EL REGRESO

Has vuelto al punto de partida, rodeado de gente que te imagina feliz, pero aguantan las lágrimas. Sus rostros son difusos.

Retrocedes, como si te hundieras en un pozo sin fin, y vuelves a sentir de la misma manera que sentías cuando eras niño; todo invadido por la fantasía. La realidad era aquello que te despertaba. No lograbas entender por qué todas las conversaciones de tus padres acababan en la importancia del dinero en vuestras vidas; no la importancia del dinero en sí, sino en cómo conseguirlo para no morir de hambre.

Vas más adelante, más rápido, otro tiempo en mitad de la noche, cuando te quemabas por dentro y te ardían los labios. Los pies desorientados en mitad de la noche, insaciable, incendiado, buscando ser amado. Desengañarse una y otra vez .

Volver al instante primigenio en que dijiste que no a quien te quería y esperar a ver adónde ibas con tu decisión. Ver estropearse los cuerpos, ver desechas las esperanzas, desmoronarse los mitos, los castillos y las promesas, ver envejecer los “te quiero“. Un rotundo no que cambió los ejes de tu vida y saber que hiciste bien.

La punzada de la enfermedad.

Nada tiene coherencia ni existen leyes que controlen el tiempo. Es un caos ¡Entropía!

Más atrás. No hay tiempo ni coherencia. Los años del hambre otra vez. Tú descalzo y mocoso de pie junto a tu hermana pequeña hambrienta. En las manos un melocotón que devoras mientras tu hermana te mira. No entiendes por qué está llorando.

¡Hermanita, perdóname!, gritas. Todos en la habitación se exaltan. Tu hermana, ya vieja, arrugada y canosa, coge tu mano y la besa. Ella no sabe qué es lo que tiene que perdonar. La vida siguió y siempre cuidaste de ella. Ella no recuerda el sabor del melocotón, ni lo recordará jamás.

Un vacío; el fin de tus días en un pobre flashazo que lo resume todo, lo primordial. No es que tu vida haya sido aburrida, sino que el equilibro universal decidió que aquellos últimos recuerdos serían los importantes, los más trascendentales. El fin es así: caótico.

Y regresará todo a su sitio. Regresará el olor del eneldo, el sabor del sudor de su cuello al despertar a tu lado, el tacto de los gatitos que rescataste de la línea del tren cuando eras niño, las voces del coro donde cantabas, el amanecer desde la terraza de un edificio arqueado a la orilla del mar, el viento en la cara al borde de la carretera, el tacto de las cuerdas de la guitarra, el sabor de las uvas del parrón, la sonrisa de tu bello niño rubio, la visión de las casitas blancas en los acantilados, el tacto de las sábanas impregnadas de la arena de la playa, los amigos que poco a poco irán llegando a despedirse; algunos vivos, otros muertos, pero todos vendrán a darte la bienvenida o el hasta pronto.

Quizá no haya un cielo, quizá no haya un Dios, pero esto es tu paraíso: la habitación que huele a parmesano, a vino rosado, a tierra mojada de casa de tu abuela, a mar y a olivos. Y alguien preguntará qué es aquel ruido como si maullaran gatitos. Y se hará un silencio que, poco a poco, se irá inundando en tu mente de los violines de Bittersweet symphony. Y te irás en paz.

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