SEÑORAS QUE NO PARAN DE HABLAR EN LOS AVIONES

Fotografía: Renata Julga

 

Sucedió hace más de dos años. Volaba entre Stansted y Barajas, último vuelo del día, casi cayéndome de sueño apoyado de pie junto a uno de los respaldos de uno de los asientos de la primera fila del avión, esperando a que todos se callaran para soltarles la perorata de cómo salvar la vida si nos estrellábamos en el Canal de la mancha, pero nadie me escuchaba. Sólo prestaba atención esa extraña viejecita que hacía ganchillo en el asiento de la izquierda de la fila tercera; a veces levantaba la vista sobre las gafas y esbozaba una sonrisilla como si me tuviera calado. “Sí, soy mariquita, señora”, estaba tentado de decirle, pero me aguanté pensando que la culpa la tenía en el fondo yo por sentirme tan feliz desde unos días a esta parte. ¿La razón? El chico con el que salía desde hace un par de meses, con el que llevaba viviendo cinco pequeños días y que era el causante que estuviese adormilado como en una nube. Sí, creo que a veces soy feliz.

La mujer aquella apenas ha prestado atención a las instrucciones del chaleco salvavidas y estoy seguro que será la primera en hundirse con sus crochés y sus lanas de colores. Sin embargo ha estado todo el rato mirándome de pies a cabeza haciendo muequitas y morisquetas como si lo que hiciera fuera tan divertido como para partirse de risa. Otra güiri loca, pienso, están todas chaladas. Al mirarla me recuerda a la anciana esa que está llena de tatuajes, la de la tele, la que salió en DEC, esa que vi en el canal de televisión internacional.

Me paseo por el pasillo del avión con los zumitos, los cafés, el vino barato y los cartones de bingo que reparto a diestro y siniestro y luego, vuelta a pasar retirando toda la basura que todos los pasajeros sueltan por cabeza. Nunca vi que, en un sitio tan pequeño, la gente fuera capaz de soltar tanta mierda. Hace unos días tiré tres bolsas de basura del tamaño de mi compañera azafata que mide uno sesenta y cinco.

Arriba, abajo, el estómago me da un giro y siento que me voy a ir de bruces, pero resisto. Ya debería estar acostumbrado a estos vahídos, aunque aún me resulta incómodo trabajar volando, dormir de día, dormir cuando puedo, comer cuando siento hambre, tragarme un sándwich de máquina que sabe a tarta de fresas y beberme un café que sabe a orina de gato inglés. No me acostumbro, imposible engañarme a mí mismo, pero me da igual. ¡Estoy jodidamente enamorado! Ese chico me revuelve todo y estoy loco por regresar a casa y estar con él. ¡Sólo quiero bajar de esta cafetera Ryanerina y plantarme en su piso compartido de Lavapiés!

–        Eh, usté – me dice la mujer esa con la decisión de las ancianas que saben que te están incordiando pero les da igual.

–        ¿En qué le puedo ayudar? – le digo, aunque estoy como loco por decirle ¿Llevo monos pintados en la cara? con un tonito distinto para que deje de mirarme.

–        ¿Sabes? Él te quería mucho – me dice tan campante.

–        ¿Disculpe? – le interrumpo antes de que me suelte otra barbaridad sin sentido. La mujer esa me da miedo; me mira como si leyera mis pensamientos, como si hubiese estado sentada a los pies de la cama de mi chico, la noche anterior, viéndonos dormir abrazados.

–        Él te quería mucho… – insiste – hace un rato cuando estabas repartiendo los cartones del bingo se me sentó a mi lado y me estuvo contando que te quiere tanto que le duele que estéis mosqueados.

Me puse blanco. Realmente no sabía de qué me estaba hablando, pero tenía la leve sospecha de que iba a resultar ser la loca que me iba a dar la tarde. Me acerqué temblando a su rostro, no para intimidarla, sino que para oler sus intenciones. La mujer ni siquiera se inmutó. ¡Que me ha dicho que te quiere, coño!, volvió a repetir.

–        Señora, ¿qué dice? – le respondí poniéndole un bollito extra en las faldas para ver si era hambre lo que tenía la cotorra ésta.

–        Yo no soy una cotorra – me dijo bajito – yo sólo te digo lo que él me dice que te diga; además si quieres que te diga más, el chico éste no me ha dejado tejer desde que despegamos de Londres. Ha estado todo el rato importunándome con que te hable de lo que sentía por ti.

–        ¡Señora, por el amor de Dios! – le interrumpí en voz alta. Una de mis compañera, una polaca de metro y medio (que no sé cómo entró de azafata en la aerolínea), me cogió de un brazo y me echó una mirada de esas que matan para luego irse corriendo al fondo a ayudar a una mujer con un pañal sucio.

–        Tú te llamas Alejandro – me dijo – y eres de Santander, trabajas en esta aerolínea desde hace más de dos años, emigraste a Londres, eres marica perdido pero de los hogareños, eres bipolar, no sabes lo que quieres, te entusiasmas con el primero que muestra interés por ti y del mismo modo lo pierdes cuando esa persona con la que estás tiene una vida corriente. Él me dice que está triste por lo que hablasteis anoche, que no quiere volver a oír eso de que necesitas alguien a quien admirar porque suena a que quieres dejarlo. Chico, un consejo personal, al ponerte el listón tan alto te sientes infeliz porque crees que nadie es lo suficientemente bueno para ti. ¡Convéncete, nada es tan bueno como la relación que tienen tus padres! Y si te comparas con ellos lo llevas chungo de cojones…

–        ¡Señora, cállese la boca! – le impreco a baja voz, pero es difícil disimular. Ya no me quiero mover de su lado para que me diga más cosas aunque no me gusten y la parejita de musculocas, que está sentada detrás de ella, no se ha perdido detalle. Los friendly vuelos son los más surrealistas.

–        ¡Dile que deje de decirme cosas entonces! – dice ella molesta – Yo no tengo la culpa de que este chico se haya colado en el avión  y se me haya sentado al lado a decirme toda esta sarta de cosas para llamar tu atención – Ahora se acomoda en el asiento como si realmente tuviera a alguien al lado jalándole del brazo para decir lo que me dice.

–        Decirle qué a quién – digo perdiendo la paciencia.

–        Dice que esta noche no podréis veros, que ha sucedido un imprevisto mientras iba a clases y ha venido a decírtelo pero como no le escuchas me lo dice a mí.

Tengo el móvil apagado, como debe ser, pero no resisto las ganas de sacarlo de mi bolsillo, encenderlo con mis manos sudadas y llamarle. Sólo quedan unos veinte minutos de vuelo y esta vieja loca me ha hecho perder tanto tiempo que me aparto de su asiento y me largo al fondo del avión, donde los compartimentos de la comida (blanco como un papel) y mi amiga polaca me hace un hueco para que me esconda a encender el móvil. Al otro lado del avión observo la nuca blanquecina de la anciana que apenas se mueve con el movimiento del avión. No sé qué trama, pero ha logrado ponerme nervioso. Enciendo el teléfono a escondidas, el móvil de mi chico suena insistentemente, pero él no me responde. Todo lo que ha dicho esa vieja loca es cierto; la noche anterior recriminé a mi chico que fuese tan poco ambicioso por no tener un plan en la vida ¡Y se lo dije yo que soy camarera en el aire y más bipolar que Van Gogh! Vuelvo a apagar el móvil y me voy por el pasillo a paso decidido donde aquella mujer.

–        Señora ¿Cómo sabe todo esto de mí? – le pregunto conteniendo la respiración. A las mariconas detrás de ella sólo les falta sacar una bolsa de palomitas.

–        Él me lo dijo ¿qué te crees que me invento estas cosas porque sí? Bueno, déjalo, que no importa, de todos modos ya se ha ido de aquí.

–        ¿Se ha ido quién? – insisto.

–        ¡Pos quién va a ser! ¡Tu chico! Si ya le había dicho que iba a ser difícil que me escucharas y que iba a quedar como una vieja loca y que iban a terminar llamando a seguridad apenas aterrizáramos… Por favor, no se lo digas al capitán ¡Qué bochorno!

Las señoras, que son así de cortitas, siempre le temen al capitán de vuelo y, luego de meterse hasta en fondo en lo que no les importa, se hacen las tontas y quieren irse tan tranquilas a su casa como si no hubiesen roto un huevo. ¡Pero a mí esta no me avinagra el agua de las aceitunas!

–        Señora, si se está medicando debió haberlo dicho al subir y, otra cosa más, si no quiere que al bajar la esté esperando toda la plantilla del Sanatorio Esquerdo va usted a quedarse tranquilita con su ganchillo y sus lanas que si no la vamos a tener buena.

–        Bueno, no es necesario ponerse así – me dijo con pena – yo sólo quería darte ese mensaje. De todos modos él me ha dicho que iba a andar por Lavapiés esperando a que llegaras a ver si era capaz de darte un abrazo.

Estuvo a punto de hacerme saltar una lágrima, pero no lo logró. La mujer cerró la boca y hasta me dio pena, pero tenía que hacerlo. Si a la gente no le paras los pies es capaz de volverte majara.

Esa noche bajé corriendo del avión, después de limpiarlo todo, y me apresuré a llegar al aparcamiento de la T1 donde guardaba mi coche para tirar a Madrid. Por un momento creí ver a esa extraña mujer desde los cristales de la terminal, pero fue solo una impresión. Comenzó a llover con tanta fuerza que parecía el diluvio universal. Mi chico seguía sin cogerme el teléfono, como si se lo hubiera tragado la tierra. Corrí como un loco hasta caer en la Glorieta de Legazpi, cogí por Embajadores hasta la Ronda de Valencia y me metí contra el sentido por la calle del Amparo hasta encajar el coche entre una furgoneta desvencijada y un contenedor de escombros. Bajé corriendo del coche y me puse a darle como un loco al portal del número 99 largos treinta segundos. Alguien arriba abrió sin decir palabra; me monté en el ascensor, subí hasta la quinta planta y me lié a darle de golpes al 5ºB hasta que abrieron la puerta. Y allí estaba él: mi chico. Me abalancé sobre él dándole de golpes en el pecho, entre lágrimas, por darme esa clase de sustos. Él, sin entender nada, intentaba esquivar mis golpes hasta que me tranquilizó entre sus brazos. Cuando ya me hube calmado le conté la historia de la mujer esa, me dijo de que había perdido el móvil (es un despistado), hablamos de la discusión de la noche anterior y, al final, le dije que le quería sin importar si le iba bien o mal en la vida porque lo que importaba es que ya me hacía sentir ganador al haberle conocido.

Al día siguiente le dejé el coche para que fuese a clases a Ríos Rosas. A mediodía recibí una llamada a mi teléfono. Puede resultar sensiblero; pero, incluso la gente como yo merece la oportunidad de despedirse de quien quiere. Gabriel había muerto en un accidente de tráfico.

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