LA CANICA

 Fotografía: Renata Julga

–       Me voy a casa – dije levantándome de la silla -, estoy cansado.

Salí de la unidad de cuidados intensivos del hospital y caminé en dirección al coche. “No somos nada”, pensé sin creer una sola palabra de lo que decía, como un autómata. “Es todo tan triste”, seguí mintiéndome, “Si llegara a viejo, en su misma situación, no me quedaría más opción que robar un banco como los viejos de Tokio que roban para caer a la cárcel aposta”. Y de pronto me di cuenta de lo solo que estaba, solo de soledad, absolutamente solo y dentro de unos días lo estaría aún más. Abrí la puerta de mi coche pensando que no tengo ni familia, ni hijos, ni gente a mí alrededor a la cual le importe, sólo un impecable trabajo donde gano un dineral. Solo de soledad.

Conduje por la autovía a casa, a las afueras. Era raro, no había coches, ni siquiera luces a lo lejos. Miré el camino iluminado por la luna: era recto, extrañamente sin curvas, como una boa gigantesca que se ha tragado una oveja y retoza ahíta en el medio del campo.

Mi casa es la última de la urbanización. Aparqué en la calle y bajé del coche. No había nadie, ni un ser humano a kilómetros de distancia. A veces creo que soy el único enfermo que se va a vivir a un chalet recién estrenado en invierno.

Desactivé las alarmas y abrí la puerta de casa. A veces ni siquiera me dan ganas de encender las luces. El chalet estaba semivacío, casi sin muebles, sin historia como las casas de los nuevos ricos: la cocina incólume como un laboratorio, los cuadros secos del salón colgando de las paredes lisas, los armarios con ropa de colección criando polillas azuladas, el frigorífico vacío y el botiquín lleno, los sofás embalados, el tatami de mi cuarto, las jaulas de pájaros vacías y cimbreantes en su eterno rechinar, el césped artificial amarillento sobre la piedra gris de la piscina estancada, la terraza expuesta al frío viento de la sierra y el salón gigantesco coronado por una mesa sin comensales que se quedó montada para navidad donde ceno solo. Mil ochocientos metros cuadrados de chalet, adornado de bombillas colgando de cables desnudos, que gritan al mundo que soy un gilipollas.

Me fui a la cama buscando el tatami a oscuras, me desnudé y traté de abrigarme con las sábanas frías. Me dormí viendo, a través del ventanal de mi cuarto, la luz de la farola de la urbanización. La luz de la farola se extinguió. Comenzaba la primera pesadilla.

Abrí los ojos: estaba todo oscuro. La habitación parecía más pequeña que de costumbre y la cama se mecía como una cuna en altamar. Intenté levantar la cabeza pero una fuerza extraña la aplastó de golpe contra la almohada. ¡Era una mano! Intenté respirar pero los dedos de aquella manaza me lo impedían; era una mano muy grande, de dedos fuertes y nudosos. Mi respiración se transformó en un lloriqueo e intenté zafarme pero la mano no me soltaba. El pulgar de la mano atacante se metió por una de mis fosas nasales mientras el índice y el medio me cerraban los ojos clavando sus uñas. Intenté gritar, pero lo único que obtuve fue un lloriqueo aun más débil. Mi salvación era mover alguno de mis brazos para defenderme, pero involuntariamente lo dejé caer al suelo temblando hasta que se adormeció. La mano aquella continuó aprisionándome. Abrí la boca desesperado intentando morderla pero la mano aprovechó mi movimiento para cogerme la mandíbula por los dientes y clavar sus uñas en mi lengua. Desperté de la pesadilla entre gritos, sudado y con la mandíbula desencajada. Me levanté a toda velocidad al baño para mirarme al espejo y encajarme la mandíbula que sentía fuera de sitio. No tenía nada, sólo tenía las comisuras de los labios enrojecidas y un diente flojo. Temblando cogí el botiquín y me tomé dos pastillas para dormir, pero luego me arrepentí porque sedado me iba a costar más despertar. Salí al pasillo medio aturdido: las paredes se estiraban hasta el infinito haciendo figuras ondulantes.

Desperté en el tatami con la cabeza hacia los pies. Miré hacia el techo sin recordar cómo había llegado allí. Estaba cubierto por las sábanas hasta el cuello y tenía calor, un calor húmedo y pestilente, como si una jauría de perros estuviese durmiendo a mi lado. Me quité las sábanas del pecho y me acurruqué intentando saber si lo de la mano había sido una pesadilla o no, pero no podía concentrarme. La gente no sale huyendo de sus casas en medio de la noche sólo porque ha tenido una pesadilla, pensé. En esas divagaciones estaba cuando fijé la vista en la farola de la urbanización que se encendió y apagó de manera intermitente proyectando el reflejo de una sombra en el armario. Di un salto en la cama y me giré hacia el ventanal. ¡La sombra de un hombre gigantesco me miraba! Sólo pude ver que apuntaba con un dedo hacia la puerta de la calle y luego se esfumó. El corazón me dio un vuelco y solté un grito ahogado que me dejó sin respiración. Me arrojé de la cama al suelo y corrí por el inhalador al baño. Luego de aplicármelo tres veces salí al pasillo: esta vez era la luz de la cocina, de camino al salón, la que se encendía de manera intermitente. Me acerqué para comprobar el interruptor, metí la mano entre el frigorífico y la pared de la cocina y lo pulsé con fuerza. La luz se apagó y permaneció así unos minutos, luego volvió a encenderse y apagarse más rápidamente. Quité los dedos del interruptor y retrocedí dos pasos con la mirada pegada en la bombilla del techo. Lo di por perdido. Sin perder de vista la bombilla me giré camino a mi cuarto. Un frío extraño me invadió; fue raro, en fracción de segundos todos los vellos de mi piel despertaron erizándose como si la casa estuviese cargada de estática. ¡Sentí la presencia de alguien detrás de mí! Di un par de pasos, aquello resopló en mi nuca y una sensación de desesperación me invadió. Intenté correr hacia el ventanal de mi cuarto, abrirlo y escapar, pero un par de manos me empujaron por la espalda tirándome al suelo: sentí el crujido de mi tabique nasal y la sangre caliente abrirse paso por él.

Desperté sobresaltado en la cama empuñando el inhalador en una mano. Asustado me llevé la otra a la nariz: la tenía torcida como siempre. Recordé lo del diente flojo y lo busqué con un dedo: seguía en el mismo sitio sin moverse. Miré a mi alrededor. Algo no estaba bien. Era como si la habitación estuviese llena de gente y el oxígeno no fuese suficiente para todos. Un aroma nauseabundo, dulzón y penetrante se colaba por mis fosas nasales. Intenté aguantar la respiración pero la solté toda de golpe al darme cuenta que no estaba solo. ¡Alguien dormía a mi lado! Giré el cuello. Un extraño estaba metido en mi cama respirando sincopadamente bajo las sábanas, el calor que despedía su cuerpo era afiebrado y olía a alcohol. Puse una mano sobre aquello lentamente hasta posar los cinco dedos: mi mano subió y bajó al ritmo de su respiración. El eco de un ronquido profundo y grave me erizó la piel ¡Era un anciano!  El hombre aquel se giró aplastando con su brazo mi cabeza contra la almohada. Sentí su aliento disparado por su boca abierta colándose por mi garganta y di un salto en la cama tan violento que el hombre aquel abrió los ojos y me miró fijamente sin decir palabra alguna. Di un brinco de la cama y salí corriendo hacia la puerta del chalet, pero me detuve en seco: la puerta de casa se abría y se cerraba dando portazos. Cogí aire y salí a toda velocidad por la puerta. En el último instante, en el preciso momento que ponía un pie en la entrada, algo me golpeó con una jaula metálica en la nuca y caí al suelo.

No sé cuánto tiempo pasó. Cuando desperté, tirado junto a la puerta, el teléfono de casa no paraba de sonar. Estaba saliendo el sol. Lo primero que pensé fue en vender el puto chalet y volver a Madrid. Entré con decisión y cogí el teléfono. Era mi madre. Extrañamente no se oía triste, la oía tranquila.

–       Tu padre ha muerto anoche – dijo.

–       Ya lo sé – respondí -. Anoche vino a despedirse.

Pasaron un par de semanas antes que pudiese sentarme a hablar con mi madre de lo ocurrido. Ella, serena como siempre, me contó cosas que yo ya tan siquiera recordaba.

“¿Recuerdas lo bueno que era tu padre contigo cuando eras pequeño? Él siempre te llevaba a los juegos infantiles y le encantaba empujar el columpio donde te pasabas horas jugando. No sé qué pasó. De la noche a la mañana dejó de hacerlo. Te rehuía. Era como si ya no te quisiera y comenzó a beber. Hace poco, estando ya grave, me confesó que tuvo una aventura con otra mujer y que le descubriste. Tuve que llevarte al dentista a que te sacaran ese diente que él te aflojó apretándote la boca para que no hablaras. ¡Pobre hijo mío! Eras sólo un niño y no entendías de estas cosas. Desde ese día siempre te llevaste mal con él; sus continuas borracheras te sacaban de quicio hasta el día que te echó de casa. Hijo, quiero pedirte que no le guardes rencor, en el fondo te quería. ¿Recuerdas que de pequeño te gustaba echarte a la boca las canicas?”

La primera noche que volví al chalet, después de la muerte de mi padre, no tomé somníferos. Me fui directamente a la cama y me dormí profundamente en paz con él.

A medianoche desperté sacudido por un par de manos que me rodeaban por la espalda y me presionaban la boca del estómago. Lo último que recuerdo, antes de desmayarme, fue el vuelo de una canica sanguinolenta que salió disparada por mi boca a estrellarse contra la pared.

 

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