7-ELEVEN

                James es un chico que llama la atención allí donde va. Viste una camiseta blanca de tirantes, un cigarrillo que nunca enciende, un sombrero borsalino -de alguna tienda del downtown-, unos vaqueros de GAP que dejan a la vista la rajilla del culo y un pendiente con forma de pequeño diamante en una oreja. James conduce su motocicleta descalzo lo que le da un toque potentemente sexual. Tiene la piel blanquecina, las manos grandes, los dedos de los pies angulosos y la voz profunda; sus ojos son verdes, casi turquesas, y oculta la mirada tras una mata de pelo castaño que le cae sobre el rostro como al Keanu Reeves de los 90’s. Me gustan los chicos, no me gustan las mujeres. Algunas de ellas, con los años, pueden convertirse en auténticas máquinas de quejarse.

¿Dónde está la magia, James? Quiero que sepas que esta va por ti, grandísimo hijo de la gran puta, por no saber qué es eso.

Me gusta hacer la caja contando quarters, dimes y pennies. Es la única manera de no echar de menos mi corbata verde inmobiliaria que solía usar en España.

                James está en la esquina de la cama, observándome desnudo con sus ojos turquesa mientras estoy liando un cigarrillo. Se sienta a mi lado y me acaricia el pelo. Yo le aparto. James sonríe como siempre, se levanta de la cama, se seca el rostro con una toalla deshilachada, se calza sus viejas gafas y sale por la puerta, desnudo con el macuto al hombro, hacia los jardines comunitarios. Un gran sol anaranjado se cuela por los cristales. El portazo que ha dado James ha hecho remolinos con el polvo en suspensión que acaba mezclándose con la primera bocanada de mi cigarrillo.

–            Hey yo!, Can u break this? – pregunta James largándome un billete de veinte dólares sobre el mostrador.

–          Sure! – digo alargándole tres billetes de cinco y cinco monedas.

Anoche, después de salir del 7-Eleven, me puse a caminar calle abajo por Post Albany Road hasta llegar donde nace Croton Ave hacia la biblioteca. Iba escuchando Devil Inside de Inxs. Hubo un instante que me hubiese montado en el primer coche lleno de malotes bebiendo cerveza que se hubiese detenido al borde del camino.

–          Hey, hey, are u ok? – Vuelve a preguntar James.

–          Yeah, sure, need something else? – le pregunto.

–          Yeah man, I’m still waiting for my pack o’ cigarettes… what’s up, man?!

Le doy el tabaco y el cambio por un Carlton 100’s y sale por la puerta dejando entrar el calor vaporoso de la noche. Mañana, cuando pase frente a su jardín como cada mañana que regreso a casa, le veré revolcarse mojado en la grama con su perro después de haberle bañado con la manguera.

Hace un par de noches James vino al jardín que da a la parte trasera de casa. Arrojó una piedrecilla y yo abrí la ventana para verle allí abajo. Allí estaba, sentado bajo el árbol, mascando tabaco. Se quitó la camiseta y espero a que los aspersores automáticos comenzaran a regar. Así estuvo durante unos diez minutos, haciendo como si yo no existiera, hasta que se puso en pie y saltó la reja en dirección a su casa. Yo me quedé de pie, como un idiota en mi ventana, viendo como se alejaba descalzo atravesando los jardines de los vecinos. Siempre tengo el mismo sueño, siempre despierto sintiéndome como las niñas Amish del anuncio de Levis. Me levanto de la cama sudando, cojo el teléfono y llamo a su padre.

–          Hola, eres el padre de James? – pregunto jadeando.

–       I beg your…?, who the fuck are you! – me responde el padre al otro lado de la línea.

–       Tu hijo se está revolcando en el aparcamiento del bar de Roxy  con un camionero de Great Neck – digo y cuelgo. Siempre le digo lo mismo sabiendo que no habla una gota de español.

Todas las noches veo salir al padre de James a la puerta de su apartamento y se sienta hasta que viene James de soltar a su novia en el Bronx. El padre lo abraza y lo mete a casa en silencio.

Roxy era una puta. Trabajaba en el único bar del pueblo junto al 7-Eleven. Yo, a veces, la visitaba en su apartamento de Cedar Lane y nos lo montábamos de gratis a cambio de alguna botella de whisky y un cartón de tabaco. Ella siempre repite que le queda poco para jubilarse, pero nunca lo hace, ella ama su vida y soporta mis mariconadas. Roxy es mentirosa compulsiva. Una noche me dijo que, cuando vivía en Seattle, un tal Kurt le había escrito una canción – About a girl –, que se la había dedicado a ella y no a esa zorra gorda que salía en la tele. También me dijo que cada noche la llamaba Courtney para decirle que le devolviera la pasta por no haberse cargado a Novoselic cuando se lo encargó, pero ella ni puto caso. Aquella noche, cuando estaba con Roxy, la tal Courtney llamó y me la puso al habla. Sólo oía quejidos de alcantarilla pre-grabados. Con el tiempo me enteré que era la pista 99 del Antichrist  Superstar de Marilyn Manson. Roxy recibió durante meses la misma llamada cada noche, siempre a la misma hora, hasta la misma noche en que la hallaron muerta junto a una familia de mapaches que vivía detrás del 7-Eleven. Yo sé quién lo hizo. Fue Moha, el turco. Él trabajaba en la central de taxis y también llevaba los pedidos de comida rápida que la gente hacía por internet, así que sabía perfectamente cómo programar un servidor para darle el coñazo a quien quisiera por teléfono. Moha mató a Roxy, la mató de aburrimiento. Esa noche, diez minutos después de la acostumbrada llamada de Courtney, Roxy bajó al 7-Eleven a por un paquete de Newport Light y unas Coors porque no podía dormir. Me dijo que me las pagaría con una mamada y me puse de espaldas a la cámara haciendo el movimiento como si me estuviera pagando. Cuando salió se llevó por la cara la última Vanity fair, la más cara y, al salir a la calle, se resbaló y se desnucó. Era una puta bastante torpe, aunque ya tenía sus años. Los mapaches le robaron el paquete de Newport Light y la cartera; por ese simple hecho estuve dando declaración un día entero con una pareja de polis lesbianas en comisaría.

A James le gusta Leonard Cohen. Me he comprado unos prismáticos y he estado espiando las paredes de su cuarto tapizadas de las carátulas de sus discos favoritos. Es el típico maricón de pueblo de gustos estándar. A mí me gusta Kid Loco, Camarón y Wang Feng. Soy bastante repelente como las maricas que te clavan las uñas por Madonna y Lady Gaga.

–       Jey, Güat yu yu güan! – grita el de la gasolinera dirigiéndose a mí como si me importara lo que dice.

–       Fill it! – respondo encendiendo un cigarrillo.

–       Yu Kant smouk jir! – me grita.

El de la gasolinera dice llamarse Pavel. A diferencia de Novotny, el actor porno gay tallado a mano, este Pavel está bastante hecho mierda. Creo que es pakistaní. Se ha cambiado tantas veces el nombre que ya no sé cómo llamarle ni a él le preocupa que le llamen de cualquier manera. No me gustan esta gente, siempre te miran como si tú no supieras nada de su país y ellos supieran todo del tuyo – lo que en el fondo es verdad -,y me jode. Le pago y me largo con la radio a toda pastilla.

Hace unos meses me compré un cacharro de los 60’s por 400 dólares. Es un Ford algo. No tengo seguro ni permiso de conducir, pero a nadie parece importarle mucho por aquí. Lo uso para ir de Cedar Lane a la estación de tren que lleva a Poughkeepsie. Nunca he tomado este tren, ni el que va en sentido contrario. Me bajo del coche, enciendo otro cigarrillo y espero a que anochezca para regresar al 7-Eleven. A veces, al atardecer, me paro en la esquina de Broad Avenue, a ver a los negros de Puertas negras volver del bar jamaicano y a sus esposas sentadas en la puerta despiojando a los niños que pasan por ahí.

En Cedar Lane no hay ricos, no hay uno sólo en todo el pueblo, al menos como los que uno está acostumbrado a ver, yo creo que todos se mudaron a White plains porque en Cedar Lane son todos unos pobres desgraciados. En Cedar Lane hay cinco bloques, de 2 plantas, 8 vecinos en cada una con sus jardines y terrazas y de ninguno de ellos te saldría un buen caldo. Hay una piscina central y un par de hectáreas de grama que podar. Adivinen a quien le toca hacerlo a cambio de unos dólares. No es que me queje, pero me pagan poco.

 

“Me parece que la vida está totalmente desprovista de interés, y esto sucedía especialmente cuando trabajaba ocho horas por día. La mayor parte de los hombres trabajaban ocho horas al día, y tampoco ellos amaban la vida. No hay ninguna razón para amar la vida para alguien que trabaja ocho horas al día, porque es un derrotado.”

Mi jefe es boricua, cobra la comunidad con un rifle y todos los fines de semana le saca brillo a un pequeño bote aparcado en el jardín. Se llama Luis. A veces, cuando salgo de casa para ir al 7-Eleven, le veo merodeando por los matorrales con la escopeta al hombro y un pack de Bud’s. Luis está borracho los lunes y me ladra instrucciones desde su terraza rascándose los huevos. “Hoy estamos busy”, dice metiéndose dentro con la mano metida en el culo para seguir durmiendo. Luis está casado – eso dice él -, su esposa no habla, sólo se corta las uñas al borde de la piscina mientras observa al salvavidas, un negro de 2 metros que no sabe nadar. Nadie se baña allí desde que encontraron al perro de mi vecino, el fotógrafo de ilegales, muerto e hinchado como un globo. Todo esto es como el video de Black Hole Sun de Soundgarden.

Yo, a aparte de alquilar en Cedar Lane, hago el mantenimiento a todos los pisos. Ochenta pisos llenos de hijos de puta. A muchos no les conozco ni de oídas, a otros sólo les veo pasar cuando van a por cerveza y a algunos les veo ir al 7-Eleven a robar Tylenol. Les salgo hasta en la sopa a todos estos cabrones. Hay una extraña pareja en el bloque de junto: ella es una mujer alta, muy alta y maciza, rubia de melena que ata en un par de trenzas vikingas y de esposo enjuto y endeble. Ella debe tener unos 45 años; él no más de 20. Cada noche se les oye gemir. Ella le viola sistemáticamente. Al día siguiente él sale de casa, coge el coche y se larga a trabajar a una tienda de antigüedades, junto a un Deli de dominicanos y vuelve por la noche con la cena para ella. A veces la vikinga le golpea tanto que él deja de salir a trabajar un par de días. Me consta que esos días nadie abre la tienda ni nadie come en esa casa. Son una extraña pareja.

A los pies de mi piso vive un chico que se dedica a hacer fotos. Luis me dijo que era paparazzi en L.A, pero yo creo que es simple y llanamente un hijo de puta como todos los de su calaña. Cuando llevaba unas pocas semanas me hizo un par de fotos sin mi consentimiento mientras cortaba la grama. Esa misma tarde tenía a un par de agentes de la migra golpeando la puerta. Cuando vieron que tenía todo en regla se fueron maldiciendo. Al día siguiente apareció muerto el perro del fotógrafo en la piscina. Fui yo y se lo dije a todo el mundo.

Mi familia favorita, por decir algo, son unos indios que viven en el piso que da a la colina. Un día les reparé el váter que tenían taponado. Su apartamento olía a incienso, curry y mierda. Cuando entré, el agua llegaba a la moqueta de los dormitorios. La mujer del indio lloraba impotente mientras su esposo tenía la vista pegada a Slumdog millionaire, una película que veía una y otra vez. Las paredes las tenían tapizadas de carteles de películas de Bollywood y el lavavajillas tenía una torre de ollas de aluminio sucias. La mujer parecía atrapada. Hice el viejo truco de desatascar el váter con una escoba vieja envuelta en una bolsa de Wendy’s y le solucioné la papeleta. La mujer no paraba de darme besos, el esposo ni se inmutó. A ese tío, aunque le cayeran las rupias del cielo del “Quien quiere ser millonario”, no se enteraría. Unas semanas después vi a la mujer coger un taxi de camino al aeropuerto. El hombre la despedía desde la puerta de casa con una sonrisa como su supiera que en la India la iban a despreciar, pero ella sonreía. Ella se mudó a Virginia. Lo sé porque me lo dijo chapurreando en el 7-Eleven. Yo me alegré por ella. Del esposo nunca volví a saber. Cuando paso por fuera de su piso me llega un extraño tufillo a muerto: o es eso o se le volvió a tapar el váter.

A veces, por las noches, cuando no me toca currar, leo blogs de los que solía leer cuando vivía en España. Me encantan cuando las maricas escriben: “Finalmente ha llegado a mis manos el esperadísimo MDNA”. También me gustan los comentarios del tipo: “No, hijo, a estas alturas de la película no ha llegado a tus manos como si te lo hubiera enviado por DHL la misma Lourdes María. Tú te has bajado un winzip pirata como las demás maricas fanáticas de Madonna. ¡Amos, no me jodas! Y encima, el autor del blog, escribe para rematar el artículo: “There’s only one queen… and that’s Madonna”. Echo de menos las tonterías de las maricas de España fanáticas de los títulos nobiliarios. Al autor del blog aquel me lo imagino espameando a sus amigas modernas para que no digan a nadie que Él se baja discos de internet, porque eso sería como insultar a sus amigas artistas que le envían sus discos gratis desde las discográficas. A veces, también veo por internet el programa de TV donde sale leyendo los tweets de los telespectadores. Esto es lo mejor. Siempre sale con cara de musculoca que se ha tragado la aceituna del cóctel. Es inquietante verle inmóvil en la pantalla, como a los que leen la carta astral, recibiendo mensajes a su twitter; deben llegarle veinticinco diciendo lo guapo que se ve y ochocientos noventa y tres diciéndole que es tonta de los cojones. ¡Puaj! He malgastado un párrafo escribiendo sobre la paleta ésta. No aprendo y no puedo negar que echo de menos las tonterías de las maricas fanáticas de los títulos nobiliarios. Aquí, en USA, no hay mucho sentido del humor, o no lo entiendo. Daría cualquier cosa por ir a tomar una cerveza al café Figueroa y encontrarme a la marica tonta ésta, con su ropita de marca y su gorra tapa cartones. Pasaría por su lado, le oiría decir sus tontunas y sonreiría. Puede parecer tonta la analogía, pero el chico éste me recuerda a un personaje que hizo Maribel Verdú en una película en la que interpreta a una iluminada llamada, a sí misma Osiris, pero que realmente se llamaba MaríaJesú. Extraño las tonterías de la fama, porque son tonterías. ¿Fama? La fama es destructora, es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos y sin embargo no dejan de proliferar las tontas florecillas de la tele buscando ser adoradas porque sí, ni las estúpidas maricas que les siguen el rollo y les pagan sus vicios al comprar las revistas de corazón. No quieren darse cuenta que la fama no da de comer, no sirve para nada, sólo sirve para agilipollar a todos por igual. Deberían prohibirle el twitter a los famosillos o exigirles un test sicológico antes de abrir una cuenta: Los 15 minutos de fama de Warhol se han transformado en 144 caracteres y la democracia a veces es bastante peligrosa porque se suelta mucha idiotez. El terror ya es dueño de todos nosotros y está en los perfiles de gente que cree que tiene algo que decir. Seguidores y seguidos, al final todo se va a resumir en eso, nada nuevo bajo el estúpido sol.

Tengo una colección de casetes viejos que pongo en una radio mientras hago mi turno. Daría toda mi sangre por tener una rockola a la cual arrojar una moneda y que sonara algo de funky los fines de semana. Pondría un par de altavoces hacia la calle mientras los mejicanos beben sus Bud’s, no les pondría tex mex, pondría a Mutiny, porque no estoy para ordinarieces.

Hace unas noches subí el volumen mientras cantaba Sheryl Crow, entraron unos chavales con los pantalones caídos y sus gorras e improvisaron un numerito al ritmo de la música arrojándose los burritos de una estantería a otra. Uno de ellos se quitó la camiseta y se trepó a la caja registradora restregándose el paquete en ella. Por unos minutos me sentí como el dependiente que sale en el video de Crazy de Aerosmith. Luego se fueron llevándose su improvisada fiesta. Sabía que esa noche la caja no me cuadraría, pero me regalaron unos minutos en que realmente me sentí exultante y por unos minutos olvidé que no tenía seguridad social. Esa misma noche, antes de acabar mi turno, hubo un choque en North Highland. Era Paul, mi vecino, que venía de recoger a sus críos de casa de su esposa con un par de copas de más. Entró al 7-Eleven, arrastrando a los niños que traían el rostro ensangrentado, usó el teléfono y se sentó en el suelo a llorar por su coche. Unos minutos después entró una pareja de oficiales mientras yo les limpiaba la sangre a los niños. Se llevaron a Paul esposado. Mientras hacía la caja  entró la madre por la puerta para llevárselos consigo. No me dio las gracias, ni le sorprendió que los niños no pararan de correr dentro de la cámara frigorífica –les había dado un black horse para que dejaran de llorar -, ella simplemente salió por la puerta maldiciendo. La pareja de polis volvió a venir más tarde y me tomaron declaración como si fuera un terrorista. Yo no sabía nada. Una de las oficiales, la negra, no paraba de mascar chicle, mientras la rubia hojeaba la última FHM relamiéndose y arreglándose el pelo a lo Hulk Hogan. Cuando se fueron me dijeron algo que no entendí. Ese día mi relevo no vino así que me quedé hasta el mediodía como un gilipollas esperando que viniera mi jefa libanesa. Cuando llegó me echó la bronca por no hacer un pedido a la central en Texas. Yo la mandé a cagar. Ninguno de los dos se enteró muy bien de lo que nos dijimos. Cuando llegué a Cedar Lane alguien me esperaban en la entrada de casa con una navaja en la mano. Era Tino, un boricua drogadicto. Él había chocado con Paul y sólo quería asegurarse que no le había dicho nada a las polis lesbianas. Luego intentó venderme un social security y una bolsa llena de comida robada del dominicano de Main Street. Le compré la comida y se fue. Arrojé todo. Por la tarde, desperté sobresaltado con el ruido que hacía un mapache tirando los cubos calle abajo y provocando un accidente de tráfico de cojones. Ese día Cedar Lane se llenó de polis como cuando vienen quince bomberos a convencer a un gato que baje de un árbol. Esta gente es muy inútil.

–       Whatta fuck men? There’s no cofee?!– pregunta Louie, el camionero de dos metros adicto al vanilla nut.

–       It’s over – le respondo – Can u wait for a minute? I’ll get some more.

–       Why do I have to wait?! – dice como si su tiempo valiera oro.

–       You’ve got to wait anyway – digo, dejándole con la palabra en la boca.

Un grupo de uruguayos entra por la puerta con ganas de hacerse los simpáticos. Me quedan algunas horas más, unas pocas más.

James, a eso de las 5 AM, entra sudando al 7-Eleven -no hemos bajado de 98º Fahrenheit en toda la noche -. James entró para sentirse fresco unos minutos y luego se largó como una aparición, sin decir palabra. A veces la gente entra sólo para eso, luego se van sin comprar ni decir nada. Es como si no existieras. Luego que volví en mí me di cuenta que tenía un pedido de periódicos  en el mostrador, con sus facturas y sus cosas. James tenía un trabajo nuevo: era el nuevo chico de los repartos del USA Today. En mi mente James seguirá apareciendo embutido en sus pantaloncillos cortos, su gorra, la pegatina en el pecho prometiendo un servicio rápido y sus deportivas sudadas de chico de los repartos, él nunca engordará, ni se transformará en un viejo de mierda de vida de mierda. Así le recordaría siempre, sonriendo y saliendo a toda prisa antes de darse cuenta que yo le he devuelto la sonrisa.

Mi jefa ha venido antes de tiempo. No me ha dado tiempo a hacer el puto pedido online a la central de fascistas de Texas ni a rellenar el cooler de Bud’s, Coors, Mountain Dews, Slim’s, Cokes, ni pollas en vinagre. Salgo dando un manotazo a la estantería de los mapas de carretera. Me he robado unas cervezas y unos bollos con mantequillas y semillas de sésamo. Ya tengo con qué tirar hasta el finde.

Algún día saldré del 7-Eleven y de Cedar Lane. Algún día seré libre, pero por ahora soy un cobarde. Si tuviera metas no lo sería, soportaría una vida entera de lucha, pero jamás sería un cobarde. Joder, parezco un puto anuncio de coca-cola.

Hoy hace más calor que ayer, me suda hasta la falange de los dedos, sudo desde la nuca, pasando por los cartílagos de las orejas hasta la planta de los pies. Esta noche acabaré por enmohecerme. Sólo el whisky me hace olvidar este calor. Lo bebo a trompicones sentado en mi viejo sofá de cuero negro hasta quedarme dormido resbalando en mi sudor hasta la moqueta del suelo y me despierto como un perro sobresaltado. Hoy es domingo, tendría que hacer algo, pero no se me ocurre nada más que encender el ordenador mientras oigo a los pajarillos trinar. Esto es una puta película de Disney.

Lunes, 5 am. Entra James a toda prisa con su cargamento para idiotas: el USA Today. Nunca me había fijado hasta hoy que James tiene un pequeño tatuaje sudado en el cuello, una pequeña serpiente que asoma por su camisa y le lame el lóbulo de la oreja izquierda. Hoy por primera vez me he atrevido a preguntarle algo directamente.

–       Hey, nice tatoo – digo envalentonado. Él me mira extrañado. What does it means? – le pregunto.

–       Not your bizness – dice él, y sale disparado.

A este puto cabrón le hace falta que alguien le enseñe a gente. Debe ser el típico maricón que se avergüenza que le asocien con el españolito inmigrante que trabaja de cajero. Oigo que afuera, en la calle, una de las polis lesbianas le saluda y le pregunta cómo está. Él responde: I’m fine, nice!… “Nice”, odio esa puta respuesta estándar de estos descerebrados, la usan para todo: the movie was nice, nice body, nice to meet ya, nice, nice, todo es jodidamente nice, pero por dentro se están cagando en ti por intentar ser amable.

Yo no debería haber emigrado a USA, debería haberme ido a Alemania como el resto de subnormales que dejó de estudiar para irse a trabajar a la construcción y luego las deudas se comieron por los pies. Ahora todos nuestros sueños son ceniza. Lo único bueno que hice bien fue ignorarles y aguantar sus bromas cuando me metí a estudiar inglés. Ahora deben estar rompiéndose los cuernos aprendiendo alemán. Y pensar que, en el 2004, con toda mi jeta, le dije a la tipa del INEM, cuando me llamó, que los trabajos de camarero eran para los panchitos y que se metiera los cursos de capacitación por el coño. A veces echo de menos mi corbata verde inmobiliaria y los cafés con mis compis comerciales hablando de las soplapolleces en las que nos gastábamos el sueldo.

Martes. Creo que de la misma semana, una y otra vez, las ocho de la tarde. Afuera los grillos gritan como bestias al borde de la piscina y Luis, el boricua se ha quedado dormido borracho junto a la puerta de la lavandería con la escopeta sobre la barriga. Todo normal. No hay nadie en el jardín mientras atardece. El sol se esconde y el calor acumulado comienza a subir en forma de vapor empañando la ropa de Luis como si se estuviera pudriendo desde dentro. Me siento en el sofá negro de cuero. Me quedan un par de horas antes de bajar la calle hasta el 7-Eleven. Abro el ordenador y comienzo a buscar artículos que acaben por deprimirme. Chile, años 30, durante la gran Depresión:

“Oiga Ud. que pasa… Es usted un cobarde. Así redondamente. Y no crea que se lo decimos para atraerlo a este cartel. No, simplemente: Ud. que está leyendo esto, sea quien fuere ¿Se ha fijado cómo vive? ¿Qué es lo que hace todos los días? Calla cuando le conviene. Se arrima siempre al más fuerte. Opina como todo el mundo. ¿Cuándo ha levantado su voz ante la infamia escandalosa que le rodea? ¿Cuándo?… A ver, revise su vida. Mañana o pasado muere Ud. y para qué ha servido.

 

¿Sabe lo que es esta sociedad en que vivimos, la sociedad capitalista? ¿Sabe lo que es el régimen que nosotros preconizamos y que Ud. retarda? Ud. piensa, sin duda, como el periódico que lee todos los días. Aprenda, hombre, por Ud. mismo. No sea un muñeco. Tenga vergüenza. Use su propia cabeza, para eso la tiene. Averigüe, entérese. No sea miedoso.

 

Y no se vaya tranquilo después de leer esto. Es en vano que se haga el sordo: Es Ud. un cobarde, a merced del que mejor le pague o más fuerte grite. No se haga ilusiones sobre Ud. mismo. ¿Cuándo se animó a decir algo que pudiera comprometerlo? Por los mansos como Ud. es que el mundo es inhabitable de canalla” (*)

 

 

                Ni de coña buscaré en internet nada relativo a Bukowski. Tengo demasiado a mano la escopeta de Luis.

Oigo hablar a los vecinos, unos ecuatorianos que viven uno sobre otro. El más viejo, el que duerme en el sofá afuera, en el jardín, se pone a hablar en voz alta: “El americano odia al negro, el negro odia al latino, el latino odia al presidente que le obligó a emigrar y al sindicato que se olvidó de él”. La misma retahíla, una y otra vez, es como un vinilo rallado, como un viejo aborigen al que han arrancado de sus tierras y ahora se lamenta de su desgracia. Es un viejo indio de la sierra, quizá el único ser que merece respeto en Cedar Lane, quizá los aborígenes son los únicos que merezcan respeto en este mundo de canallas sobrealimentados.

Pienso en lo que dice, no puedo arrancarme sus palabras de la cabeza, porque sé que en sus palabras no están los nuevos miserables, los nuevos ricos que se empobrecieron y dejaron su tierra. Soy el nuevo aborigen estándar, yo no tenía tierras, no tenía nada, ni mi sueldo era realmente mío, todo, todo pertenecía a los bancos. Vinieron y se llevaron hasta nuestra dignidad y nos dejaron vacíos, sin siquiera derecho a que nadie nos odiara. ¡Yo soy español! ¡Yo toqué la gloria! Yo toqué un pequeño trozo de gloria y por unos instantes fui grande. Sólo una vez abandoné y me fui detrás de mi sueño. Cogí todo lo poco que me dejaron, dejé mi trabajo, y me fui a Sudáfrica detrás de un grupo de dioses el 2010. ¡Yo vi a Dios frenar un gol! ¡Yo dormí en las calles de Durban, yo empeñé todo lo que no tenía por un trozo en una acera fuera de un estadio de futbol! ¡Yo me tragué el fuego del calor de las calles de Johannesburg, sembrada de zombies yonkis, por ver a la marea roja transformarse en dioses del Olimpo! ¡Yo grité tanto aquel día que no paré de llorar de felicidad hasta regresar a España! Tuve a mi jefe de nuevo enfrente y le rogué que me readmitiera, pero no lo hizo. Todo cambió en pocos días y no lo quise ver. Di media vuelta y salí a la calle, me sentí libre por unos instantes y sentí pena por los que se quedaban en la oficina porque ellos no habían visto lo que vieron mis ojos. Ellos no lo vieron y ahora tienen lo mismo que yo: nada.

… “Desperdicié más de una década de turnos de noche de 12 horas.

No me explico por qué seguía allí. Es probable que por cobardía.

 

Una noche me puse en pie y dije:

– ¡Ya está, voy a dejar este curro ahora mismo!

 

Fui pasando junto a las hileras que formaban, todas aquellas caras,

enfilé el pasillo dejando atrás filas y filas de ellos,

todas las caras mirándome.

 

Luego me vi en el ascensor de bajada.

En el primer piso y afuera, salí a la calle, caminé calle adelante,

entonces me volví y contemplé el inmenso edificio, de cuatro plantas,

vi las luces en las ventanas, percibí la presencia de aquellas 3.000 personas allí dentro.

 

Di media vuelta y me largué hacia la noche.

Y en mi vida entró la magia”

                Joder, me prometí a mí mismo no buscar en internet nada de Bukowski y aquí estoy lamiéndome las heridas como una perra. Siempre he pensado que las mujeres son máquinas de quejarse, pero nosotros no lo hacemos nada mal. Tengo un trabajo, algunos extras, tengo a alguien que me gusta, pero soy incapaz de ir a por él. Soy un puto cobarde. Bukowski se descojonaría de su legado de inútiles cobardes.

Me visto. Alguien golpea a la puerta. Abro. Es una de las viejas que vive sola en Cedar Lane, con una bata vieja y una taza de té humeante en la mano. Apunta a un gato trepado a un árbol. Le cierro la puerta en las narices y espero hasta que oigo sus pantuflas irse. Esta puta villa está llena de soplapollas especialistas en tocar los huevos a todas horas.

Salgo de Cedar Lane. Luis ronca junto a la puerta de la lavandería aún. Cuando llegue al 7-Eleven pondré, escondiéndome como un cobarde de la cámara de vigilancia, una tv pequeña y sintonizaré el canal de póker o las noticias de CNN, donde hablarán de atentados terroristas, de jugadas maestras, de política, de maricones muertos por cristo-fascistas, de la reina de corazones, de las maricas que antes se llamaban Abelardo y ahora se hacen llamar Abel, de la crisis, de que aún no es tiempo de volver, de la Merkel y el soplapollas de Sarkozy, de la importancia de tener una buena mano, del cigarrillo y el whisky sobre la mesa, del trébol que nunca nos salió, del 21 de los huevos y del nuevo aniversario de las Torres Gemelas, de todo en general que, un grupo de fascinerosos periodistas traficantes de emociones, buscan para idiotizarnos.

A las 5 AM James entrará por la puerta como todos los días con el USA Today. En la portada leeré cuánto le amo, pero él cambiará a la sección de deportes y verá los resultados del último partido de los NY Yankees mientras los restos de mi corazón de desmenuzan como una galleta en un café, en vaso de plástico, del 7-Eleven. James saldrá por la puerta, como todos los días, hacia el calor del amanecer, así durante años, todos los años de nuestras existencias hasta que ya no quede tiempo más que para vivir del recuerdo de cosas que jamás nos atrevimos a hacer, ni siquiera por salir de este aburrimiento de vida. Y acabaremos como viejos de mierda con vidas de mierda. ¿Dónde está la magia?, le preguntaré y él responderá que qué cojones es eso.

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