BRAGOLIN

bragolin

Nací en Sevilla, pero soy italiano, de estilo italiano quizá, pero italiano.

Me encanta el olor que despiden las llamas y no soy pirómano (porque el sentir que me quemo debe ser un dolor indescriptible), sólo digo que me encanta el aroma de las llamas cuando ondean con violencia en los tejados de los orfelinatos.

Tengo vida, mucha vida dentro de mí. También tengo muchos recuerdos de días tristes cuando mi amo se esmeraba en imaginar qué plasmar en mi tela  pero no lo lograba y, muerto de rabia, golpeaba a todos esos niños que posaban para él. No resultaba difícil convencerles con un dulce en la mano o una hogaza de pan para que vinieran a casa a posar para nosotros toda la tarde; más aun, si no les provocábamos miedo. Ambos somos grandes caballeros: Mi amo semi calvo de ropas oscuras, yo de piel blanca y reluciente.

– Vamos a pintarte, niño malcriado y luego podrás volver con las monjas – gritaba encolerizado – ¡Pero por qué lloras, mocoso maldito, en todos te pinto llorando, en todos eres un mar de lágrimas!

Uno tras otro, todo niños malcriados. Me moría de frío junto a la ventana por donde entraba la luz y no había manera humana de acabar el trabajo. Era una situación extraña: mi amo pintor dándome de golpes con el pincel por la impotencia y el crío llorando en una esquina maldiciendo su suerte tan alto, tanto que terminábamos por dejarle ir y mi amo con el corazón en los puños.

Cierta vez, mientras mi amo miraba por la ventana hacia las calles empedradas que llevan al cementerio, vio pasar un crío con paso decidido al campo santo. Debe haber sido una criatura muy bella y sonrosada porque mi amo me cogió por las patas y bajó escaleras abajo a la calle zarandeándome como un cencerro. Allí estaba él. Era un niño hermoso, una criatura perfecta, de pelo ondulado castaño, mejillas sonrosadas y de no más de siete años que nos miraba desafiante detrás de un carromato. Mi amo le hizo una señal con el sombrero como si se tratase de un personaje importante y el niño le hizo un gesto como de seguirle. Mi amo sonrió victorioso ¡Por fin un renacuajo imberbe que se mostraba complacido con él!

Un primer paso cauto, mi amo dio, un primer paso cauteloso conmigo a cuestas.

– ¡Caballero! – gritó el niño desde la esquina – sólo seré suyo si me sigue dónde voy.

Un par de mujeres pordioseras se pusieron a chillar al ver al crío pasar a su lado. Cuando nosotros pasamos junto a ellas estaban muertas acurrucadas junto a un muro que hedía a orina. No nos detuvimos; no era la primera vez que veía un par de mujeres morir de peste en la calle.   Seguimos los pasos del niño rebelde, yo bajo el brazo de mi amo junto a los pinceles y pinturas, mientras el crío corría como poseído por Satán como buscando las faldas protectoras de alguna monja. Finalmente en una esquina del pueblo, muy cerca del cementerio, el niño se detuvo en seco dándonos la espalda. Mi amo se detuvo unos metros más atrás y me apretó contra sus costillas que sentí elevarse agitadas. El niño se dio la vuelta encarándonos y nos preguntó, con una sonrisa maliciosa en el rostro, que por qué le seguíamos. Sentí en la tela de mi cuerpo el frío que recorrió a mi amo atravesándolo como una espada helada.

– ¡Por qué me seguís, amable caballero? – insistió el crío.

– ¡Por la sangre de Cristo! –  respondió mi amo.

– No blasfeméis – dijo el crío – ¿Qué necesidad hay de mencionar a nuestro señor en nuestros negocios? ¿Acaso anheláis el cielo que no podéis vivir sin mentarlo, amado hipócrita?

– ¡Niño infame! No hay nada más bello que anhelar el cielo en la tierra y, más aun, si en este mundo cruel se te ofrece la inmortalidad en una tela.

– El Cielo debe estar poblado de criaturas más bien extrañas, amable señor – dijo el chico – habida cuenta de que todo su afán en la vida era ir a un lugar en el que pudieran tañer eternamente un arpa.

– De cierto te digo, que no pareces un niño inocente como tu imagen promete – respondió mi amo retrocediendo un par de pasos arrastrando una de mis enmaderadas esquinas por las hojas secas mezcladas con barro de lluvia.

Pero el crío se envalentonó y, al momento que mi amo giró para dar marcha atrás y olvidarse del endemoniado niño, lo tuvimos frente a frente como por arte de magia negra. ¡Pintarme!, dijo, ¡Inmortalizarme en tu lienzo por los siglos venideros y que mi imagen acompañe los sueños de los niños! Dicho esto comenzó a llorar, un llanto quedo, un llanto triste, unas lágrimas que humedecieron sus ropas. Mi amo plantó mis patas en la tierra y comenzó a pintar sin descanso, la tarde, un atardecer, la noche oscura y solitaria entre pinceladas ciegas hasta que volvió a salir el sol y, cuando el cuadro estuvo terminado, era la viva imagen del niño aquel llorando desconsoladamente mas, el modelo que sirvió para cubrir mi tela, reía con sorna.

–    ¡No sabes lo que has hecho! – dijo el niño – me has ayudado a mostrar a los demás una imagen de niño indefenso con lágrimas en los ojos. Después de esto ya no me temerán y entraré en las casas provisto de un aire de inocencia para velar el sueño de las criaturas a las cuales enseñaré mi camino desde la cuna. Y a quien ose tirarme a la calle le condenaré por adelantado a las llamas eternas más mi imagen siempre perdurará. Aunque no la quieras yo te daré poder y riqueza con solo una obra tuya.

Mi amo negó con la cabeza lamentándose. ¡Tantos años, tanto esfuerzo para conseguir un triunfo y ahora llegas y me lo das en un santiamén! ¡Y las penurias pasadas! ¡Serás tú quién seque mis lágrimas y mi pena anterior! ¡Por qué tardó tanto en brillar mi estrella!

–       ¡Miserable malhechor! ¡Vampiro psíquico que tienes el triunfo en tus manos y no haces más que seguir quejándote con chantajes sentimentales! – gritó el niño lleno de rabia.

Un rayo cruzó el cielo y mi amo cayó fulminado como una estatua de piedra sobre las hojas secas imitando el sonido del caer de la loza sobre la tumba. El niño desapareció y yo me quedé con las patas plantadas en la tierra hasta cuatro noches hasta que un sacerdote acertó a pasar por allí liberándome de mi caballete para luego llevarme al orfelinato del pueblo.

Dicen que traigo mala suerte y muerte y, debe ser cierto, porque los ojos del niño que llora en mi tela se iluminan de gozo cuando arden las paredes en las que me cuelgan y así ha sucedido con todos los cuadros posteriores que se reprodujeron como la mala hierba por todo el mundo.

No tengo la culpa de haber sido en su día una tela desnuda que luego albergó a este ser que sólo busca aceptación y acercamiento a una humanidad más pendiente de olvidarle que de recordar su existencia. Y no es casualidad que me encontrase un cura y me llevase al orfelinato que regentaba, no lo es. Después de todo Satanás ha sido, con toda seguridad, el mejor amigo que la Iglesia jamás haya tenido, ya que ella le ha mantenido en el negocio todos estos años.

Y, al final del camino, la intriga final no es otra más que  preguntarse ¿Quién puede resistirse a la imagen de un niño llorando?

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