EL GRAN FESTIVAL

Fotografía: “Dejotas jugando al basket en Polonia” (Renata Julga)

Jugábamos a que éramos cantantes invitados, animadores y hasta los tramoyistas del Festival de Viña del Mar en los ochenta cuando cantaban allí los mejores como la Carrá, Julio Iglesias, Bosé, Yuri y el Puma Rodríguez.

Cada domingo venía ella y  sus padres a mi casa en el cerro al atardecer y los críos del barrio nos juntábamos donde el vecino, que estaba de vacaciones en el sur, y le invadíamos la casa. Nos saltábamos la reja y en su jardín sembrado de mazorcas, pinos enanos, césped semi seco y girasoles y montábamos un escenario construido de cajas de manzanas. Poníamos filas de sillas de plástico o tarros de leche vacíos como butacas y para coronar la escenografía colgábamos una sábana sucia por detrás sujeta a unos cables con pinzas de la ropa.

Por público teníamos a los niños más pequeños del barrio a los que les enseñábamos a aplaudir cuando había un buen espectáculo y a tirar bolas o aviones de papel cuando algo no les gustaba. La mayor parte del tiempo el show les encantaba porque podíamos estar horas y horas escribiendo y ordenando en un cuaderno las canciones que íbamos a cantar: Primero iba a cantar Yuri la de la Maldita primavera – eso si conseguíamos que mi tía nos dejara el cassette, lo que decía que a veces algunos artistas usaban play back. Después venían las hijas de un vecino que era alcohólico, que no tenían con quien jugar, que cantaban medleys de canciones rancheras que siempre hablaban de padres que abandonaban a sus hijos para irse en su caballo. A continuación venía yo que era más dado a cantar las del Puma Rodríguez con un vinilo de mis padres que poníamos en el tocadiscos del vecino. Teníamos un niño humorista, cuyo padre vendía helados, y que era muy olvidadizo con los chistes y siempre terminábamos echándolo para después hasta que se aprendiera bien su parte del show. A veces, alguno de nosotros se animaba a cantar a capela pero casi nunca salía bien. Era mejor el play back. Y otras, los artistas invitados se unían al final para cantar la de “Güi ar de worrr, güi arr de shildren“ que siempre que hacíamos resultaba un soberano desastre pero terminaban aplaudiéndonos a rabiar.

Raquelita, que nos visitaba los fines de semana con sus padres y hermanos Roro y Natalia, era la que siempre hacía el papel de la cantante guapa que vendía muchos discos, así que ella siempre era Rafaella Carrá, Amanda Miguel, Perla, Rocío Jurado y Daniela Romo sin orden ni distinción y siempre traía algún secretillo preparado para sorprendernos como un pañuelo, un sombrero o una letra aprendida de memoria.

Roro, que era uno de los niños más pequeños, siempre hacía del cantante jovencito que venía a triunfar entre las niñas como Miguel Bosé, Miguel Gallardo o Luis Miguel.

Natalia era la que siempre hacía de cantante más provocadora y, que por lo general cantaba en inglés zapateado. Todos la elegimos para hacer de cantante gringa porque tenía facilidad para cantar cosas de las que no se enteraba nadie porque apenas tenía ocho años. De su boca salían palabritas desconocidas como “Ay loyu”, “Guashor neim” y “Zsenkiu so march” que volvían loco a nuestro pequeño público. Incluso se atrevió con alguna canción francesa que yo grabé en un cassette de una desconocida Celine Dion y nos dejó boquiabiertos con “Ine colombe”

Yo, de vez en cuando, no sólo me animaba a hacer de presentador con un corbatín negro, sino que también alguna vez canté a dúo con Raquelita la canción de Luis Miguel y Lucero aquella que salían en la película Fiebre de amor y me sentía en el cielo porque ella me gustaba.

El mini Festival de Viña se acababa cada domingo a las ocho de la tarde en que Raquel y sus hermanos regresaban a casa y yo me quedaba desarmando el escenario y echando a los críos a sus casas para dejar todo como lo habíamos encontrado. Esto duró muy poco, duró lo que tuvo que durar, hasta que el vecino regresó de sus vacaciones y encontró el jardín deshecho y las cuerdas de colgar la ropa por los suelos.

Siempre recuerdo esos bellos momentos cuando nos dedicábamos nada más que a cantar (muy mal), pero lo hacíamos con las ganas con las que sólo puede cantar un niño.

Raquelita, después de ese verano, se fue a estudiar a otra ciudad. Lejos, muy lejos y yo siempre la recordaba. Mi padre cada fin de mes ponía el grito en el cielo con la cuenta telefónica porque yo era capaz de estar cantándole a ella aquella canción de Luis Miguel que cantábamos a dúo.

La primera vez que me conseguí su teléfono y la llamé me quedé sin palabras. Ella se puso nerviosa porque pensó que yo era algún loco y en vez de colgar me dijo que si no iba a decir nada entonces que le cantara algo. Y así lo hice. Ella prendió la mecha. Y, aunque sé que en un primer momento ella no reconoció mis suspiros por ella, sé que recordó mi manera de desafinar y me dejó cantarle todas las noches que yo le llamé. Cada vez que lo hacía casi siempre respondía la madre y siempre la llamaba gritándole que al teléfono estaba el romeo cantante y yo siempre me moría de vergüenza, pero me daba igual.

Con mi padre no tenía excusa. Yo era hijo único. Así que la cuenta telefónica empecé a pagarla yo con algunos trabajillos que tenía después del colegio como repartir publicidad, hacer rifas en combinación con la lotería o hacerle las tareas de matemáticas a los del colegio. Y todo me lo gastaba en teléfono para llamarle y cantar.

Un día ella no respondió más. Nunca me atreví a preguntarle a la madre que le pasaba hasta que un día el padre me dijo que me olvidara de ella porque estaba saliendo con un chico dos años mayor que ya iba en Secundaria y que iba a estudiar para abogado. Yo, como mucho iba a llegar a cantante malo o estanquero de billetes de lotería. Lloré por meses cada vez que me acordaba de ella, pero lloré más porque a ella ya no le gustaban mis canciones.

Anduve como alma, de catorce años, en pena cantándole a mi gato, a las vecinas para que me compraran un billete de lotería y en los actos del colegio. Pero cambié la voz y nunca más volví a cantar con las mismas ganas que le cantaba a Raquel.

Un día, después de muchos años, supe que ella iba a venir a la ciudad para casarse con su novio abogado. Para esos días yo ya la creía olvidada, pero me equivocaba. Sin darme cuenta me puse loco de contento y dejé mis apuntes de Ingeniería y me fui a su boda.

Esperé y esperé fuera de la Iglesia a que saliera con su vestido y sus flores. Cuando ella salió yo estaba de pie sobre un viejo cajón de manzanas y los invitados esperaron a ver lo que sucedería y canté con todas mis fuerzas lo primero que se me vino a la cabeza, la canción más sensiblera de todos los tiempos, “La Incondicional” de Luis Miguel. Ella se quedó de piedra cuando de mi boca salían eso de “Tu, la misma de ayer, la incondicional, la que no espera nada; Tu, la misma de ayer, la que no supe amar, no sé porqué” Ella se me acercó, tan bella, tan bella y me dio un beso de gratitud. Sólo recibí eso a cambio, pero me sentí el hombre más feliz de la tierra. Nunca más la vi. Se fue más lejos aún, al extranjero a hacer su vida y se llevó consigo los días de Festival como recuerdo de su tierra.

Cierto día, en que ya llevaba un par de años trabajando como ingeniero en una minera, me encargaron dar unas charlas sobre un software minero en Ecuador y allí viajé. Yo sabía que ella y su esposo vivían en Quito y me encargué de rastrear toda la ciudad hasta dar con su dirección. Me fui a una oficina de FedEx y compre cajas y cinta adhesiva con el logotipo de la empresa y me envolví de pies a cabeza como si fuera un regalo humano del cual sólo sobresalían los zapatos mineros. De pie junto a su puerta logré liberar una mano y toqué hasta que alguien salió. Era un niño muy pequeñito que regresó al interior y volvió con ella de la mano. Ella se quedó de pies y con algo de miedo comenzó a romper el papel y las cintas de su regalo. Yo en el interior no aguantaba las ganas de romper todo y abrazarla pero me detuvo una voz masculina del interior que preguntaba por quien estaba afuera.

– Hola – me dijo – no deberías haber echo esto porque ya soy muy feliz.

Me ayudó a quitarme de encima los cartones y cintas adhesivas y con un beso me dijo que las locuras de amor hay que hacerlas a su tiempo.

Tenía razón. Siempre la tuvo.

Esa noche cogí mi vuelo de regreso a Chile. No estaba triste; por el contrario, me sentía igual de feliz que cuando cantaba de niño a dúo con ella porque, aunque muy tarde, hice lo que me dictó el corazón.

loscuentosdefranbarrera

Sobre loscuentosdefranbarrera