GRANDES ÉXITOS

“Pienso en ti dónde estés  y si vuelves otra vez

nos reiremos de este mal sueño con una taza de café”

“Tú por mí” – Christina Rosenvinge –

Aquí estoy, con la misma sensación que tuve cuando me senté a la orilla del océano Pacífico a esperar la ola gigante que viniera a arrasar mi vida.

A veces pienso igual que cuando era pequeña. Mis padres me llevaban a casa de mis tíos y, al principio, me aburría con mis primos porque no encontrábamos juegos nuevos y, cuando ya casi era hora de irse, se nos ocurrían las mejores ideas y tenía que irme. Eso siento ahora, es una sensación que supe que vendría en algún momento y me dejaría así, desolada, porque había llegado el momento de irse y no me había dado tiempo a jugar. La vida, en general, es eso: un sueño del que despiertas cuando mejor te lo estás pasando, la eterna amenaza apocalíptica y aguafiestas. Por eso temo a los buenos momentos -siempre acaban de manera violenta- les temo porque nunca quise que me fuera demasiado bien por si un día venía una ola y se llevaba la vida que tenía antes del 21 de diciembre de 2012: mi hipoteca, mis obligaciones, mis deberes y derechos, mis ocho horas de trabajo a cambio de cinco minutos al día con quien realmente amaba, los buenos momentos contados con los dedos de una mano y los malos imposibles de enumerar, los amigos, las ciudades, los imperios, los gobiernos y las torres que un día pensé indestructibles. Eso es la vida, mitad fantasía, mitad realidad. Yo, si un día viene una ola – como la que un día pensé que vendría – y me lo quita todo, podré decir que tuve amigos. No todos tendrán esa suerte y tarde se darán cuenta de la soledad les envolvió como una serpiente y ni siquiera les dolerá su mordida.

Me dediqué toda mi vida a ser clara, lo más clara posible con la gente, incluso borde –frontalizada dirían algunos- con tal de que la gente no se me subieran al piano; pero no soy así. Soy bastante rígida y bastante honesta con la gentuza que me hace perder el tiempo. Quizá por eso mi amistad con Vicenta ha durado tanto, porque somos opuestas. Con el tiempo, gracias a ella,  aprendí a disfrutar cada momento y, aunque nunca ejercí mi carrera, encontré un gran filón de felicidad enseñando a la gente con problemas psíquicos a bailar salsa. Si hecho la vista atrás puedo decir en voz alta que he sido muy feliz –la gente que me oiga decir esto seguramente opinará que estoy loca perdida-, pero me da igual.

Todas estas ideas se me vienen a la cabeza esperando a Vicenta, mi mejor amiga. La recuerdo ahora más vívidamente que nunca: ella era menuda, rubia y delgadita como la caña del bambú; cuando salíamos de bares era capaz de poner manga por hombro el sitio y siempre los cerraba dando de patadas al camarero. Cuando nos tiraban a la calle ella se quitaba los tacones, abría el bolso, sacaba un par de croquetas robadas, se las comía enfadada, y se apretujaba los tacones bajo el sobaco. Vicenta era mi mejor amiga y hace mucho que no sé nada de ella, pero algo me dice que cuando vuelva a verla sentiré que el tiempo no pasó, como si aún estuviéramos cogidas de la mano a la orilla del Pacífico esperando la primera ola del tsunami.

Miro mi reloj, está tardando demasiado, nunca fue muy puntual. Yo, sin embargo, siempre fui la responsable, la correcta, la que respeta las normas y las cosas. Ella no. Suspiro, me pido otro café y sigo esperando. Busco en mi cartera el teléfono para llamarle y hago ademán de encender un cigarrillo, pero recuerdo que hace años que no se puede fumar en los sitios públicos.

–      Oye, boluda, qué te queda – le pregunto.

–      ¡Ché! – responde con el acento que me alegra que haya conservado – no sabés lo que me pasó. ¿Te acordás del boludo de Pancho?

–      Si… ¿por?

–      Pues me lo encontré en la salida del metro y ha estado dándome la turra con que sigue trabajando en lo mismo y que ha colgado por quincuagésima vez no sé qué puñeta en Amazon, algo de unos libros y sus tontunas. ¡Qué pesado, no sabés!

–      ¡Boluda, me he tomado tres cafés y el Pancho me importa tres cojones! ¿qué te queda?

–      Nada, nada, que el boludo éste me ha distraído, pero sha voy…

Me corta. Ella es así, se distrae con cualquier cosa y luego llega tarde a todos los sitios. No ha cambiado nada. Saco un espejo de mi cartera y me retoco un poco los pelos para que cuando llegue no me vea cara de vieja decrépita. ¡Han pasado tantos años desde que nos fuimos a recorrer mundo! Pasamos, ella y yo, tantas aventuras que ahora se me humedece la vista. Me bebo el café con la vista perdida a través del cristal de la cafetería, afuera los chicos se pasean de la mano con sus novios, las chicas besan a sus novias y en todo se respira paz, como si en aquel tiempo turbio todos hubiésemos entendido por fin que la vida era única.

Suspiro y recuerdo aquel tiempo en la carretera con esa canción que me volvía loca “Días grandes de Teresa” y de todo lo que vieron estos ojos. Luego vino el fin de los tiempos, el fin de una época en la que todos creíamos que íbamos a morir, pero sólo fue un paso a otro orden de cosas, un camino obligado a la paz que necesitábamos. Después del veintiuno de diciembre de 2012 todo cambió; no fue el Apocalipsis de destrucción que todos esperábamos, no fue el Armagedón religioso de las mentiras, fue algo mejor, fue el fin del capitalismo y la carnicería humana de las guerras. De un día para otro algo cambió en nuestras mentes, un flash, un golpe eléctrico, un campo magnético que anuló los sistemas informáticos y nos mandó a la Edad Media durante meses; tiempo en el cual la gente se escondió bajo tierra, en los túneles del metro, en bunkers, en cuevas, a oscuras, hasta que un día algo pasó en sus corazones que comenzaron a latir todos a la vez y fue el fin de la oscuridad. Recuerdo el día en el que todos salimos buscando el sol que nunca se fue, todo estaba en su sitio, nada había sido arrasado, todos unidos por alguna especie de sentimiento de supervivencia global, una extraño Groupthink que nos salvó. Y se hizo el equilibrio. A partir de ese día todo lo que construíamos se hacía realidad, los planes, las metas, todo comenzó a resultar y era imposible sentir clase alguna de sentimiento destructivo. Se acabó la fe que nos separaba, las fronteras de los mapas, las barreras idiomáticas y el odio irracional. Meses después del día llamado del Apocalipsis, volvió la humanidad a renacer bajo un nuevo orden más simple: ser felices, esa sería nuestra única obligación. De los tiempos que vivimos antes del Armagedón sólo recuerdo los buenos momentos, los malos, poco a poco los he ido olvidando. Vicenta era parte de lo bueno de aquel tiempo.

Vicenta era una chica de las que les encantaba meterse en quilombos de puro ganas de vivir. Me propuse volver a encontrarla y lo logré; ahora que la vida nos ha vuelto a unir, me muero de ganas que me cuente qué fue de ella después de ese día de diciembre en que desperté en un país extraño y no estaba a mi lado.

Recuerdo las fiestas en las que nos colábamos cuando trabajábamos juntas, los viajes y los sueños que quisimos cumplir. Lo recuerdo todo y poco a poco me vienen a la cabeza las pequeñas anécdotas que nos ocurrieron, las típicas bobadas que les ocurren a las chicas que se van de viaje juntas, y las gentes extrañas que se van encontrando en el camino.

–      ¡Hola! – le dijo una tía una noche en Cool – ¡Me llamo Joaquinita! – le dijo y luego le metió un morreo.

–       ¿Pero vos sos boshito? – le dijo Vicenta después de besarse.

–      ¡No, qué va! mira, allí está mi novio – dijo apuntando a unos sofás blancos en la primera planta-. ¡Dile hola!

–       ¿Vos tenés novio?

–      Si, ¿te importa?… ¿A qué tiene cara de gilipollas? ¡Todo el mundo me lo dice!

–      ¿Y por qué me has besado? – dijo Vicenta, sin saber si sonrosarse por la sarta de tonterías de la lianta ésta o por la cara de estúpido del novio.

–      Es que me siento tan bien entre tus brazos… ¡pero no soy lesbiana! – le respondió la chica.

–      ¡Ché, me voy!… – dijo Vicenta asustada pensando que podían estar haciéndole una cámara oculta.

–      ¡Espera! – le dijo la tipa gritando a voces – ¡Me voy a presentar al casting de Gran Hermano! ¿Votarías por mí en mi grupo de Facebook para que me cojan? ¡Yo sería una representante que te cagas de la juventud de Madrid! ¡Ya tengo diez mil fans! ¿Te harías una foto conmigo como si fuéramos súper amigas y luego yo le meto fotoshop y le pongo corazoncitos, estrellitas y cosas guays para que la gente vea que soy la bomba?

–      ¡Sí, bueno, dale!…- respondió Vicenta intentando sacarse a la tal Joaquinita de encima, pero luego se quedó pensando y cambió la cara – ¡Yo votaría para que experimentaran con vos los rusos o para que te secuestrara un circo! – le dijo de golpe. La chica se quedó de piedra – Vos tenés pinta de peligrosa ¿Dónde hay que firmar pa que te encierren en un siquiátrico?

La tía hizo una mueca de asco, como de anuncio de shampoo pantene, se dio la media vuelta y se fue tironeando del brazo a su novio, con sus tacones, su pelo rubio de bote y su vestido imitación de Valentino. Yo me quedé estupefacta.

–      Boluda – le dije – que la frontalizada soy yo, que me estás copiando la actitud.

–      Tenés razón, boluda – me dijo – pero es que le dije eso y me sentí tan bien… ¡voy a empezar a soltar como tú y lo mismo me va mejor en la vida!

Nos fuimos a la planta baja, donde se apiñaban las musculocas sudadas y comenzó a beber como una posesa hasta quedar hecha concha. Yo estaba entretenida con un chico que me estaba mostrando los tatuajes cuando éste me dijo que mi amiga –Vicenta- estaba haciendo cosas rarísimas a mi espalda. Me giré y allí estaba ella, encaramada en el bafle de la discoteca tirándole de los pelos a una gogó por un abanico gigante que usaba para bailar. ¡Estaba hecha una furia!

–      ¡¡¡A esta travesti le voy a caer a gashetas!!! – le gritaba completamente enloquecida.

–      ¡Que no es una travesti, boluda! – le decía yo tironeándola para que se bajará del bafle – ¡es una gogó!

–     ¡Aprendé a bailar, malparida! – le gritaba, mientras yo la cogía de la cintura para bajarla-.

Cuando salimos de Cool ella llamó a la policía para denunciar a la discoteca por tráfico de drogas. Suena a putadón, pero  mi amiga se quedó convencida que le habían metido alguna pastilla en las siete copas de Ballantines que se metió. Al día siguiente Cool había chapado. Ya sé, ya sé… a mi amiga se le iba la olla a Camboya.

Recuerdo la primera vez que fuimos a Chile. Nos fuimos a meter a Fausto, una discoteca gay de Santiago de Chile, a bailar toda la noche. Allí conocimos a unas drag queens la mar de majas con las que nos pusimos a bailar “Everlasting love” de Sandra como un par de locas. Yo bailaba con los ojos cerrados, dando brincos, y salpicando a todo el mundo con la copa. Cuando los abrí, Vicenta tenía la cara desencajada porque nunca me había visto bailar de ese modo -yo que siempre fui tan salsera -, y porque detrás de mí, había una tía vestida de monja que bailaba girando sobre sí como un remolino y pegando chillidos. Todo el mundo hizo un círculo alrededor de ella y cinco segundos más tarde los gorilas la habían reducido. Cuando pasaron por nuestro lado, arrastrando a la monja borracha, ésta nos soltó a la cara que “nos arrepintiéramos de las mierdecillas de pecados que tuviéramos porque venía el juicio final y lo mismo nos tocaba esperar turno por toda la eternidad”. ¡Oír que en el Armagedón también habría burocracia me dio un mal rollo! Yo, por si acaso, dejé de beber red bulls a ver si era eso que ponía a la gente frenética.

Vicenta y yo nos fuimos a la barra a pedir otra copa, de algo más suave, con las drag queens que nos llamaban moviendo la mano como Lady Di montada en un tractor. Nos estuvimos riendo con ellas de cómo, al final de la noche, las maricas estrechas comenzaban a desesperarse por no ligar, y luego nos hicimos un par de fotos todas juntas la mar de felices. ¡Hasta que aparecieron los gorilas! Eran los mismos que se habían llevado a la monja a la puta calle, empujándonos a mí y a Vicenta de las mismas malas maneras, a la salida y quitándonos la cámara de fotos para abrirla y velar la película con el cuento que podíamos haberle hecho una foto “accidental” a un par de famosillos que estaban en la disco y que no querían salir del armario –corría el año 2000-. Vicenta se indignó tanto que, en la calle, cogió el teléfono, marcó el número de informaciones para que nos pasaran con algún canal de tele basura local y de ahí, a dar con una hiena del mundo rosa, fue cuestión de minutos. Nosotras nos fuimos con nuestras fotos del recuerdo veladas, pero los famosos que estaban dentro tuvieron sesión fotográfica de lujo al salir de Fausto ¡Muchas cámaras de fotos que no pudieron requisarse en la vía pública! Y todo porque nos pareció una costumbre irrespetuosa del Paleolítico que a los famosos, en Chile, se les tratara con más deferencia que al resto de clientes en las discotecas.

Ella era así, una especie de justiciera que no dudaba en liarla parda. A veces, también, se equivocaba y montaba pollos sin razón, pero era divertido salir de los sitios de ese modo. Su frase para el bronce, que aún recuerdo de aquellas ocasiones, era: “De mejores sitios me han eshado, hijos de puta” Y nos íbamos felices al hotel.

A ella siempre le pasaba de todo. Una vez casi no la dejan entrar en España, desde Varsovia, porque traía una chapita pegada a la solapa de la chaqueta vaquera que ponía “Guerrilla”. Estuvo detenida media hora por no saber explicar que había sido un regalo del boludo del Pancho y que se la habían regalado porque le gustó el diseño de la estrella roja sobre el fondo negro. Creyeron que venía a atentar o algo parecido.

En otra ocasión, mientras esperábamos el vuelo de Londres a Madrid, se nos sentó a un lado una viejecita que nos acojonó. Decía que junto a nosotras viajaba un tal Lucas y que nos cuidaba que nada malo nos pasara, pero que eso no iba a evitar que se cruzara en nuestro camino un tipo al que llamó el hombre malo. Nos quedamos mudas. La vieja se puso de pie, se despidió de nosotras diciendo que viajaríamos por todo el mundo con Lucas y que nuestra amistad nunca moriría, incluso en el día del juicio final, pero que tuviéramos cuidado cuando el hombre malo nos enseñara a disparar con su rifle. Fue ella la que nos dio la fecha del apocalipsis y nos lo apuntamos por si acaso resultaba cierto. Ese día hicimos el juramento de viajar a esperar el fin de los tiempos a orillas del Océano Pacífico.

Pasó el tiempo y cumplimos nuestra promesa. El 18 de diciembre de 2012 nos plantamos en el Aeropuerto de Ezeiza, en la fila de los pasaportes, para entrar a Argentina vía Madrid.

–      ¿Vicenta boluda? – preguntó el policía que sellaba los pasaportes.

–       Sí, me shamo Vicenta Boluda.

–       ¿Boluda?

–      ¡Que si coño…! – respondió ella bajito poniéndose roja como un tomate cherry.

–       ¿Qué idioma habla usted?

–       ¡Arameo antiguo, no te jode!

–       No, tampoco te enojés, sólo me pareció gracioso tu apeshido.

–      ¡Shá! ¡gracioso, graciosísimo! ¡como tu sueldo que debe ser de un gracioso!- dijo ella pegándole un tirón a su pasaporte para que se lo regresara.

–      ¡Vení, boluda, que te sesho el pasaporte! ¿viste? ¡Qué poco sentido del humor, qué carácter de mierda que tenés!

Salimos de Ezeiza, con su pasaporte sellado por todas partes, a buscar un taxi que nos llevara directo a Caminito. En el trayecto Vicenta abrió la boca sólo para poner el grito en el cielo ¡El poli le había metido su número de teléfono entre las páginas del documento!

–      ¡Yo te dije que aprender español con acento argentino nos iba a joder mucho! – le dije.

–      Sha… ¡menos mal que no fuimos a Israel! – me respondió más quemada que el palo de un churrero.

Estuvimos tres días en Buenos Aires. La primera noche que fuimos a la discoteca tuvimos que salir escopetadas de nuevo por un tipo que se quiso hacer el gracioso con ella.

–      Hola, ¿qué tal? – le dijo el tío con la seguridad de que iba a triunfar- Me llamo Divo, pero vos me podés shamar Dani.

–       ¿Sos argentino? – preguntó mi amiga.

–      ¿En qué me lo notaste? – respondió el tío extrañado.

Yo creo que se olía que su técnica para ligar estaba haciendo aguas.

–       No sé – respondió Vicenta – no sé… ¡te lo noto en el aura!

–      Ah bueno, un poco – dijo extrañado y luego continuó con una frase lapidaria de esas que “supuestamente” hacen que una chica caiga rendida – ¿Sabés?, en un mes me voy a Niu Shork a vivir, soy ingeniero y tengo un master en política aero espacial…Y bueno, estaba en la esquina de la discoteca ¿viste?, rodeado de un montón de pibas guapas y sho no entendía nada y entonces te vi y dije: “Qué divina que es, está re de más” y aquí estoy ¡Soy todo tusho!, ¡haceme lo que querás, diosa!

–      Tenés muy poco acento argentino – dijo Vicenta intentando abrir los ojos (llevaba un pedo de campeonato)

–      ¿Acento, decís?… ah sí…Quiero perderlo un poco para mi viaje a Niu Shork, ¿sabes? ¡Sos divina! ¿de dónde venís? (estaba convencido que esa noche mojaba el muy boludo)

–      ¿Querés perder tu acento? ¿Por qué lo querés perder? – continuó Vicenta – ¿No es eso como una traición a tu patria?

–      ¡Qué la parió! – le gritó el tío hecho una furia como si no se creyera que la piba no estuviera lamiéndole la punta de sus botas horteras – ¡Sho sólo quería invitarte una copa! ¡¿Sos siempre así de loca?! ¡Si no te gusto me lo decís y sha está! ¡Loca! ¡Sos re de menos! ¡Concheta de mierda! ¡Aaarrgghh!

Y salimos escopetadas de nuevo por si el club de fans del boludo éste se nos echaba encima a matarnos por haber desaprovechado la oportunidad de ligar con Divo.

La madrugada del 21 de Diciembre nos fuimos a esperar nuestro vuelo de Buenos Aires a Santiago de Chile. Estábamos en ello, esperando muertas de asco, cuando oímos que nuestro vuelo tenía un retraso de cuatro horas. Casi nos dio un soponcio. La gente a nuestro alrededor se puso a protestar de manera bastante violenta y, en pocos minutos, se hizo el caos total. Vicenta se puso muy nerviosa y estaba a punto de ponerse a gritar, pero sucedió algo maravilloso. Alguien cogió uno de los micrófonos de la megafonía de informaciones y se puso a cantar una melodía que me era familiar:

“…The phone rings in the middle of the night
my father yells what you gonna do with your life
oh daddy dear you know you’re still number one
but girls they want to have fun
oh girls just want to have fuuuun…”

Una extraña mujer, de gafas oscuras y con el pelo cubierto por un pañuelo de color negro, cantaba con el micrófono pegado a los labios como si la vida le fuera en ello. Poco a poco la gente fue rodeándola, todo el mundo sacó sus cámaras de fotos, le hizo fotos y se olvidó del retraso del vuelo ¡Era Cindy Lauper!, la auténtica, la verdadera, la que calmaba a las fieras con ese gesto tan auténtico y generoso. Siempre recordaré ese momento porque estuve todo el rato conteniendo a Vicenta para que no le quitara de las manos el micrófono a Cindy.

La espera se hizo más llevadera y la gente se tranquilizó. Una de los pasajeros me contó que no era la primera vez que pasaba algo parecido. Cindy Lauper lo había hecho antes ¡Era una diosa!

Cuando ya por fin cogimos el vuelo a Chile, Vicenta me contó que quería ir a alguna fiesta donde tocaran bailanta. Yo le dije que eso se bailaba en Argentina, que ya era tarde para retrocedes, y que en Chile no encontraríamos más que  techno cumbia y ordinarieces de ese tipo (yo siempre leía mucho de los países que visitábamos; ella no leía un carajo)

–      ¿Ordinarieces? – me preguntó extrañada – ¡Kochanie (querida), pero si somos polacas, eso debería darnos igual! ¡Que estamos de vacaciones, divertite, colgate la cámara de fotos al cuesho como Kapuściński y nos vamos por las calles a vivir!

Así era de metafísica y filosófica, luego lo mismo no teníamos ni para un par de latas de tomate, pero eso a ella no le preocupaba. Yo era más aprehensiva, más terrenal ¡Cuántos momentos buenos que estuvieron a punto de escaparse!

A mediodía, al salir del Aeropuerto Arturo Merino Benítez -nunca entendí por qué los chilenos no le cambiaron el nombre por otro menos vergonzoso- nos vimos rodeadas de un grupo de taxistas que nos ofrecían llevarnos a la ciudad por menos dinero del habitual. Vicenta me cogió de un brazo y me tironeó a la salida. Yo estaba estupefacta, mi español sufrió un ataque de pánico y fui incapaz de decir palabra alguna para que nos dejaran en paz. Habían sido apenas dos horas de vuelo entre Buenos Aires y Santiago de Chile y me sentía como si me hubieran dado una paliza en la cabeza. Afuera Vicenta pilló un transfer bastante barato y nos montamos con otros turistas con cara de cansancio. Vicenta se durmió en el acto y yo me quedé despierta, cogí mi cámara y me fui toda la autovía haciendo fotos al paisaje. Di una pequeña cabeceada y al despertar me encontré en la entrada de Santiago: casitas de una planta, grises, tristes, como si una capa de ceniza hubiera caído sobre ellas y, a un costado derecho, una estación de tren polvorienta. Las calles estaban invadidas por gente de rostro preocupado vestidos en tonalidades tristes, como si quisieran pasar desapercibidos, y con prisas. Desperté a Vicenta con un codazo y ésta se desperezó.

–       ¿Dónde chipke (coño) estamos? – preguntó.

–      Boluda, a ver si empiezas a hablar sin mezclar el idioma -, le sugerí en voz baja mientras le sonreía a una holandesa sonrosada con cara de ternera.

–       ¡Dejame en paz, wiesniara! (paleta)

La holandesa ternesca le preguntó en francés a Vicenta que de dónde era. Vicenta la miró con cara de seta y no supo qué decirle. La tipa debió adivinar que no hablaba nada de francés y se largó a soltarle la retahíla de por qué había venido a Chile, en inglés. Entre otras cosas le contó que estaba en viaje en busca de iluminación y que iba al Valle del Elqui a buscar alguna cura alternativa para la enfermedad de su padre. Vicenta, por las caras que ponía, no se estaba enterando de nada. La holandesa seguía con la charla sobre feng shui, curas medicinales, conexión con el cosmos y viajes astrales y a todo Vicenta respondía como Aznar: “zenkiu, zenkiu”. Cuando la holandesa se dio cuenta que Vicenta ponía cara de circunstancia,  le preguntó:

–      But, do you speak english? I said my father has cancer…

Me eché a temblar porque la boluda era capaz de responder cualquier boludez con tal de quedar como una culta y esta vez mi pálpito no me falló.

–      ¿Cancer?… ¡Ah! ¡Congratuleishonssss!

La guiri no nos habló más, cogió su teléfono móvil, nos hizo una foto y se puso a escribir en su teléfono algún twitter para ponernos a parir a nivel mundial con nuestras caras.

–      Apenas podamos nos bajamos de aquí – me dijo, y yo asentí rápidamente.

De este país, Chile, sabía que era un país dividido – lo había oído decir a un escritor chileno y tenía el gusanito de conocerlo para formarme una opinión. De Santiago le oí decir que era una ciudad plana, casi sin accidentes geográficos más que por la Cordillera de los Andes, y presté atención al paralelismo que hacía respecto a la geografía y a la separación de clases sociales. A Santiago la describía, socialmente, como una ciudad hipócrita y altanera, que había perdido su verdadera identidad –cosa que le pasa a la mayoría de las capitales del mundo-. Por el contrario, de Valparaíso y Viña del Mar, decía que eran ciudades costeras honestas porque ambas estaban enclavadas en los cerros, desde  donde se podían ver los barrios pobres con ojos de barrio rico. Los ricos que vivían en estas dos ciudades les era muy difícil quitar la mirada a la realidad; en Santiago, por el contrario, los ricos vivían en guetos aislados, alejados de los pobres a los que consideraban infecciosos, cambiándose de camiseta de manera oportunista, sin dedos para el piano, pero con el futuro asegurado al calor de un sol que sólo les calentaba a ellos.

Cogí mi plano y me di cuenta que nos habíamos pasado un montón de calles con el transfer, que tendríamos que habernos bajado en La Estación Central y haber caminado luego a la estación de buses que estaba cerca. Hice parar a toda prisa al chofer y obligué a Vicenta a bajar porque se nos había ido la olla oyendo a la holandesa. ¡Hacia la cordillera están los pueblitos donde hacen fiestas con bailanta!, le dije a Vicenta, pero ella me preguntó si eso estaba para el norte o para el sur… y lo echamos a suertes. ¡Salamanca!, ¡allí vamos a escuchar bailanta, boluda!, le dije apuntando con el dedo a un puntito en el mapa. Cruzamos corriendo las veinte calles en dirección a la estación de autobuses con la mochila a cuestas, como un par de locas, cruzando en roja, sorteando carretas cargadas de lechugas, taxistas, choferes de autobús enloquecidos, niños en uniforme escolar que rompían sus cuadernos en la calle y otros que vendían berlines, hombres que arrastraban carromatos y mujeres que te llamaban de caserita para venderte cualquier cosa.

Al llegar a la estación fuimos las últimas en comprar un billete de autobús ese 21 de Diciembre porque después se apagaron las luces y los ordenadores y todo se volvió caótico. Una mujer se puso a gritar que un cajero estaba escupiendo dinero y todo el mundo se le fue encima; otra más allá, que estaba en la puerta de una peluquería, se puso a gritar que era el fin del mundo y todos se pusieron a correr arrasando con todo a su paso. Incluso vi a un tipo cargando con un colchón a la espalda en la explanada de la estación y a otro robándose un televisor como si se tratase de un artículo de primera necesidad. Nosotras nos fuimos a toda prisa a pillar nuestro bus que arrancó apenas nos subimos dejando a todo el mundo tirado en los andenes. El chófer era un chico bastante joven y, con cara de susto, muy pálido, muy pálido, que nos dijo que nos iba a sacar de allí cagando, que él tenía que pasar las últimas horas del mundo junto a su familia en La Ligüa y que ¡a la mierda todo, chuchesumare! (o algo así). Nos acojonamos vivas y empezamos a temblar mientras el chico salía de la estación chocándose con los demás autobuses.

–      ¡Yo voy a salir de de esta puta ciudad como que me llamo Lucas! – dijo con cara de loco.

–      ¡La hemos cagao! – dijo Vicenta – ¡Vamos a morir, vamos a moriiiir!

La radio del bus tocaba cumbias a todo volumen y, con esa música de fondo, salimos a la calle desde la estación esquivando coches, motos, carretones, luces rojas, bolardos de plástico continuo que separaban la vía de los coches de la de los autobuses públicos y nos pasamos por el orto un parque que dividía la Alameda principal en dos para aligerar y salir del centro lo antes posible. A través del parabrisas vimos cómo los semáforos parpadeaban y luego directamente se apagaban provocando un choque en cadena de coches que se amontonaban a nuestro paso. Cuando salimos en dirección al norte, por la autovía, pudimos respirar, pero la calma duró poco, el tal Lucas cambió la radio y oímos todo lo que estaba ocurriendo en el país: Era el fin del mundo (tal como lo conocíamos) según el Calendario Maya. Las noticias decían que había habido una tormenta solar que había afectado los sistemas y todos se habían venido abajo. No había ni electricidad, ni fuente alguna de energía, ni sistemas informáticos, ni suministro de combustibles, ni habría en un futuro cercano producción de alimentos, ni indicadores económicos ni desaprensivos que jugaran con ellos, ni sistemas de calefacción para millones de personas que vivían en el hemisferio norte, ni sistemas de refrigeración en las centrales nucleares del hemisferio sur. Todo se había acabado.

Nos sentamos en los asientos delanteros y nos tranquilizamos. Ya daba igual desesperarse; de un momento a otro nuestros miedos se habían hecho realidad y la vieja loca prestidigitadora del aeropuerto de Londres había acertado en su predicción. Siempre me pregunto qué habrá sido de ella y de toda la gente que conocí en mi vida, qué habrá sido de todos ellos y qué va a ser de nosotras. ¿Qué pasaría por la cabeza de Lucas, el conductor del bus, aquel día? Yo creo que fue todo instintivo, supervivencia pura, un sentimiento de querer volver a casa con los suyos, a algún lugar cerca del que nosotras elegimos para ir a vivir nuestras últimas horas: Salamanca.

A la orilla del camino se veía gente correr, otras meterse a sus casas y otras salían a disfrutar de los últimos momentos. Algunos estaban de pie, junto al camino, con la vista fija en el sol, esperando lo que pudiera bajar del cielo. En la radio decían que había gente que corría por las calles con sus cosas y sus hijos al hombro, otros habían cogido sus coches rumbo a la cordillera, otros al sur y otros hacia el mar porque existía la posibilidad de un nuevo terremoto en Japón y un tsunami en el Pacífico. Si todo se cumplía, por la noche las costas de Chile recibirían con los brazos abiertos a la Isla de Pascua. Yo suspiré y me dije a mí misma que habíamos elegido bien el sitio donde acabar nuestros días. Miraba a Lucas, el conductor, y tuve la sensación que realmente nos iba a llevar adónde queríamos ir: junto al mar. Vicenta tenía la vista perdida en la carretera y luego, su único gesto instintivo, fue sacar un cigarrillo de su bolso, encenderlo y darle una gran calada.

Cuando desperté estaba hecha un ovillo en el asiento. El  autobús estaba aparcado a la orilla del camino y Vicenta no estaba. Miré por la ventana y afuera sólo pude ver a lo lejos una caseta de color rojo y un parque de atracciones polvoriento y abandonado. No había nadie alrededor, Lucas había desaparecido y Vicenta estaba sentada al borde del camino sobre su mochila fumándose otro cigarrillo como si nada. Nadie pasaba por la carretera.

–      ¿Dónde está el chófer? – le pregunté bajando del bus.

–      Sho que sé – me respondió – ¿Te acordás de la vieja del aeropuerto que nos dijo que un tal Lucas nos iba a cuidar?

–      Si – respondí.

–      Pos nos ha dejado tiradas el hijoputa. ¿Sabés en qué estoy pensando en este momento? – preguntó con un tonito inquietante.

–      Que el tal Lucas nos sacó de Santiago, cuidando que no nos pasara nada, como un ángel de la guarda. Yo creo que ha tenido que irse, como un ángel que es, al cielo a ayudar a Dios el último día de la humanidad – dije convencida.

–      Vos para ser atea tenés una buena empanada mental – me respondió – A vos, el día de tu boda, deben haberte arrojado algo a la cabeza que te golpeó y te dejó tarada…

Y entonces, cuando el supuesto ángel nos abandonó, apareció Él entre una gran polvareda desde alguna caseta del parque de entretenciones. Vestía de negro, con botas y sombrero vaquero, gafas oscuras, cigarrillo de liar en la boca, el rostro comido por la viruela, una escopeta al hombro y una gran sonrisa coronada por un diente de oro. Le cogí la mano a Vicenta y, a pesar de que aún había luz solar, me invadió el miedo porque el tiempo pareció detenerse en esta parte del universo y no se oyó más ruido que el que hizo su voz al hablar.

–      Chicas, ¿queréis pasarlo bien? – dijo, con aires de creerse Jhon Wayne – Tengo porros también – insistió – Os podría decir cómo me llamo, pero es algo difícil de pronunciar, prefiero que me llaméis el hombre malo.

Nos cagamos. Estábamos en el medio de la nada y el tipo ése medía casi dos metros. Sus manos eran tan grandes que con un solo movimiento podría habernos arrancado el corazón.

–      Vivo en el parque de entretenciones, ¿Queréis aprender a disparar esta escopeta? – dijo apuntando a mi cabeza y luego a la de Vicenta -. Luego os puedo llevar al mar que está cruzando la autovía. Tenéis pinta de no ser de por aquí ¿De dónde sois? Ah, ya sé, ¡sois polacas! ¡Bang, bang!

El hombre malo nos llevó al parque de entretenciones y nos enseñó a las dos a manejar el rifle hasta que anocheció. Yo aprendí a disparar bastante bien, pero Vicenta mató a dos gatos que se cruzaron en su camino. Cuando ya no se veían los marcadores nos llevó hasta la misma parada de autobús y cruzamos la carretera hacia el mar. Al llegar allí me sentí como si sólo nosotros tres habitáramos el planeta. Me quité las botas y me acerqué a la orilla del mar. Vicenta se quedó en la arena y el hombre malo me siguió. A pesar de que no le conocíamos de nada me dijo algo que jamás olvidaré:

“La gente está convencida que soy un hombre malo, pero para mí esto es lo que me tocó vivir, yo no lo elegí, a mí solo me pusieron en este sitio. Yo era necesario para tener un punto que separase lo bueno de lo malo, alguien a quien culpar de todos los males de la humanidad. Pero si te pones a pensar en ello te darás cuenta que el bien y el mal son términos subjetivos. Yo te enseñé a disparar una escopeta de feria ¿Soy malo por eso? ¿Y si esta misma escopeta te hubiese servido para defenderte de algún peligro, seguirías pensando que soy malo? Mi razón de existir siempre fue más simple de lo que os contaron los verdaderos embajadores del mal. Yo estuve aquí, no hay duda de ello, yo construí las nubes y ahora me voy porque ya no soy necesario. Tenéis mucha suerte, tenéis una nueva oportunidad, pero ahora sin mí, así que hacerlo bien porque yo ya no estaré y no tendréis a quién culpar nunca más”

Dicho esto el hombre malo se quitó el sombrero, dejando al descubierto un par de grandes cuernos desgastados, y se metió en el mar desapareciendo en la oscuridad de la noche envuelto en la olas de un apacible océano Pacífico.

Cuando me giré donde Vicenta ella estaba sentada viendo cómo la marea subía lentamente. Lo había oído todo.

–       ¿Estás pensando lo mismo que yo? – le pregunté.

–       Sho que sé – me dijo – sho me perdí en lo primero que dijo…

–       ¡No boluda!, ¿vos sabés quién realmente era ese tío?

–       Un cornudo – respondió Vicenta. No quise insistir.

Me senté junto a ella, a la orilla del océano, a esperar a que viniera una gran ola que arrasara nuestras vidas.

Tardé años en regresar a lo que antes se conocía como el continente europeo. Mucho tiempo pasó hasta que todo se restituyó. Las tormentas en el sol sumieron al planeta en la Edad Media durante años, pero un día todo volvió todo a ser como siempre, volvieron a funcionar las centrales, las líneas de producción y los sistemas de comunicación, pero extrañamente nunca volvió a crearse arma alguna por muy necesaria que fuese para proteger vidas. Ese día desaparecieron los rifles de feria de la faz de la Tierra. Imagino que aquel día del Juicio final las iglesias, las mezquitas, los templos y sinagogas se vaciaron y la gente se dio cuenta que sus representantes les hicieron perder siglos sin dar respuesta a nada. Todo el mundo salió a las calles buscando a Dios y se encontraron de frente con sus hermanos.

Y aquí estoy, con la misma sensación que tuve aquella vez. Hoy la veo entrar en la cafetería con la misma expresión de felicidad, toda alborotada porque nos hemos vuelto a rencontrar.

–      Ché, boluda, qué tarde que shego – dijo sofocada – me he venido corriendo. Me he encontrado en el metro con el boludo del Pancho que me pidió que le contara qué pasó en la plasha ese día para escribir uno de sus cuentos de mierda ¡No sabés qué pesado!

–      Boluda, ¡estoy tan feliz de verte! – le dijo abrazándola.

–      ¡Que darcy que sos! – dijo dándome dos besos con los ojos al borde de las lágrimas, pero luego continuó como si nada como para no dejarse invadir por la emoción – ¡Pero no sabés, que pesado de verdad! Sho creo que le voy a decir al Pancho que no; que cada vez que escribe algo sobre mí siempre me saca como una boluda…

–      ¿Qué fue de ti todo este tiempo? – le pregunté – ¿Dónde te habías metido, boluda?

–      Es una historia muy larga – me respondió -. ¿Nos pedimos otro café?

(*) Para Renata y Annia

(*) Referencias:

1.- El “hombre malo” es  un guiño a un personaje que sale en el video de “Tú por mí” de Christina Rosenvinge
2.- Joaquinita es un personaje del cuento del mismo nombre: “Joaquinita (eso tiene un nombre)”
3.- Cindy Lauper sale gracias a un video de ella en youtube cantando en el aeropuerto de Buenos Aires y porque ella lo vale
4.- La monja macarra de Fausto sale en el cuento “Tenedores & Alacranes” y es una convencida que en cielo también hay burocracia ¡Estamos jodidos!
5.- La vieja prestidigitadora del Aeropuerto de Londres sale en el cuento “Señoras que no paran de hablar en los aviones”
6.- Lucas sale porque me salió de allí y porque necesitaba un ángel inepto, pero que hace lo que puede.
7.- El personaje principal, la “frontalizada” sale en el cuento “Mi vida son los tambores”
8.- El personaje de Vicenta Boluda es real como la vida misma y ella más que nadie merecía un cuento donde ella brillara.
El resto de situaciones, comentarios, anécdotas, frases aplastantes, mala leche (y buena también) son reales, reales, reales.
Desde mi soledad de escritor, que no se lo toma muy en serio y que se descojona con todo lo descojonable, os deseo a todos “Grandes éxitos”  por el resto de días que nos permitan vivir los embajadores y mensajeros de las religiones del Terror y Fanatismo (gentuza asquerosa enemiga de que la gente sea alguna vez feliz). A todos ellos os deseo un categórico “¡QUE OS DEN, AGUAFIESTAS!”
SALUD Y LARGA VIDA PARA TODOS
FRAN BARRERA, Marzo 31 de 2011

 


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