EL ECLIPSE

Fotografia: “Eclipse” (Renata Julga)

Pequeña historia de terror; casi fábula porque los hombres somos bestias cuando corremos por los pasillos cada mañana para coger el metro que va a Plaza Castilla, por la línea uno, para alcanzar el autobús 172 de las Torres Kio que parte lento hacia San Chinarro. Esquivas a los que se aglutinan en el puesto que vende empanadas chilenas, a los niños que van al alergólogo en primavera, a los jóvenes que van a correr en dirección contraria hacia el Retiro, a las amas de casa que por las mañana son oficinistas y teleoperadoras y a los abueletes que van a paso lento a sus citas con el médico. Ya sabes que en las escalinatas de salida a la calle te esperan los que te asaltan con la publicidad gratuita de abogados de extranjería, con los que regalan periódicos latinos, con panfletos de curanderos africanos que prometen salvar tu matrimonio y curarte el cáncer y con los chinos que te venden paraguas en invierno y calcetines deportivos en primavera.

Corres todas las mañanas, todos los días igual, todos los días igual hasta el día que seas viejo y te eches hacia la derecha como ahora lo hacen los ancianos, que ya no corren al trabajo, sino que al médico a que les recete calmantes para esta vida.

Te la cruzas en medio de la marabunta y se te cae casi encima. Es una abuelilla diminuta, arrugada, con un chalequito y unos pantalones de provinciana y cara confundida entre la gente. Ya sabes lo que te dirá: “Déme una moneda, ayúdeme señor, déme una moneda”, e intentas rehuirla. Pero ella es más lista que tú. Ya te ha liado.

– Señor, disculpe, afuera aun es de noche – dice ella.

Miras tu reloj. Vas tarde, muy tarde. Son las nueve de la mañana. Afuera el sol estará de camino a lo más alto como debe ser en Junio, plena primavera caliente.

Ella te da penita. Pasas de ella, ni siquiera le haces caso aunque claramente has escuchado lo que te ha dicho. Es una frase rara: “afuera aun es de noche”. Caminas unos metros y la dejas atrás pero te detienes arrepentido. Ella ha ganado. Ha captado tu atención. Te regresas donde la dejaste y preguntas si puedes ayudarle. Hoy estas samaritano.

Ella asiente y te suelta el típico discurso de los abuelos que creen que tú tienes todo el tiempo del mundo, como ellos, que viven sus últimos días. Aunque pensándolo bien quizá también sea tu último día en la tierra.

– Hola – le dices – ¿está perdida?

Ella te mira con ojos bondadosos. Aunque afuera hace un calor horroroso ella tiembla de frío y piensas en invitarla a un café. Ya da igual que llegues tarde al trabajo, incluso agradecerías llegar un par de horas más tarde y decir que tenías asuntos propios que resolver.

– Es un asunto muy importante el que le tengo que decir – dice la viejecita.

¡Mierda!, piensas. ¡Una testigo de Jehová!

Pero no. La abuela sólo te mira y te dice que le digas cómo llegar a la línea amarilla para ir a Legazpi. Piensas que está bastante perdida porque está a más de diez paradas de metro, hacia el sur, de Sol (donde debería recién coger la línea amarilla) y la coges del brazo.

Desandas tu camino con ella en dirección a la línea uno para indicarle cómo llegar al centro y te metes con ella al vagón olvidándote que debes ir a trabajar.

Ya deben ser las diez de la mañana, piensas.

– Afuera ya es de noche – repite y te sientas junto a ella en el vagón.

Das una cabezada reconfortante y ella te despierta con un suave empujón indicándote con su dedo arrugadito que ya habéis llegado a la parada de metro para cambiar y coger la otra que lleva a Legazpi. La acompañas por los pasillos casi vacíos. Vais en dirección contraria a la gente que va al trabajo y a los estudiantes que van a Ríos Rosas. Ella te dice que nació en La Coruña hace más de ochenta años, pero que no tiene miedo, por muy vieja que sea, de haberse perdido por el metro de Madrid.

– Soy gallega – dice con ese acentito tan gracioso de la gente de allí – Ahora que me acuerdo no tengo pan en casa…

La acompañas por una salida alternativa hacia la línea amarilla para que no se pierda entre los pasillos.

– Hoy me levanté de la cama sobresaltada y miré por la ventana que aun era de noche y salí a comprar pan y me perdí.

Sueltas una risilla de gusto. Es tu buena acción del día. Dais un pequeño paseo por las profundidades de Madrid y os plantáis en la línea amarilla.

¡Y pensar que por un momento pensaste que te iba a pedir dinero o que te iba a soltar una charla religiosa!

Hay que tener mucho cuidado con la gente, le dices, hay bandas de niños rumanos que le roban a todo el mundo y no respetan ni a sus iguales.

– Afuera ya es de noche – insiste ella – y un escalofrío  recorre tu espina dorsal.

¿Porqué insiste tanto con el tema de la noche? Miras tu reloj ¡Apenas son las diez de la mañana! Ella te mira resignada, como si el loco fueras tu, e insiste en que ya ha oscurecido y que lo han dicho en la tele en todos los canales.

– ¿Han dicho el qué? – preguntas.

– Eso… que ya es de noche afuera.

¡Es una vieja loca!, piensas. Ya sabías que no podía ser una vieja normal. Seguro que en cualquier momento te pide dinero para comprar pan, como decía hace un rato.

– Voy a tener que comprar pan en una tienda de los chinos que son los únicos que trabajan día y noche.

Si. Esta loca como una cabra.

Al llegar a Legazpi le coges del brazo y le indicas la salida hacia el Paseo de las Delicias. Piensas que desde ahí podrías coger un taxi a tu trabajo para no llegar tan tarde.

– Yo creo que hay que bajar mucho más abajo – te dice – afuera aun es de noche y no quiero salir todavía hasta que no amanezca porque hay mucha gente mala.

Ella se suelta de tu mano y sin que puedas evitarlo pega un brinco hacia las escalinatas que llevan a la línea circular gris y la ves descender hacia el centro de la tierra despidiéndose de ti con una sonrisa y una mano arrugada en alto. Intentas detenerla y corres por la barandilla gritándole que vuelva a salir porque se va a perder en los pasillos, pero no te oye.

Caminas hacia la salida siguiendo los letreros de flechas verdes pensando en la viejecita que seguro vuelve a perderse y te sonríes. Silbas una cancioncilla simpática rebuscando en los bolsillos tus llaves de casa pensando que si afuera fuese de noche, como la vieja decía, tendrías que correr a sacar la basura antes que el camión municipal se largase dejándote con toda la mierda acumulada en tu piso. Extrañamente comienzas a correr, cada vez más lento y más lento. Las rodillas te flaquean, la vista se nubla, la gente te empuja porque vas en dirección contraria a la masa y sólo quieres salir de allí y respirar.

¿Porqué el mundo va tan a prisa?

Te montas con miedo en las escaleras mecánicas. Las luces de la red de metro están encendidas y ya casi no hay nadie.

Sales a la calle en la esquina del Paseo de las Delicias, donde otrora hubo una glorieta con un jinete montado en un caballo alado, pero que ya no está. ¿Qué día es hoy?

Miras alrededor, miras las manchas marrones de tus manos, miras tu rostro en el cristal. Estas desorientado. Nadie a quien preguntar cómo llegar a casa. Afuera es de noche. Noche cerrada.

loscuentosdefranbarrera

Sobre loscuentosdefranbarrera