a la puerta de donde venían los gritos y le dio un par de violentas patadas. Se hizo el silencio. Luego la puerta se abrió: una mujer con un ojo en tinta abrió y le dijo que se encontraba bien, pero Jonás no se lo creyó. Cometió el error de insistir, por el bien de aquella pobre mujer maltratada, con que iba a llamar a la policía para que deportaran a su esposo maltratador. Una mano gigantesca avanzó en cámara lenta por detrás de la cabeza de la mujer, pasando por la frente y los ojos, hasta llegar a las fosas nasales desde donde la cogió como si fuera una bola de billar para arrastrarla dentro de casa. Lo siguiente fue la visión de un hombre descamisado y gigantesco que le metió un puño por la boca saltándole los dientes que acabaron estrellados en la primera planta. Su cabeza se estrelló contra el pasamano y todo se fue a negro. Los vecinos no oyeron nada, o al menos eso fue lo que dijeron a la policía cuando encontraron a la mujer muerta y al maltratador colgando de una viga vista del techo.

La jipjopera volvió a tener el mismo sueño pero esta vez le cortaban la mano derecha. A través de las aguas de la piscina se despidió de su anillo de casada. Cuando despertó sus ojos seguían una luz blanca como la línea de una carretera sin fin. Un extraño hombre de blanco se asomó por un costado y le abrió el ojo derecho. Ella tenía la vista perdida. Intentó recordar por qué estaba allí hasta que cayó en la cuenta que llevaba días sin tomarse la medicación por culpa de la puta mudanza de la corrala al piso de su hermana solterona que vivía cerca del Manzanares. ¡Me-me-me-ca-ca-go en mi-mi pu-pu-puuuuta madre!, exclamó sin poder evitar la mascarilla que le enroscaron en toda la bocaza.

¡Se nos va, se nos va!, gritaba el salvavidas. Estaba maniatado con lienzas de pescar sobre la arena como una vulgar merluza. ¡Le habían salvado! Sintió un fuerte dolor en los pulmones y luego un filo helado que le recorría desde los pies al cuello. Estaban cortando lo que le aprisionaba. De pronto recordó que estaba en lo alto del trampolín pescando cuando se enredó en las lienzas, dio un paso en falso, y se fue con todo y anzuelos, enredado de la manera más estúpida, de cabeza al mar. Alguien le vio caer y llamó a los salvavidas que lograron sacarle a superficie tirando de las lienzas como si fuera una oruga. Lo más urgente fue sacarle a superficie para que pudiera respirar y dejaron para el final desenredarlo. Todos pensaron que se trataba de un suicidio porque las lienzas estaban especialmente apretadas al cuello. Intentó hablar pero un asqueroso sabor a sal reptó desde las paredes de su estómago y le hizo vomitar al salvavidas. Tosió hasta escupir un caldo verdoso, pero luego se sintió mejor. Cuando pudo recuperarse se incorporó sobre la arena. No conocía aquella playa. Miró al salvavidas y éste le dijo algo que no entendió. Se dejó caer sobre la arena y se llevó las manos al cuello. La cuerda ya no le aprisionaba. Ahora lo entendía todo. Estaba a millones de kilómetros de distancia de su mujer muerta. Tenía una nueva oportunidad de recomenzar y estaba absolutamente seguro que la iba a volver a cagar.

Cuando la jipjopera regresó de su viaje estaba clavada por todas partes como si fuera una mariposa en un corcho. Observó sus manos. Tenía ambas en su sitio y en la derecha lucía su anillo de casada. Respiró aliviada. Intentó descansar, pero vino a su cabeza el recuerdo de lo que acababa de vivir y gritó, gritó hasta que el enfermero entró en la habitación a meterle un calmante por la intravenosa. La jipjopera se dio cuenta que gritar había sido un error porque ahora le meterían un tranquilizante como a las locas. Lo tenía claro: una mujer había muerto con el vecino que había intentado ayudarla, pero el cabrón del esposo había sobrevivido en otro tiempo y lugar. ¿Y el pescador del trampolín? ¿Qué había sido de él? ¡Jo-jo-jo.der!, exclamó. Sus ojos fueron cerrándose poquito a poco. Todo empezaba de nuevo cada vez que se preguntaba algo. Ya venía el sueño, venía por ahí cerquita, venía el sopor y venía la saliva calentita bajando por la comisura de sus labios. Ya venía la primera imagen, el primer flash con el fin de la historia, la explicación al sueño de sus dos manos cercenadas – una con anillo y la otra sin él – y se arrepintió de haber olvidado tomar la medicación para la epilepsia. ¡De pu-pu-puta ma-ma-madre!, exclamó flojito, y se durmió pidiendo a Dios que le dejara soñar con su gato y no con gente puñetera, que no conocía de nada, que venía a contarle que había muerto de manera injusta.

            Yo cuento tres… faltan noventa y siete pesadillas para llegar a cien. Putadón de vida.

NOTA DEL AUTOR:

Quizá sería recomendable que, quien quisiera adentrarse en el personaje de la Jipjopera, leyese primero los cuentos “PULSARES” y “LA CORRALA”

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