LAS CHANELES 

marbella_dentro

Entraron en mi joyería de Puerto Banús, una noche en que estaba a punto de cerrar, y me encañonaron con cuatro revólveres. Cuando les vi darle de patadas a la puerta de cristal para entrar me cagué. No sabría decir si eran hombres o mujeres. Traían una bolsa de basura en la mano, venían encaramadas en unos tacones de infarto y tenían unas bonitas piernas, esculturales, como los travelos de la Nogalera. Bajo toda esa ropa tan estrafalaria, que cada cual vestía, se adivinaba una musculatura fuerte y fibrada de tío. ¿Pero sabes qué?, ¿sabes qué era lo más inquietante? Pues que no eran asaltantes comunes; eran travelos con máscaras. Cuando los tuve frente apuntándome con las 4 pistolas pude verlos claramente a la máscara. Te va a sonar a risa pero uno llevaba una máscara de Marisol Yagüe y vestía como las de los coros rocieros (sí, como esas viejas de dinero que van a golpearse el pecho al Rocío y vuelven borrachas montadas en un burro). Otra tenía puesta una máscara con el rostro de Isabel García Marcos y vestía de pantalón de tela rosa y una chaquetilla muy mona como la de la Leticia cuando el día de la pedida de mano. Las otras dos eran más inquietantes aún: una llevaba una máscara de Mayte Zaldívar y vestía de traje amarillo con unas gafas de D&G de esas gigantescas colgando en la solapa. Mayte no hablaba, sólo hablaba bajito, como gimoteando y de vez en cuando susurraba algo así como: Tengo las manos limpias, coño, tengo las manos limpias. La otra – esa era la peor – llevaba una máscara de la Pantoja y, tras ella, se escapaba una buena mata de pelo negro como las pelucas de los chinos de noche vieja, brillante y negruzca como el tisón. Entre las cuatro se llamaban entre sí con el nombre propio de las máscaras y, hasta el último momento, pensé que era una broma de la tele o de los güiris británicos que se emborrachan y salen a liarla.

– Madre mía, ¡sois como las Ketchup! – dije sin medir el riesgo.

La tal Isabel me zarandeó por los pelos. Ahí supe que no era una broma.

– ¡Abre la caja vieja puta! – me dijo.
– Esta es argentina – pensé.
– ¡Que abras o te relleno como a una empanadilla!

Que nos van a pillar
, dijo Mayte, temblando como un flan, pero la Marcos era más chula que nadie y le dio con la pistola al cristal de la caja reventándolo de un golpe. Se metió una mano bajo las ropas y sacó una bolsa de basura negra para llenarla con las esclavas que tenía expuestas.

– ¡Coge lo que te den que esto se acaba! – le dijo la Marcos a la Mayte y ésta se lió a rellenar una bolsa de basura que traía metía entre las ropas.
Mayte sólo robaba relojes y baratijas (se le notaba que era un travelo del tres al cuarto, como poligonera, como cutresilla) y no paraba de gemir que iba a llegar la lechera y los iban a encanar a todos.
– Anda, coño, pa choricear no tiembla na la tía – dije sin darme cuenta que tenía a la Pantoja apuntándome a la patata.
– ¡Que te calles coño! – me gritó – ¡O te canto el marinero de luces a mordiscos!

La que aún no decía nada, la tal Marisol, se alejó hacia la puerta. A la distancia vi que se acercaba una pareja de guiris y temí lo peor. Era una pareja de las de siempre: viejo millonario borracho como una cuba con modelo rubia, borracha, colgando de las faldas que sólo sabía decir “regálame una joya,cari”, con acento british. Los va a matar, pensé. La Marisol le metió el cañón a la boca al guiri y le dijo algo que no alcancé a escuchar. La rubia se echó a gritar y salió corriendo con los tacones en la mano. El guiri se meó encima y la Marisol volvió tan tranquilo que daba miedo. Los cuatro se me pusieron frente a mí, con las pistolas en lo alto y me señalaron hacia la caja fuerte para que la abriera.

– ¿Sabes? – me dijo la Marisol – me siento realmente como la Yagüe. Voy de joyerías con mis amigas, cogemos todo lo que nos gusta y nos vamos sin pagar igual como hacían estas putas en los tiempos en que era alcaldesa.

Los otros tres travestis se echaron a reír.

– Estoy segura que la alcaldesa te hizo alguna visita, se compró algo bonito y se fue sin pagar en tu cara por haberte acelerado la licencia ¿A que sí?

Asentí. Estos tíos sabían algo. La cosa era seria, lo peor es que se estaban tomando su tiempo, como si les diera igual poner manga por hombro la joyería, como si les diera igual que llegara la policía y se los llevaran a todos (los asaltantes que no tienen prisa son los más peligrosos)

– Y ahora, después de todo lo que robaron, por robar, no dejaron ni papel higiénico en el Ayuntamiento – recalcó Mayte.
No trabajo nada que no cobre… – dijo el asaltante con la máscara de la Marcos, como intentando imitar su voz.
…Como yo – completó la frase la Pantoja.

Abrí la caja fuerte y les di todo. Salieron de la joyería caminando de espaldas hasta salir a la calle y, en medio de la noche, desaparecieron corriendo en tacones con las bolsas llenas de las joyas más baratas. Del dinero de la caja, aunque vieron que les di todo, no se llevaron más que la recaudación de tres días porque lo demás estaba en el banco.
Estuve una hora esperando a que viniera la policía de Marbella, por más que le daba a la alarma y llamaba a la central, no venía nadie. No me eché a llorar ni nada de eso, estaba como endurecida, me acababan de asaltar cuatro travelos con máscaras de fantasía, pero me sentía igual, tranquila, como cuando venía la verdadera alcaldesa a comprar y se llevaba todo sin pagar como hacía con todos los que tenían comercios en la ciudad. Como la otra, la Marcos, la que sale en la tele diciendo con toda su cara que ella jamás robó. Y esa, la que se paseaba con el Muñoz chuleando a los periodistas. Y Mayte, la pobre, la que ahora vive presa en la casa de las reformas que jamás pagó, rodeada de los cuadros famosos colgados de las paredes del váter.

¿Pero sabes lo que más me duele?: Que acababan de robarme en mi cara cuatro travelos y ni siquiera me importa. Más me duele lo que pasaba antes, cuando teníamos a esas cuatro en alguna posición de poder, rodeados de la gente que les votó, que creyó en ellos y les aplaudió sus fechorías y, estoy segura, les volverían a votar.
A veces se me viene a la cabeza, cuando pienso en el futuro de Marbella, una frase que me machaca: Un gorrino no sube a un pino. La gente no aprende la lección; el pueblo y el populismo con el que le engañan, tampoco.

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