NI LOS BUENOS SON TAN BUENOS, NI LOS MALOS SON TAN MALOS

la desideria

Yo les quiero presentar, la tremenda novedad, es muy fácil de aprender, el Bailongo popular.

El que no quiera bailar, no tendrá dificultad, de seguir con el compás, el Bailongo popular…

 

De pequeño mis tías me llevaban a la cancha a ver los concursos de baile, pero no los concursos de la tele en vivo – como hoy en día que la gente va a los platós -, sino más bien a la cancha del pueblo a ver bailar a la gente, cuando se había pasado la calore y habíamos vuelto del río Chalinga de bañarnos y ponernos morados a duraznos. Los concursos de baile los organizaba el Labbé, el mariquita-presentador de radio-mejor bailarín de toda la comarca y comunicador nato al que a todos encantaba. Se arreglaba el “Techao”, como le llamábamos a la cancha de basquetbol, como si fuera una gran fiesta llena de críos y nos comprábamos embelecos y bebidas para ver el concurso de baile. Por aquel tiempo se organizaban concursos de reina del verano, concursos de canto, de cueca,  de cumbia y, a veces hasta carreras de sacos. Yo y mis tías no sentábamos en las gradas, oliendo a shampoo Linik y a jabón Popeye, y pasábamos toda la tarde y parte de la noche viendo como poco a poco se iban eliminando parejas de los concursos de baile y apostando por quién iba a ganar. Casi siempre apostábamos por la misma chica, una tal Patty que bailaba como los dioses y a la que su madre, la Nolfa, había bautizado como la “Pate’cumbia”. En la cancha también se metían los cabros chicos a apuntarse a los concursos de niños, como el baile de los pajaritos que por esa época también era muy popular. Otros días íbamos a la Plaza y nos gastábamos las monedas que nos giraba mi mamá desde Viña del Mar y la tarde se acababa cuando se acababa el dinero para las fichas de los flippers y los taka-taka.

Yo tenía tres tías. Mi tía Rosarina tenía diecinueve años y era comunista, comunista, llegaba a ser tonta de lo comunista que era. Lo regalaba todo. Mi tía Herminia tenía diecisiete, era la de en medio, y estaba todo el día llorando por cualquier tontería. La llamábamos La Llorona; a veces se levantaba por la noche, se iba al patio – donde dormían las gallinas – y se ponía a llorar porque ya sabía que todas ellas iban a acabar en la olla de la vecina que las había criado. Por último mi tía Desideria, la menor que tenía quince y que se creía el hoyo del queque porque se llamaba igual que un personaje de Radio Tanda. Mi tía todos los días al mediodía corría al salón de la vecina a poner la radio para oír a su actriz favorita: Anita González, y se tragaba todos los programas aunque fueran aburridos hasta que venía la vecina y la corría a escobazos. Mi tía Desideria iba a ser de grande una gran actriz e iba a perseguir a Moya Grau por las calles de la capital hasta convencerle de salir en alguna novela suya haciendo lo que fuera: de niña de los mandaos, de mala malísima, de mongola del pueblo, de viuda llorona, de huérfana que acaba siendo rica así sin más, o de rica pinochetista si hacía falta. Mi tía pequeña ya lo tenía muy claro: iba a ser actriz – no una cualquiera-, sino una buena. Quién iba a pensar que algún día llegaría a ser una grande, de esas que se ponen lentillas, se meten en unas polleras colorás y se ponen a hablar en Romané en TVN. Su otra actriz favorita era Claudia di Girólamo, la volvía loca desde que la vio hacer de tetrapléjica, en una silla de ruedas, buscando venganza en Los Títeres y mira tú por donde acabó por conocerla.

Mi madre y sus hermanas no tenían mamá. A ellas las crio la Güayita, la vecina que, como si fueran sus propios pollos, se llevó a las cuatro pa su casa cuando la abuela se murió de un soplo. Mi madre, que por esa época ya tenía dieciséis, se fue a trabajar a Viña del Mar conmigo en brazos porque encima nos había llovido sobre mojado: la hija se queda preñada y a la madre le da un patatús.

Cuando hice cinco años mi madre comenzó a mandarme al pueblo con mis tías a pasar el verano mientras ella se quedaba en Viña trabajando camas adentro. Supongo que mi madre lo hizo así porque, o no le daba el dinero para ir ella, o no quería molestar a la Güayita.

La patrona de mi madre no era una mala mujer, tenía lo suyo como todas las mujeres de ciudad que con dinero van y compran de todo en la tienda, pero no era mala. Como quien dice “No son tan buenos los buenos, ni tan malos los malos”. Era citadina: veía una vaca y se echaba a correr, pero nadie es perfecto. La jefa de mi madre cocinaba poquitito: un puñaico de arroz en una olla pa pitufos, un muslito de pollo pa todos, una ensaladita de lechuga y limón y un pudin de pan que era un suspirico. Cocinaba para ella, pa mi madre, pa su marido y para Igor – el niño de sus ojos, que tenía los ojos verdes y cara de lelo-. Nunca dejó que mi madre cocinara porque no se fiaba. Decía “la niña esta qué va a saber hacer, si en su vida habrá visto un horno, una tetera o un cucharón de la comía, qué va a saber si viene del campo profundo y vete tú a saber si sabrá lo que es un sofrito, un pato a la ogansh (como si ella alguna vez hubiera salido del arroz con pollo), o un té con pastas. Si al final en vez de un hijo tengo tres”. Parte de razón sí que tenía, pero mi madre se ganaba hasta el último peso que ella le pagaba por cuidar de Igor, por limpiar la parcela, por encerar con tierra roja debajo de los muebles y por limpiar las cucharitas del té para cuando viniesen las amigas pinochetistas de la patrona a tomar la once. Mi madre era una niña cuando se quedó embarazada  y siempre me contó la historia de cómo había llegado a casa de la patrona para que nunca me olvidara. Me decía que ella se fue de casa cuando murió la abuela, dejando a mis tres tías con la vecina, la Güayita, que las acabó de criar, y se fue a la capital conmigo en brazos, con lo puesto y con una mamadera de Milo para darme por la tarde. Se cogió el autobús de la 1 de la tarde, el PullMan, y con lo poco que había juntado en la uva de ese verano, se compró el billete a la capital en el bus que paraba en todos los pueblos. Al llegar a Los Vilos y, aunque tenía mucho hambre, no quiso comprarse ni un alfajor ni nada porque lo que llevaba era para buscarse una habitación en Santiago. Dios sabe que tuvimos suerte, decía siempre ella, porque en el mismo autobús iba una mujer con su niño pequeño y su esposo de regreso a Viña del Mar y, al verle así solita, con un niño pequeño en brazos ocupando sólo un asiento, se le sentó al lado y le empezó a hablar de que pa’onde iba, qué edad tenía yo, que dónde estaba mi papá y qué pensaba hacer. Mi madre le soltó su historia porque en aquella situación, cuando no tienes con quien hablar, lo sueltas todo y la mujer se apiadó. Le dijo ¿Pa’onde vas a ir con esa criatura? ¿pa la capital? Pero si aquello está lleno de maleantes, de gente mala y de mala vida, que vente pa la casa, que ya veremos qué puedes hacer, que donde vas a estar mejor con tu niño, que puede crecer con el mío que yo ya no puedo tener más, que van a ser como hermanitos y que este que ves aquí es mi esposo, que es un pan de dios, un poco inútil pero al menos lo que yo diga es lo que se hace, que él no es el típico patrón que se mete con el servicio, no, él no es así, si míralo, que hasta parece medio lelo, pero yo lo prefiero así: feito y medio tonto no como los esposos de mis amigas que mucho barrio alto, mucho buen sueldo y al final acaban compartiendo el marido y el sueldo con la primera secretaria que se les pone a tiro, que los chilenos son picaos de la araña, que creen que una es hija de la vieja güeona, que no las ve venir y por eso te digo, que yo te he visto cara de cabra buena y por eso te estoy ofreciendo esto, que si yo te hubiera visto cara de resfaloza es que ni me acerco a ti, así que no te preocupes, te vienes con nosotros porque a mí me va a venir bien una niña que me cuide al mocoso y también me quedaré tranquila que habré ayudado a alguien que lo necesita y ya no tendré que volver a ir a la Iglesia, con todas esas hijas de puta que van de cristianas y luego al servicio los tratan como si fueran los esclavos negros de la Quintrala y no saben na, que luego a las nanas las tienen todas preñás de sus maríos y sin saber si al final las van a dejar por güeonas por no haber nunca aprendido a trabajar y te juro que un día de estos se ven en la calle y les va tocar quitarse los anillos, a las muy pinochetistas, y se las van a desear, las van a pasar canutas por no haber tenido vista de lince como la que tengo yo, que aquí donde le ves mi marido es medio lelo pero lo prefiero así, no como los maridos de las derechistas esas que vivirán cagadas de miedo que les quiten el marido, que se los encarcelen los del banco por prestar tanto cheque sin control o que se los maten los comunistas por venganza. Y así, vuelta la burra al trigo, dale que las gallinas mean, fue como mi madre consiguió su primer trabajo bien pagao, no en la Capital, pero igual de bien porque crecí a su lado, mientras mis tías se acababan de criar con la vecina con el dinero que les mandaba mi madre.

Con los años nos enteramos que la vecina, con todo el dinero que les mandábamos, echó abajo la casa y se construyó una nueva y les hizo un cuarto a mis hermanas en el patio trasero, donde las apelotonó y allí crecieron: durmiendo sobre un colchón roñoso como los perros de la perrera. Mi madre se enteró porque el primer año que yo fui de vacaciones al pueblo se lo conté. Le dije: las tías están super bien, super bien con la Güayita, tienen una casa entera sólo para ellas en el patio de atrás. La Güayita les tiene una cama super grande solo para las tres, tienen hasta una cocina donde ellas pueden cocinar y por la mañana ellas le riegan todo el campo y cuando acaban ya se pueden ir a la escuela. El próximo año las va a mandar a las tres al Instituto del pueblo de al lado  para que aprendan un oficio de cocinera prostituta, profesora toplera o ingeniera de la maceta, pero no le dejes de mandar dinero porque con eso ella podrá hacer una casa más grande para cuando tú tengas vacaciones y tendremos donde quedarnos y viviremos todos juntos y la Güayita comprará carne y comeremos todos, porque ahora dice que no le alcanza para comprar para todos así que la compra para su marido y sus niñas en semana, mientras las tías están en la escuela así que no la ven y seguro que crecen delgadas y guapas, no como sus niñas que se están poniendo cerdas perdías que dan pena y no como las tías que están super flacas, pero eso es bueno porque el Señor dice que los sacrificios son recompensados en el más allá, así que mientras más dificultades se tengan mejor pa ellas porque cuando vayan al cielo van a entrar vestidas de princesas y se sentarán a la vera de Dios y comerán del mismo pan y beberán del mismo vino, aunque yo no sé si las tías podrán beber vino porque las niñas no deben beber y lo mismo hay carne en la mesa del Señor!… Mi madre me quedó de piedra y me soltó un “por las rechuchas, cállate niño e’mierda” que me quedé con los ojos como huevo frito, pero luego yo me puse a pensar en todo lo que había dicho y la verdad es que sonaba bastante fatal. ¿Qué era eso de soltar que tres niñas vivieran en el patio de atrás de una casa, que no recibieran un peso de su hermana, que estaban creciendo delgadas y que se iban a ir al cielo porque en esta vida no había manera de comer carne?… Mi madre tenía razón y la verdad que aquella vez le vino bien que yo fuera un crío hocicón porque por esos años no había ni teléfono y mis tías seguro que les daría apuro escribirle una carta a su hermana que estaba convencida que sus hermana estaban bien. Por eso digo que no son tan buenos los buenos, ni tan malos los malos y eso se me quedó grabado. Ah! Y que la gente es hija de puta y, mientras más cristiana es la gente, más hija de puta es. Pues eso, cuento corto, yo siempre fui un hocicón y la verdad es que no sé qué habrá pasado, la cosa es que al verano siguiente mis tías estaban viviendo las tres solitas en una piecita arrendada junto a la quebrada, con piso de tierra y un sauce llorón para cruzar volando el rio de un lado a otro. Mi tía mayor se hizo del control de la casa: mandaba a mis tías a la escuela, barría con una escoba de ramas y les hacía la cena antes de irse a trabajar a la uva porque ya se le había pasado la edad de seguir estudiando. Al menos le quedaba el consuelo que al menos ya no tenían que regar un campo que no era el suyo, ni ordeñar vacas, darle de comer a los cerdos de la Güayita, ni esquivar al otro cerdo que tenía por marido que las venía viendo apetitosas desde hacía un tiempo. El cambio fue de la noche a la mañana: de vivir perseguida por el marido de la Güayita ahora la perseguía el capataz de la pisquera, pero al menos tenía un sueldo para mantener a mis tías más pequeñas y cuando pudiera volvería al colegio a apuntarse a la nocturna porque había dolido bastante no llegar a saber quién fue García Lorca y tener que conformarse con leer los cancioneros con las letras de Yuri, Sandra Mihanovic y  Luis Miguel como al resto de huasas que habían dejado el colegio porque querían tener un novio a caballo que las viniera a buscar.

El año que se inventó el Bailongo en el “Sábados Gigantes”, un programa de TV que veía todo Panchitolandia,  nos fuimos a las fiestas de Chalinga. Era el primer año que iba con mis tías y sería el último. Yo ya tenía doce años y mi madre treinta y tres. Mi tía Desideria había logrado cumplir su sueño de ser actriz y estaba de vacaciones en el pueblo aprovechando que aún no era muy conocida y que los cinco papeles que había tenido habían sido pequeñitos y de momento no la reconocían por la calle. La tía Desideria lo tuvo difícil, supongo, pero después de tirarse a tres o cuatro pelagatos, logró tirarse a la indicada: a una conocidísima mujer del espectáculo nacional que siempre estaba invitada como jurado al Festival de Viña del Mar y que yo nunca supe a qué se dedicaba realmente. Ella la colocó. Gracias a eso mi tía apareció en algunos culebrones haciendo pequeños papeles sobreactuados: primero de nana (imitando malamente el tono de voz y la gracia de Anita González en “Viene Radio Tanda, sí señor, todo el que lo escucha, sí señor, se ríe a carcajadas, ja, ja, ja”, luego de mala malísima en dos capítulos (imitando el grito desgarrador de Sonia Viveros, una madre a la que le intentan quitar a su hija y para evitarlo cruza la cordillera con ella a cuestas en La Torre 10), un capítulo de enferma terminal en la primera escena y nunca nadie supo que era ella (imitando las lágrimas de Carolina Arregui en su lecho de muerte en Ángel Malo), dos escenas haciendo de puta de pueblo de un culebrón que al final no se emitió para alegría de mi madre (imitando el contoneo putanesco de Shlomit Baytelman  en Julio comienza en Julio) y cuatro capítulos de madre a la que culpan de un crimen que no cometió (imitando a Jael Unger en La Madrastra y, en las escenas que tenía que llorar, imitando a mi tía Herminia cuando se pasaba días enteros llorando por nada). Sus mayores fans siempre fueron sus hermanas, pero cada vez que el personaje de mi tía Desideria lloraba, la tía Herminia  arrojaba lo primero que tuviera a mano a la pantalla de la tele gritando como una loca ¡ya me está imitando la chuchesumare!

Mi tía Herminia, la que nunca paró de llorar, de un día para otro le dio por ponerse a reír como una loca, tanto, tanto que la llamaban así: Herminia la loca, la loca de la cartera, la teniente Risitas, la Güasona y la Decídete (porque de pequeña siempre fue un poco bizca). Estaba todo el día riéndose pero cuando estaba a solas conmigo no me decía nada bueno; que si güacho, que si por qué no te vas con tu madre que se cree la mejor de todas, la rica de la familia, doña perfecta, la que no rompe un plato, que al ritmo que voy iba a tener padre el día del pico, que mi madre era una vieja, pero vieja, vieja, de la época de ven pa’cá que te cardo el moño, etc etc. Así todo el día. A mi tía Herminia se le escapaban los patos por la línea del tren, estaba medio loca, quizá por las palizas de la Güayita o quizá porque el único novio que tuvo se le suicidó arrojándose de cabeza al rio desde el Puente Fiscal. La noche anterior al suicidio le prometió que al día siguiente le iba a regalar algo que jamás olvidaría y mira tú por donde la tía pensaba darle el mismo regalo diciéndole que estaba embarazada. ¡Qué raro es el amor adolescente! La tía Herminia al final perdió al bebé y le dio por reírse de todo, de la vida, de la muerte y de todos los hijos de puta que fueron al funeral del inútil de su novio a decirle que lamentaban su pérdida y de los putas re culias que fueron al hospital a decirle que era la voluntad del Señor. Mi tía Herminia no era una mala mujer, mi tía Herminia tenía más pelotas que nadie y siempre me decía cosas raras como que ella nunca se iba a suicidar, que no, que jamás, que si el Señor se creía tan chulo que viniera y le arrebatara la vida, que si de ella dependía vivir ciento veinte años, pos los iba a vivir muerta de la risa, sin pisar una iglesia llena de acomplejados y de perras hociconas. El último verano que pasamos mis tías y yo, a mi tía Herminia le dio una embolia que se quedó doblada en cuatro bajo el sauce llorón, doblada igual igual que la niña del exorcista haciendo la araña. Duró tres días en el hospital, los justos para que le diera tiempo a mi madre a venir desde Viña del Mar a espantar a las viejas pedigüeñas del pueblo que se creyeron las mentiras de la tía Herminia de que tenía joyas y terrenos en la Raja de Manquehue.

La tía Rosarina nunca volvió a estudiar, pero se hizo comunista y le dio por algo mejor: le dio por escribir. Primero escribía poemas que eran puras cabezas de pescado, pero que a mí me parecían historias de amor super churifláuticas, y luego escribió ochorrocientos cuentos – uno para cada día del año – que la amante bandida de la tía Desideria le ayudó a publicar y pasó de ser empaquetadora jefe en la pisquera a ser empaquetadora directora jefe. A partir de ese día empezaron a temerle porque corría el rumor de que los escritores son unos pequeños hijos de puta que te cambian un nombre por aquí, una anécdota por allá, y al final escriben lo que les sale de los huevos, dan tres puñetazos en la mesa, vuelan tres cabezas de un soplamocos y al final la gente les acaba aplaudiendo lo que escriben. La tía Rosarina luego le dio por aprender idiomas porque tenía el sueño de algún día hacerse profesora de escuela, de enseñarle a los críos a decir “donde está la estación de tren” en inglés, francés, chino mandarín, arameo antiguo y en suomi. Yo, cuando, cumpla los dieciocho, me voy a hacer escritor famoso: voy a escribir historias sobre los milicos de Pinochet, de sus crímenes y de su jeta dura, que se va a cagar la perra y no podrán ni salir a la calle de la vergüenza y nunca podrán decirme nada porque yo diré que me lo inventé todo.

El marido de la Güayita, que en su juventud persiguió a mis tías, al final le dio un algo parecido a la tía Herminia, pero quedó vivo (Dios es grande). Se cagaba en los pantalones y lo paseaban por el campo en un carro del reparto de la panadería que les regaló el dueño del Paleta, por entre los cerdos, con un sombrerito de paja y lo dejaban en lo alto de una loma, junto a unos sauces llorones, para que tomara la fresca. Un día al carro del pan le quitaron la piedra que hacía de freno a las ruedas de bicicleta y se fue cuesta abajo, a la mierda, y cayó de cabeza al canal. Al carro lo encontraron empantanado por la tarde pero el cuerpo del marido de la Güayita no lo encontraron hasta dos días después junto al canal de la entrada al Cementerio. La Güayita al final le vendió el chalet a mi madre, el mismo que se construyó con su propio dinero trabajando durante años de nana y desde ese día vive allí la tía Rosarina, entre sus cajas de uvas y sus libros para niños, levantando los pies para que la Güayita limpie el flexit con una vieja escoba hecha de ramas, mientras ella escribe en su vieja máquina algún cuento nuevo. Los veranos que vengo a veranear a su casa me quedo con ellas, porque la Güayita para no sentirse sola se ha mudado al cuartucho de atrás que tenían mis tías de niña y, a veces, nos visita de incógnito mi tía Desideria y nos vamos al Techao a ver la elección de la reina de Salamanca y los concursos de baile. Yo creo que la Güayita, dentro de su brutez, les tiene cariño porque hay que ver lo que se le ilumina el rostro cuando la tía Desideria le firma un autógrafo de esos de famosa, aunque a la fecha no haya hecho más que la mamarracha imitando a las grandes de la televisión chilena. Mi tía Desideria, cuando puede, se lleva a la Güayita a la capital con su novia, la Colodro, la que le ayudó a meterse en la tele o se la lleva de viaje a Europa y se lleva también a mi madre a sitios raros como el DF, a conocer los estudios donde se graban culebrones mejicanos y donde imparten clases de llanto sin que se te corra el maquillaje y esas cosas. En otras ocasiones la tía se lleva a la jefa de mi madre al extranjero, a Buenos Aires, pa que conozca a algún actor famoso de sus amigos o a visitar la tumba de Evita que para ella es la virgen María de los pobres.

Yo siempre pensaba en cómo sería hacer justicia. Imaginaba a mis tres tías rebelándose de todo lo malo que les pasó, de toda esa gentuza que alguna vez las llamó guachas, indias, nacas y  huasas que no saben limpiarse ni los mocos. Hasta la Güayita muchas veces les gritó que qué valiente cruz le había caído a ella desde el cielo, que cómo iba a hacer para sacar tres niñas de bien, que na más que valían pa corretear las gallinas por el campo. Pero no tenía suficiente imaginación para pensar en un final así porque uno cuando es crío sólo piensa que la justicia debe ser plantarte frente al que te jode la vida pa decirle que se vaya a la mierda y ya está. Eso es la justicia para un crío, poco más.

Yo creo que la vida es muy rara, no se puede decir de esta agua no beberé ni esta agua es mala o buena, es agua después de todo y si la bebemos cumple una función: refrescarnos si está fresca o abrigarnos si está calentita. Pero a veces puede el agua enrarecerse, como el agua de los pantanos, como el agua de los tanques de lo alto del cerro que vienen con pirigüines pa enfermarnos. Y ya sabéis lo que pasa aquí: no son tan buenos los buenos, ni tan malos los malos, que la vida que es muy puta, pero mira: a veces se atisba algo de justicia, aunque sea poquita y dure na y menos, pero justicia a fin de cuentas.

 

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