¡MAMÁ, YO QUIERO TENER CÁNCER!

Estoy teniendo el mejor día de mi vida

¡Y se lo debo a que no fui a la iglesia!

– HOMER SIMPSON –


Tanto insistir, tanto insistir con que mi vida de niño de barrio era aburrida que tuve que inventarme todo un mundo de fantasía para poder subsistir. Y estaba tan ciego con ellas que no me daba cuenta de toda la magia que me rodeaba en cada esquina de mi casa. No me daba cuenta de nada.

Se podría decir que acabé con la poca inocencia que me quedaba el día que comencé a sentir odio por mi primo sin sentir remordimientos. Pedía a Dios que me perdonara por ese sentimiento tan malo, pero Él estaba demasiado ocupado envenenando los corazones de los muchachos del barrio que se iban al servicio militar con la esperanza de llegar a ser como Pinochet. Y esos mismos muchachos jugaban sus últimos partidos de fútbol en la cancha sabiendo que esos del equipo contrario algún día serían sus enemigos en otro tipo de competencias.

Mi primo tenía cinco o seis años cuando llegó a Antofagasta con una grave enfermedad sin cura. Estaba desahuciado y moriría porque la ciencia de aquel entonces era incapaz de curarle. Yo le miraba a veces; estaba casi calvo y vomitaba todo el día por los remedios que le daban en el hospital y por las drogas. Habían días que estaba en cama y apenas era capaz de hablar pero como todos los niños de su edad se aferraba a la vida porque no entendía porqué tenía que irse de este mundo tan pronto.

Los días que se sentía mejor jugaba como un niño cualquiera pero era distinto a mí. Él no se divertía fantaseando como si estuviera solo en el mundo; por el contrario, él se dedicaba a incordiar a todos especialmente a mi prima y a mi hermana pequeñas rompiéndoles los juguetes, jalándoles del pelo y haciéndolas llorar por todo.

Cuando le visitaba en su casa, que estaba justo detrás de la mía, era para sólo saber si seguía vivo pero siempre terminábamos peleándonos. Era el niño más hinchapelotas que conocí porque sabía que le quedaba poco y quería que le recordáramos aunque fuera de ese modo.

Un día se puso peor y cayó enfermo de muerte. Ya no había nada que hacer.

Para salvarle mis tíos pensaron en todo, incluso en llevárselo a un sitio llamado Estados Unidos volviendo a mudarse a una ciudad más grande, pero entre tanto viaje a la capital su dinero se les había ido de las manos como agua y sal al viento. Después de todos los intentos por curarle no quedaba más que rezar. Y, a pesar de que le odiaba tanto, yo también rezaba para que viviera muchos años más y se sanara para así poder partirle la cara porque a un enfermo me hubiese dado vergüenza pegarle. Y la verdad, es que él pegaba más fuerte que yo, pero quería verle crecer para tener la revancha. Y, en mi desesperación por tener más fuerza y dejar de ser flaquito, me montaba en mi triciclo y me lanzaba calle abajo para irme entrenando. Algún día sanaría y ahí estaría yo para arrancarle un par de dientes.

Un día mi madre, viendo una revista de esas de moda de los setentas, vio un anuncio en las páginas finales sobre una congregación brasileña que se hacían llamar Los Rosacruces. Ella, con toda la Fe del mundo, les escribió contándole el caso y se quedó esperando alguna respuesta (desconozco cómo fue que hizo mi madre para aprender brasileño en tan poco tiempo, pero la Fe mueve montañas y cerros de tierra como los de mi ciudad y ella aprendió porque de otro modo no se explica).

Mi madre y mi tía siempre guardaron la esperanza de que mi primo sanara porque así son las mujeres de Salamanca, el pueblo donde nací, porfiadas y cabezonas por si acaso Dios se equivoca y se distrae con tanto barullo mundial.

Sé que en algún momento pudieron haberse sentido desfallecer y más cuando las vecinas a las que les contaban la historia se compadecían de ellas, pero no se rendían por más cuentos que éstas les contasen: que si eso es cosa del diablo, que hay que resignarse a los designios de Dios, que hay que dejar al destino y alguna que otra tontería como que esa congregación era capaz de salvar a la gente a cambio de su alma y cosas más raras aún. Ellas hicieron caso omiso; mi madre prefería probarlo todo a vivir con el remordimiento de haber podido hacer algo más allá y haber desistido por los cuchicheos de las mujeres ignorantes del barrio que vivían para pensar qué cocinarían al día siguiente para el almuerzo.

Un día mi madre recibió respuesta desde Brasil y con mi tía, locas de felicidad, prepararon todo lo que la congregación les pidió.

Yo pensaba que los Rosacruces les habían pedido convertirse al Cristianismo o a algo así, pero nada de eso. Simplemente le pidieron tener Fe. Y de eso yo tenía más que nadie, porque una vez que mi primo se sanara le iba a arrancar un ojo e iban a ser necesarias más visitas de los Rosacruces para volver a sanarle de la que le iba a meter por ser tan cabrón con mi hermana y mi prima.

Y recuerdo que recé como yo pensaba que debía resarce en estos casos. Rezaba pidiéndole un milagro a Dios y rezaba, por si acaso, al otro por si Dios no escuchaba a los niños que sentían odio.

Tengo la imagen en mi cabeza de mi tía y mi madre más unidas que nunca y a mi tío con el alma en vilo por la vida de su niño.

No sé cuanto tiempo pasó hasta que todo estuvo preparado. Sólo sé que una noche mi madre me vistió y me dijo que ese día iba a tener que rezar con todas mis fuerzas y más que nunca por la vida de mi primo. Y así lo hice; me vestí y me fui a casa de mis tíos.

Cuando llegué me llevé un susto de muerte. En la puerta de la calle había un grupo de personas que no conocía de nada rezando con velas en las manos. Nunca pensé que mi primo, con apenas seis años, tendría tantos amigos. Entré en la casa y me fui escabullendo entre una multitud que llenaba el saloncito. En la habitación contigua estaba mi tía acostando a mi primo vestido completamente de blanco, en una cama con sábanas y colcha blanca y, junto al velador, una jarra grande de agua y un lavamanos también lleno.

No recuerdo si ella salió al salón una vez que mi primo se durmió o se quedó dentro velando su sueño. Sólo sé que estaba rodeado de gente desconocida que rezaba y rezaba toda la noche. Me sentía como una hormiga rodeada de edificios gigantes porque la casa era un constante trajín de gente que entraba y salía, rezaban un rato y volvían a irse pero siempre había alguien rezando.

Cuando alguien dijo que mi primo se había dormido al fin, pensé que se había muerto por mi culpa y que un rayo iba a caer del cielo para partirme la cuesca, pero nada de eso pasó, y yo creo que al final me dormí en un sofá hasta el día siguiente.

Al amanecer, y esto no lo vi yo, entraron a ver al niño y cuenta la historia que se despertó con hambre y con ganas de jugar. Junto a la cama, en el velador, estaba el lavamanos lleno de agua ensangrentada y la jarra vacía. Dicen, los que allí estuvieron rezando, que en un momento de la noche sintieron mucha paz y nada más. Mi tía y mi madre, en alguna charla de esas de adultos que los críos no deben escuchar, dijeron que los rosacruces eran médicos brasileños que habían muerto y que ahora se dedicaban a ayudar a los más enfermos, débiles y desfavorecidos que habían perdido todo menos la Fe.

Y eso fue todo. Con el tiempo las visitas de mi primo al hospital se fueron distanciando en los meses y cada vez tomaba menos drogas y jugaba más. ¡Había sido un milagro! Hacía vida normal y poco a poco iba olvidando la experiencia aquella y los dolores de la enfermedad. Con el tiempo sólo le quedó una cicatriz en el cuello de todas las operaciones que le hicieron en el hospital.

Pasó un tiempo y le matricularon en un colegio aunque nunca dejó de ser un niño hinchapelotas por lo menos hasta que le empezaron a gustar las niñas.

Yo le observaba crecer sin poder creerlo, pero por dentro estaba feliz porque iba a poder partirle la cara y nadie me diría que era un niño malo por pegarle a otro enfermo. Y es que él, después de sanar, siguió siendo el mismo malcriado y abusivo de siempre.

Hasta que llegó el día.

Después de habernos peleado muchas veces, habernos arrojado cosas en mi afán de defender a mi prima y a mi hermana y de alguna que otra paliza que él me metió, por fin tuve la ocasión de desquitarme.

Sucedió unos años después durante unas vacaciones en Salamanca en que él casi nos arruina las vacaciones por salir corriendo a los columpios de la Iglesia sin ver a ambos lados de la calle. Un coche le golpeó tan fuerte que le lanzó por los aires tirándolo unos metros más allá. Mi primo se levantó como si nada y siguió corriendo hacia los juegos infantiles. Recuerdo que nos cogieron a todos los primos y nos llevaron castigados de regreso a la casa de la abuela todo el día encerrados por su culpa.

Me picaban las manos por pegarle pero aun recordaba que era más pequeño (aunque tenía más fuerza que yo y había sobrevivido a un cáncer y a un atropello como si nada). Si él hubiese querido podría haberme aplastado la cabeza como una cáscara de nuez.

Una noche en el dormitorio donde dormíamos con mis tíos, oliéndose todo el odio que yo sentía por él, me arrojó a la cara una cría de gatito negro de la abuela y eso me reventó la sangre, pero me dormí jurando que al día siguiente le mataba apenas se descuidara (sabía que la venganza se servía fría como la piel de una serpiente)

Al día siguiente estaba como de costumbre burlándose de mí y de lo flaco y feo que era pero me aguanté. Luego le dio con meterse con las niñas como siempre y me fui sobre él metiéndole una patada en el culo de esas olímpicas que le vi volar por los aires. Como por arte de magia mi tía se dio cuenta de lo que yo había hecho a su hijo (nunca antes se tomó la molestia de corregirle porque no le daba la gana) y me castigaron a algo que ya ni me acuerdo de la amargura que sentí. Lo peor es que mis tíos me miraban feo, como si yo fuera un monstruo vengativo y que poco menos tenía que haberme aguantado todo lo que me echase el cabrón de mi primo, quien después de hincharse a llorar se me acercó y me gritó a la cara que era un flacuchento y salió de la casa corriendo a jugar como si nada.

Ese verano mi primo siguió haciendo de las suyas: pegándole a las niñas y arruinando sus juegos, burlándose de mí, metiéndose en problemas en compañía de mi tío más chico y después castigándonos a todos por las tonterías que ellos hacían. De esa etapa me quedé con la enseñanza que sólo hace falta ser un niño malcriado y cabrón para obtener todo lo que quieras en esta vida y rezaba para que a mí también me diera cáncer para que todos me compadecieran como a él y me dejaran hacer todo lo que me viniera en gana. Pero nunca me enfermé por más que le di algunas caladas a un cigarrillo a escondidas ni tampoco me dio cirrosis por ese vaso de vino que me bebí debajo de la mesa. Así que me resigne a ser el mismo niño sano pero flaquito que no valía para nada y menos para defender a su propia hermana del matón de su primo que actuaba como la niña del exorcista.

Con los años, como ya conté, mi primo cambió bruscamente y se transformó en un niño ideal: ordenado, atento, educado. Como si hubiese despertado de una pesadilla y se hubiera dado cuenta que ahora era otra persona distinta.

Un día vino a casa con mi tía. Era otro, tenía otra expresión en el rostro. Me quedé estupefacto y me acordé de eso de los rosacruces y de inmediato pensé que aparte de sanarle ellos le habían echo un exorcismo y le habían sacado de adentro al puto enano cabrón que siempre fue y le habían transformado en un caballero.

– Hola – me dijo – ¿jugamos?

Y yo asentí.

Dios por fin me había devuelto a mi primito sano y salvo.

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