LA GATA ENTRE LAS PALOMAS

 “Gato con una paloma entre sus dientes”  (Pablo Picasso – 1939)

 

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Para mí los 80’s comenzaron con las canciones de Stock, Aitken & Waterman en casete y acabaron con la llegada de Ofra Haza en cedé. Ya nada sonaba igual. Supongo que los nostálgicos del vinilo sintieron algo parecido a lo que yo sentí. El sonido se enfriaba para dar paso a más nitidez, salvo raras excepciones que ponían los pelos de punta como Love song de la israelí.    Me pasé años grabando casetes piratas donde José, el novio de Helena, que vivía frente al internado de niñas. Todos los días nos cruzábamos a su casa cuando las cuidadoras del internado se descuidaban y volvíamos por la noche. Nadie nunca nos echó en falta.

La madre de José nunca estaba en casa y el padre había muerto años atrás así que nos comportábamos como un par de crías locas, un par de crías menos que cuidar. Salíamos del Instituto y nos íbamos donde José a ver pelis de terror tipo Hellraiser, Mi vecino es un vampiro y Pesadilla en Elm Street; jugábamos videojuegos en el Atari como el Moctezuma y el Boulderdash, intentábamos aprender a fumar y crecimos creyendo que teníamos una familia que nos quería. José, Helena, Auxi y yo nos disfrazábamos, nos veíamos la suerte a las cartas, jugábamos con la ouija y nos burlábamos del miedo que le daba a José -que para el caso era como nuestro hermano mayor-, cuando parecía que el juego se salía de control. Yo creo que él se sentía solo y dejaba que nos coláramos en su habitación con tal de oír voces a sus espaldas.

A Auxi y a mí, en el instituto, nos rehuían porque olíamos a comida de internado, a porotos con rienda en lata, a leche con galletas y a salsa de tomate ácida. José y Helena eran distintos, ellos no nos rehuían; iban un curso más arriba y eran como nuestros hermanos mayores. Nunca fue importante para nosotras que ambos tuvieran síndrome de Down.

La madre de José, que era profesora del instituto, estaba saliendo con otro profesor y vivía metida en su casa. José ya tenía dieciséis años y todos esperaban que él entendiera esta situación, pero no la entendía, no porque fuera más lento entendiendo estas cosas, sino porque era demasiado rápido entendiéndolas. Él sabía lo que algún día tenía que pasar.

José no hablaba, sólo hacía gestos, apuntaba con el dedo aquí, allá, aprobaba o desaprobaba frunciendo los labios y vivía con cara de susto. Era un chico raro y solitario, pero Helena le quería porque le ayudaba con los deberes, le dejaba su colección de vinilos 12” y todas sus revistas de música que le enviaba su hermano mayor Nicolás desde alguna parte. José soñaba con irse del país y volver a hablar sin sentirse inferior -eso se le notaba en el brillo de los ojos cuando veía los programas de la tele sobre viajes-, se imaginaba fotografiándose bajo el peso de la Torre de Pisa sobre la espalda o con el Taj Mahal entre los dedos. José no avanzaba, sólo se dedicaba a cuidarnos y a enviarnos a las tres de regreso al internado cuando se hacía de noche.

Helena salía con José porque le gustaba su casa sin padre; una casa cómoda, con patio y una jardinera gigantesca, comida gratis y una radio de doble casete donde ella se grababa selecciones de canciones en cintas TDK. Helena era algo bruta, pero tenía buen fondo. A veces nos quedábamos sin ideas cuando inventábamos juegos y ella saltaba del sofá diciéndonos que éramos estúpidos, que deberíamos bailar y dar saltos de felicidad porque estábamos juntos. Ella quería ser cantante y espiritista. Ella me enseñó que nada es imposible.

Algunos días José y Helena sufrían dolores de estómago, pero su madre jamás llevó a su hijo a urgencias, menos iba a llevar a una cría con esa cara que decía amar a su hijo.

Auxi, por el contrario, era más reservada, era incapaz de ponerse a bailar porque sí. A ella le gustaba escuchar, a solas en su habitación del internado, un viejo casete pirata de una banda que se llamaba Halloween. Era una adelantada. Oía la misma canción una y otra vez, el mismo coro agudo que cantaba “in my heart, in my soul”, pero jamás entendió el resto de la letra. Yo sabía que Auxi estaba contenta cuando la veía colarse a la oficina de la directora para cogerle el teléfono y llamar a todas las viejas locas de la ciudad. A todas les preguntaba si conocían a Violeta la pescadora, pero nadie cogía la broma. Y cortaba. Otros días, cuando invadíamos la casa de José y hacía calor, Helena cogía la manguera del jardín y nos mojaba a todos hasta quedar como una sopa. A mí casi nunca me mojaba. Éramos absolutamente felices los cuatro: Auxi y yo nos escapábamos del internado, esperábamos que Helena se fugara primero, y la seguíamos cruzando la calle tres pasos por detrás. Helena siempre caminaba a paso ligero, medio cabizbaja, volteaba la cabeza y yo me reía, pero ella aceleraba y corría a golpear la puerta de José para colarse dentro muerta de miedo. Luego teníamos que estar golpeando porque nos había dejado fuera. Helena cojeaba porque los zapatos de segunda mano le quedaban pequeños.

Y pasó lo que tenía que pasar. Me enamoré de “Todos los fuegos, el fuego” de Julio Cortázar y de los silencios de José; de sus ojitos redondos, de sus mofletes y su flequillo liso; me enamoré con confianza, con la misma confianza con la que, sin abrigarte, sales de casa a mojarte con la lluvia de verano.

De la madre de José guardo pocos pero buenos recuerdos. Era una mujer fuerte y autoritaria como profesora, pero en casa nos dejaba hacer lo que nos daba la gana. Su frase favorita era “donde mis ojos te vean”. Ella tenía un gato, pero de un día para otro amaneció muerto envenenado sobre el sofá, con el hocico espumoso, los ojos desorbitados y las patas colgando desde lo alto de un cojín. José cogió su cuerpo y le acompañamos cuando le enterró en el jardín. A la madre no pareció importarle mucho vernos en procesión fúnebre vestidos de negro, arrastrando una bolsa por la que asomaban las patas fláccidas del bicho. A ella sólo le preocupaban dos cosas: tener el frigorífico lleno de cosas ricas para nosotros y que el gato, o las palomas de la plazoleta, no nos fueran a pegar la toxoplasmosis. Sólo una vez la oí gritar. Aquel día ella entró en casa hecha una furia y nos pilló a los cuatro espatarrados en el salón con un paquete de tabaco sin abrir preparado para ser el primero de nuestras vidas y pirateando la discografía de Modern Talking – una banda alemana horrible que cantaba las mismas letras y repetía los coros siempre dos veces: una con voces graves y otras agudas. Ese día la madre de José nos echó una mirada asesina y nos soltó a la cara que jamás estudiáramos la mierda que ella estudió, que si de ella dependía nos iba a evitar ese sufrimiento. Se nos acercó, se agachó sobre la alfombra y nos quitó el paquete de tabaco para  sacar uno, encenderlo y salir al patio dando un portazo que reventó el cristal de la ventana de la cocina. Nos pusimos de pie temblando, nos calzamos, y pegamos la oreja al muro que daba al jardín. Ella despotricaba sola contra alguien – como si le hablara a su esposo muerto -¿Sabes cuánto tardó el hijo de puta ése en decir que me votó para dar clases a los cursos superiores?- gritaba a los cuatro vientos-, ¡media hora! ¡Y eso que las votaciones eran secretas! ¿Y sabes por qué lo hizo? ¡Pues para venir luego a pedirme algo a cambio! ¡Profesores hijos de puta y me quejo yo de los alumnos! ¡Y ahora cómo cojones me voy del pueblo si tengo que quedarme otro año más! Luego entró a casa, volvió a dirigirnos una mirada y nos dijo que nos íbamos a quedar solos el finde, que ella se iba a casa de su novio porque necesitaba pensar y que nos comiéramos lo que había en el frigorífico, que alquiláramos películas con su tarjeta del video club y que el lunes ni se nos ocurriera faltar a clases porque se enteraría todo el pueblo. Los cuatro asentimos ¡el finde entero solos! Nos miramos y José enarcó una ceja con una sonrisilla. Supe de inmediato que eso significaba que podíamos mojarnos con la manguera cuanto nos diera la gana y nadie nos diría nada.

Y nos fuimos al internado las tres a cambiarnos de ropa, a ponernos guapas porque ese finde sería de fiesta. Nos quitamos el delantal azul, los zapatos usados negros y las coletas de niña tonta y nos pusimos el vestido que guardábamos para los domingos sin visitas. Volvimos a escaparnos a casa de José.

Yo me acuerdo de eso -de lo bueno-, pero prefiero olvidarme de los días en el internado de niñas. Las primeras semanas me lo pasé llorando encerrada en mi cuarto porque mi tía me dejó allí sola. Mi tía no podía cuidarme -su alcoholismo no se lo permitía-, y los vecinos se hartaron de verme llena de golpes en urgencias. Y acabé aquí. Por el contrario, Helena acabó en el internado porque era de un pueblo perdido y desde allí al colegio había tres horas de autobús bordeando un acantilado. Decían que era bastante inteligente para su edad y para su enfermedad; Auxi, por el contrario, era más tonta que una puerta o al menos eso quería hacernos creer.

Todas las tardes veía desde mi ventana el patio de José, veía como se ponía a jugar a darle de patadas a un balón contra un muro de ladrillo. Cuando se echó de novia a Helena fui yo la que les vio darse su primer beso ¡fue muy embarazoso! José se quedó petrificado y salió corriendo a esconderse a casa. Helena se quedó como una tonta de pie en el jardín  y luego cogió su mochila y se fue por la reja de atrás. Al día siguiente lo volvió a intentar y pasó lo mismo, pero esta vez José volvió a salir de casa y le regaló algo que parecía un vinilo. Al día siguiente Helena me mostró el regalo: era una selección de grandes éxitos, los Smash-hits de 1987. Por la tarde lo pusimos en un viejo tocadiscos del internado y me enamoré de “Cat among the pigeons” de Bros. En clases de inglés, al día siguiente, pregunté qué significaba el título de la canción, pero nadie me respondió. Sola en la biblioteca busqué el significado del título y jamás lo olvidé porque así me sentía, como una gata entre las palomas, aunque con el tiempo y comprendería que la gata era otra.

En nuestro pueblo nadie sabía nada de la fiesta de Halloween; unos decían que era el día de los muertos y otros que era una americanada sin sentido donde los niños se disfrazaban de fantasmas para pedir dulces por la noche y a hacer trastadas. Jamás entendí el sentido de esto, sólo me fijaba que aquella noche en particular algunos chicos mayores se juntaban bajo el puente que cruza el río para suicidarse por tonterías. Al día siguiente el telediario siempre daba la misma noticia: “Han hallado ahorcados a cuatro chicos junto al río”. Todos dejaban una nota de despedida que hablaban de embarazos no deseados, novias que no te querían, suspensos en el colegio, problemas familiares, problemas con drogas y problemas con la vida de un pueblo pequeño. Y así crecimos: viendo cómo otros se suicidaban mientras los demás hacían la fila esperando a ser los siguientes. Yo, a veces, me ponía a pensar en cuál sería mi razón para suicidarme y si algún salvador llegaría a tiempo a aflojarme la cuerda del cuello. Siempre me dormía imaginando que todos lloraban mares por mí.

Esa tarde, después de cambiarnos, regresamos donde José y nos encontramos al cartero tocando el timbre. Nadie abrió la puerta y el cartero se fue dejando el paquete en la entrada. Yo corrí desesperadamente y, antes que lo cogiera, José salió y cogió el paquete dándome con la puerta en las narices. Cuando entramos José estaba abriendo el paquete junto a la mesa puesta. Cuando José nos vio de pie junto a la puerta sonrió ¡estaba muy ilusionado! Sólo apuntaba al paquete con un dedo y reía.  ¡Era de Nicolás!, lo adiviné en su sonrisa. Lo abrió desesperado para encontrarse en su interior una carta en un papel amarillento, un extraño casete negro y unas máscaras. Esa fue la primera vez que oí a José hablar ¡lo invadía la alegría! Nos contó, leyendo la carta de Nicolás, que él había estado en los carnavales de Venecia y había comprado máscaras para todos, pero que el paquete seguramente habría tardado en llegar porque había tenido que ahorrar mucho para el envío. De las cuatro máscaras venecianas yo elegí la del narigón, Auxi escogió la máscara de plumas, Helena la del Pulcinello –como dijo en tono pedante-, y José la última, una blanca entera y sin expresión porque su cara no decía nada.  Nos pusimos las máscaras y nos sentamos a la mesa a comer todo lo que la madre nos había dejado preparado en el frigorífico: pasteles de carne, tortillas, empanadas y dulces del pueblo. Nos lo zampamos todo entre risotadas.

Auxi llevaba días diciendo que podíamos hablar con los muertos y con el subconsciente de los vivos usando una biblia, una cinta roja y unas tijeras, así que después de comer nos pusimos a buscar en la casa lo que nos hacía falta. El cuadro era inquietante: cuatro chicos enmascarados chillando y dando saltos por toda la casa. Cuando lo tuvimos todo pensamos en quién contactar, pero no se nos ocurrió nadie así que llamamos al primer espíritu de paso que anduviera por allí aburrido. José y Helena fueron los primeros: cogieron la biblia, le liaron la cinta roja haciendo una cruz y clavaron las tijeras en el lomo. Ahora tocaba hacer las preguntas. Helena preguntó si José era el hombre de su vida y las tijeras se movieron hacia la izquierda -lo que significaba que no-, luego José preguntó si su hermano Nicolás volvería a casa alguna vez -las tijeras se movieron a la izquierda nuevamente-. Desilusionados dejaron caer la biblia al suelo y se pusieron a escuchar el casete que venía de regalo como si no existiéramos. Yo les miré estupefacta y Auxi comenzó a temblar preocupada. Algo estaba mal, habían invocado a “alguien” para responder sus preguntas y no habían cerrado comunicación de modo que “eso” aún estaba allí. Miré el reloj de muñeca de José: era casi de noche. El tiempo pasaba volando. José estaba enfrascado en lo que se oía en la cinta: parecía estar en blanco, sin sonido alguno los diez primeros segundos, luego la primera canción del lado A y después la voz de un hombre en un idioma extraño. Auxi dijo que eso era español, pero del revés porque lo había visto en la película del Exorcista y había que invertirlo. José cogió un destornillador, quitó los tornillos, cogió la cinta, la invirtió, la rebobinó con un boli, puso los tornillos y metió el casete en la radio para volver a oírla: un chico estaba hablando, pero no reconocí la voz de Nicolás porque nunca la había escuchado. Decía algo así como que viajaba de noche en un autobús bordeando un acantilado, que venía de Ierzu, un pueblo de Cerdeña, y que todos los pasajeros vestían de negro y hablaban sardo; que tenía mucho miedo y que el autobús se había estropeado justo en lo alto de una montaña, que un coche se había apeado junto a ellos y que todos comenzaron a aplaudir cuando un extraño hombre de sombrero de ala ancha subió al vehículo y la cogió por un brazo para sacarlo fuera entre golpes. Luego se hizo un silencio sepulcral y sopló un viento frío. La voz siguió hablando a través de la cinta de casete: Todo el mundo bajó del autobús y ayudó a empujarme hacia el acantilado.

José quitó el casete y arrancó la cinta, la hizo añicos y la arrojó lejos. Auxi se puso a llorar como siempre y Helena se asustó aún más llevándose las manos a la cabeza para que Auxi dejara de hacer ese ruido espantoso con la nariz. Levanté la mirada hacia la puerta del patio: alguien había entrado en casa y estaba moviendo los muebles; luego un silencio tan profundo que mis latidos eran como tambores, después el sonido del timbre y finalmente el grito ahogado de Helena prometiendo que no volvería a joder con la ouija ni nada parecido. Pero era tarde. Yo fui la primera en verle volver a casa, pero nadie más la vio porque fue como un flash helado que desapareció al instante. Me levanté y caminé hacia la puerta de la calle para ver quién había tocado y no vi a nadie por la mirilla. Auxi me siguió y puso la mano en las llaves de la cerradura para darles una vuelta pero la puerta se abrió de golpe dejando entrar un vendaval de hojas secas que invadió el salón.

A veces me pongo a pensar que no tienes futuro si no hay en tu vida un violento punto de inflexión que te ponga en el rostro la bifurcación entre dos caminos.

José se acercó a la puerta y la cerró con decisión. Esa noche venció su miedo y habló. “Nicolás no va a volver”, dijo y se sentó en el sofá con la luz apagada. Nosotras nos sentamos en la alfombra y le escuchamos. Su voz era lenta y sonaba todo lo adulta que puede sonar la voz de un crío que sabe lo que ahora va a suceder.

         “Nicolás se fue y me dejó aquí con mamá. Se fue pero prometió que volvería a por mí. Pero pasó el tiempo y no volvió. La última vez que él llamó a casa mamá estaba furiosa porque Nicolás se había echado novia y se iba a vivir con ella a un pueblo en lo alto de una montaña, donde todos vestían de negro y se paseaban por la plaza al compás de las campanadas de la iglesia. Había dejado la beca. Algunos dicen que se casó con una hermosa mujer de mirada turquesa y piel morena; otros, que fue padre pero que el bebé nació muerto. Ella no se recuperó del parto y la dejaron ingresada en un viejo hospital a los pies de un castillo. No había medicinas. Nicolás cogió el autobús que llevaba al aeropuerto de Cagliari a buscar a alguien que hiciera algo más que los yerbajos de la comadrona, pero la gente del pueblo se pensó que la estaba abandonando a su suerte y le siguieron en un coche veloces por las callecitas de Ierzu hasta que le dieron alcance, lo sacaron del autobús sin escuchar sus gritos y lo arrojaron desde el acantilado. Cuando su mujer se enteró de lo que le habían hecho escapó como una loca de noche por los caminos y le siguió arrojándose desde el mismo sitio. El acantilado se los tragó”

             Todas las cartas que llegan vienen en blanco – continuó José, a veces interrumpiéndose con sonoras toces secas-, las postales, las máscaras, los recuerdos, todas son cosas que Nicolás quiso mandarnos de los lugares que quiso conocer. Y la vida siguió. Mamá se buscó un novio nuevo con el que quiere irse a vivir a otra ciudad, pero está atada a esta casa donde soy el único recuerdo. Para ella yo, y todo lo que me rodea, son un estorbo.

Y sentí la primera cuchillada en el estómago, luego Helena cayó al suelo presionándose el vientre y luego Auxi que casi no lloró. Afuera, en la calle los primeros gritos de los niños disfrazados y los primeros golpes en la puerta pidiendo golosinas mientras nosotros temblábamos de dolor en el suelo. Fueron unos minutos largos hasta que la madre de José salió de su escondite, nos miró desde lo alto, giró el cuello y se cercioró que ya no gemíamos.

La biblia se equivocó. Nicolás volvió por nosotros para llevarnos a un sitio mejor, en lo alto de una montaña coronada por un castillo donde vive con su mujer y su niño.

La gata esa noche asustó a los niños con un ronco maullido y salió de su antigua casa dejando cuatro palomas muertas sobre la alfombra del salón.

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