FULGURATOR

(Basado en la historia de “Roque Santeiro”)

 

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Lo primero que dijo Beje, con un suspiro que le resquebrajó el pecho, fue una frase que decía un amigo gallego para justificar toda las putadas que le pasaban en la vida: “Deus é bo, pero o demo non é malo”. Nunca supo explicar el significado de esta frase, pero le parecía acojonante.

Beje llevaba largos quince minutos con los ojos medio abiertos, con una mano abierta haciéndole sombra sobre las tupidas cejas, que eran como dos gatos acostados, y la vista clavada en la estatua de cuatro metros que tenía enfrente que era clavadita a él, clavadita, clavadita. Era mediodía en la plaza del pueblo, no había nadie por las calles salvo una mujer morena, vestida como una esclava negra a la que creyó reconocer de algo, con su canasto, sus gritos, sus cosas y la gritó, pero ella no le oyó porque estaba pendiente del crío que le tiraba de los vestíos y de su mercancía del canasto: ¡Coxinha, empadinha, pão de queijo, quibe!, gritaba ella haciendo eco con una mano como si fuera un megáfono, pero nadie compraba por la calore. La mujer cruzó la calle con el canasto apoyado en la cadera sandunguera, las polleras al aire, la tela del mantel del almuerzo liado a la cabeza, el mocoso siguiéndola llorando por su teta y los pies descalzos y cansados caminando al suavito son de su culo. Beje la vio cruzar, al ritmo del pa ti, pa mi, pal perro, pal gato, y meter el pandero a una casucha blanca de piedra a la vuelta de la esquina. A Beje le sonaba que había hecho algo malo, pero que muy malo, pero no entendía por qué los de aquel pueblucho le habían hecho una estatua ni por qué se escondía todo el mundo a su paso (les oía respirar bajito detrás de las bisagras de los ventanucos y detrás de los goznes y chirridos de las puertas de roble meado de perro). Por unos minutos se quedó pensando, con la boca abierta y la baba escurriéndole por el cuello mezclada con sudor, luego reaccionó, aspiró hondo y recordó el nombre de aquella mujer: ¿Chea?, ¡Chea!, ¡Chea, coño!, gritó cuando ésta ya se había perdido de vista; luego vino el miedo, el susto, como cuando tu madre te abofetea de pequeño y te hace confesar, a punta de soplamocos, la verdad sobre quién ha pintarrajeado de pollas las paredes: ¡Aaaah, Dios, mierda, mierda, mierda!- gritó Beje -,¡Me cago en la puta hostia!

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            Los curas solían juntarse el último fin de semana de cada mes con Alejandro, el cura jovencito del pueblo de Beje, para irse de fiestón con los niñatos del internado que venían de los pueblos y no tenían donde dormir. En ese sentido se sentían como las drag queens de la costa que iban a ligar a los que hacían la mili: se los llevaban a sus pisos llenos de boas de colores, de tacones, de botellas de whisky y colecciones de vinilos – gran labor social de divertimento para volver a sentirse jóvenes y, al igual que los curas, sentir que hacían bien a alguien -, como aquella monja puta que repartía felicidad, como el calvo de Navidad, regalando bebés recién paridos a parejas que no podían tenerlos. Alejandro, el cura, se lo pasaban bien menos los lunes que le tocaba la marcha fúnebre detrás de los chavales recuperando copas, levitas, códices calisteños y alguna que otra dignidad perdida durante el fin de semana. Alejandro sólo se juntaba con curas jóvenes porque a los viejos les olía el hocicote y eso era de gente que no se lava. Tampoco le gustaban los curas viejos, por muy sabios que fueran, porque le espantaban las presas y, en su fuero interno, se sentía como una hiena colonizadora que desembarcaba en las costas de aquellos jóvenes a los que metía mano para ver si tenían a Cristo dentro. Nunca encontró a ninguno que llevara el espíritu santo en las entrañas anales, pero esa no era razón para cesar en la búsqueda.

En aquellos fines de semana las Iglesias de los pueblos se quedaban solas y abiertas, a merced del viento que llenaba el órgano de hojas de eucalipto chuchurrías, hojas de biblias huérfanas y papelillos de liar; iglesias pobres en clavos, hierros, rejas y de todo lo que las protegiera del paso del tiempo: de las moscas que venían a visitar la casa del Señor y las serpientes que se colaban entre las imágenes paganas. La iglesia del pueblo de Beje estaba hecha de madera de cactus, cuerdas, forrajes, sin clavos ni pegamentos, sólo cuerdas, redes, peces y mi trabajo. A un costado había un pequeño cementerio de cruces blancas, gladiolos de plástico, tarros de hojalatas llenos de arena y un par de perros sarnosos que cuidaban el lugar como dos cancerberos de circo, muertos de hambre, muertos de asco. Por dentro, la iglesia, estaba vestida de trapos bordados a croché, trajes de santos, copas, manteles zarrapastrosos y banquetas de madera de ucalisto -que eran los favoritos de las feligresas- porque aquella madera había sido traída desde más allá del mar –del Leroy Merlin, para ser más exactos, y por eso les sonaba a lejos, como a Turkos y Kaikos, lejos que te cagas, lejos de la mano de dios, abandonados a los rezos, abandonados a la mar. Lo mejor de la iglesia, lo único mejor, era que albergaba un tesoro suculento: una colección de monedas de oro que los conquistadores en su tiempo trajeron de tierras extrañas como regalo a Isabel la Católica – que jamás se lavó los pies -, como presente y prueba de que habían evangelizado por allá. Aquellas monedas no serían muy importantes, porque las dejaron todas tiradas dentro de una tinaja en lo que, con el tiempo, se transformó en la plaza del pueblo y, que seguramente, habría sido motivo de disputa del tipo: “Que tú pa qué le vas a dar esas monedas de oro a la reina que es una guarra, que a ella qué le importa, que le llevemos los indios éstos, que va que chuta con los cocos y las alforjas, que no se va a enterar, que nos repartamos las monedas que ya te digo yo que lo mismo acaban en una iglesia de mierda del Albaicín, ¡que no me jodas tío!, ¡que a que te parto la cara!, ¡que nos damos matarile en castellano antiguo!, ¡que te calles gilipollas y la santa madre que te parió, por Colón y los pastores de Belén!. Cuento corto, la comitiva muerta de hambre que iba de camino a Granada acabó dándose de hostias por las monedas y se mataron entre sí dejando tirado su botín, las armas oxidadas y los cascos puntiagudos. Beje siempre pensó que, volver a España a decir que habían descubierto América, había sido la tontuna más grande de todos los tiempos y que Og Mandino había perdido una fortuna al no escribir un libro sobre este despropósito. Ir por ir pa no quedarse allí con las indias en tetas, las frutas exóticas y los críos correteando en bolas, era tontuna y más si el plan era volver pa que luego la Reina sucia aquella y el Rey, que pintaba menos que un boli bic de los chinos, te dijeran: No, mira que no, chato, que ya no vayáis más, que os habéis gastao los dineros y sacabao el chollo, que toca devolver y que poneros a currar, ¡delincuentes!. Como que no, pensaba Beje, que eso era como que hoy en día el BBVA te diera un préstamo, te fueras de cruceros y te quedarás por allí, por Nicaragua que no tienen ni ejército, viviendo la vida loca como una mona despeiná, y que luego te entrara la nostalgia por aquel pobre agente de sucursal – que tiene un primo en Bankia al que la mujer le pone los cuernos con uno del Santander, y que perdió una mañana entera mirando tus nóminas para hacerte el plan de amortización -, pa que luego vengas tú a decirle: mira que he vuelto pero que no tengo un puto duro pa pagar. De tontos, la verdad y vaya la parrafada que acabo de soltar sin despeinarme.

Volviendo a Beje, que es el importante en este despropósito, a él nunca le gustaron los conquistadores, ni la iglesia, ni la gente que pasaba hambre como él en ese pueblo de tarados que se dejaba engañar por el Diputado Tirso, por la alcaldesa Porcina y por otros más. Por eso es que Beje tenía la firme intención de meterse a la iglesia a robar las monedas de oro para cambiarlas donde el primer usurero que pillara y escaparse lejos, a Usera por ejemplo, y no volver a saber nunca más de aquel pueblo de gañanes con vistas al África tropical. Beje tenía ya todo planeado, se sabía rodear de los mejores: su cuñado Servando –al que le faltaba el brazo izquierdo – y Chea, la tonta del pueblo, que de tonta no tenía un pelo; era bruta sí, pero de tonta ni un pelo.

Servando era un chico curioso, que perdió un brazo al pasarle por encima un tractor estando borracho, y no se enteró hasta que vio al resto de los porretas salir huyendo de él. Nunca se supo quién conducía el tractor, pero Servando se pagó la prótesis en la capital inventándose que en su patio, desde lo más profundo de la fosa séptica, le hablaba una serpiente de tres metros de largo, de piel negra, ojos rojos, y lengua viperina que le decía confianzudamente que era el mismo Satanás, que el fin venía pronto y que se pusieran a rezar todos culo arriba. Al día siguiente se montó la de Dios. Servando llamó a la radio, a la tele, a la Fnac, a Corazón de tu madre y vinieron todos, con sus alcachofas, sus bocadillos y su público en visita cultural; vino incluso una cofradía entera, los evangélicos del pueblo de al lado, los mormones del otro y una mujer que lloraba muy alto cuando las cámaras le apuntaban; si no, pasaba el rato fumando y repartiendo flyers para una discoteca cristiana sin alcohol. Todos, al final de la tarde, corroboraron que sí, que era Satán, que hablaba con voz de mustio y que quedaba poquito para que se liara gorda. A la semana siguiente las iglesias improvisadas habían crecido como callampas venenosas porque había mucho garrulo que evangelizar y el fin estaba cerca. Allí fue barra libre espiritual: dos iglesias de adventistas, tres de mormones (sin diezmo porque lo de las transferencias aún no furulaba), siete de testigos de Jehová (que son los que más trabajan y menos papeleos hacen), una de satánicos (alguien tenía que reírse de todos si el fin no llegaba) y una de ateos (que más parecía un Verein de alemanes porque nada más que se juntaban para hablar de semillas de gladiolos). Dicen que Servando se forró a exclusivas y a conexiones en directo. Incluso intentaron beatificarle por ser el primer ser humano en hablar con el mismo demonche, pero la Iglesia paró eso porque cantaba un poquito a pagano. ¡Este pueblo es un chollo!, le contó a Beje, y estaba en lo cierto: con lo que sacó de inventarse charlas con el cornudo, le dio para prótesis, pa comprarse una casa en lo alto de un monte pelado y para hacerse amigo del Diputado Tirso y la Alcaldesa Porcina que olisqueaban el dinero que daba gusto. Servando pasó de ser un desgraciado porretilla a ser bienvenido en los salones más exclusivos del pueblo, a beber champán francés y caviar con sabor a atún. A Servando se le arrimaron más que las moscas del Sálvame a la Pantoja, que en dos meses ya no tenía nada, pero eso le daba igual: ya tenía plan. Poco después, cuando se calmó todo, Servando tapó el foso séptico con arena y chino y de la serpiente parlanchina ya nadie más supo; él sólo se inventó que se había bajado a los avernos y que si volvía, ya avisaría. Y todos tan tranquilos.

Chea, como decía, era la tonta del pueblo, sufría el mal del tordo y, a veces, soltaba frases inconexas; trabajaba vendiendo pipas, frutos secos y gladiolos por las calles y gritaba como si vendiera empanadas portuguesas, se lo inventaba todo, pero todos le compraban cuando bajaba la calore. Se le acercaban, le mostraban las monedas, le apuntaban a las pipas y ella les vendía como si vendiera la absolución de los pecados con un gran secretismo. Dicen que tenía otro mal peor, que cuando hablaba repetía lo primero que se le viniera a la cabeza y sólo soltaba titulares amarillistas, y no lo podía evitar. Lo único que Chea sí sabía responder era a la pregunta de ¿Qué hora es? Eso sí sabía responder sin decir exabruptos: Son las cinco ni-ni-nutos -, y se ponía la mar de contenta, mostrando la sonrisa de princesa sin dientes y se largaba sin cobrar a darle la teta al crío de turno que estuviera amamantando. A veces la Chea se sentaba en la puerta de su casa, cuando sonaban las campanas, y suspiraba, como suspira Penélope con su bolso de piel marrón en los viejos transistores, y se quedaba embobada viendo a los pajarillos huir del campanario. A veces las niñatas del internado la paraban por la calle, la rodeaban y le decían cosas pa encenderle la mente, que la Chea se soltara, que soltara sus perlitas, y reírse hasta no sentir la mandíbula. Siempre empezaban diciéndole: “¡Chea, chea, que ha muerto el brazo de Maricarmen y sus muñecos!” y así comenzaba la retahíla de la pobre Chea que respondía a la provocación soltando comentarios perlas que iban desde: ¡Virgen de los torreznos! ¡Que hoy el Rey Don Juan Carlos inaugura el Museo de la Fotocopiaora de Cuenca! Y las niñas le decían: ¡Es un planazo! Y continuaban metiéndose con Chea que, desbordada, continuaba: Ojalá y vaya él y no haya mandao al mushasho que pa mí que está ya mu cascao y ya no va a estas cosas importantísima…sabeis, chicas, mi marío era de eso que te arreaba una hostia por cualquier tontuna y luego me tocaba tirá de pintaojera super potente…Yo era peluquera y era de las buenas; lo mismo te hacía una trenza real que un moño palaciego y a vuestras madres las peinaba y las dejaba raquíticas como Twiggy, lasías el peinao ese que parecía que lasabían arrastrao y violao hace tres días y luego les calzaba mil pesetas y tan contenta iban a las bodas y cuando las preguntaban si lasabían violao, ellas decían que sí, y si insistían, decían que lasabían violao ayé. Yo me acuerdo de to eso y de má, luego toas vuestras madres me llamaban a la peluquería pa pedirme consejo matrimoniale y yo lasescuchaba sus tontuna y sus quejas de sus maríos de cuando las mandaban a matar tres gallinas que no daban huevo y les decía que habé si la próxima no iban a ser ellas por no quearse preñás y ya ves tú, aquí rodea de toas sus crías como lobas… Y las niñas se asustaban y la miraban a los ojos pa ver si realmente no estaba loca, pero Chea, seguía con su retahíla: El cepo no te mata, pero te deja tonta… ¡Madre mía, el guardia jurao!, gritaba de repente Chea mirando pa la plaza con la vista perdida en el único policía del pueblo: un viejo gordo y pedorreta que se amasaba las pelotas apoyado en el único semáforo en kilómetros. ¡Le nace la tripa en el omóplato! – gritaba asustada como si fuera el monstruo del Leganesss – ¡Yo quería un hijo policía, como él, yo quería que al menos uno fuera pa las fuerzas armadas, pero nada, me salieron tontos toos, yo rezaba pa que me cogieran a alguno de los ocho e hiciera carrera en la capital, dando palo en el Congreso, que eso si es carrera, que sí, que sí, que les pagan una mierda, pero tos tienen un master y son gente mu culta con eso cascos y esa porra, lo mismo subiera hecho famoso saliendo en Antonia3 en el telediario partiéndole el melón a eso patipelao del 15M, a lo del 25S, del 26S, del 27 y lo del 28!…¡Yo magounlío! ¡Anda mira, Pepa! – decía Chea a las niñatas apuntando al mariquita del pueblo que se paseaba cardado y perfumado -, ¡A ese peluquero mariquita le conozco yo! ¿No fue ese el que peinó a Penélope Cruz en la 5ª marcha? ¡Niño, niño! ¿tacuerda tú de mí? Y cuando intentaba abrirse paso entre las niñas empezaban a zarandearla para que soltara titulares y se olvidara de ir detrás de nadie; calentarla, sulfurarla, hasta oír la primera noticia a grito pelado: ¡Que yo con cuarenta, o me meto caña, o me dan por culo!, ¡Que en el Dia del SIDA se realizará una actividad de difusión de la enfermedad en la Plaza de Armas!, ¡Que Holanda ha solicitado 70 enfermeros españoles para la recogida del espárrago!, ¡Que en 1862 apareció una mujer que sólo sabía decir la palabra “tan”!, ¡Que los Psíquicos predijeron que el mundo se acabó ayer!, ¡Que un padre quiere demandar al que le arrojó a su hija una tortuga a la cabeza!, ¡Que la princesa Diana estaba viva antes de morir!, ¡Que una llamarada solar alcanzará a la Tierra éste sábado!, ¡Que un rockero se creía Hitler!, ¡Que Chavela Vargas confiesa que su último deseo es viajar a España!, ¡Que payaso abofetea a policía y se le para bobo en pleno chuculún!, ¡Que Bob Esponja media en Sol durante una pelea entre Minnie Mouse y Dora Exploradora!, ¡Que la mujer que calza un 43 no puede ser discreta…! Con la primera hostia voladora que caía de refilón, se espantaban las moscas de carpetas en las manos y se acababa el show.

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            Aquella virulenta noche la madre de Beje le dijo que no fuera – dormida desde el sofá -, que se iba a meter en un problema, que se iba a buscar la ruina, pero él no le escuchó, sólo tenía en la cabeza la idea de robar la iglesia, como buen monaguillo, y esconderse unos días, salir como rata que asoma la nariz,  olisquear el ambiente y visitar al Gato y al Pescao Chico, los mayores usureros del pueblo, para cambiar las monedas por dinero contante y sonante.

El Pescao chico era un negro enano de labios gruesos, brazos largos, gestos simiescos y que no medía más de metro y medio, pero que manejaba la cuchilla como un cirujano de Miami; por el contrario, el Gato no hablaba, sólo maullaba, estaba medio loco -gracias a una tunda de porrazos que le dieron en el cartón los militares de la dictadura-, y temblaba como un flan cada vez que oía a los pelados practicando al tiro en el destacamento. Al Gato, después de la golpiza, lo dejaron valientemente tirado en una cueva donde le encontraron chupeteándose los brazos y maullando como un minino, rodeado de gatitos huachos de las gatas que cuidó mientras estuvo escondido. El Gato nunca recuperó el habla, pero el Pescao chico –su hermano pequeño- le cuidó y sacó partido a la capacidad del mudo para sacar ganancias de los préstamos a la gente del pueblo. Así, de a poco, se granjeó fama de usurero y explotador aunque luego, si hablabas con él, sólo te decía: Miau, miau, miauuu, miau… Gracias al Pescao chico, el Gato triunfó en la vida por una razón más simple que el cerebro de un antidisturbios: los gatos siempre caen de pie; no así los que siguen órdenes que no saben actuar si no van en jauría.

Después de cambiar lo robado por dinero, Beje pensó que sería bueno hacerse por primera vez el pasaporte en la comisaria y, cuando le preguntaran a los tres pa qué lo querían si jamás habían salido del pueblacho, dirían que Chea estaba enferma de muerte y que se la llevaban a Jiuston, como se llevaron a la más grande, pa operarla de aquella dolencia crónica dolorosa galopante. Fijo que al policía, al que le nacía la tripa en el omóplato, les daría el documento, luego todo sería tirar pal Aeropuerto Internacional de Ciudad Real, donde nadie les revisaría. Seguro les dejaban salir del país. Servando era más de la idea de esconderse en algún lugar fasion como Marbella, donde van a vivir sus últimos días los malos actores, los mafiosos rusos, los nazis que escaparon de la ley y alguna que otra peruana rica con el orto tatuado.

–       Cuando mueras ven a verme… (1)  – le dijo la madre semidormida.

–       Si máaama… – respondió Beje.

La madre de Beje hablaba dormida, tenía fama de viajar al futuro en sueños y ver las catástrofes que se cernían sobre todos. Pero no os engañéis: no le contaba a nadie sus pesadillas, era una hija de puta, bastante esotérica y leída, pero una auténtica hija de puta… (2)

–       Mañana se casarán Ba She y Semyazza – dijo la vieja mientras Beje hurgaba entre los cacharros de la cocina buscando algo que comer-, Y se casarán por el rito satánico de toda la vida. Han contratado al coro de niños del Sagrado Corazón de Belcebú que entonarán las Letanías de Satán de la Galas, y luego la madre de Ba She  leerá un trozo de Los Versos Satánicos de Salman Rushdie, aquel que leyó Isabelle Adjani en unos Oscar sobre la voluntad del hombre y la rebelión contra Dios. El sí quiero será con una trivitana negra en la mano izquierda –cosa muy original-, la sacerdotisa les deseará libre albedrío, se besarán y se echarán a llorar. Lo de siempre.

–       Mamaaa, me estás acojonando.. ¿quién es Ba She? ¿Le conozco de algo?

–       No, pero le vas a conocer – respondió la madre a su hijo, como si estuviera despierta siguiendo la conversación -, Ba She viste de negro y parece un cuervo humano… ¡Dios del cielo y la tierra!… ¡Madrid será surcada por un gran Río artificialmente turbulento! – continuaba -, los sábados por la mañana se llenará de predicadores de la palabra de Anton Sandor LaVey y de chicas que repartirán invitaciones a orgías donde sortearán alargamientos de pene a quienes se dilaten el ano con una espada láser. También regalarán milésimas de fama y podrás fotografiarte con cadáveres de famosos de nombres Selyna Kyle Minaj, Madonna Cherry de las Mercedes o Brangelina O’riordan, todas muy muertas y bronceadas como zorras coreanas, rubio platino y bragas agujereadas por donde los turistas puedan mojar el chupachups y seguir chupando. El sitio aquel estará lleno de cazadores con rifles que sólo sabrán decir: “¿Quieres ser famoso?”; las que acepten serán asesinadas en vivo en tv, dejándolas caer desde acantilados, huesos rotos, sangre y lindos labios, rodeadas de Moais y daikiris rosas, crujir de vértebras, cadáveres exquisitos y grupos religiosos de drag queens lloronas y profundas de ano, de dedos alargados e histéricos contantemente enviando mensajes por aparatitos a gente desconocida, buscando fans que les ayudaran a resucitar a sus participantes lobotomizados favoritos. 1-800-resucitarAna o mensaje al 666 con ResucitarNiko.

–       Maamaa, tienes que dejar de encender esas velas negras…

–       Yo no quería que nacieras – continuó la vieja, con todo el tacto, arremolinándose en el sofá y soltando tres sonoros pedos -. A mí me obligaron a tenerte. Yo quería ser bruja, la más poderosa de todas, pero mi padre me metió a esa otra secta de tarados y nos encerraron bajo tierra esperando la venida de Jehová, como si fuéramos mineros chinos y final no vino nadie. Acabamos rescatados por las fuerzas armadas y nos sacaron de allí apestando a humedad, pises y rodeados de cotillas como si hubiésemos cometido un crimen ¡Como facinerosos!  Aún recuerdo los llantos de los niños, el aliento de las bocas sucias y las peleas sobre mantener la fe y esperar la venida de nuestro Señor: “¡Que si yo quiero salir de esta sucucho!, ¡Que tú no sales por la Gloria De Jehová!, ¡Qué a que te meto!, ¡Que tú no sales o suelto esta bomba de metano!, ¡Qué cómo cohones te has metío tú aquí con eso! ¡Qué la suelto, que la suelto, que voy, que voy!, ¡Que a que no tienes huevos!, ¡Que yo nunca me atrasé con los pagos!, ¡Que a qué viene eso de los pagos ahora!, ¡Que hay niños y mujeres preñás aquí, que les dejemos salir!, ¡Que de aquí no sale ni Dios!, ¡Que éste se ha creío el pastor de Poltergeist!, ¡Que voy a romperte to lo que se llama cara!, ¡Que a tomar por culo la bomba de metano!, ¡Que hijo-la-gran-puta, que nos morimos todos!, ¡Que aquí no vino Jahová!, ¡Que nos has buscao la ruina!, ¡Que parece que arriba están tocando!, ¡Que quién ha llamao a la Poli, que esto es una secta seria!, ¡Que de una secta será tu puta madre!, ¡Que nadie se mueva!, ¡Que me muerooo!, ¡Que joder, Jehová, que injusto es tó!, ¡Que quién cohone me ha tocao el culo que ni en las últimas os dejai de cachondearos!…”

–       Maamaa, dime que mañana vas a ir al practicante a mirarte eso… dijo Beje suspirando, mientras abría la puerta para salir para siempre de aquella casa de góticos. Cuando cerró la puerta, su madre seguía hablando dormida, pero Beje no se quedó a escucharla.

–       El nombre de Ba She viene de la mitología china y significa serpiente que come elefantes y Semyazza es el jefe de los doscientos ángeles caídos de los Grigori – oyó Beje decir a su madre cuando ya llevaba un par de pasos fuera de casa -. ¡Nosotros te pusimos Beje por Behemoth! ¡Soy Satánas pero eso no es lo maravilloso, lo maravilloso es que sé quién eres tú y a que has venido aquí!, ¡solo una cosa te puedo prometer: algún día me conocerás tal como soy!…

–       ¡Que sí, loca de los cojones! – dijo Beje, caminando decidido, a robar todo lo que brillara en la iglesia e iniciar una nueva vida.

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            En la esquina de la iglesia le esperaba Servando –lo reconoció por el movimiento de su única mano, arriba y abajo, sujetando un cigarrillo-, y Chea, con un crío colgándole de una teta tan grande como la cabeza de un mongolo. Ambos le miraron y asintieron. Chea destetó al crío del pecho y le mandó a casa con un palmazo en el culo mientras Servando apagaba el cigarrillo en la piedra de un muro. Beje nunca antes había sentido en la piel lo que era la maldad – esa noche la tenía enfrente y por duplicado -, ni había sentido una peste tan penetrante a pies de los vecinos que dormían con las ventanas abiertas con los remos colgando de ellas.

Cuenta la historia que Beje, Servando y Chea se metieron a robar a la iglesia y la dejaron pelada aprovechando la oscuridad. Servando le dio por meterse a la parroquia y arrampló con los ahorros del cura jovenzuelo que tenía para copas y chaperos, Chea le metió un viaje a las copas y los candelabros y Beje cargó con las monedas de oro que, como buen monaguillo, ya tenía localizadas del mini museo de los Conquistadores. Cuando salieron los tres de la iglesia, de improviso, el generador del pueblo comenzó a rugir como cuando lo encendían a las siete de la tarde para que echara a correr hasta las diez, y se asustaron. Un par de velas se encendieron, y algún perro ladró a lo lejos. Se quedaron los tres muy quietos con la espalda pegada al portón de la iglesia hasta que sopló un viento frío que levantó una polvareda que cubrió todo el pueblo. Se separaron: Servando corrió hasta la esquina de la plaza, entre los carromatos, con los bolsillos llenos de billetes de doscientos y con la mano buena limpiándose los sudores, y se coló en un coche que forzó y empujó calle abajo hasta desaparecer entre la nube de polvo que se había levantado con la improvisada tormenta. Chea se arremangó los vestidos y se metió por el patio cercado de hojalata de la sede social que llevaba al río. Beje se quedó solo, en el medio de la nada, oyendo como los grillos le cantaban la marcha mortuoria cada vez más alto. En esas estaba cuando sonó un disparo como un cañón y, en vez de preocuparse que eso podía significar un crimen, cayó en la cuenta que en ningún momento había quedado con sus compinches en separarse y pensó: ¡Esta es la mía, a tomá por culo!

Y así fue como ocurrió todo: Beje se fue lejos esa misma noche, tan lejos que todo el mundo se olvidó de él muy pronto. Al día siguiente el cura Alejandro encontró el cuerpo decapitado de un chaval con la misma contextura de Beje, vestido de monaguillo y a los pies del altar de la virgen. El sacerdote casi se murió del espanto (no hubo tanta suerte) y llamó de inmediato al único policía del pueblo (al que le nacía la barriga en el omóplato) quién se apersonó raudo tres horas y media después, cuando ya estaba la iglesia invadida de curiosos y semi amotinada gracias al rumor de que el cadáver era de Beje, quien valientemente había defendido la iglesia de los ladrones. Al supuesto defensor de la iglesia se le dio sepultura con honores y vinieron de todos los pueblos cercanos a despedirse de él. La madre de Beje fue internada después de sufrir una crisis nerviosa que la mandó de urgencias a un psiquiátrico campestre con caballos, cabras y perros salvajes, en lo alto de una meseta, y completamente aislada de quien pudiera oírle hablar dormida sobre el chorizo de su hijo.

Y pasó el tiempo lento, lento para todos en el pueblo.

Servando, con lo robado, se puso con un locutorio – algo que en el pueblo aún no había -, y aprovechó de ir a misa más seguido a ver la cara del cura Alejandro, de cómo daba la eucaristía sin sentir el menor remordimiento por haber asesinado a un chapero vestido de monaguillo, en la iglesia que usaba de putiferio.

Chea, por el contrario, no sacó nada en limpio, con lo robado apenas le dio para sacar unas monedas que le valieron un par de semanas, luego volvió a la venta ambulante rodeada de críos que no eran suyos porque ella era una mula – para las viejas más piadosas del pueblo-, y a la vez era considerada una mujer milagrosa porque, a pesar de jamás haber sido madre, de sus tetas manaba un hilillo de leche fresca que todas las madres primerizas aprovechaban para dejarle amamantar a sus críos. Por esa razón Chea se reía cuando las niñatas del instituto la rodeaban para meterse con ella y pensaba: Todas estas viborillas han mamao de mí, como sigan con el porculo lo mismo les salen los críos tontos.

Dicen que el tiempo pasa de prisa, que veinte años no es ná, que febril la mirada errante en la sombra te busca y te nombra, y al final Beje se encontró solo en un país extraño, con ganas de vivir, de gastarse todo de la manera más ordinaria posible, rodeado de chinos que le decían mài, mài, mài, tóng zhì, tóng zhì! (3), con hambre de comprarse todo, gastar hasta el último céntimo, hasta la última gota de semen y sudor en los casinos clandestinos, en los KTV’s metiéndose KIN a saco, en yates y copas, en cigarrillos con pilinguis tailandesas y ladyboys vietnamitas de nombres tan curiosos como Jehová Blake, Mammón Watts ó Piraña Barragán -, en gente rara y mafiosa que le desplumó, le violó tres veces, le escupió, le dejó tirado cuando se acabó el dinero con la boca pastosa a tabaco, la cara llena de moretones y los brazos agujereados. Pero Beje se recuperó de eso y volvió a las andadas con chicas nihilistas y chicos que sabían pelear con katanas, se estiró la polla, se metió KIN nuevamente pinchándose los párpados, se trepó a lo más alto de las Petronas con la nariz hecha un colgajo blanquecino, y bajó de ellas rodeado de prostitutos mojados por la lluvia, masticando chicles rosas y pidiéndole un par de estrellitas más, algún intercambio de sangre, algún photocall barato o algún pase de fiestas a algún tugurio que tuviera fulgurator y proyectara sobre la gente champiñones de Hiroshima mientras pinchaban Smack my Bitch Up!, rodeado de clientes quiero-pero-no-puedo, de gente sórdida disfrazada de sotanas con el culo al aire, de abuelas dj’s, de cracketas que olvidaban arrancarse las jeringuillas, de ingenieros de Dubai que viajaban desde Ibiza a Malasya sin dormir apestando a gang bang, de jefes de sucursales bancarias de nombre “Shaitán algo” con caras de finlandeses suicidas, de camboyanas de pestañas tan largas que caminaban de antro en antro completamente a ciegas y colocadas, de adictos al Necronómicon y a los Pet Shop Boys y de falsos poetas que escribían usando términos del marketing online, pintores que pintaban sobre pantallas líquidas, escultores de ángeles estrellados, modelos sin esófago por el ácido de sus vómitos, músicos musulmanes mancos, optimizadores de procesos, rodeado de CEO’s metidos en reuniones de ovejas con pastores muertos.

Beje odia el ahora, pero si inventaran las máquinas en el tiempo, regresaría una y otra vez, hasta mirarse el alma, al fondo del agujero, donde antes tuvo una nariz.

Beje pasó por todo esto y más que no recuerda hasta que un día, cinco años después, decidió volver a su tierra porque se quedó sin dinero – primero a escondidas bajo un disfraz -, y luego, poco a poco, quitándose las gafas y soltándose como quien ha olvidado caminar en un sitio tan pequeño como su pueblo enano.

Así fue como Beje volvió y se encontró frente a frente a una estatua de sí mismo.

–       ¡Aaaah, Dios, mierda, mierda, mierda!- gritó Beje -, ¡me cago en la puta hostia!

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            Beje recordó de pronto el olor que impregnaba las noches del pueblo, el olor de los pies pestilentes de los hombres que dormían con ellos colgando por la ventana hacia afuera; el sonido de los pedos de su madre que pasó la mayor parte del tiempo induciéndose el sueño, las niñatas endiabladas persiguiendo a Chea por los callejones y tirándole las empanadas al río; al cura Alejandro con el mismo discurso sobre las pulgas de los perros, ahítas de la sangre de los hombres, por naturaleza sedientos de sangre (4), la serpiente hablándole al pueblo desde el fondo de una fosa séptica; al usurero del pueblo, el hombre que maullaba – y que no le extrañaría encontrarse ciego y sordo para evitar el contacto con la gente a la que ha robado con usura -, y la fotografía del brazo de Servando pegado a la rueda de un tractor. De pronto vio cómo la plaza del pueblo se llenaba de cuervos negros, a plena luz del día, que se acercaban a picotearle los zapatos mugrientos y reconoció al hombre que caminaba rodeado de aquellos pájaros.

–       Hola Beje – le dijo el cura Alejandro, cinco años más viejo, pero con la misma lengua afilada y seca que sacaba fuera para mojarse la comisura de los labios.

–       Hola padre, he vuelto – respondió Beje.

 

El cura Alejandro había ascendido como la espuma. Él era el Simoníaco (5) más importante de la comarca y el más ferviente defensor de la prosperidad material – su auténtico Dios -, aunque a veces le desilusionaba que el culto a esta deidad no le hiciera necesariamente feliz. El cura Alejandro era un Mammón.

–       Voy a contarte una historia sobre estos cinco años – le dijo el cura – Te lo voy a resumir para que te dé tiempo de coger el siguiente autobús que vaya al sitio más alejado de aquí.

Beje asintió y elevó la mirada a la estatua que ahora le tapaba el sol y le cegaba.

–       C’est prêt, c’est magique ici, c’est trop beau! – dijo el cura tronando los dedos. Él sabía que los idiomas siempre le habían atraído a Beje, aunque ahora tuvo la leve sospecha que a éste ya no le sorprendía que hablara francés y que había perdido interés en su veneno. Parece un puto junkie, pensó el cura, me lo follaría aquí mismo hasta que se le desprendieran las uñas de los pies.

El cura sacó un cigarrillo de uno de sus múltiples bolsillos misteriosamente hinchados y lo encendió.

–       La noche que os metisteis a robar a la iglesia – comenzó a contar el cura – yo estaba allí. ¿Cómo te lo podría explicar sin parecer vulgar?… bueno, eso ya da igual. Yo estaba con “alguien” discutiendo sobre un tema al que no llegábamos a acuerdo, por decirlo finamente, y tuvimos un pequeño altercado que acabó con un disparo. El que vosotros tres entraseis de manera tan torpe a robar me benefició notablemente. Os dejé hacer mientras acababa de decidir qué hacía con el cuerpo del monaguillo del pueblo de al lado que acababa de asesinar. Seguramente no sabrás que, luego que desaparecieras llevándote las monedas de oro de la sacristía, se montó una buena porque encontraron el cuerpo decapitado de mi víctima y las huellas del robo. Lo que vino después fue fácil: hablar con Servando, proponerle un trato y hacernos las víctimas. Todo el pueblo creyó que el cuerpo decapitado eras tú y que los ladrones te habían asesinado por intentar proteger la iglesia. Lo demás es un corolario desprendido de una trama bastante simple. Nunca antes había pasado tanto miedo por tan poco tiempo. Ya sé que te estarás preguntando cómo hicimos para mantener callada a Chea… pues no lo hicimos, no hizo falta. Ella perdió el tiempo contándole la verdad a todo el potito, pero nadie le creyó y se volvió más loca de lo que estaba. Cada día que pasaba era aún mejor, todo salía a pedir de boca, incluso con cosas que sucedían que rayaban lo rocambolesco. ¿Te acuerdas de la hija del Diputado Tirso? Si, la que estaba lisiada en silla de ruedas. Pues ella apareció un día en la radio local asegurando haberte visto caminar sobre las aguas, como una aparición mariana, y todo el pueblo enloqueció al oír que el locutor decía que la niña se levantaba de la silla y caminaba. Apenas habían pasado dos semanas del robo y ya teníamos el pueblo lleno de feligreses de todo el país; incluso tu madre pareció despertar de su sueño y arrimarse al carro (dicho sea de paso, nunca vi una mujer tan entera en el funeral de su hijo), pues la muy lista comenzó a decir que, como madre del santo – tú – era el instrumento de comunicación de tus milagros ¿te lo puedes creer? De la noche a la mañana se rodeó de un equipo de plañideras saca cuartos y ayudó con sus profecías a alimentar tu mito en todo el país. Se llenó el pueblo de turistas, vendedores, lectores de la suerte, vendedores de figuritas, consumidores del agua milagrosa del río por donde caminó el santo, fabricantes de sillas de ruedas marca “Tirso”, salchichas marca “Porcina”, brazos ortopédicos firmados por Servando (a propósito, ¿le has visto?, lleva una de sus prótesis completamente pintadas de negro), fotógrafos de fenómenos paranormales, estudiosos de la ouija tradicional, mafiosos y sus casas de putas y un sinnúmero de vividores que no escaparon a pagarme el permiso para ejercer su actividad. Era el show de la fe, incluso actualmente aun tenemos un canal de TV que transmite las 24 horas al día donde comprar figuritas, pergaminos, libritos de primera comunión y películas porno protagonizadas por la chica de la silla de ruedas que, ya ves, lo inválida que estaba la muy puta.

–       ¿Y la estatua es por mí? – preguntó Beje, que era de pocas palabras.

–       Hombre, ahí quería llegar yo – respondió el cura -. Tenemos, como te imaginarás un problema que te cagas. Yo contaba con que no volvieras nunca al pueblo y seguir con nuestro bizness, pero no… al tío se lo come la nostalgia y vuelve a remover los fantasmas del pasado. ¿Puedo preguntarte por qué? ¿Te has quedado sin dinero?

–       Si, algo de eso ha habido.

–       Entenderás que si la gente ve que aun vives, se nos desmonta el chiringuito y aquí perderíamos todos. La que más perdería sería tu madre, pero no porque nosotros fuésemos a hacerle daño, no, que va, no hace falta lastimarla. Si alguien llega a ver que el cuerpo del decapitado no era el tuyo, a la primera que se le desmonta el negocio será a ella, que saca una tajada importante por ser la madre del “santo”, ya me entiendes… Lo bueno es que tienes un aspecto tan lamentable, como de junkie de los ochenta, que creo que nadie te reconocería a primera vista y ya ves… ni siquiera la loca de Chea lo ha hecho y ahora debe estar trepándose a un árbol. Es todo tan injusto, Mon ami

–       Yo sólo quería ver mi pueblo una última vez – dijo Beje bajando la voz.

–       Ya, ya –  dijo el cura –. Es bueno ver que recapacitas porque si te pusieras en plan chungo yo podría ponerme en plan Jomeini y proclamar una fatwa, o como le llamen a eso, y ponerle precio a tu cabeza inventándome que eres un loco, un esquizofrénico peligroso… no sabes tú lo calentita que se pone la gente al oír la palabra “impostor” y más cuando se toca su fe y su bolsillo –porque claro, se irían a la mierda todos los chanchullos de la gentuza que vive de la venta de toas esa mierdas de figuritas, santitos y suvenires del “santo”. Durarías menos que un gramo de coca en la puerta de un colegio.

–        Soy un hombre sensato…

–       ¡Claro que sí!… Bien, tengo el coche aparcado aquí en la esquina- dijo el cura – puedo llevarte donde quieras e incluso darte unas monedas para que te des un homenaje… ¡Ah! ¡había olvidado contarte algo sobre tu madre! Hace unos meses le dio fuerte con la idea de crear una nueva secta, algo de satanismo fundamentalista, un rollo patatero, pero ha tenido éxito y la verdad es que la gente le sigue, así que estoy pensando seriamente en apuntarme también a “eso” para no perder los fieles que el “santo” trajo al pueblo. Me he apuntado a Enoquiano, un lenguaje infernal que se ha popularizado entre los jóvenes, que debe ser como el lenguaje que usan los chinos en los chats – una mezcla entre pictogramas y numerología -. Como ves, la fe no para de evolucionar. ¿Te llevo a algún sitio?

–       Si. Llévame a la estación de autobuses. Voy a coger el primero que salga hacia la capital y volveré por donde vine.

El hombre de Dios sonrió satisfecho, le encantaba hablar con la gente y usar su poder de convicción con todos, especialmente con los junkies que perdían la senda de la destrucción y había que despeñar por el acantilado de donde habían salido. Alejandro cogió con la mano derecha la correa de oro de su Rolex y lo hizo girar suavemente alrededor de su muñeca mientras saboreaba la sal de la sangre que manaba de la comisura de sus labios. Habían sido los quince minutos más largos de su vida, pero ya podía relajarse y sentir el sabor suave de la carne de su boca, como una vieja gárgola de apetito desmesurado, que devora su propia cabeza comenzando por las fauces.

-o-

 

 

(1)    Oscar Reyes – Stendhal Art –

(2)    Cada año nacen un montón así en España y se quedan, no emigran.

(3)    ¡Compra, compra, compra, mariquita, mariquita!

(4)    Cuadro “El fantasma de una pulga” de William Blake

(5)    Simoníaco: que compra o vende cargos eclesiásticos.

 

 

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