DIEGO, EL DE MALVIN

Fotografía: Dejotas Leal – NYC, hace 1 día… 24/10/2012

No hace mucho tiempo que cayó el León Santillán…

A Diego sólo le quedaban un par de años en su cuchitril para poder volarse a cualquier otro sitio del mundo. Ya una vez había vivido en la ciudad y había sido distinto. Ahora vivía al norte, en Westchester – Ossining – había subido quince kilos y ya no era ni la sombra de lo que había sido poco tiempo atrás. Sólo le divertía yo porque era el único pavo que le soportaba su carácter de mierda sin partirle la cara. Después de todo, él era el encargado, él me había conseguido el part-time job en Cedar Lane y el único que tenía mano izquierda con Luis, el boricua, que era el administrador (el fuckin’ boss) de la urbanización. Además, Luis venía del Bronx, suficiente razón para mantenerse al margen cuando se le cruzaban los cables (que era todo el tiempo)

Luis era un personaje surrealista, aunque decir eso no sería justo con él porque cualquiera que lea esto podría llegar a la misma conclusión. Era bajito, de pelo cano, con una barriga en forma de barril cervecero, siempre con un cigarrillo mentolado en la boca y con la camisa a cuadros por fuera. Recorría Cedar Lane dando órdenes que nadie entendía muy bien y era capaz de encararse con todo dios. De eso dejó cuenta cuando le metió un piñazo al negro de dos metros que teníamos de salvavidas en la piscina por exigirle un contrato por 3 meses. Y si, Luis era un racista, pero de los que te dan risa.

Cedar Lane estaba llena de ancianos solos (a los cuales bastaba con ir a darles una vuelta y bajarles el gato del árbol) y el resto vivía en las casas hacinados (llámense filipinos, ecuatorianos, peruanos, indios y estadounidenses que ganaban el mínimo pero que daban por culo cada vez que podían) No siempre las cosas eran pacíficas y la verdad que la mayor parte del tiempo Luis iba armado con una escopeta para vigilar un viejo bote que tenía aparcado junto a su casa de los ladrones. Luis la mayor parte del tiempo estaba borracho y cuando salía del 7-Eleven a las 9am me iba a Cedar Lane para encontrarlo sobando en el chap que siempre apestaba a alcohol.

Nunca olvidaré a Luis persiguiendo a la gente por toda la villa con la escopeta para que le pagaran la comunidad o insultando con su spanglish a los indios por joder el flexit de las casas con toda esa gente que metían dentro.

La gente es fuckin’ stoopida!

Diego quería ser como él. Le idolatraba y le seguía a todas partes como un perrito faldero. Repetía sus gestos, imitaba su acento e insultaba a los indios y a todo aquel que llevara barbas musulmanas. Por el contrario Luis pasaba de mí, no sé si le intimidaba, pero pasaba de mí. Un día él se encontró un vinilo tirado en la basura y me lo regaló a mí, no a Diego que no sabría qué regalo de mierda era ése, casi como quien te regala una espada de caballero medieval. Era el Sargent’s Pepper de los Beatles. Aún conservo ese vinilo con sus discos dentro y vivo pensando en qué marco ponerlo para colgarlo en casa. Ese día comencé a respetar al boricua.

¡Dale vos! ¡Cortá esa grama finita que hoy estamos busy!

Diego era así. Tenía apenas veinte años pero era capaz de romperte los huevos en cero coma. Pero lo mejor era darse un paseo en su coche por las calles de Ossining y tirar a Connecticut buscando algún centro comercial donde le vendieran una pistola para matar moros y sudamericanos antes de que pasara lo de las Torres Gemelas ¡El tío quería matar sudamericanos y él era uruguayo! Él pensaba que era distinto porque su madre era descendiente de italianos ¿En uruguay quien no lo es? De eso pensaba que podía sacar ventaja comparativa y pensaba que por esa razón el boricua gandul le había cogido para el puesto de encargado de Cedar Lane.

My mother… my mother is italian…

Diego no hablaba una puñetera palabra de inglés en condiciones y vivía para perseguir nenitas latinas luego que su novia le dejara tirado robándole sus ahorros de tres años. Yo, si hubiera estado en el lugar de su novia, no solo le hubiera robado también le habría denunciado a inmigración por petardo. Diego, como decía, sólo sabía lo básico de inglés (aunque tenía buen oído) y vivía acojonado con la idea de pisar Manhattan. No sé porqué tenía tanto miedo. Ahora me arrepiento de no habernos conseguido un resident alien falso en Queens para haberle colado en Splash. Con eso se le habría pasado toda la tontería, le habría dicho que era gay para que viera que no era nada malo y le habría dado una vuelta por la Gran Manzana para que dejara de ser tan paleto de una puñetera vez. Pero no lo hice. Dejé que siguiera ciego en su odio racial y jamás le dije que era un subnormal cuando preguntaba los precios de las pistolas. No sé porqué no quise mostrarle que las cosas podían tener otra lectura, quizá porque me tenía harto y no le quise hacer partícipe de las cosas que yo sí veía.

Diego tenía muchas cosas malas para sólo tener veinte años: era un envidioso (le envenenada que a sus compatriotas les fuera mejor que a él), estaba amargado por haber subido quince kilos, vivía insultando a la zorra de su novia (era insufrible), a los homosexuales y a todo lo que oliera a curry; también conducía fatal (estuvimos a punto de matarnos un par de veces) y vivía preguntándome cuánto dinero tenía ahorrado (lo que me reventaba porque pensaba que con la pistola algún día me asaltaría) Pero a pesar de todo lo imbécil que podía llegar a ser yo era su único amigo y yo el de él. No teníamos a nadie más.

Huelga decir que finalmente se compró la pistola y lo celebramos disparándole a latas en alguna carretera que llevaba a Connecticut.

Cuando podía me escaqueaba de su compañía y me encerraba en la biblioteca pública de Ossining. Diego no entendía porqué me gustaba tanto leer la Rolling Stone, porqué escuchar a un tal Khaled (que asco le daba el argelino éste, aunque para él fuera un moro más), que me gustara tanto leer libros sobre bailarinas españolas (Carmen, la coja)y que me gustara tanto hablar con las ancianas bibliotecarias.

¡Qué pérdida de tiempo, pelotudo, que la parió!

Recuerdo una noche muy entretenida que pasé con él (no, no me lo tiré) Una noche calurosa de Julio pasó a buscarme y nos fuimos a comprar ropa a un centro comercial en Atlantic City, cruzando el puente, para luego ver una película tontuela en el cine. Nos fuimos de regreso a Ossining y nos plantamos en un bar de sudamericanos donde las chicas te cobraban un dólar si querías bailar una canción con ellas y bebimos tanta cerveza negra que nos dio por meterle monedas al Wurlitzer. Fue mágico. Un bar lleno de cabrones con sombrero de mafioso colombiano, con sus putas sentadas en las rodillas, tragándose la mejor canción que encontré en la Rockola: Smell like teen spirit de Nirvana. Luego nos echaron a la puta calle y volvieron a poner alguna bachata horrorosa. Nosotros nos fuimos a la orilla del Hudson a ver New York a la distancia.

Diego era un cabrón que estaba muy solo, peor yo lo estaba más. Incluso en la pizzería, donde los gringos le explotaban como repartidor por las tardes, le insinuaban que yo era su novio y que se pusiera condón si iba a follarme, pero en inglés y Diego hacía como que no se enteraba. Yo me hubiese tirado a más de alguno de esa pizzería, que solían ir a tomar café al 7-Eleven, pero me daban mucha pena; eran como cowboys aburridos.

¡No te enojés conmigo si te molesto a veces!

Es que aun soy un “botija” y vos sos como mi hermano.

Tres años antes Diego llegó a Ossining con su novia de toda la vida. Alquiló una habitación en una casa con una familia de mafiosos dominicanos que le vendieron el coche que tenía (sin papeles) y comenzó trabajando en lo de la nieve muerto de frío. Luego consiguió trabajo en un taller mecánico de unos musulmanes donde se acercó tragándose su orgullo diciéndole al mecánico jefe solo una palabra tajante en español: ¡Trabajo! y le contrataron, pero jamás le pagaron. Cuando llegó la primavera pasó de quitanieves a cortar la grama y los matojos de las villas y, cuando se sintió más seguro se atrevió a pedirle trabajo a Luis, el boricua, en la villa. Por las tardes repartía pizza por todo Ossining y de ese modo sobrevivía.

¿Vos sabés el defecto de ustedes los chilenos?

¡Que no les gusta que los manden, decí la verdad!

A Diego, alguna vez, le preocupó su peso pero ya no. Según él mismo decía los chicos del Uruguay están buenísimos y eran capaces de decirse uno a otro lo guapos que se ponían cuando iban a salir cosa que los chilenos no hacíamos porque teníamos miedo a que nos trataran de maricones. En eso él tenía razón. En el Uruguay, todos los chicos se preocupan de tener un lindo cuerpo, decía, no como yo que estoy hecho una mierda y las chicas son las más ricas del mundo ¿Entendés lo que te digo? Yo le seguía la corriente.

Sabía perfectamente lo que Diego hacía en su casa luego de dejarme en Puertas negras, mi barrio lleno de negratas, porque no paraba de llamarme a casa (gentileza de los cabrones de Veryzon) Se encerraba en su cuarto y se ponía a leer sus cartas y a ver fotografías. Diego, ¿qué hacés?, le preguntaba su hermano en una de ellas – Tenés a la vieja como una loca porque nadie sabe nada de ti. El abuelo también le había escrito una vez: ¿Te acordás de cuando te llevaba a ver al Peñarol?… la primera canción que te aprendiste fue la de Carboneros.. de chiquito que fuiste un hijo de puta. Una vez le vi al borde de las lágrimas en el Chap, pero lo que me abría las carnes era oírle llorar por teléfono.

¿Querés que te hable de Sapuca, mi amigo de Malvin?

No tenía escapatoria. Cuando Diego estaba de buenas era capaz de regalarte anécdotas muy básicas y graciosas como la de Sapuca que era muy bueno jugueteando con las drogas. Debo reconocer que Diego tenía talento contando historias y siempre bromeé con él con que vendería su historia para forrarme y a él le iban a dar por culo, pero le daba igual.

“El Sapuca, era mi mejor amigo de Malvin y digo era porque no se nada del hijo de puta. Bueno, el botija vivía todo el día en mi casa desde que me acuerdo y siempre lo quise como un hermano aunque tuviera ganas de matarlo todo el tiempo. Sapuca creció en una familia de locos y hasta él lo estaba un poco. La madre era una enfermera paranoica y el padre estaba psiquiátrico, pero vamos a hablar de la hermana que era linda pero histérica (hasta yo le pegué un día que le dio un ataque en mi casa y no había modo de que la piva dejara de romper la vajilla de mi vieja) Luego de esto Sapuca no me habló en un mes porque con la piña que le di le arranqué dos dientes a la mina. Sapuca tenía una abuela a la que le robaba dinero para cerveza y porros hasta el día aquel en que no encontró nada en su casa para robarle y la esperó detrás de unos arbustos a que llegara y la asaltó: ¡Dame la plata vieja puta!, le gritó. Cuando me contó yo me partí de la risa ¡Asaltó a la propia abuela! ¿Vos sabés lo que es eso? Y lo mejor es que la abuela no le reconoció, le tiró la cartera a la cara dejándole un ojo como una compota y se desmayó. Sapuca estaba tan fumado y andaba con un pedo que no sabés lo que es. Salió corriendo de allí y zafó.

Sapuca siempre salía con nosotros siempre. Llegaba temprano a mi casa, se bebía toda la cerveza de mi viejo y zafábamos. Cada vez que salíamos íbamos a la misma disco, nos poníamos hasta arriba y se  metía en problemas con las minas porque no se bancaba que le dijeran que no. Era un cabrón. Les decía unas pelotudeces que no sabés lo que es; que si no se las comía ni el ácido, que no se las comía ni Parrado, cosas así. Era un mierda. Muchas veces le tuve que defender de los que le querían partir la cara. Cuando supo que me venía a New York dejó de hablarme. Yo creo que le decepcioné porque no conté con él para zafarnos de aventuras por el mundo. A veces le echo de menos y trato a la gente como si de él se tratara”

Diego necesitaba pocas palabras para describir a una persona. Si le hubiese gustado escribir letras para canciones habría sido el mejor. Era un gran letrista en potencia y siempre envidié esa facultad de contar historias con tan pocos recursos… era como escribir una canción de tres minutos y que la gente se enamorase de ella y viviera para tararearla.

¡Diego, el contador de historias simples, rockero de Malvin!

Si Diego, te mentí todas la veces que me preguntabas si era maricón por no irme a cazar latinas contigo. Pero prometí, alguna vez, hablar de ti en una novela y luchar por su publicación y cuando tuviera la primera copia te buscaría en algún bar de latinas para regalártela. Seguramente cuando encuentre tu teléfono (porque le tenías terror a Internet) te llamaré para burlarme de ti diciéndote aquello de que soy rico a costa de tus historias de Malvin y que ahora me limpio el culo con billetes de veinte dólares mientras, quizá, tu sigas de encargado de Cedar Lane aguantando a Luis, el boricua.

“En el fragor de la batalla, en lo más crudo del frío invierno, yo seré tu hermano de sangre y tu refugio en el infierno”

Diego, te extraño.

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