MÓNICA PIENSA EN QUE EL CHOCLO SE DESGRANA

Algún Templo de Ulan-Bator

Fotografía: Renata Julga

“No me importa que se acabe el mundo. No me importa si la vida se acaba. No tengo miedo, mi corazón está en paz. Viví el amor contigo toda mi vida.

Eres cada arruga de mi rostro. La razón de mi respiración. Si volviera al mundo, te buscaría hasta encontrarte para amarte otra vez

No cambiaría ni un cabello tuyo por el Paraíso. Te amaría hasta que mi vida acabase…”

Cennet (Paraíso) – Ferhat Göcer

Mónica tiene un billete de avión a Estambul en la mano y en la otra una mazorca de maíz. Mónica mira con atención el billete, las letras pequeñas y los códigos de barras, la letra pequeña otra vez, el número de vuelo, las fechas y la hora de despegue. Mira a través de la ventana a las gallinas que picotean en el jardín y piensa que ya está harta de arreglar una y otra vez los rosales, los claveles y la pequeña reja que debería evitar que ellas entraran a estropearlo todo. Ahora ya le da igual. Gira la cabeza. En la otra mano en alto tiene una mazorca de choclo y se detiene un instante pensando en cómo cocinarla. Frente a ella una gran olla de aluminio de esas antiguas llena de agua hirviendo que, a veces, le salpica las manos.

Es sábado. Como muchos sábados ya está de vuelta del trabajo dando clases de resistencia de materiales en la Universidad de Antofagasta a todos esos críos maleducados que se entretienen sacando los resultados de los exámenes fuera de su oficina para copiarlos ¡Son como niños! Pero las chicas son peores con eso de que entre mujeres tiene que haber ese puntito de apoyo fraternal femenino, pero que sólo usan para acercarse a ella y hablar de manera interesada con la esperanza de aprobar, pero Mónica no se equivoca jamás; todo tiene su sitio y aprueba el que arrima el hombro, no el que gasta minutos valiosos intentando convencerla con palabras, y no hechos, que es buen estudiante y futuro buen profesional.  ¿Por qué les cuesta tanto separar las cosas? La vida es saber mantener las distancias al milímetro, todo en su sitio, todo equilibrio delicado, ninguna situación al límite que fallase alguna vez por corte. ¡Críos! A veces creía que había sido ella quien les había terminado de criar.

El agua caliente le salpica otra vez las manos, fija la vista en la mazorca ¿Cómo cocinarla? Podría echarla a la olla directamente a lo bestia ¡Estoy harta de cocinar! También podría quitarle las hojas una a una y cortarla en trozos, preparar una buena cazuela, pero no le daría tiempo a matar y pelar a una de las gallinas que ahora le estropean el jardín. Otra opción es hacer humitas y, aunque es trabajoso, tendría una buena excusa para evitar el fajo de exámenes sin corregir por unas horas de esos vagos de la facultad de Ingeniería. Pero para las humitas ¿tendría que desgranar el choclo?, ¿diente a diente? ¿Poco a poco como los días de esta vida? ¿O con un buen cuchillo cercenar los granos como si fuesen láminas? ¡Cómo una vida que se acaba de golpe! ¡Da igual! De todos modos los dientes del choclo irán a parar al molinillo.

¡Dios, no tengo albahaca!, piensa Mónica, las gallinas las picotearon todas la semana pasada ¡Dios, ya no me queda paciencia! Toda la agotaron esos niños jugando a ser ingenieros ¿Qué será de ellos cuando estén trabajando en una empresa? ¿Llegarán semi borrachos a las reuniones de trabajo como hizo hoy Greco, ese niño flaquito que siempre se sienta al fondo? ¡Qué le pasa a ese chico! ¡Nadie bebe por beber, nadie sucumbe a ninguna pena así sin más! Y sin embargo a Greco no le va tan mal, piensa Mónica. Es sólo que quizás carga una pena como la que siente ella al intentar decidir entre un choclo y un billete de avión.

Mónica deja la mazorca y el billete sobre la mesa de la cocina y se quita el delantal. Se acerca a la radio pequeña del mueble y la enciende: “En su clase de geografía, la maestra habla de Turquía…” Cambia la radio de un dial a otro sin encontrar una voz que le haga compañía, retrocede, avanza, se cansa. El dial vuelve a la primera emisora: “Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, Ave María. Decisiones, todo cuesta, salgan y hagan sus apuestas ciudadanía”. Mónica mira por la ventana. A lo lejos los cerros de tierra y arena se le vienen encima. Más allá: el mar. Mucho más allá Juan López… ¡se abalanza sobre el billete de avión y coge el teléfono!

–       ¡Hola! – dice casi sin respiración –, ¡quiero confirmar un vuelo! –, pero cuelga dejando a la operadora de la agencia de viajes con la palabra en la boca.

El choclo le espera, las gallinas escarban la tierra del jardín, los exámenes finales aún por corregir, la olla hierve, Rubén Blades canta en la radio, mucha gente depende de ella, el cielo se nubla, los hombros le pesan y no sabe cómo desgranar un choclo. Apaga la radio, busca un disco de músicas del mundo, se pone una copa de vino blanco y se enciende un cigarrillo, un cigarrillo exquisito, exquisito como la primera canción del disco, aunque no entiende una sola palabra de turco ¿Dónde está la seducción? ¿Es acaso culpa de esta tierra seca como el Pueblo blanco de Serrat? Mónica coge el cuchillo por el mango mientras da una última calada al cigarrillo y lo arroja al jardín cuidando de no darle a alguna gallina distraída y, que sin buscarlo, tenga ahora que ponerse con una cazuela de ave ¡Con la de trabajo que tiene eso! Pelar patatas, una cebolla, salir a por cilantro y pelar el puñetero choclo a final de cuentas. Mónica da un nuevo sorbo a la copa de vino y se siente bien al fin. Coge el mando y busca la segunda canción del disco para escucharla una y otra vez pulsando repeat. Ensaya unos pasos de salsa, su cuerpo no se resiste al ritmo., ya no hay resistencia ni dudas ni fallos por corte. No hay ninguna clase de esfuerzo en ninguno de los ejes coordenados ¡Círculo de Mohr, ya no te necesito! ¡Está bailando con una copa en la mano y otro cigarrillo en la otra!

Sobre la mesa de la cocina el choclo y el billete de avión.

“I’d like to live in America…Si naciste pa’ martillo del cielo te caen los clavos” La canción acaba. La olla está negra y casi no queda agua hirviendo. Suelta la copa en la mesa, quita el disco y lo mete a su bolso, junto a su paquete de tabaco; se cuelga el bolso al hombro ¡está preparada!  Echa un vistazo a la cocina y al salón con la mesa a rebozar de papeles y exámenes, abre el mueble de la pared y saca un paquete de trigo que arroja integro a las gallinas del patio; así, con plástico y todo. ¡Cuando se lo coman que acaben con el jardín! Mónica cierra las cortinas que dan al patio, quita el gas, descuelga el teléfono fijo, apaga el móvil, se quita el reloj y lo arroja al basurero. Mónica se acerca a la mesa de la cocina con el bolso colgando de su hombro.

Mónica tiene un billete de avión a Estambul en la mano y en la otra una mazorca de maíz.

Madrid, 21 de Enero de 2009

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