EL CIGARRILLO

mujer fumando 1

“Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos

eran exactamente como los míos: ¡los dos estábamos locos por las chicas!”

– Groucho Marx –

 

 

 


En el trabajo todos le llamaban la Barbie constrictor porque era rubia, guapa y pelafustana. Pero se llamaba Ana y tenía sentimientos como cualquier otro chico de su edad. Vestía con pantalones de cuero negro, camiseta de tirantes y unos pendientes metálicos con forma de una gran argolla. Se calzaba unos tacones que nadie explicaba cómo podía con ellos conducir el camión repartidor por las mañanas y la Kawasaki por las tardes para recoger a Milán, su muñequita de porcelana, cuando salía del despacho. Todos les miraban, tanto que ella había optado por sacarse el casco y plantarle un gran beso a su chica en los labios hasta oír aplausos.

Yo estaba allí y fui testigo de esa historia de amor grandiosa como son las olas que revientan las rocas de la costa del Pacífico ¡Estamos aquí, somos dos mujeres más bellas que la que vosotros tenéis en casa y con más huevos que tu y tus amigos!

¡Viva la vida! ¡Explotar de envidia!

Y sacaba a bailar a su princesa en la discoteca Kamikaze cada fin de semana ante los ojos de todos y se bebían las miradas intrusas entre sorbos de katanas de cerveza. Bailar y bailar felices porque no hay nadie que pueda decirnos que esto está mal.

¡Vámonos de aquí! Cogeré un coche de alquiler y conduciré hasta llegar al sur junto a ti; te compraré unas gafas oscuras y un sombrero para el sol, nos pondremos morenas en La Serena, beberemos tequila para vencer el frío de Temuco y tarde por la noche comeremos curanto en la Isla de Chiloé.

Deja todo detrás, vente conmigo de vacaciones, le decía la rubia a la morena, pero ésta tenía miedo. Y fueron meses de decisiones bruscas: dejar al novio que no la amaba tanto y sólo la usaba para exponerla en las fiestas de la empresa, ser sincera consigo misma y aceptar que amaba a otra mujer, irse a vivir juntas al piso de Ana y esperar a que toda esta locura saliera bien. Esta locura que era traerla aquí, a nuestro piso, donde antes solo estábamos las dos.

– Saldrá bien si lo deseamos ambas – decía siempre Ana.

– Lo sé – respondía Milán, la morena – qué tenemos que perder.

No tenéis nada que perder, pensaba yo al oírlas en el salón, la única que pierde aquí soy yo.

Y habían sido meses de lucha con la familia y los amigos, de los cuales muchos se quedaron en el camino por no querer saber nada de ellas.

– Sé fuerte – gritaba Ana, abriendo la puerta.

– Te necesito conmigo – decía Milán, cerrándola.

Tanto esperar para abrir los ojos y ahora no se detendrían a razonar nada más. Veintisiete años ambas, veintisiete rosas rojas que se regalaron para olvidar las dificultades y perfumar la cama que compartían.

Vosotros que os sentís libres de juzgar, ¿sabéis acaso cómo huele la piel de una mujer? ¿Sabéis lo que es amar y que te amen? ¿Sabéis lo que es tenerla junto a ti y no poder alcanzarla?

Ana se descalza en el salón y pone su canción favorita de Saiko en el reproductor, porque es lo que su chica se merece: atardecer juntas con el ruido de las olas atravesando el cristal de las ventanas, el bullicio de los niños jugando en el Parque Japonés y oler sus cabellos negros hasta saciarse de su aroma como si ellos le diesen el oxígeno para respirar.

Milán, dulces labios, la rodea con sus piernas perfumadas y se cobija entre sus senos para luego rodar por el suelo como si las arrastraran las olas del mar.

Yo estaba allí y escribí esto a escondidas entre lágrimas por no ser Milán y besar a Ana, esa rubia venenosa que me había robado el corazón pero que encontró a otra antes de tener las fuerzas de decirle que la amaba. Ahora sólo me quedaba preguntarme porqué no lo intenté, porqué seguía sufriendo esta situación de verlas juntas y porqué no me iba a vivir a otro sitio.

No tengo ganas de levantarme de la cama, vivo con los ojos hinchados y culpo al estrés del trabajo y el master. Pronto tendré que irme porque cada vez son más fuertes y yo más débil y tonta.

Y fumo como una condenada a muerte porque es así como me siento cada vez que las veo juntas desde el balcón; doy caladas más desesperadas al cigarrillo al verles desembarcar de su moto como si bajasen de una nube y cada vez que se besan antes de entrar al edificio me acerco decidida al borde para con un sonoro ¡chas! arrojar la colilla al vacío.

Entran por la puerta y me ven como si fuera una lunática, de pie fumando un nuevo cigarrillo, sin que me salga palabra alguna.

– ¿Qué tal todo? – pregunta Milán.

No le respondo porque le detesto y a mí misma más aún.

Están en la cama jugueteando y abriendo bolsas de ropa que se han comprado juntas para su viaje de vacaciones al sur.

– Chicas, he encontrado un nuevo departamento – les digo – Me mudo esta tarde…

Pero no me oyen. Ana está acostada en la cama acariciando una chaqueta de cuero que Milán le ha comprado mientras ésta se prueba un sombrero de los locos años treinta que hará juego con sus ojos color miel. Sombrero que debió ser mío.

– No fumes en nuestro dormitorio – dice bruscamente Ana.

– Déjala – me defiende Milán – tu también fumabas.

Ella siempre me defiende. Así no puedo terminar de odiarla: sería como darle de patadas al gato que se mete a tu cama para abrigarte cada noche. Así era Milán; se metía a mi cama cada vez que discutían y yo sacaba palabras de consuelo para que continuasen juntas. Luego ella salía despedida de mi cama a refugiarse en los brazos de Ana que le daba más calor que yo, dejándome a mí la piel amarga.

Quizá por eso Ana terminó por ignorarme, porque yo me acercaba a Milán para llegar a ella y conseguía todo lo contrario.

“Le deseo, le deseo tanto que me faltan fuerzas, para olvidarle y aceptar que le quiere a ella, le deseo tanto amor”

Me voy a mi habitación y escucho esta canción una y otra vez. Esta canción que me dedicó un amigo que emigró a España y supo de mi sufrimiento. Para consolarme me la regaló porque estaba casi escrita para mí.

Ana está en mi habitación y se sienta en mi cama a pedirme disculpas por no poder corresponderme. ¡Lo ha sabido desde siempre!

Ana me ayuda con la mudanza porque sé que Milán se lo ha pedido. Sé que no tiene palabras cada vez que coge mi ropa y la arroja con fuerza a la maleta abierta de par en par. Luego se deshace en disculpas con palabras que no quiero escuchar porque debería estar diciéndolas yo, pero prefiero actuar como una cobarde y subir aún más el volumen de la canción que habla por mí.

– Es cosa de dos – me dice como si yo fuese una estúpida.

Le miro triste. Ya tengo todo lo básico empacado. Otro día mandaré por el resto de mis cosas. Camino hacia la puerta. Milán está allí esperándome para la despedida y me acaricia el rostro como si fuera un gato.

– Cuando sientas algo por alguien díselo a tiempo y no le dejes escapar – me aconseja.

Se lo agradezco sin ganas porque ya he aprendido la lección.

“Y cómo me hace sufrir, maldigo que este amor que hay mí, que ni puedo soñar con su boca, lucharía si estuviera con otra”

– Quita esa canción – le digo a Ana – pon la siguiente y las que vengan después.

Es mi modo de decirles que sigan adelante juntas.

La canción triste me la llevo conmigo.

loscuentosdefranbarrera

Sobre loscuentosdefranbarrera