JANUARY JONES


La gente te da cosas que no sabes agradecer ni disfrutar. La gente te da su corazón, su vida entera, y si eres un hijoputa te la va a soplar absolutamente. Esa debe ser la característica principal de los chulos más guapos de Málaga; aunque no es exclusiva sólo de ellos, también lo es de mí que me callo todo inteligentemente y jamás protesto. Prefiero escuchar. Dejo que la gente me muestre todo lo estúpida que puede llegar a ser por la boca.

Me llamo January Jones y sí, es nombre de chica (famosa para más inri), pero es mi nombre y yo lo llevo mejor.

Estaba con Ildi. Estaba y no quería estar. Era lo que se dice una relación semi-cómoda o todo lo cómodo que se puede estar si dejas que controlen tu vida a destajo (todos hemos tenido una relación de este tipo o queremos tener una así para descansar de algún petardo que nos haya exigido demasiado)

Todos los planes los hacía él. Yo no decidía nada porque no contaba mi opinión y de ese modo me sentía seguro y protegido. ¿Qué puede haber mejor que tener un novio que decida todo por ti? Aunque sabía que en el fondo lo que yo opinase le valía un carajo. Ildi siempre tenía la razón y siempre hacía lo que le salía de los huevos; tenía los mejores amigos (un grupito de hombres mayores con mucha cultura en la superficie pero muchos traumas infantiles en el interior), sabía de los mejores sitios dónde cenar, dónde viajar y qué ver; cómo ordenar comida en distintos idiomas, cómo vestir, cómo descalzarse en un restaurante japonés y cómo servir el té en cualquier tetería marroquí de la costa del sol. Era lo que se puede decir un chico (de comportamiento inquisitorio) muy culto y de mundo pero con un ego infranqueable que no aceptaba la más mínima crítica a menos que fuera superficial y no mellara su orgullo. En otras palabras le podías decir a la cara que escuchaba música clásica para vejestorios pero jamás decir que el fantasma de su bisexualidad era una idea ridícula.

Le dejaba ser por ahora. De todos modos Ildi jamás se tomó la molestia en intentar conocerme; ni saber dónde nací, qué me gustaba, qué planes tenía. Siempre pensó que llegó a mi vida a rescatarme de algo siendo que yo podía vivir perfectamente sin él. Tengo veinte años, no soy un bebé desesperado por echarme un novio que cuide de mí.

Ildi tenía muchos problemas (digamos que mogollón ¡me encanta esa palabra, es tan aplastante!), o todos los que puedes soportar teniendo cuarenta años y habiendo sido criado en un ambiente restringido ¿Aceptarse va en contra de tu propia naturaleza? ¿De qué sirve haber recorrido el mundo y tener una foto con un baobab o un bereber si eres incapaz de hacer que alguien llegue a enamorarse de ti por lo que eres?

Los andaluces bisexuales con dinero y de la derecha política son la gente más aburrida del mundo.

Salíamos por ahí, pero las buenas costumbres dictaban que estuviésemos en casa pronto y  terminaba por aceptarlo (porque a mí me acomodaba) aunque por dentro tuviera ganas de irme de marcha como hacían los demás chicos de mi edad. Siempre pasaba por mi cabeza que el día siguiente lo podíamos aprovechar yendo de paseo a la playa todo el día solos, pero ese plan mío palidecía al lado del suyo que era pasar el día entero con su parejita preferida de amigos: un par de chicos “ideales”: ricos, guapísimos, cultos, que vestían como dos abuelas franquistas de día y de D&G de noche y cuyo único gesto desaprobatorio perceptible era una mueca minúscula de labios. Para Ildi esta parejita de gays eran el sumun de las buenas costumbres. Para mí eran la máxima representación del horterismo cristiano de los años 70 y, a la vez, eran unos supervivientes de una época de represión que les congeló todas las terminaciones nerviosas del cuerpo. Esta pareja tenía la mala costumbre de contar a sus amistades más cercanas que ese rictus facial de desaprobación (supuestamente elegante) tenía su origen en una temporada que pasaron en la cárcel por mariquitas insurrectas y por la electricidad que les pusieron en el rostro y en los huevos para curarles su homosexualidad; pero para mí, todo era producto del botox que se habían inyectado en los  labios, en las patas de gallo y en el cerebro.

Irse de cena a casa de esta gentuza era una aventura. Primero debías conseguir que te invitaran porque debían ellos considerar que eras apto para pisar su apartamento de lujo con vistas al paseo marítimo; ese mismo apartamento que los sábados por la noche era invadido por gente fanfarrona y prostituída socialmente. Luego, debías soportar la charla sobre el Picasso que tenían en el hall de acceso (jamás decir recibidor so pena de salir disparado por la ventana)

El piso de lujo de estos dos era super zen, decorado según dictan las normas del Feng sui aquel y estaba recorrido por cuencos de todos los tamaños y colores que te conducían por los pasillos al dormitorio principal amoblado solo con un tatami escandalosamente grande que era la envidia de Ildi. Lo peor era recorrer todo el piso sembrado de recuerdos de todas partes del mundo. Papiros y efigies del Cairo y la consabida clase magistral sobre reencarnación; manos de Fátima, serpientes disecadas de alguna tienda de Hong Kong, libros en árabe, un boomerang de Australia pegado a la pared y al lado una gran cabeza de toro recuerdo del ex de uno de ellos que fue torero y murió corneado (más tarde o más temprano si no lo mataba un bicho de éstos lo haría la propia esposa engañada)

Ese tatami mataría a Ildi de la envidia. No había en el mundo cosa que le quitara más el sueño que comprarse una cama de estas japonesas rígidas que te dejaban la espalda como la de un militar. Rarezas de la gente. ¿Cómo le llaman a este tipo de gente que se desvive por tener cosas que jamás tendrá y que piensa que teniéndolas son mejores personas? ¿Un quiero-pero-no-puedo? Incluso un vez soñó que lo heredaba.

Yo intentaba pasar el tiempo en casa de esta gente enviando mensajes a mis amigos por el móvil a ver si alguno me venía a rescatar o si se inventaban algo que me hiciera salir por patas de allí. Ildi se me acercaba (cuando dejaba de babear por el tatami) y me daba un codazo para que prestara más atención a las enseñanzas de la pareja de amigos. Desafortunadamente no se me vienen a la cabeza los nombres de estos dos pero eran y se comportaban como un único individuo; pensaban igual, se vestían parecido, tenían los mismos gustos, se compraban los mismos libros, viajaban a los mismos sitios, tenían los mismo amigos y pasaban el tiempo siempre juntos. Eran un aburrimiento de pareja. Ninguno de los dos difería del otro en nada. ¿Qué habría pasado si no se hubiesen conocido? Seguramente hubieran terminado con alguien igual a ellos, pero no por buscar gente afín, sino que porque eran promiscuos a morir y sólo de ese modo se aseguraban al conocer al otro al dedillo. Cosas de las parejitas formadas en los setentas: “si tu me pateas el culo, yo te pateo el culo”

Llegaba la tarde. Bebíamos té con dulces marroquíes y escuchábamos algún disco petulante de jazz. Venga codazo de nuevo de Ildi para no quedarme sopa aguantando eso. Siempre terminaba por dormirme acurrucado en el sofá y no fueron pocas las veces que sorprendí a estos dos buitres mirándome como si fuera la próxima rata que se iban a zampar.

Las charlas siempre eran las mismas: Que si una amiga de ellos (a la que querían mucho y con todo el corazón) había viajado a Túnez y había vivido allí unos meses intentando buscar su propio destino; que si otro amigo (que sabía hacer acupuntura gracias a un maestro chino llamado Taka) había emigrado a Japón y ahora vivía deprimido, que si otra amiga profesora de no se qué había adoptado una niña vietnamita siendo soltera (a la cual también amaban con locura aunque a sus espaldas hablaban pestes de ella) o aquel otro pobre desgraciado (que había tenido la mala suerte de conocerles) que era incapaz de mantener relación afectiva alguna de ningún tipo con ningún hombre y del cual se reían en su cara invitándole a sus fiestecitas donde era necesario, por protocolo, venir con pareja formal (protocolo de mierda que ellos mismos se habían inventado producto de una vida sin sentido)

De solo escucharles hablar podía imaginar lo que dirían de mí: que si era extranjero, que si era un panchito, que si vivía de mi novio, que si era un patipelado, que si venía de un país exótico pero hambriento, que si olía a machete insurrecto, que si era un simpatizante de algún descerebrado dictador, que si mi padre era un revolucionario bananero que atentó contra él tirano de turno e, incluso, que yo me tiraba a todo aquel que veía por dinero para sobrevivir. Yo creo que lo que más les dolía era que no me hubiese tirado a ningún amigo de Ildi que ellos conocieran para poder cotillear y alegrarse la existencia.

Cosas así, cosas allá. Siempre me trataban como si yo viniera bajándome de un cocotero.

Cierta vez me llegó el rumor de que uno de ellos intentó presentarme a Ginés (aquel del cual siempre se burlaban por no tener a nadie) y así hacer una “cenita” para comentarlo.

La verdad que a mí esas dos aves de rapiña repeinadas hacia atrás, como los señoritos sevillanos, me la traían floja.

¿Cómo te pueden importar las personas que viven pensando qué piensan los demás de ellos?

Un día las cosas se salieron de su sitio. La pareja se presentó en casa sin previo aviso e Ildi casi enloqueció. Eso era como un golpe muy bajo porque le pillaban en casa, con todo patas arriba y yo (su novio) en chándal paseándome descalzo con un cuento a medio escribir. Era como retarle en su campo de juego diciéndole: “Estamos compitiendo por saber qué parejita es más natural, más firme, fina y políticamente correcta que la otra y te hemos hecho la putada de presentarnos un martes por la noche sin avisarte y así olisquear qué tal va tu relación con el niñato este de los huevos”

Ildi estaba en pantaloncillos cortos, con sus babuchas marroquíes y su camisita a rayas siempre preparadísimo para recibir visitas inesperadas. Sólo le faltaba abrir la puerta con un martini en la mano. Yo, por el contrario, como dije andaba en chándal, descalzo y sin camiseta, con los pelos reboleados y con un cigarrillo de los de liar en los labios repitiendo mentalmente el último párrafo de mi cuento sin convencerme de que fuera bueno.

Se quedaron con la boca abierta de verme semi en pelotas. Seguro pensaron que Ildi era un hijo de la gran puta, soso y aburrido (como chupetear un clavo), pero que se estaba tirando a un chavalito joven, medio salvaje y con inquietudes. Eso les envenenaba. ¿Cómo es la frase aquella de Valmont? ¡Ah! “Buscar en la cama lo que el espejo no refleja” Eso les pasaba a los rapiñas, les comía la envidia como el ácido se come todo por medio.

Yo les miré entrar a casa. Les saludé con un apretón de manos que casi les arranqué la muñeca (cosa que les jodía mucho porque eran de besuqueo tramposo) y les puse una cerveza en lata de las mías (cosa que también les molestaba porque no se les podía sacar de la copa de vino rosado y del fino)

Ildi complacido con la boca abierta hasta el suelo: su chico con el pecho al aire medio sudado, con un par de cervezas en la mano para las visitas (dejando de lado su puñetero cuento inacabado que le trae por la calle de la amargura) y en la otra un cigarrillo complaciendo a sus proyectos de amigos que podían abrirle las puertas de su círculo social. Un novio ideal.

– Esta es una historia de mierda – digo en voz baja pensando en mi cuento inacabado con el que he dado el coñazo todo el día y que ahora se ha ido al garete gracias a estos dos.

Desvío la vista a la televisión, mientras los buitres se pierden en mi entrepierna chandalera, y me fijo en un actor porno que ha escrito un libro y que seguramente se estará forrando en dinero y yo, rompiéndome los huevos con este cuento de mierda, aguantando y postergándome por estar con este señorito andaluz defensor de las apariencias e ignorando a estas dos mariconas viejas y pijas que no hacen más que soltarme sus frases envenenadas convencidos de que no me entero de nada sólo porque soy extranjero en su país.

– La semana pasada estuvimos en Morocco – dicen a la vez – ¡Nos encanta Morocco!

Ellos dicen Morocco cuando quieren decir Marruecos. Tienen esa puta manía de nombrar los países como se dicen en inglés, aunque a veces cometan errores de pronunciación típicos de la gente de Andalucía.

– ¿Os bajasteis al moro o bajasteis a hacer turismo sexual con los moritos?

“Bajarse al moro” es viajar Marruecos a pillar hachís a precios más bajos entre los más desfavorecidos. Costumbre muy extendida y generalizada entre los pijos adinerados, amanerados culturetas y niñatos calorillos de los que jamás despegan el culo de su motocicleta.

¡Cagoenlamar! He soltado esa perla sin pensar mientras me comía el coco intentando arreglar el último párrafo de mi cuento (que habla de algo parecido a dos viborillas trepadoras que buscan el ascenso social en una empresa del tres al cuatro)

Ildi me mira con cara de haberse tragado la aceituna del cóctel (el mismo que tardó diez minutos en preparar) y me da la espalda avergonzado.

– ¡Santa María madre de Dios! – exclaman los dos cómo si el Apocalipsis de San Juan se les metiera por el culo – ¡Eres un pequeño deslenguado! ¡Ya te lo decíamos, Ilde, que esta monada de indiecito sacaría las garras! ¡Pronto bajará su familia de los árboles y vendrán a meterse aquí a “tu” casa!

– ¿Conoces las Seychelles, querido? – me pregunta uno convencido de que soy un ignorante que no sabe pelar ni una patata cruda.

No hace falta decir que han notado que me estorban y que no me caen nada bien.

– ¡Amamos las Islas Seychelles! – dice el otro sin dejarme tiempo a responder para que me muestre envidioso como haría cualquiera de sus amigos normales – ¡Vamos a visitarlas la próxima semana por primera vez en un vuelo privado de nuestro gran amigo Ginés! (el mismo amigo que intentaron presentarme y que es incapaz de mantener una relación con nadie y del cual se ríen en su cara cada vez que organizan una fiesta con pareja)

– Es extraño que digáis que “amais” un lugar si jamás habéis estado allí ¿Cómo le llaman a eso? ¿Hablar sin propiedad?

Enmudecen. Ildi está rojo de rabia mirando por la ventana preguntándose de qué manga se sacó un novio tan idiota. ¡Al trasto los meses que ha camelado a estos dos para que le aceptasen en su microscópico círculo social!

– Ya sabía yo que si te atizábamos un poco sacarías las garritas – dice uno.

– ¿Lo ves Ildi? – dice el otro – Ya sabes todo lo que debes de saber de este indiecito que tienes por novio. Llámanos cuando te hayas deshecho de él.

Ildi me mira avergonzado con esa carita de reprobación como diciendo pobre-novio-mío-sin-clase. Ya sé lo que viene después: Él se pondrá de parte de sus invitados y a mí me ignorará toda la noche como si tuviera lepra.

Pero no. A mi nadie viene a joderme porque sí. Soy un chico que habla poco, que demuestra pocas veces lo que siente pero cuando tiene que hablar no doy opción a defenderse. Hablar o morir deslenguado.

Me planto frente a la parejita que saborea su cóctel. Ellos insisten.

– Si tuvieras pasaporte o fueras legal te podrías venir con nosotros a las Seychelles ahora que Ildi seguro no quiere saber de ti una temporada.

– Agradezco la invitación, chicos, pero yo nací en las Seychelles ¡Ah! Y por cierto, mi nombre no es “indiecito”, me llamo January Jones, y también hablo fusja – ese idioma que intentáis hablar dándole de patadas y que por el contrario yo hablo a la perfección.

Ildi y las urracas están ensimismadas. Me desagrada mucho cuando la gente te pide de este modo que te presentes, pero es el único modo que hay de tratarles. La ignorancia sólo se combate con petulancia (cosa muy a mi pesar pero no tengo más remedio)

Ya conozco todo de Ilde y él no conoce nada de mí (hasta ahora) Me llamo January Jones ¿Y sabéis lo que pienso? Que ya es tiempo de dejar a Ildi…

Madrid, 15 de Junio de 2009

loscuentosdefranbarrera

Sobre loscuentosdefranbarrera