LAZARETO

            Algunos ricos se gastan el dinero castigando a los suyos; unos se van de cacería, otros dan de comer a sus perros de caza.

Estoy en un sitio perdido que cuelga de los acantilados de alguna costa, de algún país extraño en el que nunca había estado. No sé realmente cómo vine a parar aquí, sólo sé que me trajeron contra mi voluntad.

Si quisiera buscar un culpable de mi situación podría acusar a mi padre por haberme hecho esto, pero no es así. Cualquiera en su situación habría hecho lo mismo con un hijo que vive con la nariz pegada a las manos de los camellos de la calle.

Mi vida era bastante simple; con veinte años ya había pisado los cinco continentes siguiendo rehabilitaciones de todo tipo y nada, no hubo ni una sola clínica de la que saliera limpio. Siempre me encontraba con algún amigo famoso con el cual recaer y al cual pagarle los vicios una temporada. Mis pisos de lujo de Brooklyn se llenaron de gentuza a la cual desalojar con la policía.

La última mala temporada la pasé en White Plains, New York; allí probé el crack y allí acabé el viaje tirado en el váter de una agencia de modelos con las muñecas abiertas. Lo siguiente que recuerdo es que me arrojaron dentro de un avión privado de mi padre, en Mahopac, rumbo a un sitio desconocido. Cuando desperté había turbulencia, pero pasó pronto y sentí cómo aterrizábamos en una pista llena de baches. Cuando la puerta de la cabina se abrió, el piloto me cogió y me arrojó al suelo donde un chofer vestido de negro me levantó de un brazo y me estrelló la cabeza contra la puerta de un coche aparcado junto al avión. Entre los dos me dieron una paliza de muerte, luego me arrojaron dentro del coche. Era una carroza fúnebre.

Tenía hambre, tenía fiebre, estaba temblando y no recordaba la última vez que había comido. Me miré las muñecas y no pude saber si aquello me lo había hecho yo mismo o alguien intentando asaltarme. Intenté dejar la mente en blanco, pero no pude; traía la cabeza llena de ruidos de motor de avión mezclados con tambores de garitos afroamericanos. Abrí la ventanilla del coche. Lo poco que vi, a toda velocidad, no me gustó: un desierto sin fin, salitre y sal, un sol en lo alto punzante en los ojos y una carretera mal dibujada bordeando caprichosamente aquella costa. Pregunté al chófer dónde me llevaba, pero no entendió mi idioma y no hizo ningún esfuerzo por hacerlo. Intente tranquilizarme. No parecía un secuestro a primera vista. Aquello no sería más que otro viaje obligado a una nueva clínica de la cual saldría igual o peor. De todos modos, el chofer no tenía pinta de querer hacerme daño. Seguro que la paliza que me dio con el piloto al meterme al coche fue un trabajo bien pagado por mi padre.

El coche se desvió por una carretera sin asfaltar en dirección a la costa, hacia lo que a lo lejos parecía ser una casa abandonada, cercada por un muro de piedra, al borde de un peñasco. Pasamos junto a una fábrica de explosivos clausurada y llena de letreros de fondo negro con calaveras de color rojo. El coche se detuvo un poco más adelante. El chófer bajó dando un portazo, abrió la puerta y me cogió del cuello arrojándome a tierra de cabeza. Cuando me recuperé tenía piedrecillas afiladas pegadas a las mejillas. Al ponerme de pie el viento del desierto me golpeó y sentí el ardor en el rostro y un hilillo caliente de sangre bajó de mi nariz. Me humedecí los labios con saliva mezclada con tierra pero el remedio fue peor que la enfermedad. Toda mi piel estaba resecándose a una velocidad abismal.

El chofer se metió las manos a los bolsillos y sacó un cigarrillo que arrojó a mis pies. Me incliné y lo cogí; el tipo se sacó un saquito minúsculo hinchado de coca que se metió en la entrepierna luego de bajarse la bragueta, luego me dio una patada en el estómago para que me inclinara e intentó cogerme la cabeza para clavármela entre sus piernas, pero me lancé al suelo de espaldas entre forcejeos. Me golpeé la cabeza tan violentamente al caer que me llevé las manos al rostro y cerré los ojos para intentar calmar el dolor. Cuando los abrí el tipo estaba apuntándose al paquete para que fuera a por la coca a ver si estaba tan desesperado. Comencé a escupir el polvo que había tragado e intenté razonar con él, pero no sirvió de nada. El tipo pasó por mi lado, me dio un par de patadas más, y se metió al coche para salir de allí dejándome tirado. La matrícula del coche tenía números y un par de caracteres que no eran anglosajones. El ruido de las ruedas del coche se alejó hasta no ser más que un punto negro disperso entre el espejismo de la carretera.

Me puse de pie. El muro de piedra de la propiedad parecía no tener fin. La sangre de mi rostro se había secado. Una vieja puerta de madera avejentada me separaba de la propiedad y la crucé. Era eso o quedarme en mitad de la nada esperando a que alguien me rescatara. Al otro lado del muro se extendía un camino bordeado de cactus cubiertos de polvo y, más allá, una casa de murallas de piedra desnuda y vigas vistas con forma de troncos. Avancé lentamente siguiendo un camino de tierra hacia la casa. Todo parecía abandonado: el espacio de puertas y ventanas de toda la propiedad no tenía cristales ni nada que franquear. Las olas del mar se oían a lo lejos o quizá bajo mis pies como si la casa estuviera construida sobre alguna formación rocosa apenas unida al continente. El sonido de la puerta desvencijada me dio la bienvenida. Puse un pie en la entrada y giré el cuello hacia el desierto que tenía a mi espalda: el viento que soplaba comenzó a levantar polvaredas con formas de remolinos; luego sopló con más fuerza, y más hasta hacerse casi imposible respirar. Me metí dentro y cerré la puerta detrás de mí.

Encendí el cigarrillo que el chófer me había dado como limosna.

Tenía hambre, mucho hambre, un hambre doloroso que me carcomía, un gruñido tan estentóreo en mi estómago que creí que algo saldría der mi boca y me devoraría. Bajé los peldaños de piedra que llevaban a la primera habitación: todo desolado como si nadie viviera allí desde hace siglos. Por los rincones cúmulos de tierra del desierto, ventajas arrancadas de cuajo, manchas en las paredes, símbolos dibujados y el esqueleto de algún animal colgando de una de las vigas.

El sol del atardecer, que se colaba por el hueco de un ventanal, me obligó a cubrirme los ojos amoratados.

Recorrí todas las habitaciones de lo que parecía una casa con forma de colmena laberíntica sinuosa como la geografía del acantilado; todas unidas entre sí por huecos de puertas inexistentes, todas sin el menor rastro de ser humano alguno a excepción de las marcas como si alguien hubiese intentado aferrarse a las paredes desnudas. Bajo las manchas, a simple vista, parecía no haber rastro de pintura, ni papel ni nada que pudiera resultar inflamable: una casa a merced de los silbidos del desierto y al gruñido de las olas del mar.

Oscureció.

Me busqué en los bolsillos: sólo tenía el mechero. Lo encendí y caminé iluminando las infinitas habitaciones hasta quemarme los dedos. A través de uno de los ventanales de la casa una extraña luna roja se plantó como pintarrajeada en el firmamento. Seguí caminando a tientas iluminando de vez en cuando con el mechero. En el patio de la propiedad había una pequeña fuente de piedra seca y, junto a ella, un montón de piedras desperdigadas por el suelo como si alguien se hubiese estado divirtiendo arrojándolas contra un cuerpo maniatado. Un poco más allá había una serie de duchas -como en las escuelas militares-, cuyos caños estaban embutidos en mangueras de plástico verde por las cuales manaba un hilillo de agua viscosa. Me arrojé desesperado a beber un poco, pero fui incapaz de tragar aquello. Acerqué la luz del mechero al agua para ver qué contenía: unos pequeños gusanos marrones se desperdigaban sobre el suelo. Aquel fue el primer momento en que me preocupé por saber dónde estaba. La piedra del mechero saltó por los aires y me quemó la mano.

Cayó noche cerrada y el viento afuera rugió con más fuerza. Me padre, esta vez, se había lucido. Si quería darme alguna especie de extraña lección de supervivencia, lo estaba logrando. Quizá la prueba era conseguir comida o que los buitres del desierto no me comieran, no lo sé. Seguro que mañana, cuando amaneciera, estaría el chófer fuera de la propiedad esperando a darme una nueva paliza de castigo y me llevaría a casa. Eso sonaba muy reconfortante.

Me acurruqué apoyando el cuerpo contra uno de los muros de la casa e intenté pensar en cuál sería el plan que mi padre tenía para mí, pero no pude imaginar nada peor a lo que estaba viviendo. Me dormí tirado en el suelo imaginando las formas monstruosas que se dibujarían en las paredes a la luz de un mechero que ya no funcionaba.

El sonido de mis tripas me despertó y di un salto. Estaba teniendo una pesadilla horrible en la que unos extraños seres de negro se metían en la casa y me devoraban con ansias. Intenté incorporarme pero un vahído me regresó al suelo. Pensé en cómo escapar de aquel lugar a conseguir algo para comer, pero había pocas opciones. Si decidía salir de la casa, en dirección al desierto, no llegaría muy lejos y acabaría en mitad de la nada enterrado bajo la arena. Además no sabía ni siquiera dónde estaba, ni siquiera había visto alguna población habitada desde que salimos desde el helipuerto y la fábrica de explosivos también parecía abandonada. Desistí de salir de la casa y me centré en saltar por los ventanales hacia el acantilado y ver si habría alguna manera de bajar a la playa.

Salí fuera, por una ventana sin cristales, y camine hacia el precipicio. Había esperanza: una escalera hecha de cuerdas y trozos de madera atados bajaba serpenteando hasta la playa algunos cientos de metros. Me arrojé al suelo y estudié las cuerdas de la escalera. Parecían firmes. Miré hacia lo lejos, hacia abajo y no vi más que las olas golpeándose contra las rocas y, más allá, junto al acantilado, unas formaciones que parecían cuevas. El ruido de las maderas golpeándose contra las paredes del acantilado me hizo dudar, pero no había otra opción. Tendría que bajar aferrándome con fuerza para que el viento no me tirara al vacío. Tuve un extraño presentimiento, una idea descabellada que me vino a la cabeza que me empujaba a saber de una vez cómo sería el sonido de mi cuerpo estrellándose contra las rocas. Tenía tanta hambre que el dolor en mi estómago se intensificó. Me doblé sobre mi barriga intentando calmar la punzada, pero fue inútil. Fue entonces cuando decidí bajar a la playa de noche.

Me asomé al acantilado e intenté ver lo que había más allá, en la orilla de la playa. Un extraño reflejo, como la luz de una minúscula hoguera, apareció ante mis ojos. ¡Había esperanza! ¡Quizá fuesen campistas! ¡A ellos les podría mendigar algo de comida!

Bajé por las escaleras de cuerda, pisando vacilante los trozos de madera e  inicié mi lento descenso intentando aferrarme para que el viento no me golpeara contra las rocas. Fue una bajada cruel. Me golpeé el rostro tantas veces que pensé que me desmayaría. Perdí la noción del tiempo. De vez en cuando miraba hacia abajo, pero el descenso parecía no tener fin. El único detalle que llamó mi atención es que las paredes del acantilado, a medida que me acercaba a donde reventaban las olas, tenían una película aceitosa que impregnaba mi ropa.

Por fin uno de mis pies tocó la suavidad de la arena y me dejé caer exhausto a la orilla del mar. Algo me dijo que me estaban observando. Me puse de pie y me arrastré hacia la pared del acantilado. A lo lejos extrañas figuras se movían en mi dirección. La hoguera que vi desde la casa parecía a punto de extinguirse. El viento, a la orilla del mar, ya no soplaba con tanta violencia. Las figuras aquellas se detuvieron. Parecían unos cuantos seres de caminar lento que venían arrastrándose a mi encuentro. No pude saber si eran humanos o no; eran como manchas en el horizonte, como un extraño grupo de figuras desdibujadas en la noche. Me pegué a la pared del acantilado asustado, pero luego razoné ¿Quiénes podrían ser más que un grupo de pescadores nocturnos o campistas?

Unos metros más en su dirección había un hueco que daba paso a una cueva. Me apresuré y me colé en ella para esconderme. Saqué la cabeza fuera de la cueva y vi como las figuras se detenían confusas. Uno de ellos, el que caminaba guiando al grupo continuó caminando con decisión mientras los otros dudaban.

El primero de ellos llegó a unos metros de la cueva donde me escondía y estuvo auscultando las paredes del acantilado. Pegó lo que parecía una nariz deforme a la roca y olisqueó como lo haría un animal, luego se tiró al suelo y siguió avanzando en cuatro patas. El resto le siguió. Aquello no era humano.

Me metí al fondo de la cueva intentando no hacer ruido y me agazapé detrás de una roca. La extraña figura apareció en el borde de la cueva y la luna roja iluminó su silueta al ponerse de pie sobre sus dos patas. El ser aquel estuvo de esta guisa olisqueando el aire y mirando en todas direcciones y luego se sentó, como se sentaría un perro guardián a la entrada de casa y espero a que el resto se acercara a él. Otro de los suyos se acercó y se puso a su lado a oler la arena y luego pasó una lengua alargada sobre el rostro de su compañero. El resto les dio alcance y se apostaron en la entrada de la cueva. Ninguno se atrevió a entrar. Todos se pusieron allí a esperar a que saliera.

Les estuve observando sin caer en mi horror hasta que uno de ellos, que parecía herido se desvaneció sobre la arena. Tardaron un poco en darse cuenta que uno de los suyos había caído a tierra hasta que otro tropezó con el cuerpo y comenzó a lamer la carne, luego a morderla y luego a arrancarla con las fauces. Cada bocado era recibido por la víctima por gritos desgarradores de dolor que hicieron que me mantuviera escondido. Los demás se fueron encima de la víctima y se unieron al festín hasta transformar su rostro en un amasijo de huesos. Extrañamente el cuerpo no lo tocaron. Más que un acto de supervivencia parecía un intento de robo de identidad. Me mantuve con la vista pegada en la escena al borde del paroxismo, manteniendo la respiración e intentando no moverme para que no cayeran en mi presencia.

Las criaturas aquellas se mantuvieron en la entrada de la cueva sin moverse, de espaldas, con el rostro olisqueando la brisa salada del mar. De pronto uno de ellos se puso de pie, emitió un extraño sonido similar al gruñido de una bestia e hizo el ademán de irse. El resto le siguió.

Fueron minutos que parecieron durar una eternidad.

Les observé como uno a uno se incorporaban para irse dejando el cadáver de su compañero tirado. El último de ellos se mantuvo en guardia olisqueando las paredes de la cueva –parecía como si hubiesen perdido la vista y el olfato y sólo se guiaran por los ruidos-, así que me preocupé de no hacer ninguno. El rezagado se mantuvo en su sitio: estaba completamente desnudo, con la piel ulcerada amenazando con caerse, como les ocurría a los perros tiñosos; los brazos un poco más alargados de lo normal, unos pies gigantescos, la cabeza poblada de cabello largo y negro, y una lengua canina fuera de lo normal. De pronto el ser aquel se puso de pie y avanzó siguiendo al grupo que ya se había ido.

Espere unos minutos a no oír sus pies arrastrándose en la arena y me acerqué lentamente a los bordes de la cueva. Ya no les oía. Sólo las olas del mar rompían el silencio de la noche. Tomé aire y salí como en dirección a la escalera de cuerdas, pero una mano peluda me cogió de la mandíbula y me lanzó a tierra ¡Estaba todos agazapados esperando a que saliera! Me arrastré por la arena para intentar alejarme de ellos y ninguno se movió. Me puse de pie. Todos me observaban con deseo. Comencé a caminar sin darles la espalda y ellos no movieron un músculo. Corrí por mi vida, pero no les oía venir a por mí. Me trepé de un brinco por las cuerdas de la escalera y comencé a trepar con desesperación dándome de golpes contra las paredes del acantilado.

Ninguno de aquellos seres -mitad humanos, mitad jauría-, me siguió.

Alcé la vista hacia la cima y no logré ver la casa. Miré hacia abajo: las criaturas aquellas me observaban con la vista pegada a mi nuca, como sonriendo, jadeando, deseando que cayera para poder devorarme.

Seguí subiendo sin volver a mirar abajo. En lo alto de la cima las nubes parecían haber bajado a la tierra y cubrían medio acantilado en una densa neblina grisácea. De pronto todo se tornó blanquecino. Seguí subiendo a ciegas, aferrándome a cuerdas y maderas, con manos y pies, cruzando la profundidad de la neblina hasta que toqué el borde del acantilado con una mano. Antes de cantar victoria, de la profundidad de la neblina apareció el rostro del chófer del coche, con una extraña sonrisa en el rostro, cogiendo las cuerdas de la escalera y azotándolas para que cayese al vacío. De pronto uno de sus pies resbaló de la roca y cayó por mi lado despeñado, rasgándome las ropas, envuelto en un grito ensordecedor que se mezcló con los gritos de aquellos seres que le esperaban abajo. Cuando logré subir al borde del precipicio una extraña caja me esperaba: contenía carne cruda. La cogí y la lancé al vacío.

Me metí corriendo a la casa y la crucé hasta salir fuera, hacia el muro, entre la neblina, buscando el coche que debía estar aparcado. Seguro las llaves se habían ido con el chófer, pero encontraría la manera de arrancar y conducir hacia cualquier parte lo más alejado posible del aquel sitio.

Recorrí algunos metros, casi a ciegas, hasta chocarme con el coche fúnebre que se había dejado el chófer con las luces encendidas. Me colé dentro, a buscar la manera de hacerle puente, hasta que lo arranqué. El motor encendió y respiré profundamente aliviado. Di marcha atrás, para girar en ciento ochenta grados y huir, pero algo se interpuso en mi camino y le pasé por encima. El motor del coche se apagó y no arrancó más.

El viento de siempre -el que me dio la bienvenida-, comenzó a soplar; primero suavemente, luego con fuerza, despejando la neblina que poco a poco fue dando paso a la visión de quienes todo el tiempo me rodearon jugando a dejarme escapar para luego venir a por mí.

Y ellos estaban allí, todos esperando para darme alcance.

El primer mordisco me recordó que seguía vivo.

El sonido de mis tripas me despertó y di un salto. Estaba teniendo una pesadilla horrible en la que unos extraños seres de negro se metían en el coche y me devoraban con ansias. Intenté incorporarme pero un vahído me regresó al asiento del coche. Pensé en cómo escapar de aquel lugar a conseguir algo para comer, pero había pocas opciones. Si decidía salir del coche fúnebre, en dirección al desierto, no llegaría muy lejos y acabaría en mitad de la nada enterrado bajo la arena. Tenía que intentar arrancarlo para escapar. De pronto les vi rodeando el coche y viniendo sobre mí a devorarme.

El segundo mordisco me recordó que seguía despierto.

Epílogo:

            Un viernes de abril, cinco años después del brote de lepra, se inauguró un leprosario donde llevar a los enfermos. Como siempre ocurre en estas situaciones los enfermos fueron olvidados. Años después un grupo de alumnos de enfermería emprendió el viaje para buscar a los enfermos y ver quiénes seguían con vida. Ninguno de ellos regresó jamás. Hay quien dice que se ven coches fúnebres deambulando por el lugar y que un extraño hombre de negro les lleva comida que arroja por el acantilado. Otros dicen que los que se esconden allá abajo no son más que los enfermos que perdieron la razón y que han sobrevivido devorándose entre sí; otros, que los enfermos aprendieron a trepar por el acantilado…

 

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