NOS MEAN Y LA TELE DICE QUE LLUEVE

Fotografía: Renata Julga

 

Eran bastante grandecitos la camada de gatos que tuvo la gata parda de la vieja de la esquina; así que nos metimos por el cierre de su casa a robarnos un par para llegar a casa con algo y que no nos recibieran a correazos por venir de la escuela de noche. Igual nos sacaron la chucha, pero al menos cada uno tenía un gato escondido en una caja de zapatos bajo la cama. Al final el único gato que sobrevivió fue el mío porque los otros dos de mis amigos se arrancaron pal cerro.
Éramos tres mocosos de rodillas peladas, pantalones cortos, camiseta roída y patipelaos. Siempre nos estábamos metiendo en problemas, robando duraznos y brevas, levantándole los vestíos a las niñas o haciendo zancadillas a las viejas devotas en la entrada de la iglesia para saltarles las monedas de la pintora. La mejor época eran los días previos al Señor de la Tierra; allí siempre nos pagaban con choclos o sandiyas a cambio de cuidar bultos a los pies de los autobuses que llevaban a la fiesta grande.
Yo era el más grande y feuco; de padre desconocido y de madre lavandera, tenía doce años, y era larguirucho como Piernas Locas Crein, el mono de la tele. El Mirto era el llorón del grupo, le llamábamos “el cura” porque por todo lloraba el culiao, en la entrada de la iglesia cuando pedía monedas de a cien o en la salida del banco del estado donde na más que le daban de a diez. Vivía con los mocos en la cara. Y luego estaba el Luchito que tenía doce también y era el más chico de porte. No sabía hablar; bueno, no exactamente… hablaba, pero no se le entendía un carajo, hablaba al lote, soltaba puras cabezas de pescao y se bajaba los pantalones frente a las niñas para enseñarles la pirula a ver si con eso le crecía, pero nada. Estaba loco y mira que es raro ver un niño loco en un pueblo tan chico, pero lo estaba.
Un día estábamos escapándonos los tres de casa a Illapel en carreta o volviendo de noche acompañados por un policía escoltados. Otro día estábamos robando choclos de los huertos o tirándoles piedras desde el puente fiscal a los que se iban a bañar en pelotas con las minas. Luchito no paraba de gritarles a los bañistas hasta que éstos se asustaban y se largaban. Allí acababa el juego porque no quedaba nadie pa tirarle piedras. El Mirto siempre se ponía a llorar porque el Luchito lo retaba por su mala chuntería, le gritaba cosas como que le olía el horcate a chotuno, que peinaba la muñeca, que le había picado un helicóptero o que con el Corralito perdimos todos. Y Mirto se ponía a llorar más y más juerte de impotencia porque no entendía ni papa. A veces me desesperaba que tuviéramos que estar todo el día en tensión intentando saber qué mierda decía el Luchito. Un día, una banda de niños más grandes le rompió la jeta (los mismos que se bañaban en pelota en la poza del Puente fiscal). Luchito estuvo con la boca cerrada un mes, luego volvió a las andadas, a hablar sus incongruencias, pero ya no nos estresábamos, como la profe de castellano, que se tiraba de los pelos pa entenderle. Luchito iba a clases de diferencial, porque era diferente, porque no avanzaba. Mi mamá me dijo que pronto nos iba a llegar el desarrollo y que, cuando ese día llegara, el Mirto y yo seguiríamos nuestra vida y él se quedaría pegado tirándole piedras a los del puente fiscal.
Algunos, en el pueblo, decían que Luchito no estaba bien del chape, que se le corría la teja, que se le escapaban los patos por la línea del tren, todo para decir que estaba loco. “Estoy estudiando la posibilidad de que me muestre usté el chochito”, le decía a la señora del almacén cuando iba a comprar pan y la mujer siempre le echaba a piedrazos porque no sabía qué significaba chochito, ni quería saberlo. Luchito no era malo ni faltón. Con el tiempo entendí (o quise entender) que cuando él decía chochito quería decir “cuánto tenía que pagar”. Como la mujer se ofendió, antes que Luchito le pusiera las monedas en el mostrador pa pagar el fiado, no le pagó y la vieja le echó a patadas. El Luchito tiró pa la plaza a gastarse el dinero en los flipers con nosotros. Estuvimos toda la tarde en los taca-taca, metiendo monedas en el pac-man, en el espeis invaders, en el Brus Li y en el juego del auto de carreras que va por un laberinto y escapa de los coches malos soltando humito negro.
Al Mirto le hacía reír y llorar con la misma fuerza. Cuando se nos acababan las monedas Luchito le gritaba a la vieja de los flipers que izara la bandera, la muy gorda chochúa. Y nos echaban a la calle por faltones. Yo es que ya ni me preguntaba por qué nos echaban siempre de todas partes. Me parecía tan divertida la sensación de que todos nos miraran dándole de patadas a los taca-taca, mientras el Mirto lloraba como una magdalena. El Luchito salía gritando, como un revolucionario, alguna de sus frases que no cachaba naiden. ¡Soy un puto Esmashin Pamquin!, gritaba y nos íbamos a casa habiéndonos gastado el dinero del fiado de la tía del Luchito (porque no tenía madre)
Al día siguiente el Luchito venía a la escuela con pantalones largos. Cuando le preguntaba qué le había pasado me decía alguna de sus sandeces como que iba a hacer un curso de confección de juguetes para gatos. Yo me quedaba marcando ocupado, sin entender na de na, pero suponía que no quería hablar (ni falta que hacía porque no se le entendía una mierda).
Un día Luchito no vino a la escuela y empezaron las habladurías de que no le iban a dejar salir de su casa nunca más. El profe de religión, uno jovencito que fumaba marihuana con las niñas del liceo en el cementerio, nos dijo a mí y al Mirto (que pa variar estaba llorando) que Luchito era un ser especial, que era alguien conectado con la nueva era y que era como un gran receptor de palabras que viajaban por el aire y que era como la radio que emitía los mensajes que le venían sin ton ni son porque no podía callárselos o explotaría. El profe olía a vino del que ponen en el Mallacún.
Con el Mirto nos fuimos convencidos que Luchito era un marciano y que iban a venir a abducirle los rusos (o al menos eso es lo que le entendí al profe de los porros) y, después de clases, nos fuimos a rescatarle porsiaca. Yo me imaginaba que la tía lo tenía encerrado contra su voluntad o que le iban a aplicar electroshock en los cocos para curarle la estupidez, pero cuando llegamos ella nos dejó entrar sin problemas a verle. Nos dijo, al pasar, que el Luchito se había empipao de uvas del parrón y tenía cagaera con fiebre, que no molestáramos mucho. Cuando entramos a su pieza lo vimos sentado en la cama con los ojos muy abiertos y diciendo más tonterías que de costumbre. Le llegó el desarrollo, pensé, porque se veía demacrado, tenía los ojos saltones y se estaba macaqueando debajo de las frazás. ¿A qué hora pasa la liebre, putitas?, nos dijo al vernos. El Mirto comenzó a sudar a mares, me cogió de un brazo y me sacó pa fuera. Estaba al borde de las lágrimas porque la noche anterior el mariconcito sa’bía puesto a ver en la tele la película el Exorcista y el Luchito tenía la misma pinta que la niña esa, en la cama, tiritando y oliéndole el hocico a pozo séptico. Tuve que zamarriar al Mirto bien zamarriao hasta que se calmó.

– El luchito es la niña del Esorcista, culiao – me dijo con los ojos saltones.
– El Luchito se estaba haciendo una paja y lo hemos pillao, güeon agüeonao – le dije – dentremos otra vez a ver si ya sa calmao.
– ¿Paja? – me preguntó el Mirto con la cara hinchá.
– ¡Puta el güeón güeón, güeón! – le dije metiéndole una colleja en la mollera – Otro día te lo explico agüeonao…
Y nos metimos a la pieza del Luchito otra vez, que ahora estaba acostado rígido en la cama, buscándose algo bajo la almohada.
El agua del río sabe a clavo oxidao – nos dijo Luchito y nos quedamos inmóviles – el cielo se pone color de hormiga pero todos tenemos casas bonitas.

Asentimos el Mirto y yo, los dos a la vez, como dos mongolitos. El Luchito sa’bía puesto ecologista. La tía entró a la pieza y le trajo una manzana cortá en rodajas y se la puso en un plato sobre el velador. Luchito se la comió con desesperación. Cuando acabo de comer se puso a cantar una canción que nunca había escuchado y reconozco que me cagué de miedo.


…Triki, triki triki ti, triki mon amour, triki, triki, triki tiii…

Está endiablao, aseguró el Mirto, hay que ir a buscar a un exorcista, o a un canuto o a un testículo de Jehová que pal caso es lo mismo. Y salió corriendo empujando a la tía del Luchito que se fue de culo mostrando las enagüas. La tía se levantó del suelo gritando que éramos unos malcriaos y que nos iba a acusar con mi mamá (la mamá del Mirto era bailarina de un clú nocturno que se llamaba El gato negro y estaba to el día durmiendo así que no se podía contar con ella ni pa desgraná porotos). La tía del Luchito se fue pal patio con una chala pa tirársela por la cabeza al Mirto pero él corría más juerte. Yo creo que se escuchaba hasta la esquina lo que le iba gritando; que si le iba a dejar la cabeza como una alcancía, que ella no debería estar ahí, que las putas peruanas le habían robado el trabajo de camarera y que ahora tenía que cuidar a un guacho que no era ni suyo y que tenía que limpiarle el culo mientras la puta de la mare andaba por el pueblo del lado mostrándole el choro pelao a los milicos sin hacerle ni juicio a su crío. Yo me quedé solo con el Luchito que seguía tarareando como si viviera en otro mundo.

– ¡Soy el jefe y esta noche manda mi polla!, gritó con un extraño brillo en los ojos.
– ¿Tenís pollitos? – le pregunté cagao de miedo.
Muere una vaca acosada sexualmente por un burro – respondió.

Me quedé dudando porque me parecía que esta última frase era la más coherente que había dicho jamás y me puse a pensar que quizá el tarao éste se hacía el güeón no más con el cuento del niño loco para que todos le tuvieran pena y él pudiera mandarse cagás todo el día. De repente soltó una frase en otro idioma: Catalunya s’acaba. La resta del mon també. Y me asusté porque el güeón no hablaba ni español bien y menos iba a saber alemán. ¡El Mirto tenía razón, mi amigo estaba endemoniao y seguro lo había poseío la Quintrala y le hacía hacer cosas raras como salir a la calle a cantar a voz en cuello el “Jehová reina”!
Cuando su tía volvió al cuarto el Luchito repetía una y otra vez que estas han sido las noticias y así se las hemos contado. Yo miré a la tía con una cara de susto que la pobre me cogió de un ala y me dijo que volviera otro día. Cuando cerró la puerta del cierre me quedé parado esperando a ver qué pasaba hasta que oí al Luchito gritarle a la tía una cantidad de mierda que seguro que le iba a sacar la chucha.

– ¡Despiden a Fraga y le dan por el Ortiz! – fue lo primero que gritó. Y zás primer cachuchazo.
– ¡Payaso asesino mató a más de 30! – Segundo cachuchazo, más juerte que el anterior.
– ¡Un conductor borracho casi provoca una tragedia; Batman único testigo! – Tercer cachuchazo más seco aún.
– ¡Basta de intermediarios! ¡Que venga Dios!…

No hubo cuarto cachuchazo. La voz del Luchito como que se había ido apagando poquito a poco. Me fui corriendo, medio llorando, medio riendo, porque el Luchito era un valiente.
Al otro día, cuando regresé a verle después de la escuela, el Luchito estaba en la cama, como el día anterior, con un ojo morao y vestío de blanco.
El Mirto me dijo que él iba a ir a buscar al dotor para ver si le daba algún remedio así que lo esperara allí. Cuando llegué le conté a la tía que iba a venir el dotor y se enojó porque no tenía dinero pa pagarlo pero yo la tranquilicé porque le dije que le iba a pedir dinero a mi madre. Ella se puso a llorar más juerte porque si era una enfermedad más rara, como Malaria o Mendengue, le iba a salir más caro y ahí sí que no iba a tener con qué pagar. El Luchito me miraba como extrañao, como si no me conociera de ná y me hizo con la mano pa que me acercara.

Estoy gorda como una cebolla – me dijo bajito.

Yo me puse a reír porque nunca le había oído hablar en femenino como los mariquitas, pero como estaba enfermo le perdonaba todo.
Detrás del Mirto llegó el dotor (que era un practicante que cobrara re caro), y nos dijo que podíamos quedarnos a ver. El dotor le tomó el pulso al Luchito, le agarró un brazo y le pasó un algodoncito hediondo a gasolina y, sin que se diera cuenta, le clavó una inyesión que le hizo saltar de un brinco.

– ¡Putón verbenero! – gritó el Luchito con odio, pero luego se calmó.

El dotor se quedó extrañao porque no sabía que significaba verbenero y lo de putón lo entendía a medias. Meneó la cabeza y se fue sin cobrar, no sin antes decirle a la tía que lo mantuviera una semana en cama, que no era malaria y que le haría un favor a la sociedad si mandaba al engendro ése a hacer el servicio militar. Pero el Luchito era muy chico todavía y, más encima, tenía los pies planos así que el dotor se fue sin decir nada más.
Nos quedamos otro rato con el Mirto que, pa variar, se puso a llorar porque el pinchazo le seguía sangrando al Luchito. Lloró tanto que se le salió un moco que iba de la nariz a la oreja derecha. La tía vino y le limpió los mocos y nos dijo que nos portáramos bien, que ella iba casa del Mirto a darle las gracias a su madre por mandarle el dotor y que volvía altiro así que tuviéramos cuidaíto con el anafe. Nos quedamos quietecitos mientras se iba cerrando el cierre. Cuando nos dimos vuelta el Luchito estaba metiendo la cabeza debajo de la cama. Estaba vomitando. Demasiada información, dijo al recomponerse en la cama.
El Mirto empezó de nuevo con la mierda del demonio y le tuve que decir que se callara el hocico porque me estaba dentrando miedo, que el Luchito no estaba poseío por demonio alguno y que se estuviera sosegao. Tuve que explicarle de nuevo la teoría del profe de los porros y no me creyó que el Luchito fuera como una radio. Le sonaba como a chino mandarín la historia y me dijo que le estaba agarrando pal fideo así que me dio un combo en lo’cico y se fue indignao.

– ¡Cabro culiao! – le grité, pero luego me arrepentí porque era mi amigo.

Me quedé otra vez solo con el Luchito y le agarré un brazo pa preguntarle bien de cerca, de hombre a hombre, que si se hacía el güeón o si creía que todos éramos hijos de la vieja culiá. Se puso a reír.

La cara conocida como “La Pelona” era una suela de zapato de la talla 39 – respondió con un tonito enigmático.

Me levanté de la cama e hice como que me iba.

– No soy un loco – dijo – yo sólo repito lo que las voces me dicen en la cabeza. Están todo el día hablando y no me dejan tranquilo; todas quieren que repita lo que me dicen como si fuera una radio. A veces me retan, me gritan, no me dejan ni hablar ni pensar ni na. A veces hasta me despiertan en la noche y me obligan a hablar hasta que viene mi tía y me hace callar de un zapatillazo. Ellos dicen que la van a matar un día del susto, pero no todavía…
Me cagué de miedo. O sea que era verdad que estaba como endemoniao. Luchito asintió. Me dijo que me quedara, con una voz que no era la suya o, al menos, no era la voz que estaba acostumbrao a oírle. Estaba temblando porque nunca le había oído decir nada que no fuera una cabeza de pescao y, ahora que le oía hablar bien, me daban unos temblores mortales.

– Espera – me dijo serio – ahora viene otro titular… “Encuentran un pie dentro de una zapatilla en una playa de Gavà
– ¿Titulares, como en el diario?

Luchito asintió.

Ñorsa celofán enfría calentador – repitió dos veces.
– No entiendo ése – le dije.
– Ni yo menos… yo sólo los repito… mira otro – dijo como quien avisa que se va a tirar un peo – El 78 por ciento de los informáticos echa de menos la serie “Heidi”
– ¡Qué choro! – le dije – ¿Y te sabís alguno como del futuro?
– Yo na más que los repito, güeón, ya te dije… “Quedan 200 días para el verano”…y otro… “Los militares y las fuerzas armadas se auto condecoraron con la medalla Misión cumplida”… ¡otro y otro más!…”Su misión, soldado, es clavar la puta bandera americana en suelo iraki”… ¡Otro má!…“Muere hámster sirio de depresión criado en cautividad. El zoológico de Bruklyn está consternado, los pingüinos ya no quieren comer…
– Tú estás cagao – le dije y él se puso a reír.
– Si quieres te digo más…

Me acomodé en la cama. El Luchito era mi amigo y no le iba a dejar solo.

– “Nos mean y la tele dice que llueve” “Son las tres hora canaria”… ¿Quieres que te siga diciendo lo que oigo?… Si soy como una radio que está sintonizá todo el día… ¿Qué radio te pongo?
– ¿Tienes noticias de mañana? – le pregunté.
– No sé; yo na más que las repito, quizá muchas sean las noticias del futuro y no me doy cuenta…¡otro, otro!… “Luis Miguel saca nuevo disco
– Chaaaaá… mansa novedá – le dije.
– “De las drogas que sembramos, ustedes son consumidores; te sacaré un susto por racista y culero, no me llames frijolero, pinche gringo puñetero”…
– No cacho ni güea…
– “Hallan una joven secuestrada hace más de ocho años en un sótano. Su captor murió antenoche arrollado por un tren, en aparente suicidio…” Algunas noticias no me gustan – me dijo – pero no me dejan que me calle… Mira en el cajón, hay unas pastillas de mi tía pa dormir, dame dos… estoy muy cansado… cuando se me pase la fiebre voy a volver al colegio pero seguro que vuelvo a repetir curso.

Le di las pastillas al Luchito y se durmió profundamente. Yo me fui a casa. Me sentía triste por él, pero a la vez feliz, porque era el único que sabía que no estaba loco, que sólo oía voces y eso le pasa a todo el mundo. No tenía nada de malo.
Al día siguiente fui otra vez a casa del Luchito a hacerle compañía. En una de esas, en una de sus trasmisiones, me dice los números de la Lotería del fin de semana y nos hacemos ricos. Si nos la ganamos me lo llevo a Jiuston, donde llevan a los niños ricos a que les laven el cerebro y, si no, me lo llevo a una Iglesia, de esas que son como sectas, que allí también hacen lavados. Confío en que el Luchito se va a mejorar porque es mi amigo. Y, si lo curan, me hago evangélico, pero si no lo curan, pues entonces no.

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