EL AMOR SE IRÁ POR DONDE VINO

 

 

 

 


Hoy murió mi abuela, la gran Alexandra Fairós, vieja y despeinada. Tenía casi noventa años y el patatús le dio cinco minutos después de cerrarle la puerta en las narices a un cartero histérico que tardó medio día en dar con la seña de su casucha. La abuela tenía el pulso malo y el pecho le crujía de hace días y no me asustó verla tiradota sobre las tablas de cajón de manzanas de exportación que usaba de mesita. Sobre la barriga tenía la carta recién abierta, firmada, compulsada y visada por todo dios. La tomé el pulso: estaba bien muerta. Solté una lágrima y luego la curiosidad me pudo más. Le cogí la mano donde apresaba el papel y uno a uno fui separando sus dedos huesudos pegados a una película de piel de pollo frío. Abuela, la llamábamos todos, pero para muchos era como una madre envuelta en lentejuelas. Me llevé la carta al rostro, me la pegué a la narizota que heredé de ella y la leí con la esperanza que fuera por fin una buena noticia, una bomba como que la vieja hubiera heredado algo o que hubieran descubierto que era pariente de alguna princesa sueca, pero nada. Era una carta de mierda del País Vasco con un pedazo de multa de esos que te petan la patata. La carta decía que habían pillado a la abuela “conduciendo un camión cargao de explosivos por el casco histórico de Amorebieta” ¡Cómo si Amorebieta tuviera caso histórico! Miré a la abuela dormida en el suelo y un escupitajo triste y amargo me bajó por la garganta. Lo último que recuerdo es que salí corriendo de su casita prefabricada de tablones en dirección al valle, hacia la carpa del circo donde llevábamos instalados un par de meses, para avisarle a las demás. Lo contenta que se iba a poner la loca de la cartera –pensé -, que ya no va a tener que cocinar judías todos los días para ella -, y lo triste que se van a poner todas las demás. La abuela Alexandra era la transformista más vieja de todos los tiempos. Yo creo que llegó con Colón a América, montada en una carabela, con los pañuelos y los zarcillos, a poner el jopo encima a las indias, y allí se quedó hasta que le entró nostalgia y se regresó con la idea grabada en la cabeza de montar un circo de transformistas que recorriera España. La abuela nunca triunfó, sólo lo hizo la semillita que plantó en Chile, pero de aquella generación de loquitas que fundó allí poco más se supo. ¡Ay que tristes iban a ponerse todas menos la  loca de la cartera!

Corriendo por el valle, dando trompicazos, se me viene a la mente la música que a la abuela le gustaba escuchar. Todo el día estaba con la radio cassete puesta con las mismas cintas de cumbia, una y otra vez, hasta cortarlas y volverla a pegar con pintauñas rosa. Yo la voy a extrañar mucho, especialmente cuando llueva porque, en esos días, era cuando yo regresaba a su casucha, que los payasos le levantaron silbando una canción, a que me contara sus anécdotas a la luz de un cigarrillo.

La abuela llevaba ya años sin actuar –estaba bien jodida de las piernas -. Los domingos por la noche, cuando había más gente, íbamos antes a buscarla y, entre todos los payasos y transformistas, la montábamos en una calesa y la traíamos tropezando hasta dejarla suavemente en primera fila. Luego, cuando ya se había hinchado de reír y de mover los brazos al ritmo del mambo, que rico el mambo, nos la llevábamos de vuelta levantándola por sobre las cabezas de la gente. Todo el mundo aplaudía mientras ella se defendía a carterazos, por llevárnosla tan pronto. Yo creo que del alboroto que montaba, de gritos y carterazos a diestro y siniestro, mientras los chiquillos le tiraban golosinas, que la loca de la cartera (la transformista más envidiosa que parió Dios) cogió la idea de cambiar su show de perros amaestrados por uno nuevo y más dinámico. Unos días después todo el mundo se quedó de una pieza: la loca de la cartera salió al escenario, le cogió el culo al presentador, le pateó la bandeja de cacahuetes al payaso que imitaba al Rey con su elefante, se metió el hilo dental en el potorro y se hizo con el escenario entangada y con una cartera roja sospechosamente grande. Las primeras risas vinieron de las gradas altas del fondo, de donde solían apelotonarse los chavales que estaban haciendo la mili, y luego se extendieron por toda la carpa. La loca de la cartera iba más pintada que una puerta y pensó que de eso se reían. Cogió el micrófono y se golpeó los dientes con él antes que empezó la música de una canción en inglés que cantó en puntiagudo playback. Todo el mundo le pifió y aquel fue el comienzo de su show: saltó del escenario, cual gata enloquecida y, cartera en alto, se fue directa a las gradas del fondo a meterles con la cartera a los de la mili. A su paso le clavó los tacones en el coco a un par de gitanas de moño alto, le rompió la camisa a dos chulitos que intentaron tirarla gradas abajo y se llevó por delante los cables de las luces rojas que alumbraban el show de la malabarista. Esa semana su show se hizo famoso en toda la comarca y, al viernes siguiente, la gente hacía fila sólo para verla a ella. Los chicos de la mili volvieron, pero esta vez se trajeron los cascos.

Secundario era el show de Minerva, la transformista enana que la abuela rescató de manos de una monja traficante de niños que intentó abandonarla en un vertedero. Minerva creció en el circo enamorándose de todos los chicos que rozaron su muñeca con el cambio del algodón de dulce. Dicen que sabía idiomas y leía mucho. Incluso yo recuerdo que era ella la profe que nos enseñaba las letras del abecedario y las tablas de multiplicar, a la manga de críos que pululaban entre las caravanas. A mí me tenía cariño y me exigía más leyéndome textos raros de libros que guardaba en un baúl. Mis favoritos eran aquellos que hablaban de los indios e imaginaba a la abuela abriéndose paso a través de la selva, machete en mano, defendiéndose de los españoles que querían levantarle las polleras.

“Durante los primeros años de la Conquista, los suicidios masivos eran cosa común entre los indios caribe que preferían la muerte a la esclavitud”

                Por las noches, después que la enana Minerva me leyera sus cuentos de indios de otras tierras, me ponía a soñar que la abuela, la loca de la cartera y la cordobesa conquistaban las pirámides mayas dejando caer desde lo alto sendos tules infinitos de color escarlata mientras los indios, desde abajo, adoraban el brillo de sus joyas.

La cordobesa vivió en la capital. O al menos eso decía ella. La abuela la reclutó porque cantaba bonito y porque tenía más cara que espalda. Ella decía que había vivido en Londres y que por eso, cuando cantaba en inglés, nadie le entendía porque eran todos unos catetos de patas sucias. La cordobesa no era mala, sólo era una incomprendida. La verdad es que pocos entendían lo que balbuceaba marcando la “u” de “uropa”. Ella amaba el circo y, aunque sus medidas no fueran noventa-sesenta-setenta, ella se merecía su sitio más que nadie en el mundo. Ella siempre contaba que había estado con muchos hombres en su corta vida – tenía treinta y pocos -, pero que a los que más recordaba era a los que habían sido gilipollas con ella. La cordobesa, antes de llegar al circo, dicen que tuvo un trabajo de oficina y que se gastaba todo el sueldo bebiendo en los bares buscando a su príncipe azul, pero nunca lo encontró. Sólo dio con tipejos que jugaban con ella, que le preguntaban preguntas de recursos humanos, del tipo: “¿Tú cómo te defines?… ¿Y tú? – me preguntaba luego ella – ¿Qué responderías a un tipo que te preguntara esa soplapollez?. Yo no sabía qué decirle. ¿O que te pregunta “¿Sus vai?” cuando dices que te quieres ir a casa, con ese tonito de importante como si fuera el alcalde de Puente Genil? ¿Tú cómo te quedas ante esos desplantes de galantería? Yo me acuerdo de la vez en que la cordobesa me contó de aquella noche en que se montó en la moto del novio de la loca de la cartera, dos días después que lo dejaran, convencidísima que el chaval había estado enamorado de ella desde siempre y que ahora le estaba dando una oportunidad al amor. Esa noche salió montada en la moto del tarado éste, convencidísima de que el amor existía, que el chico era honesto y que le estaba pidiendo “intentarlo”… Por la cabeza de la cordobesa pasaría la pregunta aquella de ¿intentar el qué, gilipollas? – me confesaría semanas después -, pero que luego se olvidó de todo razonamiento porque llevaba su peluca rubia, se sentía linda y adivinaba que aquella noche el amor duraría lo que dura el despecho: un polvo. Todos se rieron de ella: montada en la moto de un tipejo de pelos rastas que, a saber tú cómo tendría los pelos de allá abajo; que le olía el aliento a fritanga y que jamás se cambiaba los calcetines blancos. Tiempo después la cordobesa me confesaría que el recuerdo de aquella noche le hacía mucha pupa porque podía verse a sí misma, montada en la moto como una gilipollas, saliendo con el ex que una transformista desechó. “Eso hace mucha pupa, ¿sabes?”, me decía medio en serio, medio en broma. La cordobesa salió y volvió por donde vino, un par de horas más tarde, sola y despeinada, pero intentando convencerse que el amor realmente había pasado por su vida. La loca de la cartera no le habló en un par de semanas e, incluso, le metió de carterazos en pleno show transformista, pero luego hicieron las paces y se prometieron jamás pelearse por un ex que no valiera nada. Al poco tiempo volverían a las andadas, pero esta vez por un camionero que siguió la ruta del circo un par de semanas y volvió a repetirse la historia. La  verdad es que la cordobesa me lo contaba todo, pero yo nunca entendía a qué punto quería llegar cuando se ponía cabezona con que el amor realmente existía y acababa largándose ofendida cuando aparecía la enana Minerva preguntando “what’s the point, what’s the point?” y la otra no sabía qué responder porque no entendía ni papa de inglés. En el fondo yo creo que se tenían ganas o se odiaban a muerte. Quién sabe, en el circo, a primera vista, todas las transformistas se odian a muerte.

Hubo una época en que la abuela insistió en contratar boys como bailarines para las transformistas que tuvieran show con canciones. Y fue el infierno. De la noche a la mañana todas se pensaron cantantes y se hicieron divas y no había nadie que las soportara dentro de su ego. Cada vez que pasabas por el lado de la loca de la cartera ella te ladrada que te quitaras del medio, que ella iba pisando sobre pétalos de rosa – cuando en el fondo iba descalza por un camino polvoriento a dar de comer al elefante estreñido -. Y ni modo de acercarte a la enana Minerva que te escupía -como un guanaco – que te quitaras, que le tapabas la vista de la puerta de las duchas comunitarias por donde saldrían los boys, recién duchados, envueltos en sus diminutas toallas, a cambiarse para el espectáculo. Al final todo fue un desastre: todas cantaban como Paulina Rubio y los chicos no se enteraban a qué transformista tenían que obedecer porque, de la noche a la mañana, todas era dueñas del circo y pobre del que se olvidara de esto que iba a la puta calle. Un desastre. La abuela largó a todos los bailarines y todo volvió a la normalidad: la loca de la cartera a sus carterazos, Minerva a vender algodón de dulce y la cordobesa a cantar con playback imaginando que escapaba con su peluca rubia montada en la moto de su príncipe azul.

Hubo también, durante una temporada, una transformista que era guiri. Le llamábamos “La langostino” y nadie se enteraba muy bien lo que decía. La langostino era contorsionista, se doblaba en cuatro que daba gusto, pero que acabaron echando porque se quedaba con el dinero de las entradas. Tenía un amiguito bielorruso que la venía a buscar y que la llamaba de “Ignaciou”, lo que nos hacía sospechar de su nacionalidad. La langostino era listísima: comía todo el día gambas hervidas y veía los programas del corazón haciéndose la que intentaba aprender español entre escupitajos. El día que la abuela la echó a la calle, la Langostino –según lo que me dijo la enana Minerva- se inventó que se iba, no porque la hubieran pillado robando, sino porque ella quería. Cuando vino el bielorruso a buscarle, y como nadie hablaba su idioma, intentamos explicarle que la abuela la había echado, pero él no entendió nada. Al final le dijimos a coro: “Ignacio party, Ignacio party”… y se fue convencido que La Langostino había cogido vacaciones y que andaba por la zona de folleteo (aunque todos sabíamos que La Langostino follaba menos que un cocodrilo), pero bueno, eso era cosa de ella, que era mentirosa patológica, contorsionista y mitómana. Nunca más la volvimos a ver. Aún después de un par de meses de que la echaran, aún flotaba en el circo su tufillo a mentira de refrito.

Yo crecí entre ellos y entre muchos otros transformistas que pasaron por el circo, pero que no dejaron huella en mí ni en la abuela. Muchos hablaban nada más que tontunas del tipo: “Si tú no respetas la cadena del frío, no esperes que la cadena del frío te respete a ti”. O sea: gente vacía. Yo sólo le tenía cariño a la loca de la cartera, a la enana, a la cordobesa y a mi abuela.

A mí, en el circo, me llaman “La sopa para uno” porque, en lo que respecta a tíos, yo sólo caliento lo que me voy a comer. Yo es que siempre he sido bastante práctica, donde pongo el ojo, pongo la cola, aunque después de tanto tiempo y de aguantar muchas tontunas, he acabado sintiéndome igual de sola que todas los demás. Creo que ya sería bueno que dejásemos de rodar…

Ahora me veo a mí misma entrando en la carpa – como quién se ve dormir en la cama mientras flota desdoblada en el techo -, fuera de mi cuerpo, corriendo sudada, deteniéndome, inclinada con las manos apoyadas en las rodillas, abriendo la boca y, sin decir palabra, porque ya no me queda ninguna, mientras todas me ven desencajada. ¿Qué les voy a decir a todas estas pasgüatas que me miran con cara de “qué cojones le pasa a esta”? ¿Qué les voy a decir a todas? ¡Nada, seguramente nada! Me echaré a llorar como una tonta y todas se echarán a llorar conmigo adivinando lo que ha sucedido. Nos sentaremos en el suelo, mudas y destartaladas, a pensar qué hacer primero: si montar la carpa para esta noche o ir a buscar a la abuela, recogerla del suelo, peinarla, afeitarle el bigote, ponerle su vestido favorito y traerla a cuestas en su calesa para velarla en el escenario un par de días hasta que deje de venir la gente a despedirse de ella. Y el amor se habrá ido por donde vino, como ya imaginamos todas cada día al despertar con los chillidos de los loros caribeños. El recuerdo de la abuela se irá poquito a poco hacia América, donde siempre soñó volver, y nos quedaremos pensando todas en nuestras cosas hasta que las luces se enciendan y todo nos vuelva a oler a algodón de dulce recién hecho.

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