PRINCIPITO DE CORBATA

 

 Ilustración: http://porelporton.blogspot.com.es/

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            El Principito comienza todas sus frases con un “Yo”, vive en su mundo alejado del dolor de la gente y no se entera de nada. La gente da señales, le llama, le escribe, pero él no se entera de nada. A su alrededor la gente enferma de cáncer, muere, revive y se vuelve a morir, pero él como quien oye llover cuchillas afiladas. A su alrededor la gente está triste, se siente poco querida, desganada, arrasada, despedida y abusada, pero él manda besos a todos, ignorante que con ellos no cruza el abismo. Besos fríos. A su alrededor mueren los padres, gritan las madres, se rompen los pechos con el llanto de las hijas, se arrancan las carnes de los hijos; llueve fuego, no hay trabajo, no hay comida ni dignidad. Por el contrario el Principito solo sueña con tomar baños en Budapest, nadar en el Mediterráneo, respirar el aire de Beijing y teñirse el pelo. El Principito tiene un perro que no le quiere, pero prefiere no darse cuenta y sueña con ganar miles y miles de euros con los que acallar los murmullos a lo lejos de mineros asturianos, hambrientos de Marrakech, gente que ha quedado en la calle, que tienen hambre y que saben que el invierno que viene será más frío que el anterior. El Principito quiere eso y más, pero sólo para que le hagan una estatua de halagos, de gracias y loas con las que vestir su piel de piedra y aplastar el ego bajo su pie deforme. El Principito pide perdón todas las noches y se asegura que nadie le oiga, cuando su niño se ha dormido, mecido por un mar de lágrimas que golpea los cimientos de su frialdad. El  Principito no se entera, como aquella gran estatua prefiere tornarse verdoso, de agua salina amarga, enmohecer y volverse aceitoso vistiendo su sonrisa que roza apenas la superficie.

El Principito comienza todas sus frases con un “Yo”…

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