HISTORIA DE UN JAMÓN

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A todo meter llegamos a la fiesta en el Palacio de Congresos de Torremolinos. Gutiérrez y yo, a todo meter, con la cena dándonos vueltas en la barriga y los cubatas del bar regurgitándonos. Todo por llegar a tiempo al discurso del jefe, el dueño del canal de TV donde curramos, pa que no nos miren mal; que es muy importante, que como te lo pierdas olvídate de renovar, que la foto con él, que vamos a beber y comer gratis, que como lleguemos tarde la hemos cagao, que me dejen en paz.

Gutiérrez aparca sobre la acera y se hace el nudo de la corbata mientras caminamos aligerando al salón de fiestas y yo me paso los dedos, a modo de cepillo, por los dientes para que no noten que me canta el pozo. Lo primero los abrigos al guardarropa, la de la entrada nos da a cada uno el billete de loteria de la empresa y el nº del sorteo para un jamón, luego el careto del tipejo de recursos humanos apuntándose a un ojo con el índice en señal de “vaya horas, par de cabrones” y corriendo a sentarse, agachados, casi a gatas, para que no nos vea nadie, a la mesa de los tardones. En la mesa nos sentamos, nos calamos la servilleta al pescuezo y a esperar para cenar.

Está el salón a oscuras porque el jefe está hablando y todos con cara de seta. Cuarenta y cinco minutos después (de reloj) acaba el discurso y todos a comer rápido que viene el baile y la oportunidad de ver borracha a Pepa, la recepcionista, a ver si hay suerte y me la llevo a casa. Todos mis compis del curro, mirándome con envidia por habernos sentado en la mesa de la chica más guapa del canal que ha venido con el novio que no se entera de nada. Mis compañeros no valen nada; están todos quemados, panzones, mal peinados, mal vestidos, mal casados, deseando la suerte del novato, deseando tener la oportunidad de ser de nuevo jóvenes y aprovechar las oportunidades que dejaron pasar.

Dejan de mirarte por un segundo. ¡Viene el sorteo del jamón! Hay un resoble de tambor pregrabado, las manos sudadas, Gutiérrez y la boca seca que se limpia el bigote en el mantel de la mesa, todo lo indica, esta es la noche y stop: el tiempo se detiene, bajo la vista, cantan el número de la suerte, pestañeo, cierro y abro los ojos, lo tengo yo ¡Lo tengo yooo! ¡Suerte la mía me ha tocado el jamón! pero de inmediato todos se giran, con cara de cuervo, como si tuviera un pescado colgando del pico. Brinco feliz y me muevo entre las mesas de camino al escenario. Le meto dos besos a mi jefe (que asco de after shave que usa el gañán: mezcla de hachís y Ralph Lauren). Le arrebato el jamón de las manos. Vuelvo brincando a mi mesa, nadie me mira, nadie está para cuando he vuelto con mi premio. Todos ya están pidiendo el primer pelotazo, como si les hubiera molestado que el ganador haya sido el novato. Me arreglo la corbata. Me cuelga el jamón de la mano. Por primera vez pienso en lo inconveniente de mi alegría. Pepa es la única sentada a la mesa. Por fin me mira, me mira con deseo, se ha dado cuenta que existo, que respiro, que estou aquí, que no soy sólo el amigo del guapo de Gutiérrez. Se acerca, me susurra, dedito deslizándose por la manga de mi traje.

– Te cuido el jamón – dice.

Le doy la espalda, me piro al servicio, allí me esperan los mismos tres sanguijuelas, los enviados del jefe, los tres aburridos que quieren saber cómo hice para ganarme el premio (como si les asustara que alguien estuviera usando las mismas tretas que ellos usan sin pagar el copyright de gran mamón)

– Vente con nosotros – dicen a coro – te cuidamos el jamon.

Doy media vuelta, me siento observado. Me voy a la barra. Gutiérrez ya lleva dos cubatas, no aguanta mi rostro.

– ¡Que pasa, tío! – dice – ¿Tas ganao el jamón eh?  Si eso nos vamos de copas a la costa. Ya he hablado con Pepa, está todo arreglaedo, se viene también  ¡Menudo fiestón!

Me siento como si tuviera el martillo de Thor en mis manos. Me siento fuerte y temido, admirado, idolatrado, todo por un trozo de carne con grasa. Todos se me acercan, les digo que no, que me dejen tomar un cubata tranquilo, que me dejen en paz. Me siguen de camino a la pista de baile. Mi jefe me abraza.

– ¡Qué suerte! – me dice – ¿Asi que trabajas para mí, campeón?

Te deshaces de él. Es un personajillo oligofrénico, de mal aliento, pestilente, que jamás te ha visto, menos te ha hablado. ¿Qué es esto? ¿Qué son esos tratos ahora? Te habla como si te conociera de siempre, como si al día siguiente te fuera a invitar a jugar al golf. ¡Pesadillezco!

Te detienes a pensar mientras todos te observan con tu pata de jamón en la mano. De pronto, a vista de todas, estás bueno, eres el más sexy, el más viril, el más deseado, el más buenorro, el que tiene más polvos, el que se follarían todas y algún que otro redactor. Te asusta que la gente sea tan rastrera, tan sucia, tan convenida, tan puta, todo por un jodido jamón. Lo que ellos no saben es que tú eres vegetariano, que compartes piso con dos chicos marroquíes, que será llegar a casa y tirar el jamón al cubo de la basura. Eso si aguantas un día más y no acabas regalándolo a Gutiérrez, al que ahora asoma su vista como un buitre. Fijo que Pepa ha estado comiéndole la oreja mientras te escabullías con el jamón al hombro por todo el Palacio de Congresos como si fueras un cromagnon. Pepa, Pepa… ahora resulta que sí le gustas, cuando llevas tres meses persiguiéndola para invitarla a una miserable copa y siempre te mira de arriba a abajo para darse la vuelta riendo.

Gutiérrez te zamarrea violento.

– ¡Tío, tío joder! – te grita – ¡Levanta ese culo!, ¡Ta tocao el jamón!

¡Joder, todo me rima! ¡La cabeza como un tambor!

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