SHTRIGA!


Esa noche Jonás, mi hermano pequeño y yo, nos quedamos solos en casa. Mi madre se había puesto de parto y mi padre se había ido con ella a urgencias y tardarían en venir. Esa noche mi madre dejó el pasillo, que va desde el baño a la puerta de casa, recorrido por un hilillo de sangre que ahora lameteaba el gato. Papá nos dijo a mi hermano y a mí, antes de irse temblando con mamá a cuestas, que llamaría a la abuela desde urgencias para que viniera a casa y que me fuera a la cama a esperar que viniera… pero que no le abriera la puerta a nadie más.

Jonás y yo nos fuimos al cuarto de mis padres corriendo, después que papá se fue, a pensar cómo sería nuestro hermanito que venía de camino. Jonás se puso a llorar sin saber por qué y tuve que ir a la cocina a por el bote de cola cao para comérnoslo a cucharadas. Al rato ya no lloraba y, con la boca toda marrón, se metió a la cama de mis padres. ¡Por fin se va a dormir!, pensé. Apagué la luz de la lámpara, me arropé y prendí la tele. A los cinco minutos tuve que apagarla porque estaban echando El exorcista y me estaba entrando miedo ¡Menuda suerte! Al otro lado de la pared, en el pasillo, oía cómo el maldito gato maullaba y me lo imaginaba sonriendo con la lengua rojiza.

Jonás me preguntó cuánto iba a tardar la abuela en venir. No supe qué decirle. Me acosté a su lado e intenté contarle una historia para que se durmiera, a ver si con eso nos calmábamos, pero nada. Yo no sabía qué era peor; que muriera mamá al intentar parir a mi nuevo hermano, que acabáramos al cuidado de una abuela a la que aún no conocíamos, ó que papá, si mamá moría, se casara con otra y, sabe dios quien, nos iba a cuidar.

Afuera, en la calle principal del pueblo, no había un alma y sólo los perros aullaban a lo lejos. Llevábamos poco más de una semana viviendo allí  y no lograba acostumbrarme a la nueva casa porque era de paredes de latón -como en los poblados mineros antiguos-, y parecía frágil, como si el viento del desierto se la fuera a llevar volando cualquier noche; además, no me gustaba porque por detrás pasaba la línea del tren abandonada en la que solíamos jugar por el día, pero que de noche me daba miedo. Afuera soplaba un viento que se colaba bajo la puerta de casa y me hacía imaginar voces raras que me hablaban. ¡Nos han dejado solos!, pensé, ¡tengo que ser valiente y que Jonás no se dé cuenta que estoy a punto de ponerme a llorar! Por primera vez era consciente que si algo les pasaba a mis padres, de camino a urgencias, nos quedábamos solos y abandonados a nuestra suerte. Me tapé la cabeza con la manta de la cama y me acurruqué haciendo un ovillo, pero algo me asustó ¡Algo había brincado a la cama! Revolví las mantas, como si estuviera bajo una tienda de campaña, y note el peso de algo peludo que dio un nuevo brinco asustado. ¡Era el maldito gato que estaba manchando el cobertor con las patas! Jonás soltó un gritito ahogado, pero lo calmé cogiendo al gato del pescuezo y mostrándole que no había nada que temer. Él se dio la media vuelta e intentó seguir durmiendo. Cogí el gato y me lo metí entre las piernas para entrar en calor e intentar dormirme. ¡Jonás, Jonás!, dije susurrando, ¿no hueles a tierra húmeda? Él no me respondió.

Serían las tantas y de la abuela no sabíamos nada. Comencé a creer que papá no le había llamado y que se había ido a la capital, con mamá recién parida, dejándonos abandonados. A pesar de que era una suposición, cada minuto que pasaba, se me hacía más real.

Jonás por fin se quedó dormido porque ya no se movía.

Desde que llegamos al pueblo mi hermano tenía pesadillas; soñaba que una vieja deforme, de pelo largo y canoso y uñas negras, entraba volando por la ventana, le chupaba la punta de la nariz, y aspiraba su aliento para robarle el alma. Él siempre despertaba dando gritos y corriendo por el pasillo mientras yo mojaba la cama pensando en todos los que quizá habían muerto construyendo las líneas del tren que pasaban detrás de casa. La historia de la bruja se me hacía menos creíble.

Aún no conocíamos a la abuela. Siempre tuve la sospecha que ella como que no nos quería conocer porque mi madre –su hija- se quedó embarazada muy joven de mí y nos fuimos los tres a la capital. Diez años más tarde estábamos todos de regreso, con la cola entre las piernas, y un miembro más en la familia. Mi padre una vez me dijo que la abuela era albanesa, que se vino muy joven a vivir a España y que jamás aprendió español porque se casó con el abuelo que era rico, pero que lo perdió todo en el juego y se suicidó, dejando a la abuela sola y medio tocada. Le he oído decir a la gente que mi abuela es la loca del pueblo y que sólo se le ve de noche, vestida de negro, paseando un mastín que la cuida. Con todas estas historias cada vez tengo menos ganas de conocerla.

¡Hostias!, los perros están ladrando en la calle, ¡no!, ¡están aullando!, ¡han visto a alguien! Apretujo tanto el gato entre las piernas que me clava las garras y sale maullando del cuarto. Intento calmarme bajo las sábanas, para no despertar a Jonás, pero es difícil, más si ya alguien en el colegio nuevo se ha preocupado de comerte la cabeza con que, si te untas los ojos con las lágrimas de los perros, puedes ver lo que ellos ven.

Jonás está hablando dormido, eso no me gusta. ¡Dice que la abuela ya viene de camino! ¡Lo que me faltaba; que éste empezara con las pesadillas! Jonás se sienta en la cama, con los ojos abiertos, gritando que la abuela ha olisqueado la sangre que perdió mamá en el pasillo y que viene a lamerla. ¡Estoy temblando! De pronto Jonás se deja caer en la cama y sigue durmiendo tan tranquilo como si nada ¡la madre que lo parió!

Alguien está golpeando la puerta de la calle con algo… no sé… un bastón quizá o con la punta del pie –lo mismo es la abuela-, pero caigo en que tampoco la conozco ¿y si no es? Me da miedo abrir ahora que Jonás ha dicho dormido que la abuela venía a pasarle la lengua a la sangre del pasillo. Hay un perro que aúlla bajito, olisquea la ventana del cuarto de mis padres que da a la calle, se apoya en las dos patas y babosea la ventana con la lengua. Me levanto de la cama y me acerco para ver quién está golpeando la puerta, pero de pronto una vieja de ropas oscuras, cabello negro largo y ojos cerrados se pega al cristal asustándome. Suelto un gritito ahogado y una gota de sudor frío me recorre la espalda.

– ¡Dëre! – grita la vieja al otro lado de la ventana – ¡Dëre, dëre!

No entiendo lo que dice, pero me da igual, no le voy a abrir. La vieja comienza a golpear más fuerte y Jonás se despierta y se arroja bajo la cama al verme de pie junto a la ventana.

–   ¡Dëreeeee! – insiste la vieja con voz arrastrada – ¡Abreeeee!

¡Es la abuela!, grito al entender lo que me ha dicho. Jonás me dice que no abra, que es la vieja de los sueños, pero salgo corriendo del cuarto de mis padres a abrir la puerta de la calle.

Abro de golpe la puerta y elevo la vista a la imagen que tengo enfrente: Es una mujer completamente vestida de negro, muy alta y delgada, de cabello canoso y largo, con un gran bastón con el que toquetea el suelo de tierra de casa. Junto a ella hay un perro negro que se queda sentado en el dintel observando con la lengua toda fuera del hocico. La abuela levanta el bastón y apunta al frente como intentando tocar mi cabeza con él. Algo me dice que retroceda y me aparte, pero me caigo de bruces. Comienzo a arrastrar el culo por el suelo intentando esquivar el bastón con el que toquetea todo y me alejo hacia la puerta del cuarto de mis padres, mientras la abuela da un primer paso entrando en casa. Ella pasa por mi lado, dando golpes con el bastón en las paredes y en el dintel hasta llegar al salón que hay al fondo –algo me dice que no está bien de la nariz porque ha pasado por mi lado y no se ha dado cuenta-. Una vez allí, completamente a oscuras, la abuela se gira, palpa una de las sillas del salón y se sienta en ella soltando el bastón y cruzando las manos en el regazo. Me he quedado frío. La mano de Jonás, a mis espaldas, ha encontrado la mía y me tironea para que me arrastre bajo la cama con él, pero no le hago caso. En la entrada el perro sigue esperando sin moverse, sólo su lengua y el halo de su respiración, rompen la quietud de la noche.

Desde allí, en plena oscuridad, la abuela llama a Jonás por su nombre y luego se echa a reír. Intento ponerme de pie, pero Jonás me aprieta la mano para que no le deje solo y me dice que esa no es la abuela, que es la vieja que nos ha venido a robar el alma. Le digo que se calme, que la abuela es ciega y que no ve un pijo, pero el pobre se echa a llorar. Me levanto del suelo y corro a cerrar la puerta para que el perro no se cuele en casa. Algo frío me recorre la espalda, me giro y allí está ella, la vieja junto a Jonás, en el fondo del salón, cogiéndole la cabeza y acercándoselo a la nariz para olerlo. Comienzo a correr hacia ellos para que la bruja no se lo lleve, pero me tropiezo. La bruja me ve en el suelo y chilla, como chillaría un gato engarfiado, antes de cerrar la puerta del salón llevándose a Jonás para siempre…

Cuando desperté papá me había cogido del suelo y me llevaba a la cama en brazos. Le conté lo de Jonás y la bruja y me miró extrañado. ¿Has dicho Jonás?, dijo extrañado, ¿Cómo has adivinado el nombre que le vamos a poner a tu hermano?… bueno, da igual, dentro de unos días mamá estará de regreso en casa y podrás conocerlo. La siguiente pregunta que le hice a mi padre quedó en el aire sin respuesta: “Papá, ¿Jonás es ciego?”

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