DIOS ESTA MIRANDO (Y NO HACE NADA)

luchalibremexicana

Si tienes los ojos muy abiertos sabes que no hay tiempo que perder cuando el ring de la autovía te espera fuera.
Me levanto de un golpe como si ellos me hubiesen golpeado con un mazo en la nuca para obligarme a pelear. Salgo por la puerta, de casa de mis padres, como una bestia, una bestia de ciento veinte kilos por la calle hasta el pasaje donde tengo aparcado mi coche; lo abro y saco debajo del asiento delantero un paño comido de mierda para limpiar el parabrisas. Me clavo en las manos los cristales de los restos
as botellas del botellón que los hijos de puta del barrio me dejan cada sábado como recuerdo. Me limpio la sangre en las mallas y me encajo dentro del buga ajustándome el estómago contra el volante. Enciendo la radio. Nada que me guste, todo mierda de la tele, todo música para tarados del politono, sonitono, gilitono. Rebusco entre mi colección de discos piratas que me he bajado y sudo hasta que encuentro mi selección de corridos mejicanos, mi tex-mex y mi particular mezcla de Molotov, Café tacuba y Control Machete ¡Chilanga banda! Hoy es día de Control Machete, Sí Señor.

Arranco. Ajusto el espejo retrovisor. Allí están, en la esquina, riéndose del gordo con la máscara de luchador mejicano. “Esta noche les mato, pinche cabrones”, pienso.

Mi máscara lo es todo. Si esos tuvieran el honor de vestir una les juro que les partía la cara para luego desenmascararles. Les haría un favor al retarles a duelo en un ring, pero esa gente no sabe lo que es el honor y no hay que ensuciarse las manos con basura que cría moscas en las esquinas.

Les ausculto. Me dan risa. Con sus noviecitas mulatas, vistiendo esa ropa ancha de “jipjoperos” que les sienta como un tiro en los huevos, con sus cigarritos cubanos y su ron dominicano. ¡Qué sabrán esos vagos caribeños lo que es tener una misión en la vida si lo que hacen aquí es lo mismo que hacían en sus putas cloacas de países de donde salieron! ¡Bola de vagos!

No saben que mi atuendo es mi escudo y mi máscara mi principal arma, lo más sagrado que hay; sin ella sería la burla pública y no volvería a salir a la calle.

Conduzco hasta el “Cachacascán”, un bareto escondido en algún subterráneo de Madrid. Allí es donde lucho y apuestan por mí. Pleno centro y nunca nadie se ha dado cuenta. Si las putas de calle Montera están haciendo lo suyo en la calle sin que nadie diga nada; nosotros, ocultos, con menos razón nos podría encontrar la Poli. ¡Putos inútiles! Basura sobrealimentada que pierde su tiempo persiguiendo por Preciados a los negratas que venden en el top manta y que son incapaces de mantener el orden. Ni siquiera han podido con los kinkis del botellón de las glorietas, menos van a poder con nosotros, los Teletrak clandestinos, que nos echamos al ring  confundiéndonos con los perros y los gallos de pelea por igual a rompernos los huesos.

Mi nombre de luchador es “Nerón, el arranca lenguas” y nadie puede conmigo (todo vale si ya no te queda paro)

¡¡Mátalo, mátalo!!
Ya estoy acostumbrado a escuchar órdenes del gentío de dinero sudado. Ellos hacen de la lucha libre el primer arte interactivo de la historia desde los tiempos de Nerón y el circo romano. Nerón en Madrid. Soy su puto Dios. Soy el que hace justicia en medio de la lluvia de euros sebosos.

“Dime que se siente, dime que se siente el sudor en la frente…”
Esta noche, si salgo vivo del Cachacascán, me daré una vuelta por el pasaje de atrás de casa, donde suelo aparcar, a partir un par de piernas y practicar con los dominicanos algún que otro golpe de los que me gustan más: La quebradora o golpe de rodilla en la espalda, la Doble Nelson, la Patada Voladora y mi favorito: el Piquete de Ojos. No hay nada que me guste más que ver a un jipjopero ciego dándose en la cabeza contra las paredes como un pato descabezado. Luego iré a casa de mis padres, me quitaré la máscara y me santiguaré en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Quizá, si no puedo dormir, le llame a ella. Sé que estará haciendo la calle como cada noche negándose a ser sólo mía por más rancheras que le dedique. Si estuviéramos en mi amada Plaza Garibaldi del DF ella ya sería mía porque no existe mujer que se resista a la serenata de un mariachi de pelo en pecho. Yo canto mal, si señor, pero tengo lana para pagarle a otro.

Entro por la entrada trasera al Teletrak y la ovación es deprimente. Los mismos tres gatos viejos que apuestan por mí cada día y los mismos apostadores que pierden su dinero con el contrincante: “El señorito andaluz” (un chiquito de Parla que se disfraza de dueño de un cortijo con mala lech que ya está preparado y que de vez en cuando me ha desencajado la mandíbula) También está ella entre el público con dos amigas que seguro hacen la calle. Ha venido a verme caer, un domingo a mediodía, ha venido a verme caer con esas dos negras ¡Culicagadas! ¡Viejas de mierda! ¡Pinches Güeras!

Recito mi mantra para concentrarme pero he olvidado cómo comienza y se viene sobre mí el pinche señorito que me parte una ceja con su anillo de plata. Una línea de sangre que siento caliente manar de mi ceja derecha. ¡Puta, te voy a matar! Miro a Elena, tiene a su lado a uno de los gatos viejos y está negociando su tarifa. Y, si no fuera así ¿porqué le tiene cogida una teta? ¡Otro golpe en el rostro! Esta vez mentón arriba y de pronto el público y todo el ring se elevan por los aires y acabo en el suelo cubriéndome la cara para que el puto cabrón de Parla no le de tiempo a arrancarme la máscara.

No le estoy haciendo honor a mi nombre de “Arrancalenguas”. Tengo al pelma este aquí, aprovechándose de que estoy distraído con la puta de Elena en el público, partiéndome todo lo que se llama cara y soy incapaz de hacer nada. ¡Joder! Grito al borde de la locura, pero él me cruje el pecho con una voladora que me estrella contra unas sillas del bar improvisado. Me levanto del piso. El señorito está arrojando besos al público de gatos y a Elena…

Ahora lo entiendo todo. Vencer desde dentro. Vencer desde lo más hondo de mi corazón de gordo que no pesa menos de dos kilos… vencerme y verme morir en vergüenza, sin mi máscara, ella mirando y ella yéndose con mi rival entre risas y con dinero. Todas las putas mujeres son iguales. Todas buscan eso de ti; verte tirado, verte perdedor.

Ahora lo entiendo todo. En mis manos está cambiar el destino y revertir este triste final. En mis manos tengo mi vida y la de todos. En mis manos tengo una botella de cristal rota que me he clavado al caer. Me sangran las manos pero ya no las siento porque antes de venir ya sangraban con las botellas del botellón de los hijos de puta de mi calle que, ahora tengo la certeza, no podré partirles las piernas esta noche porque el destino tiene preparado algo mejor para mí. Una botella rota en las manos, unos gatos que guardan silencio, una puta que ahoga un grito ahogado y una ley rota de jamás atacar por la espalda.

Ahora que veo a mi contrincante en el suelo sacudiéndose como un pato sin cabeza pierdo las ganas de quitarle la máscara. Quizá sea la única muestra de respeto de mí hacia él. Quizá sea lo único que no haga por la puta que era mi novia, no mostrarle mi rostro bañado en lágrimas bajo la máscara ni el de mi contrincante desencajado de dolor.

Jamás expongas el dolor de un hombre a una tía, así, abierto como la carne roja de una sandía mal partida. Dios cuenta las lágrimas de las mujeres, según el Islam, pero nadie cuenta las nuestras allá arriba.

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