RONDANELLI EN POCAS PALABRAS

                “La frase: Ground control to Major Tom  debería ser la frase más importante de todos los tiempos; la que se debería enseñar a los niños en los colegios, la que debería viajar en el tiempo y en el espacio como símbolo de lo que alguna vez fuimos…”

                Rondanelli apaga el televisor y se va al pasamano de la corrala vistiendo su bata deshilachada y sus pantuflas del número cuarenta y cinco. Es calvo como un globo terráqueo. Tres pelos le adornan el cráneo liso y perfecto.

Rondanelli fuma y arroja la ceniza del cigarrillo desde la tercera planta para que la filipina del primero se hinche, culo arriba, limpiando la mierda que él arroja, cada tarde que se aburre.

A veces se toma un mate sin azúcar. Un pequeño termo de agua caliente le calienta la pierna izquierda.

De la cama al sofá y del sofá al pasamano – él nació allí, en los pasillos de la corrala que otrora perteneciera a su familia de apellido ítalo-argentino – así durante cincuenta y siete años.

Hoy es un día especial. Hoy ha decidido vender lo último que le queda: su BMW de segunda mano que, oficialmente, nunca aprendió a conducir, pero que en verdad nunca usó porque no cabía en su interior. Al final todo lo bueno se acaba y hoy tocaba decidir la venta al primer estúpido que no supiera de coches y que lo compre sin preguntar mucho. Rondanelli se queda a pie – a la que te criaste – hasta el día que la suerte le tocó y pilló tajada gorda en la Lotería.  Ojalá y lo venda antes que cualquier envidioso se lo choque mientras está aparcado en la calle de atrás.

Hoy ya no queda dinero. Hoy sólo quedan los dos pisos de la corrala – aparte del suyo -que subalquila a ese grupito de chavales paletos que han venido a Madrid a estudiar a la UNED de Lavapiés (porque hay que ser paleto para mudarse a la capital a estudiar algo que perfectamente puedes hacer a distancia). Ellos son cinco –cuatro chicos y una chica – repartidos en dos pisos de la misma planta en la que él vive. Les ve salir a todos cada mañana para ir a clases, pero a mediodía les ve dando vueltas por los locutorios y cajeros automáticos buscando a quien sisarle unas monedas para un par de canutos. Rondanelli piensa que el día que les encuentre dando vueltas por Embajadores, ese mismo día, les pondrá en la puta calle. Rondanelli jamás baja a esa glorieta, así que jamás se dará cuenta hasta que le llamen los del banco para decirle que ya no queda dinero. Ese día no habrá quién responda por ello.

¡Mírales! ¡Todo el día tocándose los huevos! Los cinco inútiles dando vueltas como gallinas degolladas por la plaza de Lavapies. Todo el día, los cuatro inútiles y el pequeño zorrón, de rastas largas, apestando a hachís y escuchando esa música rara que les hace sentir distintos entre sus pelotudos congéneres que huelen igual que ellos. ¡Mírales!, huyendo descalzos  de la lluvia para refugiarse bajo las piedras de la biblioteca de las Escuelas Pías. Cuando deje de llover subirán a la cafetería de la terraza a secarse los pantalones multicolores al sol, mientras discuten de política de izquierdas, soñando en secreto, con pertenecer a la derecha para cobrar lo que Esperanza Aguirre. En el fondo todos los seres humanos somos iguales, piensa él, todos somos como monos que bailan por monedas.

Llegará el fin de semana y se encontrará a los cuatro orinando los contenedores, fuera de La Ochenta de Sombrerería, mientras la chica les hace unos tiros sobre el capó de algún coche mal aparcado.

Rondanelli espera fumando apoyado en el pasamano de la corrala, en la tercera planta, a que lleguen los estudiantes borrachos, que llegue la jipjopera tartamudeando con el último cotilleo, o el vecino del cuarto a pegar a su mujer, o a los filipinos del primer piso con la espalda deshecha, o Joaquinita con algún chico que se la quiera llevar lejos de su madre y de su hermana tonta, o el niño azul de los avioncitos de papel, o Camilo – el mariquita del segundo – con algún cliente al que sacarle los cuartos a escondidas de su novio trabajólico o cualquiera, el que sea, al cual observar desde lejos, fumando, para sentir esa sensación que palpita en su pecho. Rondanelli les observará a todos llegar a casa cada noche y vendrá la envidia del observador de la vida.

Ellos se creen que no me doy cuenta de sus vidas, piensa dándole una chupada al mate. Y regresará a la cama, y de allí al sofá, y del sofá al pasamanos.

Esto es la corrala. Aquí estamos todos – enfangados -, pero estamos.

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