MARICÓN SONRISA

                En la Facultad tuve un profesor al cual llamábamos “maricón sonrisa”. Debo aclarar que en Chile hay muchas interpretaciones para la palabra “maricón”. Una es “cobarde”, como aquel hombre que pega a su mujer, o aquel soldado que huye, pero que vale para otra guerra (los chilenos somos así de raros con el lenguaje; somos capaces de meter en un mismo saco a cobardes y a sensatos). Luego está el “maricón” de siempre, aquel al que tratamos así por ser afeminado y al que tememos – y envidiamos – porque sabemos que él hace lo que quiere con su vida sin importarle lo que piensen los demás. Otro espécimen es aquel que nos juega alguna mala pasada, por ejemplo tu inquilino si deja tu piso sin previo aviso (es un maricón por dejarte tirado). Finalmente está – aquel que es motivo de este cuento – el siempre mal ponderado maricón sonrisa.

                Como contaba, el profesor al que tratábamos así, era capaz de dar cátedra con una sonrisa en el rostro, responder tus preguntas fuera del horario habitual e, incluso, parecer cercano y amistoso, pero llegado el momento de los exámenes finales era perfectamente capaz de “rajarte” de pies a cabeza y suspender a todo el mundo para luego irse con los exámenes bajo el brazo, su acostumbrada sonrisa en el rostro, y un “hasta luego, chicos” lleno de cariño.

Cierta vez que había suspendido a todos por quincuagésima vez – y antes de arrojarme a su cuello para estrangularle – le pregunté por qué se actuaba así, engañándonos, haciéndonos sentir que le importábamos y sin embargo, nos suspendía porque sí. Él, sorprendido de que uno de sus alumnos (al que consideraba el más listo emocionalmente) me respondió: Francisco, hijo, primero que nada tienes que estudiar más. Esto no es un juego donde tendrás muchas oportunidades. En la vida vas a encontrarte con hijos de puta que te van a decir a la cara que te odian y, que si pudieran, te jodían la vida sin compasión. Esos serán muy pocos – ojalá hubiera más gente honesta de este tipo en el mundo -. El resto, movido por sus propios intereses, te harán la cama con una gran sonrisa y, apenas te descuides, te clavarán la puñalada por la espalda (seguramente antes prepararán el camino hablando mal de ti a tus espaldas y tirarán tu reputación por los suelos). ¿Qué prefieres? ¿Qué alguien te diga a la cara que eres un hijo de puta inepto o que lo desperdiguen en tu empresa para que todos piensen lo mismo y te despidan? Yo sólo les estoy preparando para lo que se van a encontrar afuera en el mundo. Yo no pretendo que se acuerden de mí con cariño, sino que se acuerden de m como el “maricón sonrisa” que les enseñó a cuidarse la espalda y a olisquear a las hienas cuando acechan en la hierba. Y era cierto. Él sabía desde siempre el apodo que le habíamos puesto; sin embargo, no noté en él ninguna actitud vengativa.

No es que haya aprendido muy bien la lección -como la madre del cervatillo enseña a sus crías a olisquear a la hiena -, pero lo intento. Sé que en el camino han quedado muchos cervatillos y estoy seguro que llegará el día en que el olfato me falle y las hienas me den alcance, pero al menos podré contar que escapé de muchas otras antes.

Espero, sinceramente, que el “maricón sonrisa” siga dando sus cátedras, pero espero mucho más que algún que otro cervatillo coja la lección y la aprenda de verdad.

Afuera hay muchas hienas esperando ( y gente amaestrándolas)

 

loscuentosdefranbarrera

Sobre loscuentosdefranbarrera