GRIMALDINA

Fotografía: Camboya (Renata Julga)


Si. Grimaldina es mi nombre. Ya sé que es un nombre feo pero explicarle eso a mi madre que es la que ha tenido la culpa de todo siempre.

Me puso así por una princesa de no sé donde que se llamaba La Grimaldi y porqué lo único que yo saqué de ella fue el color de pelo.

Mi madre es una mujer conejo (y en el fondo una grandísima cabrona) de esas que se pasan toda la vida pariendo críos para cortarles el cordón umbilical y luego dejármelos a mí para que yo los críe. Ella es así. Apenas paría se fajaba entera, se pintaba los labios y se iba a las fiestas del pueblo a buscarse un huaso que nos ayudara con la cosecha, con los caballos y con el montón de críos que había tenido con los años nada más por hacerle caso al puñetero cura de mi pueblo. Ella nunca perdió la esperanza de encontrar un padre para mí y para mis cuatro hermanos mocosos.

Yo, la esperanza la perdí del principio porque ella es idiota y de esas mujeres que les da igual ocho que ochenta y se enamora de buenas a primeras con tres palabras bonitas le digan. Luego se desengañaba, lloraba como una marrana por haberse quedado sola preñada y vuelta a cuidar de la cosecha, de las gallinas, las vacas y de las uvas para la pisquera (que son en el fondo lo único que nos daba para comer) Gracias a Dios se quedó viuda porque mi padre era un bendito y le aguantaba todas sus tonterías de mujer bruta de campo. Si no fuera por esa camioneta de la mina de Los Pelambres, aun estaría vivito, y al menos mis hermanos serían hermanos de padre y madre y no hermanastros ¿Tu sabes lo que es tener que criar a cuatro niños distintos entre si y que cuando vas por el pueblo todos te señalen como la niña tonta que cuida a los hijos de otros?

Me levanto todos los días de la cama a las cinco de la mañana con un zapato que me arroja mi madre a poner ollas y teteras al fuego, ordeñar la vaca para darles de desayunar a los jornales que mi madre ha contratado para la temporada de la uva, levantar a los cuatro monstruitos y dejarlos entretenidos bajo el parrón, levantar a la abuela y meterla en la mecedora para que ella les eche un vistazo mientras me voy a la escuela caminando un par de kilómetros hasta la tarde en que vengo reventada como un sapo a preparar la cena a todos los jornales otra vez, dar de comer a los monstruitos y acostarles, a la abuela, a la mujer conejo, hacer las tareas del colegio, encerrar las gallinas y cerrar el portón y todo esto con una vela en la mano. Cuando caigo a la cama me importa un rábano que mi madre me de tres gritos para rezar antes de dormirme. Con una vida así tendría mucha suerte si Dios me castiga y me fulmina por no haber rezado.

Y así todos los días. Menos los sábados de primavera y verano que mi madre se larga a las fiestas de los pueblos para dejarme sola con la abuela y los críos y regresar de madrugada con algún huaso bruto engañado. Lo peor es que al día siguiente le tengo que poner también a él de desayunar.

¡Yo no sé qué será de mí cuando me empiecen a salir las tetas! ¡A mi madre le da algo fijo! Y es que ya lo veo; le empezaré a gustar a los jornaleros y ya la habremos cagado porque eso a mi madre no le va a gustar y terminará por ponerme en la puta calle como le pasó a la Rudolfina, la niña de la parcela de al lado, que apenas le salieron las tetas la echaron de casa y se fue a trabajar cuidando niños a la gran ciudad. Vamos, lo que hago yo pero de gratis.

Lo único bueno de mi vida es mi abuela porque no se mueve ni molesta si no quiere. Yo creo que se hace la tonta. Está muda pero cuando tiene que hablar suelta unas perlas que nadie se imaginaría. Dicen que está tontipléjica, pero yo creo que es mentira. Se acostumbró a que yo hiciera todo por ella y a cambio cuida de mis hermanos pequeños arrojándoles uvas que coje del parrón para que se queden tranquilos. Una vez la sorprendí dando un par de pasitos desde la mesa a su mecedora con una gallina en la mano cogida por el pescuezo. Cuando me vio soltó una risita jocosa, le torció el cogote a la gallina y la arrojó a mis pies. Toma, dijo, ¡tengo ganas de comerme una cazuela!

Los domingos se puede decir que son diferentes porque puedo levantarme un poco más tarde, vienen todas mis tías y primos y les tengo que poner de desayunar. A mediodía puedo irme a misa, que es mi única entretención, a escuchar la sarta de tonterías que dice un cura jovencito en la iglesia del pueblo. Prefiero eso a quedarme en casa con los gritos de mis hermanos y primos peleándose por meterse al canal a bañarse en pelotas.

Mis tías son todas unas inútiles. Sólo hablan de lo bien que se vive en el pueblo de al lado y de porqué no nos vamos a vivir allí y dejamos la parcela tirada porque así trabajaríamos menos. Si la única que trabaja como una negra en casa soy yo. Si les hiciera caso mi madre estoy segura que ninguna de estas cotorras iba a ayudarnos a nada.

Con todo esto en la cabeza no hay dios que se concentre en la misa. El cura me tiene fichada porque soy rubiecita y ya me está llegando el desarrollo. Me ha dicho que las niñas buenas van a la confesión en su oficina cuando ya se han ido todos. Yo prefiero ser una niña mala y que me echen a puntapiés del cielo porque una vez le vi confesando a dos niños sin ropa. Con el tiempo, en la escuela, entendí que eso era normal porque en la antigua Grecia los padres mandaban a los niños con unos tutores que les enseñaban cosas y en todos los libros salen sin ropa así que todo bien. Además el cura es jovencito y según las niñas del colegio es mejor que el cura anterior que era un viejo antipático que nada más que vivía para cobrar a la gente por todo: dar misas, bautizar a los niños, casar huasitos con huasitas, dar extremaunciones a los abuelos e inaugurar las fiestas del pueblo. Cuando este cura ladrón murió, la gente se metió en la sacristía y encontró sacos de dinero de toda una vida con el cual construyeron una capilla nueva y trajeron al cura nuevo del pueblo de al lado y vuelta a empezar. Y es que en el pueblo hay poco que hacer.

La escuela me encanta porque ahí siento que no trabajo para nadie y puedo ser una niña como las demás. Los niños del colegio me miran asustados porque las niñas rubias son algo raras en el pueblo y todos dicen que son las primeras que caen. Yo no sé muy bien a qué se refieren. Un día un niño medio tonto y que anda todo el tiempo sobando a las niñas me dijo que los niños más bonitos eran los que primero perdían la virginidad (él yo creo que no la va a perder nunca). Cuando me dijo eso imaginé que mi madre me había apuntado a alguna lista con el cura jovencito para que perdiera la virginidad de las primeras y así poder echarme de casa para que me pusiera a trabajar y trajera dinero.

¿Y qué pasará con las niñas morenas y las pelirrojas? Seguro que eso va por orden y se tienen que esperar hasta que el cura les llame: primero los niños y niñas bonitas y al final van llamando a los feucos para perder eso de la virginidad ¡Yo no quiero ser como la virgen porque sufrió mucho en su vida con un hijo que persiguieron como a un delincuente y lo mataron los romanos! ¡Yo no quiero que los romanos vengan a por mí a preguntarme por mis hijos!

¿Y si me tiñera el pelo de negro?

Esto de vivir escuchando estas historias me trae por el camino de la amargura ¡Ojala nunca me salieran las tetas, que debe ser como si te creciera una bomba de tiempo en el pecho! Quiero seguir siendo una niña y que jamás me salga ese matojo de pelos que tienen todas las mujeres entre las piernas como mi madre y así nunca me saliera un niño por allá abajo.

¿Los hombres también tienen pelos ahí? No estoy segura y ahora estoy más perdida que nunca desde que me dijeron que en el pueblo había un niño que tenía pelo entre las piernas pero que se comportaba como una niñita ¡El mundo de los adultos es tan complicado!

Ese niño tonto y mentiroso del colegio también me dijo que los abuelos, al envejecer, se van encogiendo y les salen orejas grandes como las de los murciélagos para que después de morir se transformen en vampiros y vaguen por el mundo conspirando contra la humanidad hasta el día del fin del mundo que debe ser pronto porque ya estamos a mil novecientos ochenta y seis. Ese cuento si que no me lo creí porque mi abuela puede ser todo lo bruja que se quiera, pero vampira no, porque si apenas puede caminar menos podrá volar. Cuando le pregunté a ella si vendría después de muerta a chuparme la sangre me lanzó una olla a la cabeza diciéndome que ya me gustaría a mí que ella estuviera muerta.

Ese niño mentiroso un día me va a volver loca de tantas mentiras que me dice, aunque me río mucho con él, especialmente cuando me cuenta cosas que yo aun no sé. Un día, en el recreo, me dijo que al día siguiente sería el fin del mundo y que iba a venir Jesús montado en el cometa Halley y detrás de él iban a venir los romanos persiguiéndolo montados en cometas que se estrellarían en la tierra e íbamos a saltar todos por los aires. Así que debía despedirme de todos mis amigos y profesores. Estuve toda la mañana despidiéndome de todos y hubo más de uno que se creyó el cuento y terminó llorando. El niño mentiroso no paraba de reír.

Antes de irme a casa me pasé a la iglesia a ver al cura para preguntarle si esto era cierto. Me miró muy serio y me dijo que el Apocalipsis ése no debía pillarme sin confesar así que me pidió que me quitara la ropa para el tema ese de la virginidad. A mi me dio miedo; como al día siguiente ya vendría Jesús a destruirlo todo, si perdía la virginidad y me quedaba preñada no me daría tiempo de criar un hijo ni nada así que salí corriendo. El por detrás me gritaba que al menos rezara no-se-cuántos Padre Nuestros pero yo sólo pensaba en que sería mejor que los rezara él y su puta madre.

El Apocalipsis es así. No te da tiempo a nada; ni a preparar la cena a tus hermanos, ni a ayudar a la abuela a acostarse ni a cerrar el portón. Al llegar a casa vi salir a los últimos jornales y me despedí de ellos diciéndoles que no vinieran al día siguiente porque ya no habría campo para segar, ni caballos, ni uvas ni nada y si el fin ese venía temprano lo mismo tampoco habría desayuno porque a mi no me iba a dar tiempo con tanto ajetreo. Además, si todos los seres humanos íbamos a amanecer muertos entonces qué más daba encerrar las bestias esta noche, así que las dejé escapar a todas por el campo para que su último recuerdo animal fuese una comilona de uvas, tomates, duraznos y todo lo que cultivábamos en la parcela.

Cuando me metí a la casa me acerqué a mamá y le di un gran abrazo pero ella me apartó y me cruzó la cara de un bofetón por haber dejado escapar a los animales.

¡Que es el fin del mundo!, le grité. Pero ella nada, como si le hablara a la pared.

Entonces sentí una gran presión en el pecho ¡Las tetas! ¡Se acabó mi tiempo!, pensé.

Mi madre me vio soltar un par de lágrimas y me zarandeó para que le dijera qué me pasaba. Entonces le conté lo de las tetas, de los vampiros, de la abuela tontipléjica, lo del niño mentiroso, de la lista de espera para perder la virginidad con el cura, lo de los romanos que venían a por Jesús y del Apocalipsis del día siguiente que dejaría a los seres humanos muertitos y a las vacas paseando por los caminos y campos como si esto fuera la lejana India.

¡Qué me estás contando pendeja estúpida!, me gritó lanzándome al suelo.

Salí corriendo de casa, corriendo entre lágrimas pero feliz porque ahora ella tendría que hacer la cena, acostar a los monstruitos y a la abuela y cerrar el portón. Corrí y corrí hasta que paré en medio de un camino a oscuras que llevaba al pueblo de al lado. Miré hacia el cielo y vi el cometa ¡Era bellísimo! Pero yo aun era virgen y aún estaba viva ¿Porqué seguía viva?

Me colé en una granja junto al camino y junto a un granero habían unos sacos de fertilizante con una calavera blanca dibujada. Le hice un agujerito a uno de los sacos y comencé a escarbar hasta que saqué un par de bolitas de eso y me las metí a la boca. No sentí nada. Seguí comiendo hasta que comenzó a arderme el estómago, entonces supuse que el cometa se había estrellado ya en la tierra pero me lo había perdido y que, en ese preciso instante, todos los seres humanos estábamos sintiendo el mismo calor en el vientre, prendiéndonos fuego por dentro, y que de un momento a otro íbamos a explotar por los aire y dejaríamos de sufrir.

Al día siguiente el mundo entero se acabó, pero sólo para mí.

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