LOS ENEMIGOS

Fotografía: “Guerreros” (Vietnam) -Renata Julga

“Quizá  tu madre te abandonó, quizá tu padre no te quiso lo suficiente…

¿Tienes algún chisme que contarnos? ¿Dónde estarías sin toda esta atención?

¡A quien le importa una mierda tus problemas  cuando tú  puedes pagar el alquiler!

Star people – George Michael –

 

 

 

La señorita Topisto estaba preparada y firme; netbook en mano y boli cimbreante golpeteando todo lo que se le cruzara por delante. Tocaba soportar el ego de los tres jurados del casting, que aun no llegaban, y que tenían la misión de seleccionar al protagonista de la nueva película transgresora del cineasta de culto, imponderable director y gordo fascista de la imagen: el Sr. Alcachofa (léase Alcáchöfzf porque era un poquito snob)

Ese día se daban cita todas las grandes actrices de España, los grandes actores y los mejores secundarios en el viejo edificio del Círculo de Leguleyos donde se realizaría aquel estrepitoso casting kilométrico. Horas y horas de tiempo perdido entre cigarrillos, paranoias, bucaramácaras, quinielas, carmín y pajas yogurinas para acabar con los nervios, horas que nadie iba a recuperar, pero que todos aceptaban perder a costa de que el gran Alcachofa les diese la oportunidad de hacer el ridículo por cinco segundos frente a él. Y es que la fama fácil cuesta un gran trozo de dignidad, aunque luego dicen que se recupera cuando ya se es asquerosamente famoso y se vive sólo para espantar a las  moscas con micrófono. Los que no alcanzan la fama, después de pasar por millones de castings rastreros, no recuperan la dignidad jamás y se dedican a ejercer trabajos remunerados como el resto de los mortales (llamados “trabajos de mierda” por los famosos)

Los tres miembros del jurado entraron en aquel pequeño salón a la vez y, manteniendo las distancias al milímetro, se sentaron en la mesa dispuesta para ellos. Los tres decidirían si ese era el gran día de alguien o el peor de otro y se asegurarían que, con su criterio circumbirúmbico, no hubiera trampas ni tongos. Se puede decir que sobre sus hombros recaían todas las esperanzas de un grupo de inseguros cuya felicidad y éxito depende de la decisión de otros (más mediocres) sobre ellos; aunque, a fin de cuentas, al menos tú tienes talento que a ellos les toca evaluar (cosa que sucede en todo tipo de trabajos: tú sí, tú no, tú depende, tú ni de coña)

El jurado de una prueba de casting para cine, en las distancias cortas, no es gran cosa: ninguno tiene un master, ni una carrera, ni un Goya, ni menos un Oscar, ni hogar, ni gente que les quiera o les respete mínimamente, nada, nada, nada. Y tú pensando que ese día te van a dar a ti una alegría, ¿Y por qué a ti? ¡Si ni siquiera pueden dársela a sí mismos!

La secretaria Topisto golpeaba el piso nerviosa con un pie porque faltaba alguien en esa habitación de torturas, faltaba la guinda de aquella tarta pestilente, faltaba la directora de casting, la que se iba a tomar la molestia de oír las quejas de todos en tropel, sus requerimientos, sus dimes y diretes y sus ayes de dolor por el tiempo insuficiente. También le tocaría callarse lo que pensaba de todos ellos juntos, callarse frases como: “Vaya bruja, vaya actriz, vaya actorcito principiante, todo el rato preguntando ¿qué es lo que debe sacar del personaje?, ¿qué mostrar al director?, ¿lo he hecho bien?, ¿tú crees que le guste? ¿Tú crees que le gusto? Y no faltará el petulante que diga sin cortarse aquella frase tan memorizada de “¡Dejémonos de historias! Echa a todas estas hienas y llama a mi agente para decirle que el papel es mío”

La secretaria abrió el netbook y mandó un correo a los agentes de los actores y actrices que ese día se presentaban y que ya habían pasado el tamiz inicial (haber ganado algún premio, cualquiera daba igual) y así comunicarles quién era la directora de casting. Lo hizo todo rápido, como volando, sacando chispas, ella era así de impulsiva y atolondrada, lo hacía todo igual y se tomaba todas las molestias aunque luego sus esfuerzos fueran al retrete. Quinientos cuarenta y siete contactos de correo a los cuales enviar el mismo mensaje y luego que cada cual adivinara si iba con él la cosa.

Queridos compañeros de profesión:

La directora de casting de la nueva película del insigne director Alcachofa es la inconmensurable y grandiosa Carmen Berenjena Gandula, archiconocida por haber seleccionado a los mejores actores (todos enchufados) de grandes superproducciones como: “Agáchate que vienen los indios”, “Los muertos luchan por su vida”, “Los gritos del silencio”, “Hazme tuya en el cortijo” y “A mi Paco le huele la sanguchera” (Esta última galardonada en el Festival de Cine Fascista de Corea del Norte por la Libertad del pensamiento)

Os pasaré un mail informativo de la selección de actores protagonistas lo antes posible y quiera dios, y su corte de ángeles facinerosos, que lleguemos a buen puerto y os pueda dar una alegría rimbombante.

Un abrazo de oso,

Señorita Topisto.

 

Y vamos dándole a enviar, así y todo sin corregir ni ver de qué va la patata; si es pa ti, si no lo es, si es para la productora, la directora de casting, el de los contratos, las modelos, los del catering, el de sonido, de la maquilladora de Parla, de la que hace el bocata a los figurantes o si se ha mezclado con el mail del churri de anoche que, en media discoteca, se le plantó frente para mostrarle los abominables a ver si su cuerpo serrano valía para “Gorilas, trepadoras y viceversa”. Y la secretaria se quedó tan pancha con su brillante redacción que, sin despeinarse, se quedó observando todos los correos de “leído” que le iban llegando a la bandeja de entrada. Soltó un suspiro de alivio como de misión cumplida y se felicitó por su manera tan conchuda de escribir.

¡Hay que correr que ya llegan los actores! ¡Hay que cuidar cada detalle no sea que los del jurado les de por ponerse tontos y estallen al ver que les falta una botella de agua o algún gorrilla chimpancé que baje a ponerle el ticket al Aston martin aparcado en la calle! ¡Uy! ¡Los actores! ¡Cómo son los actores con sus exigencias (de mierda)!

–        ¡Señorita Topisto! – ladró el señor Palmeras, uno de los miembros del jurado.

Palmeras era un chico afeminado, de no más de veinticinco años (eso decía él), de mirada perdonavidas, gafipástico, de perro enano colgando de transportín y de bolso Gucci taladrado al hombro derecho.

–        ¡¿Dónde está mi botella de agua, Señorita Topisto?! – insistió Palmeras ante la conchuda actitud de ensimismamiento de la Srita. Topisto.

Palmeras, el histriónico, era el perfecto habitante del barrio de chueca (del lado snob que pega a Alonso Martínez), vestía con el típico atuendo mezcla de El Ganso y Custo, a medio camino entre torero de derechas y super modelo de izquierdas, y calzaba unas finas pantuflas con escudo de familia añeja incluido. Palmeras era de carácter impredecible y se imaginaba a sí mismo como un hombre interesante si iba por la vida soltando frases rameras de tipo: “No eres fashion”, “Vámonos todas a Pasha Ibiza”, “Este sitio huele a proletariado”, “Ella no es nadie”, “Él, por muy famoso que sea, sólo liga en Why not”, “No te pongas metafísica, nena” y “Odio cuando no habláis de la TV”. Frases acuñadas por la gente acostumbrada a tener quince minutos de fama cada tres años como si se tratara del ciclo de las olas del mar.

La secretaria sintió como una gota fría descendía por su espalda. El señor Palmeras se refería a la botella de agua que acababa de beberse su compañero de jurado, un trasnochado presentador de tv, de gafas oscuras y tufo mezcla de ron negrita y lenguado a la plancha.

–        Me la bebí yo, colega – le respondió el Sr. Zumbao, el presentador del late night más hortera del país, pero con público – me la bebí yo porque aquí no te ponen más que agua y tú, si tomas algo, lo acabarás por potar porque no pone D&G en la etiqueta.

El Sr. Palmeras abrió la boca desencajadamente y la mantuvo así largos dos minutos. Luego la cerró al ver que no había ninguna cámara cerca y que nadie reparaba en él.

La tercera miembro del jurado se mantenía en silencio ante esta vulgar discusión. La gran señora del matutino mañanero pre-grabado ¡Arriba todo Dios! estaba con la cabeza puesta en otro sitio. Aunque bueno, alguna palabra dijo antes de sentarse esa mañana, algo como “Después de esta bazofia de casting tengo unas fotos para el “Hola estúpidos” en mi chalet y tengo que correr a elegir los modelitos antes que los fotógrafos lleguen. Suerte que tengo tres negras y una filipina que me limpian la casa con la lengua y me han vaciado los armarios para que llegue a elegir”. La gran Susana Meloafeito era más honesta y coherente que un travelo después de siete cubatas.

La señorita Topisto limpió sus gafas compradas en Camagüey y se dispuso a tomar notas de todo lo que viese, aunque luego esas notas fueran más inútiles que los dibujos que hacen los tertulianos de los programas del corazón. Se detuvo un poco a pensar (ese día estaba inspirada) y pensó en coger clases de periodismo de investigación rosa, clases impartidas por alguna energúmena que ahora se había puesto con una academia para enseñar a las futuras generaciones de lagartijillas trepadoras. Cinco años duraba la carrera de Periodista del corazón; tres años de teoría donde te enseñaban los rudimentos de cómo perseguir a gente inútil por la vida, cómo conseguir exclusivas sin que otra serpiente te la quite, cómo disimular la verdad y soltar mentiras a destajo, cómo hacer montajes para reavivar carreras sin éxito, cómo burlarse de los telespectadores quedando como un periodista serio, cómo tener menos sentido moral que una panda de hienas en celo, y cómo vender mierda sin que huela a lo que es. Los dos siguientes años se trabajaba arduamente en coger el ave en Atocha, a la carrera y cronómetro en mano, pa partir rumbo a Sevilla a perseguir a la Duquesa de Alba que tenía fama de esquivar periodistas del corazón a la increíble velocidad de dos kilómetros por hora; clases de natación con la cámara a cuestas para fotografiar estrías, panzas prominentes, tatuajes horteras en el cartón y cuanto cuerpo de famoso se paseara por las playas de Marbella y Tailandia; clases de tiro al blanco con móviles, clases de alta traición, lectura de labios (mención frases incoherentes y cómo darles el sentido que te dé la gana), clases de conducción imprudente en autopistas bajo puentes, clases de inglés profesional semi bajo, de charla con cristales de coche, de mamporreo, de astucia pericial mención expedientes y causas abiertas a personajillos cuya vida valiera algo en el mercado actual y una Tesis doctoral sobre el paradero de famosos desaparecidos. ¡La señorita Topisto iba a ser periodista del corazón! ¡Lo tenía todo! ¡La naturaleza le había dotado de las armas que debe tener una periodista de esta calaña: largas piernas para correr, boca deslenguada cigarrillo en punta, melena despiojada al viento y un rostro como un Picasso! ¡Era perfecta! Ahora sólo tenía que pensar en cómo entrar a aquella exclusiva escuela Rosa ¡Tendría que apartar a todos los gays que aspiraban a quitarle el trono de ser la más payasa de todos en los exámenes de admisión! ¡Lo iba a conseguir!

¡Plaf! ¡Rataplán! Un estruendo ensordecedor le sacó de sus divagaciones y le regresó a la oscura realidad. La directora de casting ya estaba aquí. La puerta se cerró detrás de ella y avanzó con paso decidido, carpeta en mano, fumando y magullando palabras al móvil ¿Si? ¡Mfmfms! ¡Puta! … mmmddss… serás puta… mmssmfffd… ¡Sí! ¿Una copa en Medea? ¡Pero si está mfmfms lleno de bollos y modernas! ¡Sí, he dicho modernas! ¡Si, de las que van a clubs de modernas y se marchan ofendidas porque está petao de modernas! … mmfmfmf… ¡Te llamo más tarde!… ¡zorra, te comía la mfmfmff! ¡Ja, ja, ja, ja!

La señorita Topisto se puso en posición de firme. La dictadora de casting (digo directora) pasó por su lado arrojándole la colilla del tabaco al vestido.

–        ¡Toma, pa ti, guapa! – le gruñó.

La secretaria no supo cómo reaccionar y sólo se limitó a apagar la colilla en el suelo. El modelito del Zara ya no tenía arreglo.

–        Ah y otra cosa, chati – le gruñó la directora nuevamente – me has mandado un mail hace unos minutos y he tenido que soportar las risas de todo kiski que me ha llamado a la blackberry para soltarme la misma broma estúpida ¡¡¡Que mi nombre no es Carmen Berenjena Gandula!!! Me llamo Carmele Bejarano Asdrúbal ¡Coñooo!

La sala, con sus tres jurados, enmudeció. Parecía que el techo se iba a caer sobre sus cabezas, pero finalmente el universo volvió a su cauce. Ese día Carmele estaba de buen humor (porque de haber estado de malas la señorita Topisto ya estaría recogiendo cartones con la Mazagatos en algún programa de esos que intenta reflotar personajes y lo único que reflota es su necesidad de chupar cámara a punta de burlarse de los indigentes)

–        ¡Cuántos han venido al casting! – ladró la directora.

–        Veintisiete – dijo la señorita Topisto con un hilillo de voz.

–        ¡No esperarás que me coma veintisiete castings, no! – respondió la directora – ¡Te lo puedes creer! Según como son los actores de originales para sus pruebas me tocará comerme con patatas a los típicos que recitan a Shakespeare y a Orson Welles, la que hace de vecina cotilla Almodovariana, el que se hace el tullido a lo Amenábar, la que venga con ínfulas de Nicole Kidman, la que se crea la nueva Penélope Cruz, los que vengan vestidos de payaso perrifláutico recién salidos de la Rota, los que se echen a llorar porque no les cojan, los que se pongan a bailar como si esto fuera el Fama, los confundidos que crean que esto es Gran Hermano y haya que buscarles con lupa el talento y no faltará la drag queen que quiera sorprenderme con alguna copla ¡Madre mía! ¿Y es que nadie se lee la nota que se envía donde se dice lo que se busca? ¡Cuántas ganas tiene la gente de perder el tiempo comigo! ¡Y el pre-casting! ¡Para qué puñetas estás túuuu!

–        … El pre-casting ya está ready…

–        ¿Redy? ¿Redy? ¿Qué idioma de mierda hablas tú? ¡Que esto es España y aquí se habla con el coño en la boca, cojoneee!

–        …El pre-casting ya está hecho… – soltó la secretaria al borde de las lágrimas (era buena actriz) – Sólo tendrá que ver a los seis principales, los mejores que el jurado ya eligió. ¡Ah! Y a propósito, los dueños del hotel están intentando localizarla para ver algo de facturación de los tres días que hemos usado las dependencias para la selección…

–        ¡A mí qué me cuentas! Lo de los contratos lo lleva el contable de mi contable.

Carmele se sentó junto al Sr. Palmeras, al único que soportaba de los tres del jurado, porque era el único en quien confiaba y le decía cosas como “Carmele, estás gorda como una cebolla y eso no es glamoroso” sin inmutarse.

–        Esta noche nos vamos tú y yo a tomar una copa – le dijo a su amigo – no soporto estos casting kilométricos.

–        Chata, que son sólo seis los finalistas – respondió el Sr. Palmeras –  y ya te digo yo que son malísimos… ¡uf! ¡esto me huele a tongo! ¿Tú estás segura que no estamos perdiendo el tiempo? Lo mismo el casting ya está cerrado y nos tienes aquí sufriendo por nada.

Carmele se puso pálida, como cuando su novia amenazaba con dejarla tirada por algún rodaje, pálida como el amarillo hepatítico que había visto en el rostro de alguno que otro por Chueca.

–        ¡Cómo va a ser tongo esto! ¿Y qué hago aquí yo entonces? ¡Venga, no me jodas tú también!

–        ¿Qué tal lo tuyo con Claudia?

Los otros dos miembros del jurado prestaron atención.

–        Claudia me ha dejado pero no quiero decir nada aun porque tengo pactada la exclusiva en un programa este fin de semana.

–        ¡Que Claudia te ha dejado! ¡Madre del amor hermoso! ¡Me lo tienes que contar todo, tengo un gramo de buena calidad, nos lo metemos en el baño y me lo cuentas! ¡Si es que hace tanto que no te veo que ni con los sms ni las actualizaciones de perfil me logro enterar de qué pasa con tu vida!

–        Palmieri, chata, ya te contaré… vamos a empezar este rollo y nos largamos tú y yo a algún bar de camioneras y te cuento más.

–        ¡Ni hablar! – respondió Palmeras – ¡Cuéntamelo ya!

Susana Meloafeito y Charlie Zumbao no quitaban oreja a la conversación. El del late night ya tendría programa para toda la semana y Susana comenzó a pensar que Carmele era realmente una drogodependiente, pero dejó de hacerlo casi de inmediatamente porque pensar le agotaba el bulbo raquídeo.

La señorita Topisto llamó al primer seleccionado: la gran actriz Samantha Correveidile, famosa por su afición a cotillear al mejor postor y su saber estar (entre gente adinerada). Samantha entró en escena recitando los maravillosos versos de Paquita, la del barrio, sacados de un libro de poemas para descriteriados que era coser y cantar.

Zumbao explotó en un gran bostezo y se cayó de la silla hacia atrás. Palmeras estaba al borde de las lágrimas (porque era alérgico a cualquier cosa que viniera en formato de prosa) y Susana Meloafeito, que no entendió de qué iba la vaina, le pidió que volviera a hacer esa cosita con la boca que parecían rimas. Samantha Cooreveidile se indignó tanto que no paró de hipar hasta que cayó desmayada y tuvieron que venir siete enfermeros musculosos a levantarla del suelo. Los miembros del jurado, mientras, fumaban un Pall Mall de una cajetilla que encontró tirada la señorita Topisto en el cubo de la basura.

El siguiente actor era nada más y nada menos que el famoso actor de culebrones latinos Andrez Melovez que estaba de paso en la ciudad (llevaba siete meses sin dar un palo al agua) y entre sus planes estaba emigrar a USA donde sí reconocerían su talento interpretativo.

–        ¿Qué escena vas a interpretar, Andrez? – preguntó Susana Meloafeito imitando el acento venezolano.

–        Querida, te amo – respondió Andréz sin realmente saber a quién le soltaba eso – Voy a hacer una bellísima escena de un culebrón venezolano que se llama el “Pavo real” que va sobre una chica pobre que se fija en su jefe rico y que vive descalza en un cafetal.

–        ¡Ay qué maravilla, chico! ¡Con lo que me gustan los dramas!

–        ¿Chica pobre se liga a chico rico? – preguntó Palmeras – eso es como del Feudalismo, ¿no?

–        Madre mía, darle una oportunidad – dijo Zumbao – ya que está aquí vamos a reírnos un poco.

–        ¿Por qué se van a reír? – preguntó Melovez – ¡Que la canción central era de Juan Gabriel! ¿Eso no os dice nada?

–        Sí, que es un coñazo como un castillo, cariño. Andrez… ejem ejem – continuó Carmele aclarándose la voz – ¿tienes alguna remota idea de qué va este casting?

–        ¡Pues de galán, por supuesto! – respondió Andrez convencido.

–        ¡Llama a seguridad antes que empiece a imitar a Carlos Baute sin guitarra! – gritó Carmele a la Srita. Topisto – ¡Que yo a este energúmeno le conozco y cuando le da por hacerse el galán no hay quien lo pare! ¡Andrez Topacio de las Mercedes, fuera de aquí a la puta calle!

Andrez mantenía la boca pegada al suelo sin dar crédito. Cuando logró articular palabra dos guardias de seguridad le habían cogido por los brazos y le levantaban coreográficamente a la salida del hotel (la de atrás)

“¡Oligofrénica, me las vas a pagaaaar!” Fue lo último que se escuchó decir a Andréz Melovez en España y nunca más se supo de él.

La señorita Topisto no paraba de beber agua embotellada a la que, de vez en cuando, metía algún tranquilizante.

Carmele consultó su blackberry: tenía un sms. Levantó la mirada lentamente de la pantalla del aparato y su rostro cambió abruptamente. Palmeras la miró de soslayo e inmediatamente supo que el morbo estaba servido: Claudia, la gran actriz y ex de Carmele, venía al casting. Palmeras sintió por primera vez un gusanillo en el culo porque se olía que Claudia no tenía ni la menor idea de quién era la directora de casting.

–        ¡Siguiente! – gruñó Carmele como un doberman hambriento.

La puerta se abrió de golpe y entró ella, con cara de haberse caído por un barranco y voz como recién salida de una tinaja. “Yo me llamo Laura”, dijo esperpénticamente rascándose la entrepierna, “Y soy de Puigcerdá”

–        Niña – dijo Palmeras – las audiciones para “Operación te hundo” no son aquí.

–        ¿Y quién ha disho que yo voa’ cantá? – dijo la muchacha – Yo soy de la limpieza y ahí fuera hay una tiparraca pintá como una puerta que me ha dao unos morlacos pa hacer un poco el payaso mientras ella prepara su número… ¡y aquí estoy!

Susana Meloafeito se pudo de pie indignada. Fracción de segundos después ya había olvidado por qué lo estaba. “Me voy por una copa”, dijo como por osmosis, y salió dándole un empujón al cámara que, hasta ahora, no había dicho esta boca es mía. Zumbao le siguió para aprovechar de fumar, pero a los pocos segundos estaban de regreso los dos pálidos como el papel y sin abrir la boca.

–        ¿Qué? – preguntó la de Puigcerdá – ¿Qué parece que hubiérais visto a vuestra abuela en pelotas?

–        Chica, no sé vosotros, pero esto me huele a cachondeo – dijo Palmeras – yo me voy de aquí que tengo que hacer una portada para el Oh my God! y el photoshop ya sabemos que toma tiempo y no quiero salir con cara de estría como la Lomana.

–        ¡De aquí no se va ni dios! – sentenció Carmele.

La Srita. Topisto dio un brinco que se le saltaron las lágrimas y los tranquilizantes de la punta de la lengua.

–        Bueno, como os iba diciendo – dijo Laura, que le importaba tres pimientos lo que ordenara la directora de casting – Yo soy la de Puigcerdá. Me crié en Andalucía pero de enana me llevaron pa la frontera de Francia con los catalanes y allí crecí en el hotel que abrieron mis padres. De chica criaba turkis, que es como les llaman a los pavos en Nueva Inglaterra, y criaba gatos monteses y gatinos. Ya de grande, un día me jarté de hacer el perro en el hotel y me fui pa Londres a currá de camarera. Allí me enamoré como una perra de un chico polaco que era traslúcido y que hablaba español la mar de bien pero con acento argentino. Y tal que el polaco este me enseñó to el inglés que sé y si queréis os lo suelto to de rompe y raja… mira que yo puedo hablar de corrido aunque no me lo pidáis…

–        ¿Es una cámara oculta no? – preguntó Susana Meloafeito, más acostumbrada a las bromas de los tertulianos de su programa de variedades.

–        ¿Es una broma? – inquirió Palmeras.

–        Pues a ver si hay huevos y me recitas el primer párrafo del Quijote en inglés – soltó sin pensar Zumbao, tomándose la situación cómo realmente debía tomársela.

–        Pero bueno – dijo Carmele – ¿Y yo estoy pintá en la pared? ¡Que yo soy la directora de casting y yo soy la que dirige el cotarro!… ¡Venga, el Quijote en inglés!

–        ¿El Quijote en inglés?, ¡pue os váis a cagá! – respondió la de Puigcerdá aclarándose la voz – “In a certain place of “La mancha” which name I rather not remember” ¿A que me ha quedao bordao?

Zumbao se puso de pie aplaudiendo y la Srita. Topisto le imitó porque pensaba que la ganadora del casting había sido la de Puigcerdá. Carmele estaba en silencio, como masticando su venganza que ya venía en camino. Laura estaba de pie esperando una gran ovación, pero pronto se dio cuenta que le estaban tomando el pelo. Se miró a sí misma y sintió pena de verse frente a cuatro desconocidos que le pedían hacer cosas como si fuera una mona peluda de circo. Miró detenidamente el mocho de fregar suelos y soltó un suspiro como los que suelta la gente que está cansada de bregar con tanta mierda.

– Yo, antes era feliz – dijo Laura – Vivía en Puigcerdá con los turkis, con mis novios adictos a las tragaperras y mis rollos con el hotel de mi padre, pero era feliz. Hasta que me dio por emigrar a las ciudades grandes. Primero me fui a Londres, que allí casi enveneno a los parroquianos de la cafetería donde trabajaba con producto de limpieza, y hasta salí en los diarios como “la loca del café” y me regresé pa Puigcerdá. Luego me fui a Estambul pero duré ná y menos porque no me enteraba con el idioma turco en la importadora y; ahora en Madrid, que he tomado clases de interpretación, pero nunca he conseguido curro de actriz donde me paguen ni con un bocata. ¡Si es que en las grandes ciudades na más que te basurean!

Los miembros del jurado y Carmele se miraban embobados sin creer que frente a sus narices tenían a la chica de la limpieza del hotel, mocho en mano, contándoles su vida como si a ellos les importara.

–        Hay una cosa que yo nunca he entendido – continuó reflexiva la de Puigcerdá – y es esa puta manía de los famosos de tratar a la gente con la punta del pie como si tener un trabajo honrado significara perder la dignidad. Y es que hay mucho famoso por ahí incapaz de mostrar respeto por lo que hace el resto de la gente. Se creen que sólo ellos existen en el universo, como las lunas de Saturno, y que uno tiene que tener ojos y oídos na más que pa ellos y están todo el día en la tele aireando su mierda como si a la gente de a pie le gustara eso ¿Les parecerá bonito? ¿Tú te puedes creer?

–        ¿De qué está hablando la loca ésta? – dijo por lo bajini la Srita. Topisto, pero luego se enfrascó en el buscaminas del Windows de su netbook porque estaba a punto de pasar de fase.

Carmele hizo una llamada con la blackberry a seguridad por si iban a tener que sacar a todo dios resguardado de la loca aquella que hablaba sola sobre el estrado. Pero nadie cogió el teléfono en recepción. Susana Meloafeito estaba nerviosa; la situación aquella le recordaba a una energúmena que le había perseguido por meses diciéndole que los ángeles le habían encomendado la misión de boicotear los concursos de tv donde nunca gana nadie y suena constantemente una chicharra anodina. ¡Otra loca en su vida! Muy por el contrario Zumbao estaba encantado con la situación porque estaba grabando todo en su móvil para luego colgarlo en youtube y crear cuarenta y cinco grupos de Facebook para reírse de la del mocho. Palmeras no hablaba, se mantuvo todo el discurso sentado en su sitio dándole de galleticas a su perro rata como si fueran palomitas de maíz en el cine. Carmele estalló de impotencia.

–        ¡A la mierda! – chilló como si se hubiese  despertado peinada como una cierva en la cama con Van Damme – ¡Quién te pagó para venir a darnos la tabarra!

–        Pos ya os lo dije – respondió la coludida – una tiparraca pintá como payasa, sudando como un pollo bajo un abrigo de visón y de aliento a Chesterfield. De hecho me cogió la mano, me puse dos billetes moraos de quinientos y me dijo mismamente: “Entra ahí, cuéntales la misma historia que me contaste a mí la semana pasada cuando me hospedé en hotel y entretén a esos cuatro palurdos hasta que llegue la policía

Carmele se puso de pie lívida como papel de cebolla y soltó un dolorido ¡Claudia hijalagranputa!

Lo siguiente es historia para un guión de esos malillos. Se abrieron de golpe las puertas del salón aquel y entró la policía escoltada por los trescientos figurantes del casting a detener a Carmele por fraude, por impago de honorarios, por impago del hotel, por organizar un casting kilométrico para reírse de la gente e intentar reírse de la gran actriz Claudia (su ex) y por tráfico de pirulas subrepticias entre ella y Palmeras. Aquello fue un escándalo y la noticia salió en el late night de Zumbao, en la crónica de Susana Meloafeito que, desde ese día, la gente comenzó a respetar por tirar de la manta  de casos que a ella le importaban un cuesco y en los periódicos gratuitos del metro que leía la de Puigcerdá cuando iba al hotel cada mañana a pasar el mocho con dignidad.

Salió todo el mundo a la calle vitoreando a Carmele y a Palmeras como si fueran vírgenes cuyo destino fuera el cráter de un volcán, pero meses después ya todo se disolvió y ambos rehicieron sus carreras en la televisión del Perú gracias a una entrevista con Jaime Bayly en Miami que les devolvió credibilidad. Y la de Puigcerdá siguió limpiando el hotel de la mierda de la TV y, de vez en cuando, sigue recibiendo alguna comisión por llamar por teléfono a Claudia ese día y advertirle de la trampa de Carmele – cosas de haber estudiado juntas interpretación, cosas de amigas, una famosa y la otra no, pero amigas al fin y al cabo.

La Srita. Topisto sigue haciendo de secretaria pero esta vez para Zumbao quien, conquistado por la gracia y  despiste de la sin par secretaria, le cogió para su late night y ahora es una estrella persiguiendo famosos para preguntarles chorradas que la gente celebra como el mayor de los descubrimientos televisivos. La Srita. Topisto se tiñó de rubio y ahora vive la mar de bien… ¡Ah! Y ya ha aprendido a usar el correo electrónico y a pasar todas las fases del buscaminas.

Gracias Shangay por la anécdota…

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