BAPHOMET

“El ángel caído” – Parque del Retiro, Madrid, España

Fotografía: Renata Julga

“Todo es mente; el universo es mental”

 

 

Ahí está otra vez. Ahí está, de pie, junto a la puerta de la habitación con la sonrisa tatuada en el rostro. Parece un celador común y corriente, pero no lo es. Tiene una barba abrasiva, los ojos escondidos entre las arrugas del rostro, unas gafas clavadas al tabique nasal, una nariz aguileña, unos pelos que asoman por las orejas y unos dientes marrones con trazas verdes. Parece una oruga mal parida. Cuando él habla nadie entiende lo que dice. Muchas veces lo he sorprendido embobado mirando los programas de la tele sobre asesinos seriales y le he oído gruñir cuando alguien ha cambiado el canal. A veces le veo por la ventana paseando por el jardín y, cuando se da cuenta que le observo, me mira amenazante y quito la mirada. Cuando no me ve, le veo insultar a los gamberros de pelo largo que le apedrean desde el muro del colegio de al lado. El único momento del día en que me río es cuando esos tres chicos, de aspecto satánico, le torturan. Todo acaba cuando suena la sirena de policía y los gamberros desaparecen. A uno de ellos creo que le conozco, es un chico pálido, de melena cobriza, con el rostro pintado como un demonio, vestido de negro y voz como de ultratumba que, en alguna ocasión, hizo algo de voluntariado en el asilo. Recuerdo que le veía deambular por las habitaciones del centro, con la cara lavada y el pelo recogido, torturando a los viejos que le tenían miedo. A mí intentó clavarme en vacío una jeringuilla, pero me salvé de milagro. Cuando hizo las horas a las que le habían condenado y se fue, hallaron a dos viejos con la respiración asistida quitada. Nunca se probó nada. Desde ese día, cada vez que puede, se viene con dos chicos más (igual de pintarrajeados que él) a hacer grafitis satánicos en el muro, a arrojar piedras al celador y a meternos sustos por la noche. Creo que son finlandeses o suecos, no lo sé. Lo único que saben es hacer pintadas que ponen Marduk en letras extrañas. Cuando les veo de pie, en lo alto del muro, con el pelo largo ondeando al viento, creo ver al demonio encarnado en esos críos con aspecto de cuervos.

El celador tamborilea el pie izquierdo para sacarme de mis cavilaciones. No pierde jamás la sonrisa cuando está entre nosotros, por más que los niñatos le saquen de quicio, él sabe que tiene poder. Se acerca a la cama y aparta la bandeja con mi cena. Con un movimiento brusco me coge de la mandíbula y me arroja a la boca las pastillas de la noche. Hace un tiempo aprendí a fingir que me las tragaba, pero se dio cuenta y ahora también me inyecta algo que tiene efectos somníferos que me deja adormecido. Las noches son muy largas.

En mi planta sólo quedamos cuatro viejos (del resto del centro yo no sé nada, sólo conozco el trayecto entre mi habitación y el jardín que da al colegio de los satánicos).- Está María, la anciana llena de agallas que no se levanta de la cama, Miguel al que le falta una pierna, Esther que camina sonámbula de noche por los pasillos y yo. Entre los cuatro hacemos trescientos años. Vivo desde hace un tiempo en el asilo. Me encontraron deambulando por la autovía cerca de un área de servicio y nadie nunca me reclamó. Soy un viejo más que no vale para nada. Por el día las enfermeras me sacan en la silla de ruedas al patio y me dejan allí hasta el mediodía. Estoy en silla de ruedas porque el celador me está medicando algo para dejarme tullido, pero yo soy más fuerte. Luego ellas me traen dentro, me ponen frente al televisor para que me trague toda esa mierda, y luego me llevan a la habitación a la hora de la cena. Luego viene él. Llega puntualmente a las ocho de la tarde, despide a las enfermeras de turno, y se queda a solas con todos nosotros con su eterna sonrisa de oruga. Siento como si viviésemos en un edificio en ruinas al borde de un acantilado.

Luego de tomar las pastillas de la noche, el celador me coge de un brazo y me cambia de la cama a la silla de ruedas de un golpe. María, mi compañera de habitación, gira el cuello y se abstrae en las telarañas del techo. No hace falta eliminarla, ya está muerta. El celador empuja mi silla por el pasillo y me lleva a la ventana que da al jardín. Desde allí puedo ver a la última enfermera agitando la mano mientras yo por dentro intento gritar que no se vaya, pero el sueño me puede. La mano fuerte del celador me sacude violentamente para que me mantenga despierto. Luego gira la silla, como si fuese una ruleta, y me lleva por los pasillos hasta el panel de control de las luces. Las apaga una a una, lentamente, con delicada parsimonia mientras yo espero. Con cada luz que se esfuma se van todas las oportunidades de escapar de aquí; todas, una a una, con un violento plaf plaf metálico. El celador empuja la silla de ruedas por el pasillo y se detiene de cuando en vez para cerrar las puertas de las cuatro habitaciones de este lado. Oigo el eco que produce el sonido de sus zapatos contra las baldosas, el rechinar de las ruedas de la silla y su risita nerviosa como si ya hubiese decidido que esta noche nos asesina a todos. Su respiración es jadeante, sin compás, interrumpida por un silbido, como si su garganta estuviera llena insectos y no para de masticar palabras sueltas como si hablara con algún ser invisible. Un escalofrío, como una convulsión, trepa por mi columna vertebral. Seguimos hasta doblar la esquina del pasillo, en dirección a la otra ala, al tanatorio. Un ruido extraño pone en alerta al celador, un ruido como de ratas hurgando entre cristales rotos. Sus puños se cierran en torno a las asas de la silla y avanza decidido hasta llegar al origen del ruido. Nos detenemos a un par de metros del tanatorio y la puerta se abre de golpe rompiendo un par de cristales. Dos de los gamberros salen de allí riendo y clavándose una jeringuilla en el cráneo. Los muchachos nos miran y salen corriendo burlándose del tercero que se ha quedado rezagado. El celador suelta la silla de ruedas y se oculta en el filo de la puerta con una mano empuñando algo en el bolsillo de su pijama. Cuando el tercer chico sale del tanatorio el celador se le va encima y lo arroja al suelo asestándole con algo que esconde su puño. Una y otra vez, entrando y saliendo. Cuando el celador de levanta, el cuerpo del chico está inerte. Al otro lado del ventanal, que lleva al jardín, veo a sus compañeros de pie sobre el muro como dos cuervos iluminados por la luna que están a punto de echarse a volar.

No es una noche más en la silla de ruedas. Esta noche el celador ha matado a un gamberro sin inmutarse y lo ha dejado tirado sin intenciones de ocultar el cuerpo. Parece su primera vez porque sus manos tiemblan y, de vez en cuando, escapa de su boca la carcajada de quien descubre que es capaz de cometer un crimen. Seguimos dando vueltas por el ala hasta que volvemos al punto de inicio. Al pasar por la recepción miro de soslayo el teléfono. Nada que hacer. El cable está arrancado de cuajo y sospecho que nadie vendrá a salvarnos. El celador puede asesinarnos a todos, escapar lejos y jamás nadie sospechar nada. Todo el mundo apuntará el dedo acusador al gamberro muerto, como si se hubiese suicidado luego de matarnos a todos. La justicia es así: siempre toma el atajo fácil.

El celador me deja tirado en el pasillo, como todas las noches, y se marcha a la recepción a hacer sus cosas. Las noches anteriores, antes que amaneciera, volvía a por mí y me metía en la cama. Para cuando llegaba la primera enfermera yo ya había entrado en calor. Antes pensaba que el celador quería matarme para quedarse con algo que yo tuviera. Ahora estoy convencido. Lo único que diferencia esta noche de las anteriores es que tengo la sospecha que el asilo pronto se llenará de cuervos.

¡Tengo que escapar antes que lleguen ellos! Adormilado como estoy es difícil pensar. Sentado en la silla intento calcular mentalmente el esfuerzo que tengo que hacer para levantarme de una vez sin hacer ruido y sin que la silla salga disparada contra la pared. Hay un silencio latente y soy incapaz de saber si el celador se ha dormido o no. Todo mi pequeño universo late aceleradamente, todo indica que debo salir de aquí rápido. Para cuando eso suceda sólo habrá tiempo para mí. La certeza que algo peor va a suceder me invade. Pronto volverán ellos. Antes que me dé cuenta estaré en medio de un fuego cruzado.

El celador ya se ha dormido, oigo sus ronquidos de fumador empedernido. Al oírle me siento como quien se despierta en la jaula de los leones a la hora del almuerzo. De pronto deja de roncar largos segundos. El pasillo está en el más absoluto de los silencios y, sólo de vez en cuando, una luz proveniente de algún coche de la autovía se cuela en el edificio. Logro vencer el sueño inducido por las pastillas ¡Tengo que sobrevivir! Me pongo de pie apoyando una mano abierta en la pared (el sonido seco de la palma de mi mano se ha oído en todo el pasillo), pero él no ha despertado. Me quedo inmóvil, esperando a oír algo, pero sólo me llega el rumor de la respiración de la sonámbula de la primera habitación. El celador vuelve a roncar acompasadamente. Pego la espalda a la pared, extiendo los brazos a todo su largo, y camino como si estuviera al borde de un precipicio. Muevo los dedos de la mano derecha, como reptando sobre la superficie de la pared, para ayudarme a avanzar hasta a la puerta de escape que lleva a los aparcamientos. Estoy sudando desesperadamente. La saliva que escapa de mi boca me moja el cuerpo enjuto, seco como un papiro al sol y se pierde entre los pelos blanquecinos de mi pecho. Nunca fui consciente de lo molestos que pueden ser los cuatro pelos de mi cabeza pegoteados en mis mejillas. Pronto estaré tan cansado que me será más fácil deslizarme al suelo y reptar como un animal hasta las escaleras. Cuando salga me escabulliré por los matorrales y saldré desesperado a arrojarme sobre algún coche de la autovía. Cualquier cosa será mejor. Ya puedo sentir ruido en el exterior, como si algo nos estuviera rodeando como un sigiloso manto humano.

Hay algo allí adelante, junto a la recepción. Estoy tan enfrascado en mis pensamientos que llevo unos minutos sin advertir que el celador ha dejado de roncar. Algo se mueve en el suelo. A pesar de que está todo a oscuras puedo ver aquello: dos dedos regordetes, junto a los rodapiés, moviéndose como las patas de un insecto moribundo. Aguzo la vista y me convenzo que mis ojos no me engañan ¡Son dos dedos de una mano que asoman por el filo de la pared!.- Me detengo. Estoy a un palmo de llegar a la puerta que lleva a las escalinatas ¡No puedo dejar que el miedo me invada ahora! Giro el cuello, pegando la cabeza al muro, y muevo los dedos para que me sigan guiando. La sensación de vahído poco a poco va remitiendo y el adormecimiento apenas es un mal recuerdo. Aquellos dedos continúan jugueteando allá abajo. Lo sé porque puedo verlos desenfocadamente por el rabillo. Cierro los ojos esperando volver a oír los ronquidos del celador, pero nada, todo en el más absoluto de los silencios. A pocos pasos de la salida, los dedos aquellos comienzan a subir y bajar por el filo del rodapiés. Me armo de valor y continúo mi camino temblando. Un grito desgarrador sale de mi cuarto y caigo de espaldas al suelo. María, la anciana que duerme en la cama frente a la mía, está gritando como una posesa que hay una cabra sobre su cama. El celador no se inmuta, no se oye ni siquiera su respiración, pero adivino su presencia detrás de la esquina. Estoy tirado en el suelo completamente bloqueado. Justo frente a mí los dedos de aquella mano han dejado de moverse por el filo y ahora están estáticos. De pronto se esconden tras el rodapié. María ha dejado de gritar. Adivino que el susto de la pesadilla la ha matado. Intento ponerme de pie. Giro el cuello hacia la puerta de mi habitación y la veo allí, de pie, sobre sus cuatro patas: una cabra negra.

¡No puedo parar! ¡Pronto estarán aquí!

Me pongo de pie e intento olvidar que una cabra se pasea por el asilo en mitad de la noche como presagio de algo perverso. Ya no me importa escapar. Ahora debo saber por qué el celador no ha despertado por el ruido. Camino lentamente hacia la recepción tras la esquina. A un paso de ella me detengo. Lo primero que veo son los dedos de aquella mano cercenada. El celador está en el suelo apoyado contra la pared ocultando su muñón. Me mira con una extraña sonrisa.

–  ¿Baphomet? ¡Me he cortado la mano para ti!– dice con el rostro desencajado.

Oigo un gruñido. Hay una sombra que se pasea por el exterior del jardín. ¡Ya están aquí! Pulso el botón del ascensor de la recepción y me meto dentro. El celador repta por el suelo intentando cogerme la pierna pero la puerta se cierra y le aprisiona el muñón.

–  ¡Solve! ¡Coagula! – le oigo gritar, pero la puerta ya se ha cerrado.

Bajo a los aparcamientos y me oculto bajo el coche del celador, el único del sitio, hasta sentirme seguro que lo que ronda el edificio se ha largado. Estoy temblando. Oigo las pisadas de unos pies con botas que se cuelan en el aparcamiento y encienden las luces. Son tres personas que arrastran por el suelo un bate cada uno. Están aquí. Bajo el coche cierro los ojos hasta no ver más que un punto blanco que se ahoga en el infinito y rodeo mis rodillas con los brazos intentando no moverme. A mi alrededor caen millones de cristales que se enmarañan en mi pelo blanquecino. Cierro la boca con fuerza para que no se cuele alguno en mi garganta y aguanto la lluvia vengativa largos minutos.

He perdido la noción del tiempo. Ya no les oigo. Creo que las luces se han apagado automáticamente, creo que se han ido, que han subido las escaleras hacia la recepción. No puedo esperar más, tengo que abrir los ojos y ver qué está pasando en la oscuridad. Abro la boca y respiro el aire que se cuela por la entrada al aparcamiento e intento tranquilizarme. Abro los ojos de par en par. Allí está ella, la maldita cabra, mirándome bajo el coche con sus pupilas verdes atravesadas por una extraña línea horizontal. La cabra soba sus cuernos en la puerta del coche y se va tranquila pisoteando con las pezuñas los cristales rotos. Salgo bajo el coche y me cubro las plantas de los pies con un trozo del pijama. Arriba, en la recepción, se oyen los gritos del celador y los gritos de la sonámbula que ha despertado violentamente rodeada de aquellos hombres de pelo largo, con la cara pintada, y vestidos de negro, dándole una paliza de muerte al hombre oruga.

Desde las rejas de la salida puedo ver las sombras de aquel festín, mientras otro de aquellos seres pinta en la puerta del asilo la palabra: “Cemetery”.

 

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