EL MIEDO


 

 

Primeros días de Mayo.

Cristián sabe que tendrá que ausentarse un par de horas del trabajo por motivos personales, pero no habrá problema. En el estudio pueden presentar el proyecto de dinámica litoral sin él porque se entregó a tiempo y lo dejó tan bien atado que no hay motivos para que se produzca una pequeña hecatombe en su ausencia. Está tan seguro de sí mismo y de su talento que el mote de Señor Exitoso lo ganó a pulso y con creces. Todo en la vida le ha salido a pedir de boca y jamás se vio en la obligación de dar disculpas, corregir y volver a postular a nada. Todo descansa sobre sus hombros: las decisiones más importante que ha tomado a nivel profesional y humano han sido las más acertadas, las más justas y las más rentables. Merece ese par de horas que se tomará sin consultar a nadie.

Es el Señor Exitoso. Es Cristián.

Flamante. Conduce su BMW serie 3 por las calles de Madrid saltándose las luces rojas, seguro de jamás ser multado y corre como si estuviese solo en el mundo con una mano en el volante y con la otra contestando llamadas al móvil. Va de camino al aeropuerto internacional de Barajas a por Victoria, la madre de su mejor amiga, que estará de visita en la ciudad unas semanas para mostrarle los mejores restaurantes, las mejores exposiciones y los mejores musicales. También se encargará de enseñarle su gigantesco dúplex, en pleno paseo de la Castellana, que compró apenas un par de semanas atrás y que aún no logra decorar. Sentir que ella le envidia, aunque sea un par de segundos, valdrá la pena todas las molestias que se ha tomado a modo de pago por hacer de guía turístico.

Le vendrá bien la visita de Victoria por eso que es la mejor decoradora de interiores de Chile y la más cara aunque, como todo genio, es muy despistada. Bien por ella, piensa Cristián, pero ahora te mostraré lo que yo tengo.

Cris lleva tantas mudanzas de ciudad en ciudad que siente que se ha deslavado su estilo propio dejándose llevar por el consejo de extraños en decoración y buen gusto. La visita le vendrá bien. Cristián tiene la intuición de que ese día aprenderá mucho más de lo que espera recibir.

Aparca el coche y se dirige caminando seguro hacia la puerta de llegadas de la T1. Se detiene junto a la entrada y enciende un cigarrillo que fuma con parsimonia. Se mira en los cristales de la terminal y se arregla el cabello rubio y la camisa de Custo que le costó algo más que una habitación en el Ritz. Mira su reloj y hurga en su cartera la hora de llegada del vuelo desde Santiago de Chile. Ha llegado a tiempo y le sobra para tomarse un café. Sólo un detalle no le permite relajarse: Victoria olvidó enviarle por e-mail su número de vuelo porqué la inepta de su secretaria consiguió a última hora la reserva. Cosas de mujeres importantes que se ven obligadas a delegar estas nimiedades a secretarias con más piernas que cerebro. Pero no importa. Cristián sabe que Victoria ha apuntado su móvil personal y, la última vez que hablaron, quedaron en que ella le llamaría para decirle en qué puerta le esperaba.

¡Ya es la hora! Sólo espera que Victoria, en su despiste, recuerde llamarle a su móvil para decirle cómo viene vestida y así poder reconocerla fácilmente. La imagina como una señora de cuarenta y cinco años, guapa, segura, bella y altiva como le hubiese gustado que fuese su madre. Mujeres con pies de plomo.

Se acerca a las pantallas con información de lo vuelos que en ese momento están en tierra. Son las diez de la mañana y han aterrizado tres vuelos procedentes de Chile; los tres sin retraso y los tres con el mensaje de landed parpadeando. Un ligero picor le invade desde el cuello a la nuca.

Con el móvil en la mano decide llamar a Victoria pero el teléfono aun está apagado. Se tranquiliza. Probablemente ella aún esté en las cintas esperando su equipaje y con el móvil en su cartera, apagado.

¡Por fin! Ve venir hacia él a una mujer bellísima de cabello rubio, gafas oscuras, abrigo largo y una discreta maleta de cuero. Se acerca a ella pero ésta no le reconoce y pasa de largo rauda a coger un taxi. Se ha quedado con la sonrisa de triunfo en los labios ¡Ya tiene ganas de enseñarle su coche, su oficina y su dúplex!

Insiste remarcando el teléfono de Victoria pero ella está fuera de su alcance.

¡Otra llamada! Esta vez de la oficina. Son buenas noticias: El proyecto ha sido aprobado por la junta y ahora sólo falta que lo apruebe el cliente ¡Ya puede hacer reformas en su piso propio y darse luego unas vacaciones en Dubai! ¡Qué fácil ha sido todo como siempre! ¿Qué chileno consigue eso en menos de tres años?

Victoria ¡Te vas a morir de envidia pero dejaré que invites la cena en Horcher!

Toda la gente de los tres vuelos de Chile ya han salido y Victoria no aparece por ningún lado. Vuelve a sentirse intranquilo porque no ha habido retrasos ni cambios de ruta por mal tiempo. Es mayo y no es época. Coge el móvil y llama a Chile.

– ¡Oye! ¿Estás segura que tu madre cogió el vuelo a Madrid ayer? – pregunta con un deje en la voz de superioridad – ¡Ya sé que no te hablas con ella pero podrías preocuparte un poco! ¡Déjalo, ya me las arreglaré!

Se acerca a la oficina de atención al cliente de la aerolínea y pregunta por todos los vuelos de ese día que llegan a la T1, exclusivamente, pero nada. Han llegado los tres y sólo cabría esperar que Victoria haya cogido el que viene tres horas más tarde debido a una escala apresurada en Buenos Aires, pero duda de ello porque una mujer de su importancia jamás se tomaría las molestias de hacer escalas en aeropuerto alguno ¡Menos aún en Argentina! ¡Sería una vulgaridad!

Cristián tiene en la mano un recorte de papel que la chica de atención al cliente le ha deslizado en el mostrador con dos números de teléfono y se pregunta de qué pueden ser.

Los mira atentamente. Acaba de caer en ello. Cogió el papel de las manos de la chica en un acto reflejo como cuando pasea por la Gran Vía y acepta los papeles con publicidad de restaurantes. Lo mira con atención.

Información policía: 913010920. Sala de inadmitidos: 913054213.

Su rostro se desfigura de indignación ¡Pero quién se han creído que soy! Regresa al mostrador y pregunta al encargado por esos teléfonos y le aconsejan que llame porque probablemente Victoria esté retenida por algún tema legal.

¿Victoria una delincuente? ¿Victoria sin documentación? ¿O Victoria intentando quedarse en el país por más tiempo del permitido? Las tres hipótesis son ridículas. Ella tiene el dinero suficiente para hacer que cualquier ministro le ceda el paso y le abra las puertas de los palacios de la ciudad.

Improbable ¡Es un error y se van a enterar de quién es él!

Pide la hoja de reclamaciones y le entregan tres o cuatro. El encargado le mira de soslayo y le molesta que éste no le mire con respeto. Escribe a toda prisa que no le han informado de retrasos en el vuelo, que han perdido a una pasajera y que no hay nadie eficiente que le informe con seriedad. El encargado le retira la reclamación, la archiva sin hacerle mucho caso y se acerca a él para decirle en voz baja que se acerque a la Policía unos pasos más allá por si su amiga ha violado algún acuerdo internacional. Cristián le da la espalda dejándole con la palabra en la boca y sale hacia la salida de taxis a fumarse un cigarrillo decidido a esperar esas tres horas por el siguiente vuelo. Llama a Chile y confirma con la secretaria de Victoria que ésta sí cogió el vuelo y que la hora de llegada era la correcta, no así el número de vuelo que lo debe haber tirado por allí. Le cuelga dejándole con la palabra en los labios.

¡Imbécil! ¡Apenas vea a Victoria le aconsejará que despida a su secretaria de inmediato!

Mira nuevamente el papel blanco con los teléfonos y se sorprende llamando al teléfono de la Policía donde le dicen que no hay ninguna Victoria en los tres vuelos que aterrizaron en la T1 (cosa bastante increíble más aun sabiendo que es un nombre que está en boca de todos) Marca el teléfono de la Sala de inadmitidos porque le han aconsejado en Policía hacerlo y pregunta por su amiga por si ha tenido algún problema y está retenida allí.

– ¡Hola! – dice algo aburrido – Quiero preguntar por una mujer llamada Victoria, de nacionalidad chilena y que debió haber llegado en el vuelo de Santiago de Chile.

La mujer que le coge la llamada suena bastante desganada y triste. Ella le explica que, en efecto, hay una mujer que responde a ese nombre pero que ahora se encuentra retenida con la policía quien le está interrogando porque al parecer intenta quedarse como ilegal en España. O al menos eso es lo que la tal Victoria le ha contado a aquella extraña que ha cogido el teléfono.

Se hace un largo silencio. Cristián recobra la cabeza y sólo acierta a preguntar en dónde se encuentra esa sala de inadmitidos, pero antes de seguir preguntando la mujer continua hablando como si hablase sola.

Un nuevo silencio incómodo.

– Oiga – le llama la mujer – Me llamo Vanesa ¿puede ayudarme?

Cristián la ignora y atropella sus palabras insistiendo en que debe ser un error.

– ¿Puede ayudarme o no? – continúa la mujer – ¡Se lo suplico! Estamos aquí, somos personas de distintas nacionalidades: marroquíes, ecuatorianos, colombianos y nosotras dos que somos chilenas. Yo iba a París a reunirme con mi novio chileno pero me han retenido; dicen que si no tengo billete de regreso no van a dejarme pasar y me embarcarán en el primer vuelo de regreso ¡Lo peor es que mi novio vive desde hace un año ilegal en Francia y he dado sus datos sin darme cuenta y ahora le investigarán! ¡Probablemente le deporten a él también! ¿Puede ayudarme por favor, puede llamar a un abogado?

Cristián se niega. No está ahí para hacer de buen samaritano; si embargo, exige a la mujer que pregunte por Victoria y que averigüe cuando podrá salir de allí.

Vanesa se ríe triste. Están hacinados en esas dependencias, que desconoce donde se encuentran y no sabe cuándo podrán reubicarlos en otro vuelo.

Cristián corta la llamada y se acerca a las oficinas de la policía donde una mujer le informa que probablemente su amiga no salga de allí hasta no terminar la entrevista y que sin lugar a dudas pase la noche para ser deportada.

¡Victoria deportada! ¿Qué le dirá a sus amigos de la oficina? ¡Menuda vergüenza general!

– Señor – interrumpe la mujer policía – su amiga pasará a disposición de las autoridades y no hay más de qué hablar. Haga el favor de dejar que otros hagan sus consultas y vuelva a casa. No se preocupe usted de nada, ella estará bien, se encargarán de dejarle una manta para que pase la noche y que no pase hambre mientras espera su vuelo de regreso.

– He hablado con una mujer que ha estado con ella y me dice que están hacinados en un cuartucho, sin comida ni nada y que pueden pasar tres o cuatro días antes que logren viajar a sus países de origen ¡Qué es esto! ¡Incluso en la frontera con Ceuta tratan mejor a la gente!

– Haga el favor de tranquilizarse – le responde la policía – O llamaré a mi superior. Él no es tan transigente como yo.

– ¿Qué se a creído usted que es? ¡Tengo amigos en televisión y una cámara de video incorporada en el móvil para grabar toda esta conversación!

Cristián amenaza a la mujer con el móvil en la mano pero ésta le ignora acostumbrada a energúmenos así. Cristián, ignorado como el más vil de los delincuentes, se acerca a un costado del mostrador y hace una llamada a un canal de televisión. Su mejor amigo, redactor jefe de un programa de actualidad, le ha dado carta verde para grabarlo todo y para que luego le envíe todo por mail ¡Esto va a ser la bomba! ¡irregularidades en el aeropuerto como si no hubiesen tenido bastante con los retrasos de los vuelos!

Vuelve a llamar a la sala de inadmitidos pero esta vez lo coge un colombiano que le dice que Vanesa está siendo interrogada ahora. Éste también le pide ayuda ¡Tengo dos hijos en Barranquilla, señor, por favor ayúdeme!

Cristián corta. El mundo le da vueltas ¿Dónde está esa sala de inadmitidos? Nadie ha querido decirle nada, ni cómo se encuentra la madre de su amiga, ni siquiera si está bien, si están respetando sus derechos y si puede hacerle llegar algún mensaje. Imposible. La Policía no está para eso. Es como intentar ayudar a un enfermo terminal sólo que en este caso podrías estar junto a él y confortarle ¡Nada! ¡Inhumano por completo!

Se encara al jefe de policías amenazándole con el móvil en la mano y grabándolo todo a riesgo de que le encierren.

¡Soltarla! grita desesperado ¡Qué les hacéis en esa sala! ¡Esa gente pasa hambre y frío! ¡Dónde les tenéis! ¡Es acaso aquí mismo detrás de este mostrador! ¡Dónde están!

El jefe de policía, en un gesto de infinita paciencia, le toma por el brazo y le arrastra a un rincón ante la mirada de la gente que hace la fila para preguntar por sus seres queridos, esos que jamás llegaron a ver y que detuvieron a pasos de ellos.

– Tranquilícese – le dice – usted es libre de llamar a la televisión, al Gobierno, a quien usted quiera, pero eso no impedirá que nosotros sigamos nuestro protocolo. Váyase a casa y llame a su amiga dentro de una semana a Chile. Le aseguro que llegará allí sana y salva ¡Confíe en la Ley porque estamos para ayudarle! Le doy mi palabra que esa gente no sufre tortura ni cualquier otra cosa que vaya en contra de los derechos humanos. Los potencialmente ilegales son tratados con respeto ¡No le repetiré esto nuevamente! Ahora váyase a casa.

El policía le suelta del brazo y Cristián se aleja impotente. Ha grabado todo y lo envía a la redacción del canal ¡Pronto estará aquí un equipo de periodistas y veremos quien ayuda a quien!

Llama a la sala de inadmitidos nuevamente y logra hablar con Vanesa. Ya ha salido de la entrevista pero Victoria continua adentro.

– Ya no hay mucho que hacer – le aconseja ella – le han abierto expediente para deportarla como a mí, sólo que no sé porque no la dejan salir de esa sala. Quizá algo de drogas. Lo siento.

Cristián sufre un ligero desmayo pero logra asirse de  un asiento donde una mujer le cede su asiento y le deja una botella de agua. Se pone en pie, más decidido que nunca y camina hacia el aparcamiento con las llaves de su coche en su puño apretado ¡Va a escribir a todas las redacciones de todos los periódicos de España, a todas las televisiones y a la Embajada de Chile!

Una nueva llamada de la oficina para decirle que el cliente ha rechazado el proyecto porque el presupuesto, que él mismo se encargó de revisar y cuadrar como para que pudiese reformar su piso nuevo, ha sido sometido a nuevas evaluaciones que implican que su criterio está en tela de juicio.

¡Lo que me faltaba! ¡Venirme a hacerme algo así!

Mira su reloj. Han pasado algo más de tres horas entre discusiones, llamadas de teléfonos, rellenando papeles de reclamaciones y enfrentándose a la policía sin tener respuesta. Abre la puerta de su BMW, se sienta en el asiento de cuero y enciende su portátil con wireless. Tiene tres correos nuevos. Los tres de Victoria.

Primer mensaje: Con las prisas he olvidado tu teléfono en Chile y no tengo cómo localizarte”. He llegado a la terminal T4. Aquí te espero. Mi vuelo era con Iberia ¿Lo recuerdas?. Victoria.

Segundo mensaje: Llevo esperándote tres horas en llegadas de la T4. Me cojo un taxi a un hotel que, a falta de tu amabilidad, me ha reservado mi eficiente secretaria. Si la hubieses dejado hablar cuando llamaste a Chile podría habértelo comentado. Victoria.

Tercer mensaje: ¡Qué fuerte! Ya estoy en el hotel y ni siquiera has tenido la decencia de llamarme al móvil que tengo encendido desde hace horas y así saber que he llegado bien. Ni sueñes que te aconsejaré con la decoración del cuchitril de piso que debes tener ¡Maleducado! ¡Y que sepas que he llamado a la oficina donde trabajas y les he dicho que tengan cuidado contigo porque no eres una persona de confianza y mucho menos sabes actuar como un profesional. Gracias por tu hospitalidad. Victoria.

Cristián palidece. Ese día Victoria le ha dado una lección de humildad que está seguro que jamás olvidará. Coge el móvil con prisa, sudando a mares, casi llevado por la desesperación y escucha la voz femenina al otro lado de la línea.

– Hola – dice – me llamo Cristián ¿Es usted Vanesa, la chilena?

– Sí – le responden – tengo que pedirle disculpas, pero creo que la Victoria que usted buscaba no está aquí. Hay otra que se llama igual pero es una humilde viejecita que no tiene a nadie y ahora van a deportar a Chile ¿Quiere que se la pase?

– Sí, déme con ella – dice Cristián seguro.

Desde ese día Cristián, el Señor Exitoso, llama cada noche al teléfono de la sala de inadmitidos del aeropuerto de Barajas, a eso de la medianoche, cuando alguien más lo necesita, sólo para escuchar al otro lado de la línea a alguien que ha tenido menos suerte que él en la vida.

913054213. Desde el extranjero anteponer 0034.

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