PAZUZU


Anoche tuviste un sueño. Lo sé. Has estado incómodo todo el día recordando las imágenes que te envié. Sabes que ha llegado el fin porque fue tan vívido que eres capaz de recordar incluso los olores de tu pesadilla, las visiones y dolores que te hice sentir para que supieras que era yo quien te guiaba por aquel camino. Me invocaste y entregaste tu destino a mí y luego pediste no recordarlo jamás para no tener que pagar el compromiso que habías contraído conmigo. Pero yo no olvido jamás.

Estabas en una habitación amplia, un salón de clases; las cortinas se movían con la brisa fresca que dejaban entrar los grandes ventanales y estabas solo. Te asomaste a los pasillos del viejo colegio y no encontraste a nadie que pudiera hacerte compañía en tu sufrimiento. Era como si todos hubiesen muerto hace siglos y sólo quedases tú. Saliste caminando triste y te descalzaste para sentir cualquier cosa que te recordase que eras realmente humano. Te sabías en un sitio en el cual creciste pero tu cuerpo era el de un anciano decrépito. Siempre te comportaste como tal. Una ligera punzada en las rodillas acompañaba tus pasos -recuerdo de unos golpes que te di- bajando por las frías escaleras de mármol. Te acompañé en tu paseo por el colegio aquel donde creías que se escondían tesoros, momias secas, fetos en frascos de cristal violáceo y ouijas -que sólo los niños mayores se atrevían a usar- hasta llegar al viejo salón de paredes enmaderadas donde una dulce mujer, hoy fanática cristiana moribunda, te enseñó mi reino: La naturaleza.

Ahí estás otra vez, testarudo como siempre, intentado abrir aquel viejo armario donde se escondían todos los instrumentos de medición que el ser humano se ha inventado para explicarse dónde se encuentra en el universo. Te diré, entre nosotros, que no fue difícil convencer a todas las hordas de imbéciles científicos, que hartos de entregar su esfuerzo a la Humanidad sin reconocimiento alguno, se entregaron a mí clamando mi nombre en pos de la sabiduría eterna. Y les hice felices ahora, en mi compañía.

Sacas aquella vieja cajita de madera donde escondían las llaves del cuarto misterioso, el cuarto donde encerraban por horas a los niños que no rezaban a Dios. Coges la llave. Quieres descubrir qué es lo que hay allí, que cambiaba a los que no rezan, haciéndoles salir de aquella habitación prácticamente idiotizados. Ya la tienes en la mano izquierda, la vieja llave de la sala 208 del segundo piso. Te esperan las escaleras nuevamente y tus rodillas crujen quejumbrosas. Sales al patio de cemento. Es un día tan soleado que no puedes creer que bajo tanta luz se pueda sentir tanto miedo y si, te convences que bajo la luz también se puede sentir mucho terror.

Supongo que quieres que te acompañe. Jamás te dejaría solo con las llaves. Voy detrás de ti pero te veo temblar y apuro el paso a cogerte la mano. Mi mano es tan cálida y llena de vida. Sé que serías incapaz de rechazarla. Me ves sonreír, ves mi hermosa dentadura y te relajas. Mis cabellos son negros y tan sedosos que podrías dormirte en ellos acariciado por esta brisa que recorre el viejo colegio de esta asquerosa ciudad donde nunca pasa nada. Sé que me amas con locura; sé que me amas más que a tu padre que nunca tuvo tiempo de cogerte de la mano y acompañarte por estos caminos a descubrir la verdadera razón por la que tú estás aquí. Suelto una risita divertida, como en un juego de niños donde uno le dicta a otro lo que sucederá y acaban, ambos, riendo por el secreto descubierto.

Camina. No pares. No dejes de leer.

Sabes que este día llegaría ¿Tienes miedo? Estoy seguro que no tienes el suficiente entendimiento para al menos adivinar lo que aquella palabra significa.

¿Echas de menos la Humanidad? Mira a tu alrededor: estás sólo en mi compañía. Quiero que sepas que jamás te abandonaré porque he estado contigo desde los albores de la conciencia humana hasta el fin de los días cuando Él se harte de jugar este ridículo juego de la civilización ¿Estás seguro que les extrañas? Todas estas paredes que os separaban no significan nada; todas estas paredes infranqueables de control, educación, repetir una y otra vez las mismas leyes, aquel arte para ocultar fanatismos, creencias, desgaste y orfandad espiritual ¿de qué valió si ahora tienes en la mano la llave 208?

Respiras agitado. Los recuerdos de aquellos que poblaron este sitio siglos atrás ya no son más. Intentaron controlar las mentes de todo el mundo haciéndoles creer que no estaban solos en el universo, creer que el conocimiento lo era todo, la sapiencia y la democracia. Control de masas, control de vidas, ataque en masa, muerte en vida. Millones de almas engañadas encerradas en sus pequeños cubículos pegados los rostros a una pantalla de ordenador buscando ese “algo” que les hiciese por fin feliz. Y jamás se dieron cuenta que las redes que os comunicaban eran mis alas, las mismas alas que os destrozaban las cosechas, las mismas alas que juntas al rozar nos permitía ensordeceros. ¡Yo soy legión! Nada a mí se escapa; ni el más absoluto silencio de estas ruinas de esta desolada ciudad, ni la catástrofe digital que os secó el corazón de cuajo, ni las absurdas noticias que os engañaron siempre, ni las violentas convulsiones que acompañaron al último de los latidos.

Te miro con pena. Te pido que des un paso más. Ya lo has logrado: estás frente a la sala 208. Tu mano tiembla y la llave cae al suelo. Golpe con el pie con fuerza el suelo de concreto y los cristales tiemblan a mi rabia. ¡Me has hecho perder tanto tiempo! ¡Todos los siglos de esta puta Humanidad de mierda, todos los perdí enfrascado en entender que os hacía darme la espalda al momento de morir! ¡Ni siquiera el llanto de un niño recién nacido arrojado al mundo os recuerda a mí! ¡Todo es felicidad, toda para Él!

¡Recoge esa puta llave y mírame a los ojos cuando te hablo!

Por fin has dejado de sollozar. Tus piernas ya casi no tiemblan. Abres la puerta de la sala aquella y entras en la habitación a oscuras donde un intenso olor a chamusquina se retuerce en tus fosas nasales. Me he quedado con la llave, no saldrás hasta que yo te lo diga, hasta que hayas aprendido a rezar el Padrenuestro, el Dios te salve María y el Credo aunque no creas.

He bajado al patio con la llave en mi bolsillo. He pensado que podría sufrir un despiste y que te quedases allí arriba, castigado, hasta mañana o hasta que tus padres se den cuenta que no has llegado a casa esta noche. No te echarán de menos: un niño que moja la cama es un niño del que nadie se acuerda. Miro hacia arriba, hacia el edificio, has corrido las cortinas para que entre un poco de luz en la estancia. Han tocado la campana del recreo y salen todos en tropel. Yo les espero en la cancha de futbol dando un paseo con mis ropas negras dando grandes zancadas de alegría con un corro de niños que salta a mi encuentro desde las salas de clases.

¡Soy tan feliz! Oigo el aletear de sus ropas a mi alrededor, el mismo aletear ensordecedor que, al final de los días, cuando me quite la careta y os muestre mis verdaderas alas negras os ensordecerá.

El conocimiento que vosotros queríais lo tuviste siempre en vuestras manos pero os lo arrebatasteis de mano en mano en eterna pugna. Y yo vencí.

Sonrío plácido en este día soleado. Elevo aún más mi mirada y la clavo en la tuya. Te quedarás encerrado en la sala 208 hasta que dejes de mentir y de decir que por las noches hablas con tu padre Satanás. Tengo mucha paciencia, aquí me quedaré hasta el fin de los tiempos, esperando que te arrepientas y vuelvas a abrazar la fe.

Imagino que ya has descubierto mi secreto en mis ropas negras clericales.

Soy Pazuzu y me rodeo de niños. Siempre.

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