EL PEDERASTA


Sé que ya me has juzgado y ni siquiera he comenzado a contar nada.

Este es mi verdadero yo.

Mi historia comienza de jovencito cuando tenía problemas en casa con mi padre, problemas que no voy a contar aquí porque ya están superados a mi modo, problemas que mi padre se llevó a la tumba. Escapé de casa porque lo necesitaba, necesitaba probar que era capaz de explicarme esta vida a mi modo y con mis propias leyes. Y así fue. Había otra persona dentro de mí que quería salir.

Se podría decir que me construí a mí mismo según mi propia escala de valores y sobreviví vagando por las calles de la capital, donde me escapé, esquivando sinvergüenzas en busca de un trabajo decente con sólo dieciséis años y, después de golpearme por años en todos los aspectos terminé trabajando en una triste oficina que, con los años pasaría a llamarse consultora de algo. De lunes a viernes era una vida perfecta la que tenía: estaba soltero, alcancé un poder adquisitivo decente y me daba mis caprichos. A mi familia la olvidé. Los fines de semana me escapaba por ahí a jugar el papel de salvador de chicos. Me iba a los bares y las calles más oscuras buscando a los más desvalidos para ofrecerles una vida mejor; ofrecerles lo que nadie me ofreció a mí cuando lo necesité. Les compraba ropa, revistas, vinilos, les dejaba vivir en casa a mi costa y les daba todo lo que mi sueldo me daba a mí. En el fondo fui un buen padre para todos ellos.

Uno de estos chicos era Miguel, que era un pequeño diablillo muy listo. Desde el momento que le vi pidiendo que le invitaran a una copa en Bellavista sospeché que sería mi perdición y yo su salvador. Llevaba un carné falso y tenía dieciséis, pero yo pasé de largo este detalle hasta que un día, invadido por el miedo y la culpa, llamé a su casa y sus padres vinieron por él desde la cordillera. Nunca vi un par de padres más agradecidos. El chico estaba desaparecido desde hacia semanas y por poco no me cae una buena a mí por ir de buen samaritano. Gracias a Dios todo eso duró lo suficiente y después de aquella mala experiencia me contuve de recorrer las calles en mi coche y cuidé de no recoger a nadie camino a casa.

Pero no se puede escapar a la naturaleza humana.

En el jardín hoy he aprendido los días de la semana gracias a Blancanieves y los siete enanitos que son los días. Mi preferido es el enanito gruñón que es el día miércoles porque corta la semana en dos e indica que el fin de semana está pronto a venir y podré dormir hasta más tarde y luego jugaré todo el día en el cerro a construir ciudades con tierra. Me gusta jugar con las hormigas negras que hacen filitas y arrastran hojas de plantas para meterse en un hueco en la tierra ¿Cómo lo harán para organizarse con la comida? ¿Harán ciudades bajo tierra? ¿Y si llueve no se mete el agua por los huequitos y no se mojan?

En mi vida son todas preguntas, nunca nadie me dio una respuesta a lo que sentía contra mí mismo, nunca. Caminaba por las calles del centro, entre los recovecos de los cines X y las cervecerías y la gente me miraba como si lo llevara escrito en la frente y se apartaban tanto como yo me apartaba de ellos. Era como un maldito que nunca aprendió a actuar según el día de la semana que vivía.

Necesitaba vacaciones lejos de la capital. Me ahogaba. Recorrer caminos y destinos circulares no le hace bien a nadie. Para airearme planeé un viaje al sur en tren. Corría el verano de 1997 así que me junté unos días y decidí hacer este viaje nostálgico para replantearme mi vida porque no quería vivir como aquellos europeos que se van a Tailandia a buscar jovencitos.

En un primer momento pensé en hacer este viaje con algún compañero del trabajo que quisiera venirse conmigo pero mis pocos amigos tenían planes alternativos más entretenidos que recorrer el sur con una mochila al hombro; algunos estaban casados, separados o tenían novia, otros preferían viajar con paquetes turísticos contratados con todos sus hijos y a otros simplemente no les atraía lo más mínimo esta estúpida idea. Sólo yo sentía en el pecho que aun era joven. Así que decidí irme solo.

Me monté en el tren al sur una tarde soleada en Santiago y partí sin saber qué sería de mí. Tenía veintiséis horas para recorrer mi vida y decidir, hasta llegar a Puerto Montt, convencido que allí estarían las respuestas que necesitaba envueltas en un paquete de regalo abandonado en la estación. A pesar de mi angustia el viaje fue fabuloso y llevadero gracias a la vista de aquellos niños que vendían frutas en cada parada. Habían más mochileros como yo que cantaban y tocaban la guitarra buscando respuestas en las letras de Silvio Rodríguez, pero no hay respuestas en las canciones. Allí sólo están los sentimientos del autor y no los míos.

En casa se van a enojar conmigo porque me he meado en los pantalones sin querer. Es que me da vergüenza ir al baño y mear con todos esos niños y niñas con sus cosas al aire. Me han puesto junto a Blancanieves, en la pared, junto a otra niña que se come los mocos y siempre llega despeinada al jardín. Si puedo me escapo porque cuando vengan a buscarme a las cinco seguro que me pegan. Si la profesora no se da cuenta me pondré junto a la ventana para que se me sequen los pantalones con el sol. Y si me pregunta algo le diré que me aburría y me puse a jugar con un tren en el suelo.

Esa noche soñé con serpientes envueltas en el ruido del tren que venían siguiéndome desde la capital. Y desperté. Creo que llovía y a la distancia vi rayos luminosos señal que los problemas no se irían. No mientras moviera mis pies.

Al amanecer del día siguiente me despertaron los chicos que se colgaban del tren de camino al aserradero, hacha al hombro, a la tala. Me siento como un perro olisqueándolos a todos porque no hay nada más sabroso que el sudor de un chico joven.

Había una niña que no tendría más de dieciséis que llevaba un bebé en brazos sentada frente a mi lado. Iba acompañada de un chico que parecía su novio que apenas hablaba. El chico se bajó en una de las ciudades del sur y nunca más supe de él y sospecho que ella tampoco. En un momento en que trabamos amistad ella me dejó el bebé en brazos para ir al baño. El bebé era precioso y estaba hambriento. Saqué de mi mochila una caja de leche y se la dí gota a gota como si le amamantara. Algo dentro de mí me carcomía, me estaba matando. Las manos de ese bebe que apretaban mis dedos gigantes y su mirada transparente me atravesaban.

Todo el mundo conspiraba para enloquecerme de un momento a otro; los niños que insistían en que les comprara fruta en bolsas de plástico, los chicos del aserradero, el camarero que era muy jovencito y no paraba de mirarme para que le comprara y le salvara de su vida desgraciada.

Hay un niño de cabeza muy grande que está todo el rato mostrándome sus dibujos y son muy lindos, pero no para. Como no le hago caso me los pone en la cara y luego se ha entretenido tirándome los lápices de colores al delantal. Como me ensucie le parto la cara porque si llego más sucio de lo que ya estoy en casa no querrán hacerme el disfraz de payaso y mañana no podré venir como los demás a festejar Halloween. ¡Quiero venir y que todos vean el traje de payaso brillante que me está haciendo mi tía! Quizá tenga suerte y venga un circo al jardín, y si me ve el payaso jefe quizá pueda salir en la función con los leones. La profesora me lo prometió si no vuelvo a mearme en los pantalones.

Para el resto de niños del kinder seré el mejor de los payasos y todos se reirán conmigo.

Para el resto de pasajeros del vagón somos como una feliz familia de jovencitos irresponsables: yo, el bebé y la chica. Todos se han acostumbraron a vernos juntos aunque por dentro me muero de ganas de comerme ese bebé y a su madre a besos.

No paro de sudar como un animal y el bebé se resbala por mis manos así que se lo he regresado a su madre. Hablando con ella supe que se había quedado embarazada del chico que le abandonó al bajarse del tren y ahora iba de camino a ninguna parte con el hijo de ambos de regreso a su casa donde le esperaba su madre y su padrastro. Era una niña hermosa y era su fortaleza lo que más acentuaba sus mejillas sonrosadas.

Por la tarde ella tuvo frío y le dejé mi saco de dormir para que se abrigara con el bebé. Como única comida se comió una manzana verde y al bebé le daba de mamar. Cuando éste lloraba ella le daba el chupete ensalivado antes por sus labios y el pequeño se dormía.

Por la tarde se ha nublado y me ha dado mucho frío así que la profesora me ha dejado una manta para echarme la siesta con los demás. Pero en un descuido suyo le he dicho que ya he aprendido a mear y me ha dejado ir solo al baño. ¡Por fin podré escaparme a casa! Si tengo suerte llegaré calladito, me cambiaré el pantalón y le diré a mamá que nos han dejado salir antes para poder probarnos los disfraces del día siguiente. Mamá seguro se pondrá contenta.

En mi interior sabía que no podría escapar a mi naturaleza y apenas el tren se detuvo en una estación decidí desaparecer. En el bolso de la chica metí algunos billetes que sé que le vendrían bien. Mi corazón no daba para más y corrí hacia la salida de la estación muerto de miedo porque sabía que Dios me estaba mirando.

Vagué por la estación e hice parar un autobús al norte de regreso. No sabía adonde ir, estaba completamente desorientado y por cada esquina que doblaba aparecía un maldito niño con fruta embolsada.

Brinqué dentro del autobús a la capital de donde había salido completamente avergonzado por intentar escapar de algo que no conocía pretendiendo que las soluciones cayeran con la lluvia. Había sido todo un error ¿dónde pretendía ir si mi naturaleza iba conmigo?

Me bajé en Talca, al día siguiente y vagué con la mochila a hombros alrededor de su plaza de armas y me senté en una banqueta que daba a una esquina y sin querer me vi rodeado de un grupo de niñas gitanas que insistía que les fotografiara con sus vestiditos de colores. Les hice la foto con mi cámara y me largué a toda prisa. Al llegar a la esquina un coche se detuvo y un extraño hombre bajó la ventanilla. El hombre aquel no tendría más de 35 como yo, pero quizá le llamó la atención que yo no representara mi edad.

– ¿Te llevo? – me preguntó.

El extraño usaba gafas y parecía un profesor de primaria; vestía traje y fumaba un cigarrillo. Al mirarle a los ojos asentí sintiéndome reflejado en su mirada.

– Podemos pasar un buen rato – me dijo – Vivo cerca de aquí.

Menos mal que vivo cerca, como a dos calles del jardín así que le ahorraré a mamá el venir a buscarme aunque no debo abusar de eso porque ella me ha dicho que a medida que crezca los colegios me quedarán más lejos. Incluso la universidad puede que me quede en otra ciudad y ella reza para que vaya a ella. El crecimiento es así, como cuando los pajarillos aprenden a volar; la mamá pájaro les enseña a volar a los pajaritos hasta que se alejan más y más y ya no vuelven nunca más. Yo le he prometido a mamá que aunque vuelve muy lejos siempre volveré a casa. A veces me dan ganas de saber lo que pasará cuando sea grande.

Quizá aquel extraño hombre me de respuestas porque hace lo mismo que yo hago en la capital, el mismo deporte. Estuve hablando dentro de su coche unos minutos y me di cuenta que él no buscaba respuestas como yo, sólo buscaba diversión. Estaba acostumbrado a lo que hacía y le divertía que la sociedad le viese como una persona respetable. De él no aprendería nada.

Él me llevó a su casa. Entramos y me sirvió una cerveza sintiéndome como un niño que sabe que le van a hacer algo muy malo. La casa estaba cubierta de pared a pared por crucifijos e imágenes religiosas, cosa que me dio mucho asco. Me cogió de la mano y me llevó a través de un pasillo que terminaba en una pequeña puerta que comunicaba a una sacristía.

Era sacerdote, uno muy joven cuya belleza destacaba aún más con la luz de aquella pequeña iglesia.

– Ayúdame por favor – le pedí.

¡La puerta estaba cerrada! Voy a tener que salir por la otra que da a la reja de colores y me la voy a saltar ahora que la profesora ha salido a hablar con las otras tías.

Subiendo por el patio de conchitas hay un camino que lleva a las rejas del jardín infantil y ahí hay un hueco por el cual puedo salir. Si me doy prisa nadie me verá y llegaré a casa antes que salga mamá para venir a buscarme.

– Me voy ¿cómo salgo de aquí? – le pregunté amenazante y su mirada lasciva desapareció de inmediato.

No puedo vivir así toda mi vida buscando la felicidad en lo que a otros da dolor.

Me miró asombrado y cogió una pequeña biblia para instarme a rezar, pero dudo que las escrituras me diesen respuestas a un sentimiento humano tan fuerte. Así que dí media vuelta y me fui dejándolo de pie en aquella pequeña iglesia.

Salí a la calle y caminé perdido en esa ciudad tan pequeña. Muy cerca de allí había un jardín infantil y me senté en una banco junto a una camioneta aparcada. Antes de anochecer alquilaré un coche para regresar a la capital, pensé.

Este no era el día en que yo iba a cambiar mi vida. Nada va a cambiar nada por más que yo quiera. No puedo dar gracias a nadie, no me puedo redimir, me siento como un asesino al volante que conduce a un abismo para despeñarse.

Suicida, así me siento, suicida a manos llenas. Suicida que da cortos paseos por el cerro San Cristóbal, suicida que admira cuadros pintados en otras épocas por otras manos con talento, suicida que lee libros temáticos, suicida que no tiene la suficiente valentía para aceptar el camino que alguien eligió por nosotros, alguien que pone en nuestro camino los desvíos a la ruta principal.

Acabar mi vida no me va a dar respuesta alguna. Quien decide escaparse de ese modo no soluciona nada, no es valiente por no tener miedo a la muerte.

¡Suicida! ¡Es a la vida a la que temes!

¡Hay una camioneta que es como la de papá! ¡Es igualita! Seguro me han pillado que me meé en los pantalones y han venido a buscarme. Habrá sido la profesora que llamó a casa para acusarme por meón. Me metí bajo el hueco de la reja y he salido a la calle pero me he raspillado las piernas con las conchitas. Si me quedó sentado en la acera un rato dejará de sangrarme.

Cuando crezca quiero ser muchas cosas: bombero, policía, astronauta y explorador para ir a la legión extranjera y conocer el desierto del Sahara. Si me porto bien y estudio mucho la vida me alcanzará para todo eso y más y si soy bueno y estudio más aún quizá pase a ser jefe de los astronautas y les diré que nos vayamos a vivir a Marte para ver por las tardes como La Tierra se pone en el horizonte. Mi padre me dice que salga a la calle a jugar con los otros niños pero yo quiero estudiar para ser muchas cosas y tener muchas novias (en el jardín tengo cuatro, pero hay otra que un día me dio una manzana así que yo creo que tengo cinco)

¡Mi vida va a ser súper entretenida! ¡Lo juro! Y por más lejos que llegue siempre volveré a casa a ver a mi mamá aunque ella insista que los hijos no vuelven jamás.

Recorro mi vida como si viera en un cine a solas las imágenes grabadas en celuloide. Crecer sin amor, Tentación, querer ser otro, buscar el amor que no me dieron en cuerpos indefensos, culpa, dolor y arrepentimiento ¿Porqué me da placer el dolor de un indefenso? ¡Porqué!

Nunca me gustó ceder a mis deseos, pero lo hice movido por un sentimiento tan poderoso como el mar que arrasa y se come las costas de este país, que finalmente terminará ahogado por el mar que le acaricia. ¿Y si algún día voy más allá, donde no me atreví a cruzar, a los campos del crimen? ¿Qué pasará el día que mis manos maten movidas para borrar las huellas que ellas hagan?

Mi vida no da respuestas porque es circular. La vida de todos lo es; una y otra vez, una pregunta tras otra como las cucharadas de comida que se traga un niño sabiendo que no podrá vomitar el alimento. Miedo insuperable, miedo a que no pueda sentir arrepentimiento y me vea frente a un juez con la mirada fría y el rictus en la boca aquel que adoptan todos para decirle al mundo: Aquí estoy, soy culpable y vuestra madeja de leyes me absolverá. Quizá tenga suerte porque los hombres como yo siempre la tienen cuando están frente a un jurado popular inepto.

¡Me siento completamente lleno de mierda!

¡Me he sentado en una mierda de perro! ¡Ahora si que me matan en casa! Ni siquiera puedo sacarme la mierda con una piedrita y tengo tantas ganas de echarme a llorar que no me aguanto, pero los niños grandes no lloran.

Hay un hombre sentado junto a la camioneta que se parece a la de mi papá. Si le pido que me ayude a limpiarme seguro me dice que sí.

– Señor, ¿me deja un pañuelo para limpiarme el pantalón?

Que hombre más raro. Le he pedido que me ayude a limpiarme el culo y ha cogido su mochila y ha salido corriendo como si yo fuera un fantasma. La rodilla aún me sangra, quizá me he muerto y no me he dado cuenta y por eso se asustó.

Me he metido dentro de la camioneta que estaba aparcada y no es la de mi padre. La nuestra es más bonita y tiene un perro que se le mueve la cabeza.

¡Qué tarde que es! Mi mamá ya debe estar en la puerta del jardín esperándome y yo aquí con una rodilla sangrándome y el pantalón lleno de mierda. ¡Seguro que mañana no me dejan venir con el traje de payaso!

A lo lejos oigo a mi mamá que me grita. Me voy a quedar quieto, si dejo de respirar quizá ella no se dé cuenta que huelo a caca.

– ¡Hijito, me tenías tan asustada! ¡No vuelvas a hacerme esto nunca más!

Yo creo que eso significa que me perdona ¡Qué feliz soy! ¡Mañana fijo que el jefe de los payasos me lleva en su circo por todo el mundo!

Sé que me has juzgado, incluso ahora que te conté mi historia.

loscuentosdefranbarrera

Sobre loscuentosdefranbarrera