CONVERSACIONES CON MI PADRE SATANÁS

“¿Cómo es Dios?… Ella es negra”

Fotografía: Cerca de Rozenthaler Platz o algo asi, Berlin, 2009

¿Recuerdas que de pequeño te mojabas en la cama?

Era una costumbre asquerosa que no podías controlar. Por más que yo pusiese cuidado en no asustarte mucho siempre terminabas meándote encima.

Era tu madre la que más sufría cuando eso te pasaba. Porque si lo descubría tu padre, no pasaba nada. Sólo te amenazaba con un par de correazos y ya está. Pero tu madre se levantaba en medio de la noche, te gritaba de lo harta que estaba de ti y cambiaba las sábanas, aunque algunas veces sólo se limitaba a poner una toalla donde te habías mojado y te mandaba a dormir sobre ella en la cama. Muchas mañanas, la toalla volvía a aparecer humeando y hediendo a orina. Y es que no lo podías evitar. Tenías El sueño demasiado profundo. Sueño al que te inducía yo porque todo era mi culpa.

Estoy seguro que todo empezó la noche aquella que insististe en llamarme y creíste que no había venido. Pero estaba junto a ti, pero no te dabas cuenta. Te veías muy gracioso intentando demostrar que eran cuentos de viejas. Aún me río cuando lo recuerdo.

Estoy seguro que no olvidarás la noche en que te despertaron los golpes de tu madre.  Ella te golpeó tanto que saliste disparado por la puerta hacia el patio de tu casa, esa casa que por patio tenía un cerro completo. Estabas desnudo de la cintura para abajo y, aunque hacía frío, no quisiste volver a tu dormitorio a por un pantalón porque allí estaba tu madre arrancando las sábanas y el colchón para lanzarlos al pasillo entre gritos. A tu padre le bastaba con dar dos voces y darse la vuelta para seguir durmiendo. A tu madre no. Quería que fueras un niño normal, de esos que se despiertan secos y se van al colegio felices. Tu no. Tu eras distinto. Te levantabas nadando en orina, te mal duchabas y te ibas al colegio maldiciendo tu vida.

Tu me llamabas la atención. Cuando dormías e iba a verte, no mostrabas el miedo que mostraban los demás niños. Eras un enanito que no terminaba de convencerse que estaba frente a ti ¿Recuerdas ese sueño donde ibas a casa de tus tíos y yo estaba de invitado a su mesa? Yo si lo recuerdo. Entraste y saludaste a todos muy cortésmente, haciendo honor a tu apellido, y preguntaste a cada uno su nombre. Y yo me presente al final de todos. Vestía mi traje negro favorito y mi sombrero de ala ancha que me hacía más elegante.

–        Soy Satanás – te dije.

–        Encantado de conocerte – me respondiste. Y todos rieron a carcajadas. Luego despertaste con el culo húmedo.

A veces te visitaba. Te obligaba a charlar conmigo cuando estabas cataléptico. Como esa vez que estoy seguro que no estabas dormido, sino más despierto que nunca. Se te quedaron los músculos tensos y la boca entreabierta en un rictus de horror porque me acerqué al viejo tocadiscos que estaba junto a tu cama e intenté sintonizar una emisora AM, pero nada. En tu maldita ciudad no había modo de coger una buena estación de radio a esas horas; también eran otros tiempos y en el cerro aquel donde plantasteis vuestro hogar no había modo de escuchar nada decente. Sólo radios peruanas. Nada de música clásica. Y te pusiste a llorar como un niño que eras porque no podías gesticular palabra y yo insistía en escuchar algo en ese tocadiscos viejo y arcaico y cada vez me iba llenando de más ira y mi rostro se desfiguraba de indignación. Si te hubieras quedado quietecito podría haberte enseñado a volar, pero tuve que posponer la lección para cuando aprendieras a mirarme a los ojos sin miedo.

Meses después ya te acostumbraste a mi presencia y fue más fácil hablarte. Habías cumplido ocho años. Ya te era tan habitual que los seres humanos te parecían aburridos y apáticos. Y aprendiste a quererme sólo a mí.

Siento el daño que te hice la noche que te conté que dejaría de visitarte para charlar pero es que estabas creciendo de prisa y se perdía la magia como se pierde la inocencia al pasar a la pubertad.

Te extraño mucho. Lo sabes.

Como recuerdo de nuestras charlas y sueños te dejé cosas en tu vida que pudiesen recordarte a mí: tu amor por los gatos de todas las razas, tu devoción a la música y a escribir.

Siendo ya un adulto, cuando te fuiste a New York, quise dejarte un recuerdo de mi presencia en un escaparate de Christopher St. Recuerdo tu asombro y la sonrisa que se dibujó en tus labios al ver esa camiseta con ese mensaje en el pecho: God is busy, May I help you?

Sin duda fui yo quien estuvo junto a ti para enjugar tus lágrimas y no Dios, que siempre estuvo tan ocupado escuchando las plegarías de la gente para acabar con las guerras, con el hambre y la pobreza. Porque el origen de todos los males de esta tierra se acabarán cuando se sequen las lágrimas de los niños como tu: niños que se orinan en la cama, que están desnudos en mitad de la noche y que tiemblan de miedo a una golpiza de manos de la propia madre.

Me tengo que ir. Me ha surgido algo, así, de improviso. Prometo volver en forma de inspiración y te premiaré con unos minutos robados a tus seres queridos y te plantaré a escribir lleno de júbilo lo que yo te cuente.

Me despido de ti, por ahora, amado hijo y no te preocupes; iré por tu madre como tantas veces rezaste.

Te quiero. No sabes cuanto.

Madrid, 20 de Enero de 2009

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