¿QUÉ VA A SER DE NOSOTROS?

“Paris y subiendo”

Fotografía: Carmen Falcon

I still belive in God, but God no longer belives in me

– Wasteland – The Mission

 

 


Escribir es rescatar a la gente del olvido. Gente que pasó por tu vida y que merecía un personaje mejor que el gran secundario del que no aprendiste nada.

A veces salgo a dar paseos por Madrid y hago videos. Videos que hablan de la gente anónima que no tiene nada que vender, gente que vive al margen de las corrientes, gente que vive sin estorbarle a nadie. Pero también hay gente de la otra, como yo.

Me encontré con una amiga que no veía desde hace siglos. Estaba igual, nada en ella había cambiado. Ahora era profesora de algo y me hablaba todo el rato de su Licenciatura y de las clases que daba como si yo fuera uno más de sus alumnos. Al hablar parecía otra.

– Joder, tía, hablas tan raro que parece que te hubieran abducido.

Su rostro se tornó violáceo. No recuerdo que su piel hubiera alguna vez adquirido esa tonalidad cuando nos íbamos después de clases al bar a emborracharnos. En aquellos tiempos ella me hablaba como a un igual. Me hablaba mirándome a los ojos. Ahora me miraba como si yo fuera un retrasado por no haber elegido lo que ella. Me cansé de oírla y me perdí entre las calles camino a la Gran Vía. A veces creo que ella aún sigue abducida hablando sola en esa esquina.

Cuando me miro a mí mismo lo hago con música de fondo. ¡Cuánto me gustaba The Cure! Su música me daba esperanzas de un mundo mejor. Ahora no estoy tan seguro. Me siento viejo, cansado y de mal humor todo el rato. Sólo me relaja salir a dar paseos descubriendo los sitios escondidos de esta ciudad sagitario.

Pictures of you…

Me detengo cerca de la esquina de Montera, donde se paran los hermanos “Jevis”. Si sintieras curiosidad, extraña sensación que cada día se pierde más y más entre los seres humanos, podrías ir corriendo a abrir un buscador de Internet y verías que se trata de dos hermanos sobrevivientes que se paran en la calle a hablar con la gente. Hablar; no son unos locos, sólo hablan contigo como si estuvieras en un bar entre amigos. Arreglan el mundo, viven como pueden, visten como metaleros, son honestos y consecuentes, son los hermanos jevies, último reducto de sinceridad en el corazón de Madrid.

Espero recordar donde vivo porque cada día me cuesta más llegar a casa. La primera vez que me ocurrió iba escuchando a María de Medeiros y perdí horas y horas buscando el mar de Lisboa sin recordar que estaba en Madrid.

El mar de Madrid.

Alguna vez os habéis hecho esta pregunta retórica y retrógrada de hacia dónde vamos. Yo ya no lo hago. ¿Para qué? ¿Para que me deprima pensar que no voy a ninguna parte? Prefiero hacer videos de la ciudad y caminar por ella pensando en una canción triste con la que editar las imágenes sin que se me vea, pero siempre cedo a la tentación y me incluyo en alguna escena donde se me vea muy poco. Es una sensación agradable reconocer tu propio rostro en una pantalla porque sólo así puedes decir que has existido. Aunque sea de una manera vacía, ha quedado un vestigio de tu paso por las aceras. Mis pies tocaron la tierra. Eso me tranquiliza.

Si bajas hacia Plaza España y se hace de noche no te preocupes, siempre estarán los carteles de los musicales para iluminarte. Cómprale una cerveza a algún chino, enciende un cigarrillo que compres en un bar y suéltale un piropo a una bella prostituta. Ella te lo agradecerá y alguien al final del día se acordará de ti.

Si te apetece ser un payaso apúntate a algún movimiento de reivindicación gay y habrás tenido un día redondo. A los seres humanos nos atraen demasiado las caricaturas de uno mismo y esa es la mejor manera y la más políticamente correcta de decir que estás con las minorías pero que en el fondo todo te importa un carajo. ¡Imagínate tú montado en una carroza del Orgullo diciendo a los cuatro vientos que estás en el mundo! Hay mucha gente que lo está y no arma tanto alboroto. ¿Existe el día del orgullo heterosexual? ¿El orgullo latino? ¿El orgullo de trabajar por un buen sueldo sin engañar a nadie? Esas luchas de seguro no le interesan a nadie porque no venden ni brillan tanto.

Si me deslizo por Fuencarral soy capaz de encontrar ropa y zapatos baratos. Para eso me sobran Custo Barcelona, G-Star, Desigual y todos sus clones que, arbitrariamente te dicen que si no vistes como los enanos que compran en sus tiendas dejándose el sueldo, no eres nadie.

Salgo a la Gran Vía a respirar. En la esquina está el chico aquel del bar que conocí hace unas noches. Viene con muchas bolsas de la colección de Madonna de H&M. Estoy seguro que son bolsas vacías. La estupidez humana no tiene límites. ¿Pensará que es mejor persona si lleva bolsas de ropa de marca? Quizá solo signifique que te has dado de golpes con otra persona por un pañuelo firmado por la ambición rubia.

Quizá ese sea mi problema. Que soy un fraude y no quiero que nadie se de cuenta, aunque a mi edad ya eso debería importarme menos o casi nada. Los buenos fraudes jamás dejan entrever la ambición que les carcome. Los buenos fraudes lo quieren todo ya a base de golpes de suerte. Los buenos fraudes, como yo, se golpean toda la vida. Un buen hombre fraude, es por definición, un hombre muy divertido.

loscuentosdefranbarrera

Sobre loscuentosdefranbarrera