EL HOMBRE DE LAS NIEVES

 

Fotografía: Renata Julga (Chile, hielos eternos)

¿Bailas… víbora?

¿Apago la radio de la cámara? ¡Estoy harto de Ramoncín!

Si tuviera voluntad apagaría esto y seguiría trabajando en el envasado del pan. La cámara está a menos diez grados, lo sé, porque he estado dentro hace menos de diez minutos y aún tengo los dedos congelados dentro de los guantes. Me he dejado un dedo de plástico clavado en un clavo del último palé que entré con el torito. Veinte cajas de baguetinas de fibra, dos de chapatas y tres de piñas. Entramos, cada día, con el moro a la cámara más de quinientas veces y no me explico cómo no nos hemos quedado pegados al suelo congelado; entramos de espaldas golpeándonos la nuca con las cortinas de plástico para que no se escape el frío, entramos de espaldas para subir mejor la pequeña cuesta aunque le demos a alguien con las piernas. Nos ha pasado muchas veces que terminamos con las cajas en el suelo espatarrás por darle al que hace los pedidos del Carrefour a toda prisa dentro para no quedarse como un pajarito.

–        ¡Chicos, he pinchao’! – nos interrumpe el Conejo, el repartidor más joven de la empresa – ¡He pinchao’ y la madre que me parió! ¡Puta ruea’ del Chrysler!

–        ¡Po’ va a tené que vendé el coshe pa repará la ruea! – me burlo de conejo, me burlo de su manera de pensar andaluza de que triunfas como Los Chichos si tienes un coche de puta madre, pero no llegas a fin de mes (fijo que el hueón vive con sus padres todavía) Y pa más inri es futbolista en el Málaga de segunda y sueña con que una modelo trepa se lo líe al cuello como una merluza.

–        Los futbolistas sois como las modelos con las que os liais – decía la de la limpieza – sólo ver los peinaos que os hacéis en la cabeza pa salir en las revistas del corazoneo.

–        Ay que vé la tía guarra ésta – respondía Conejo intentando reírse – yo pa qué digo na… ¡Anda y ve a pasá el mosho a la otra esquina! ¡Perrángana!

Esa tarde tenía ya todo el pescado vendido y nada más faltaba preparar el pedido que se tenía que llevar Conejo al Madroñero, que ese día estaba malo. ¡Moro, dame un piti!, le gritaba a Juan que venía saliendo congelaíto de la cámara, y éste siempre me daba a mí y a Carlitos que se quedaba a ayudarnos hasta terminar. Carlitos era el que cortaba la masa del pan con una cuchilla de afeitar después de sacarlo de las cámaras de fermentación para luego meterlo a los hornos y darle una pre-cocción. Estaba un poco pa allá por culpa de los tripis que se metió cuando era chaval y, a veces se le iba la perola, tanto que  teníamos que andarle buscando para que sacara el pan de las cámaras antes que quedaran como payés de tres kilos.

–        ¡Ea, chavales! – salía Carlitos gritando de la cámara del congelao – ¡A que no os habéis dao cuenta que he estao cinco minutos sin el mono dentro y no me he quedao tieso! ¡A que no tenéi huevos de apostar que se puede hacer lo mismo dentro de los túneles de congelación!

A mi Carlitos me asustaba. Cada vez que hablaba era para hacer apuestas tontas, para hablar de putas, de lesbianas, del ron Cacique, de pirulas y de coches que él jamás podría conducir porque era incapaz de concentrarse en la autoescuela. Así todo el día; Conejo arrebolando las cajas de pan pre-cocido en la cámara, el Moro protestando porque estábamos quedaos y Carlitos escondiéndose en los túneles que aún estaban prendidos esperando los últimos cinco carros de pitufo de mantequilla.

–        ¡Venga, apostemos una botella de cacique al que más tiempo se quede dentro del túnel a -20!

–        ¡Vete a cagar! – respondía el Moro – que tenga tiempo el tío pa montarse sus películas to el rato ¡será gandul! ¡Lo mismo te queas weno pa ná y se te quedan los huevos como dos cubitos de hielo!

–        ¡Si yo gano os invito al Escándalo! – insistía Carlitos sabiendo que una invitación al puticlub más famoso de la Costa del sol nunca era rechazada por ningún pringao ni ningún chusmetilla que quisiera cerrar un trato con una buena pilingui al lado para celebrarlo.

–        Tú estás chalao – decía Conejo – tú estás confundío Carlitos, tú lo que quieres es irte a meter al otro puticlub, al de los nabos que está en Torroles y quieres que te acompañemos, pero yo por ahí no cuelo ni jarto de vino.

Yo me callaba. El tema no era conmigo, yo sólo quería irme a casa a calentarme las manos en el teclado del ciber a ver si conocía algún gato nuevo con el que enróllarme. Al día siguiente volvería y los machitos seguirían con la misma retahíla: o insultándose verdes de envidia o chupándose los nabos entre sí con algún piropo por el coche nuevo que alguno trajera; eso si había suerte y no se liaban a hablar de futbol.

–   ¡No vea’ qué guapo er coshe que tas comprao’, illo!

–        …Este se la ha cascao’ al padre pa que se lo compre tal y cual…

–        Estotro no sabe hacer la “O” ni con un canuto y sa’ sacao’ la licencia a la primera ¡Ay que vé!

–        ¡Este cree que es to el monte de orégano! ¿Cuándo pensará que las cosas se ganan arrimando el hombro?

Envidias iban y venían esa mañana temprano cuando llegó Conejo con el Chrysler nuevecito. Burlas y mala leche por la tarde cuando llegó con una rueda pinchada en la mano.

Me quedaba yo y el Moro hablando de la vida, por la tarde, después que habíamos apagado los túneles y los hornos, para luego pasar el mosho al ritmo de Los Chunguitos o de Triana. La mejor hora del día. El Conejo ya se había ido con el último reparto a Miraflores y Carlitos se había ido a la cocina a merendarse un gazpachito con la de la limpieza que le seguía detrás para limpiar la de mierda que siempre dejaba.

–        ¿Qué va a hacé er finde? – me preguntaba el Moro, que de moro no tenía nada, sólo que le llamaban así por haber hecho la mili en Ceuta como cinco millones de españoles más.

–        Po dormir – le decía yo.

–        ¡Digo! ¡Ya dormirá cuando esté muerto! Tienes que meterte una juerga como Carlitos que siempre llega los lunes cubicao’ y habiéndose metío un par de fideítos.

–        ¿Y tú qué vas a hacer, Moro?

–        Pos yo ya estoy viejo; yo me voy a mi casa, que es como un campanario…

–        ¿Y eso?

–        Pos que cuando llego salen mis tres churumbeles gritándome “pan, pan, pan…”

–        Anda Moro y la que te parió que esagerao’ que ere’

Cerrábamos la nave y preparábamos los carros de pan para la gente que entraba a las nueve de la noche. Lo que venía luego era lo mejor: montarse en la camioneta más antigua con la basura acumulada e ir a tirarla a Campanillas. El mejor rato porque, en aquel tiempo yo no tenía licencia y la llevaba hecho un pedo ¡Como un gatito, que delicia de caja de cambios!

–   Chilenooo, ¿conoces Marruecos? ¡Qué bello país!

–   ¿Qué tiene de especial?

–        ¡Güiri, güiri, güiri…! Lo que ma disho er chileno de los cohones… ¡Cuidao la rotonda que yo soy padre de familia! ¡Que no conoce Marruecos el chileno! ¡Ah, que delicia de país aunque tenga por tos laos el careto de ese Rey coñazo!, los encantadores de serpientes de Djemaa El Fna, las montañas de naranjas para el zumo, los vendedores de agua, los carteles de coca cola en árabe, los vestidos de la novia, las especies, la Koutuobia, los ruiditos que hacen las mujeres marroquíes con la boca en las bodas, los hombres que no saben bailar, la inauguración de la mezquita de Casablanca a la que ningún mandatario asistió, la torre de Rabat inconclusa, las rotondas de Casablanca, las palmeras, los camellos, los restoranes en el medio del desierto bajo las estrellas dibujadas en una carpa, las medinas, las calles, los trapicheos, la Mamounía, el leben, los dátiles… ¡La madre que me parió, la rotondaaaa!

Después que vinieron los de atestados a la rotonda aquella, que viniera la grúa a enderezar la furgoneta y que nos dejaran ir a tirar la basura con un multón acojonante encima, nos fuimos al Parque de regreso a la nave a dejar todo cerrado. Cuando llegamos la chica de la limpieza se había ido dejándonos una nota:

“Cómo os pasáis, cabrones, me he tenío que ir dejando to abierto y a Carlitos no le encuentro (sabrá io’ al Escándalo despué del porculo que me dio) Tirar la botella de Cacique vacía que me encontré tirá en la cocina y cerrar to que ya os veo el Lunes. Buen finde ¡Guarros!”

–        Se masca la tragedia – le dije al Moro y éste me soltó una de sus risitas acojonadas como cuando le pillaban metiendo el pan a la cámara aún caliente.

–        ¿Qué fue lo último que le escuchaste decí a Carlitos antes de irnos a tirá la basura?

–        Pos que éramos unos mariquitas…

–        ¡Tira pal túnel que de aquí yo oigo los motores…!

Y ahí estaba Carlitos; detrás de la puerta del primer túnel que estaba encendido, congelado y azul. El hombre de las nieves había ganado la apuesta.

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