SATANALLAH

Fotografía: Renata Julga

“Dejad soñar al guerrero, dejadle soñar con
batallas épicas, que en su sueño de niño conquistará
palacios esféricos y besara con dulzura princesas encantadas
Dejadle soñar que en su sueño de niño
ganará batallas que todos libramos cuando éramos niños. En el Oriente
Medio, los niños-hombre, son hombres…”

“El sueño de Eray”

¿Por qué contar una historia? ¿Para dejar rastro? ¿Para que quien encuentre tu pisada siga tu mismo camino? ¿Y si ese camino lleva al abismo?

Una historia que cuenta una historia dentro de la historia que cuenta tu historia; seiscientas vueltas más y sesenta y seis rodeos y, a tus pies, se abrirá la duda de la bifurcación y serás incapaz de decidir. Estarás en completo acuerdo en dar un paso más donde quiera que te lleven múltiples caminos y ni siquiera cuestionarás a quien sigues. El negocio del poder, desde el principio de la conciencia humana, ha sido seguir a quien parece tener la razón por aquello de la ley del mínimo esfuerzo; y así nos va.

Hicimos el viaje en coche, cruzando el Magreb, desde Marrakech a Ceuta, pasando por Casablanca, Rabat, Fes y Tetuán el verano del 2002. Yo llevaba en España algo más de tres meses y me arriesgué a salir del país sabiendo que ya era ilegal. Jordi, mi acompañante, bueno… a Jordi hay que echarle de comer aparte. Jordi es el típico catalán, descendiente de andaluces, con un buen trabajo, buen sueldo, culto y más prepotente que un funcionario sólo porque habla fusja. Algún día os contaré su historia (o lo mismo no, qué pereza)

En aquel tiempo yo era absolutamente irresponsable y atrevido. Aquel verano nos invitaron a una boda marroquí a mí y a Jordi y, sin pensarlo, cogimos el coche y nos fuimos cruzando en ferry por Algeciras a Tánger. La boda bien; en el Hyatt de Casablanca y todo lo que eso implica: nada de alcohol,  gente de dinero a la que no le entendíamos nada de nada, música, color, olores y sabores, un humorista marroquí al que todos aplaudían y nosotros imitábamos al gesticular, invitados franceses (la mar de estirados) de pie y sin abrir la boca en posición de firmes como diciendo “este puto país es nuestro”; la novia bellísima y sus múltiples cambios de ropa, el novio divino y sus ganas de fumar  maltrechas, la pirámide de regalos con oro, zapatos, perfumes, telas, agua de azahar, cinturones, leche y dátiles. Todo bellísimo, pero nosotros sentados como dos momias con los culos atornillados a las sillas del fondo del salón porque no nos atrevíamos a bailar con las mujeres (los hombres sólo aplaudían, a menos que fueras el tío del novio que se había nacionalizado belga) y así, poniéndonos hasta arriba de dulces típicos y zumos de frutas.

Layla llegó más tarde. Se sentó en nuestra mesa, se metió un dátil a la boca y me cogió de la mano para sacarme a bailar. En ese momento comencé a divertirme. Jordi se quedó con la vista pegada a los dátiles. Layla, luego de eso, ya no se despegó de nosotros.

Se nos va la perola. Ahora explico por qué.

Mi pasaporte chileno habla por sí mismo: sólo tiene dos sellos (entrada y salida a  USA) y brilla por su ausencia el de entrada a Europa por Charles de Gaulle así que todo en regla y no hay manera que se den cuenta que soy ilegal. Todo va a estar bien, me dice Jordi, si le echas cara lo mismo cuela. A Jordi se la trae floja si me pillan y me deportan (al desierto del Sahara, supongo yo, con los demás africanos haciéndole un hueco al blanquito sudaca) Además, para ser sólo un rollito sin importancia de Jordi, se toma demasiadas molestias conmigo, como por ejemplo pidiéndome el dinero de la mitad del combustible. En el asiento trasero fuma Layla tranquilamente. Ella también se la trae floja a Jordi. A Jordi se la traía floja todo. Él va a entrar a España y los paquetes que trae en el coche se van a quedar en la aduana.

A Layla no hay dios que le entienda lo que dice, pero nos da igual; yo creo que habla español perfectamente y se hace la tonta. Jordi, que se cree muy listo fuera de Europa, está convencido de que ella está enganchada por interés de uno de los dos para poder cruzar a España por Ceuta. Yo, a veces, miro a Jordi y creo ver en sus ojos un resplandor imperialista contagiado del master que se hizo en NYC. Si debo ser honesto Layla tiene pinta de ser una chica marroquí de mucho dinero que se aburre y se mete en problemas y, cuando está harta de probar en sus carnes la prepotencia y estupidez de los occidentales, se regresa a su palacio en Marrakech entre palmeras y camellos a abanicarse con petro dólares.

Jordi le habla a Layla en una mezcla de fusja y francés y yo no me entero de nada (o hago que no me entero porque eso sirve que te cagas con los ligues para chupar del bote hasta desangrarlos)  Vente con nosotros a cruzar por Ceuta, le dice Jordi a Leyla al salir del Hyatt de Casablanca, si mi amigo chileno puede cruzar a España ¿por qué tú no? Recuerdo que Layla se encogió de hombros y se montó en el coche.

Layla vestía el mismo traje que llevaba en la boda y fumaba sin parar cigarrillos importados (cosa que me enervaba cada vez que nos paraba la policía porque arrojaba las colillas a mi rostro para que siguiera fumando yo). La chica era lista, sabía defenderse de los suyos, y cuidaba de que ningún policía la viera fumando acompañada de dos desconocidos en un coche so pena que localizaran a su familia para irle con el chivatazo que se comportaba como puta (los marroquíes son así de asquerosos; se meten en tu vida hasta reventártela) Los tres dábamos el cante, eso sí, de manera horrorosa: Jordi vestía una chilaba sobre sus vaqueros Wrangler (si, el chico es estúpido, no tengo que repetirlo otra vez), calzaba babuchas amarillas y una barba osuna recortada que en Marruecos jamás estará de moda; jamás baila en público (verían su amaneramiento a leguas), jamás aplaude en las bodas y jamás responde a preguntas de desconocidos por si el idioma le juega una mala pasada como aquella vez que me contó que, estando en Jordania, se le ocurrió afeitarse antes de un almuerzo al que le habían invitado y estuvieron todos los hombres del salón del hotel metiéndole mano bajo la mesa y el pobre sólo sabía decir para espantar a los manilargos: “encantado, mucho gusto” en árabe. Para mí que Jordi es más puta que las gallinas; ya en alguna ocasión se ha bajado solo a Marruecos con un arsenal de maquinillas de afeitar a ver si de ese modo lo manosean (a veces me pregunto dónde va nuestra relación; yo creo que va a Marruecos)

Le perdí el respeto a Jordi el día en que le oí decir que “Duelo en Marilyn city” era una novela excelente.

Layla por el contrario me tiene embelesado. Lleva en un pequeño bolso de mano una copia autografiada de “Mañana” de Alí Lmrabet y no para de hojear la página 95 donde el autor explica cómo cruzó el estrecho. Un poco antes de llegar a Meknes, nos paramos en una gasolinera a repostar y a recargar pilas con una botella de leben y allí, a solas, me contó que una semana antes había seguido los pasos de Alí Lmrabet; se había pagado el viaje en Zodiac para cruzar el estrecho como hizo el periodista y vivió la misma desesperanza de los que cruzan a buscarse un mañana en las costas ibéricas. “Para demostrar que hay muchas maneras de hacer Ramadán en cualquier época del año”, me dijo. Como le puse cara de no entender nada me explicó que el Ramadán sirve para que el rico sienta la misma hambre que siente el pobre durante un mes cada año. “Yo sólo quería vivir en mi piel lo que siente el pobre que no tiene más que su vida y la apuesta por la vida de quienes deja atrás”. Casi me eché a llorar, pero me aguanté dando un gran trago de esa leche salada que compramos. “Las mujeres marroquíes son valientes como su princesa Salma, la perla de Marruecos”, recalcó subiéndose al coche. Jordi nos echó una mirada matadora pero no le valió para que yo le contara el hermoso secreto de Layla.

Jordi estuvo conduciendo algunos kilómetros sin hablar hasta que rompió el silencio diciendo que, cuando era un chaval, en un viaje a Roma, se cogió una cogorza como un piano y echó la pota en plena Capilla Sixtina como todo un rebelde. Yo le observé incrédulo. Layla se desconectó de nuestra charla con la vista perdida en el “Mañana” de Ali y Jordi esbozó una sonrisilla triunfadora como aquel que cuenta el mejor chiste de la noche en un bar.

Pasamos la noche en Tetuán. A la madrugada siguiente hicimos la fila en el coche hasta llegar a la aduana de Ceuta y nos bajamos para presentar los pasaportes. Layla cruzó sin problemas del brazo de Jordi y yo me quedé rezagado. El funcionario de aduanas echó un vistazo a mi pasaporte y me lo arrojó a los pies. Detrás de mí había unas cien personas (por decir un número). Me agaché y cogí mi pasaporte para arrojarlo al funcionario a través de la ventanilla. El tío se quedó perplejo pero no movió un músculo para recogerlo. Fueron largos diez minutos en que el tío despotricaba en marroquí. Finalmente se me acercó, pasaporte en mano, y lo abrió por la mitad apuntando con el índice en mi foto. “Este pasaporte es falso”, dijo con toda su cara en un perfecto español. “Y tu trabajo también”, le respondí. Acto seguido me timbró en el pasaporte y me dijo que ya se encargaría que no tuviera tanta suerte en la aduana española. Jordi, más adelante, no paraba de temblar. Layla estaba fumando del brazo de su improvisado esposo y, de vez en cuando, le echaba el humo del cigarrillo a una emperifollada funcionaria marroquí. La gente de la fila comenzó a gritar cosas para que siguiera mi camino a la aduana española. Una vez allí detuvieron a Layla porque Jordi no tenía el libro de familia donde decía que eran marido y mujer; Layla se separó de nosotros quedándose entre la muchedumbre de mujeres que iban cargadas con sus fardos y la vi alzar la mano en señal de despedida. Jordi pasó la aduana española sin problemas. El funcionario le preguntó si no echaría en falta a su esposa. Él dijo que no, que estaban en trámites de divorcio así que como si ya estaban separados. El funcionario rió. Era mi turno. El de aduanas me paró en seco preguntándo si era daltónico. Le dije que no; que mi pasaporte era azul y el de mi amigo era rojo (como el de todos los españoles) y nos dejó pasar a una oficina donde sacó una pistola de un cajón abarrotado de documentos. “¿Dónde crees que vas?”, insistió. “A España”, le respondí. “¿Eres español?”, arremetió. “Po zi”, le dije, y me quedé tan pancho sin despeinarme. Echó un vistazo a las pintas de kinki amariconado que llevaba y me dejó pasar. Eran las siete de la mañana de un día de agosto, hacía calor, y no era plan para él empezar el día deportando al Sahara a un chileno a que muriera de sed así que pasé la aduana de la mano de Jordi que, ese día pasó de heterosexual con esposa magrebí a maricón con noviete chapero y sudaca. Una vez en el coche Jordi comenzó a temblar como una hoja al viento y fue incapaz de coger el volante. Nos cambiamos de asiento y puse la radio para escuchar alguna emisora española. Estaban echando las noticias y, a veces, se colaba alguna señal de radio de la policía que repetían insistentemente códigos desconocidos que podían significar cualquier cosa. Jordi me hizo conducir a toda pastilla hasta que estuvimos montados en el ferry de Ceuta camino a Algeciras y sólo allí pudo respirar. “No vuelvas a hacerme pasar un susto así”, me dijo. Y en efecto así fue. Ese día lo dejamos Jordi y yo.

Ahora vivo en la playa de Los Cristianos de Tenerife; trabajo de voluntario en una ONG que ayuda a los indocumentados que cruzan en patera desde Marruecos y no pierdo la esperanza de alguna vez rescatar a Layla de las olas.

Occidente. La gente de occidente y sus problemas me cansan mucho.

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