SÓLO LOS ABURRIDOS SE ABURREN

Fotografía: Renata Julga

Una “Nancy” es una muñeca de 26 centímetros de altura.

Esta es la historia de “Una muñeca con la que jugar a cómo te gustaría ser de mayor”

 Ibrahim, mi amigo, se sienta a mi mesa en la cafetería del Aeropuerto. Le miro extrañado preguntando qué puede haberle ocurrido en estos años. Su aspecto no me da la respuesta porque obviamente ambos hemos cambiado. Ibrahim viste de manera muy pobre con un abrigo negro tres tallas más grande, un pantalón de chándal agujereado, unas chanclas y un gorro de lana. Se quita unas gafas de sol redondas sin cristal, como las de Jhon Lennon, y me quita el vaso de café que acabo de dejar con un culillo sobre la mesa. Lentamente se pone de pie, como si temiera romperse en pedazos, y coge otro vaso vacío de una mesa contigua para llenarlo con los restos de todos los vasos de la cafetería. Ibrahim vuelve a la mesa, se sienta como había hecho minutos antes, y comienza a masticar un croissant lleno de pelos que se ha encontrado tirado en el suelo.

– ¿Tú te puedes creer que esta mierdecilla de na vale tres euros aquí? – es lo primero que dice en vez de soltar el tradicional “hola” o el típico “¡Cuánto has cambiado!”.

Le miro boquiabierto y me arrepiento de haber dejado aquel culillo de café en el vaso, de vestir esta ropa, de comer la comida que como cada día y de dormir en mi cama calentita cada noche. Ibrahim levanta la mirada del vaso de plástico y mira en todas direcciones con miedo.

– ¿A que estás preguntándote cómo llegué a esta situación? – dice.

Asiento con cierto sentimiento de culpabilidad. Ibrahim no tiene más de 35 años; lo sé porque crecimos juntos en el pueblo. Yo ahora espero un vuelo de conexión a Santander y él vive tirado en los pasillos de la terminal. Ibrahim se saca un cigarrillo del abrigo y lo enciende. Me mira fijamente; mira mi aspecto sano, mi ropa limpia, mi ordenador, mi bolso de cuero (de donde sobresale una muñeca Nancy de regalo para mi hija) y mi reloj que asoma bajo la manga de mi camisa. Imito su movimiento y saco uno de mis cigarrillos. Pronto vendrá algún porculero a decirnos que esta no es zona para fumadores (la gente no fumadora es muy, pero que muy maleducada y pienso seriamente que anteponen su salud física a la salud mental de los demás). También cabe la posibilidad de que no venga nadie a decirnos nada.

– Te ha ido bien en la vida – dice él, sin ninguna muestra de resentimiento, orgulloso, como si fuese él el padre del niño gordito que era incapaz de encestar un balón en el recreo.

– No me quejo – le digo.

No sé cómo preguntarle por su vida. ¡Es tan incómodo no saber cómo sacar un tema! Desvío la vista hacia mis zapatos, mis buenos zapatos. Me quedo con la vista fija en ellos porque no sé cómo volver a mirar a Ibrahim a los ojos. ¿Supongo que debería sentirme culpable por haberme superado y él no?

– ¿Esa muñeca que llevas en tu equipaje de mano es una Nancy? – pregunta.

–  Si, es el regalo de cumpleaños para mi hija.

Ibrahim cambia de semblante.

– No se la regales – me dice – es gafe. ¡Mírame, lo perdí todo por esa muñeca!

– ¿Para eso me has llamado a gritos por la terminal? – le pregunto extrañado.

Ibrahim me mira serio y da una gran calada a su cigarrillo.

– Voy a contarte por qué estoy así – me dice – Sé que sientes curiosidad y, aunque mi vida te importe un rábano después de todo este tiempo, no me importa contártela para que te vayas tranquilo a casa.

Ibrahim siempre destacó en el colegio como el típico chico exitoso; de esos que sabes que van a triunfar sí o sí. Era algo huraño, no le gustaba que le tocaran; mas, sin embargo, socializaba sin ningún problema. Era sólo eso: no le gustaba que le tocaran ni que le dieran palmaditas como a los perros pequeños.

La historia de Ibrahim comienza así (cito mucho de lo que me contó, de lo que me acordé, como quien habla de los grandes éxitos de su vida, o al menos es lo que intento transcribir ahora que estoy en casa, en mi sofá, junto a la chimenea mientras mi hija juega con su Nancy y mi esposa se revuelca con su amante en alguna parte de Santander)

“Disculpa por haberte perseguido por la terminal gritándote, pero es que a veces pierdo los papeles. Fue verte pasar con tu equipaje de mano con esa muñeca y te reconocí de inmediato. Sé que no guarda ninguna relación la muñeca contigo, pero algo me dijo que tenía que hablarte; primero, porque fuimos amigos de pequeños y segundo, porque esa muñeca no trae nada bueno a nadie (él carraspeó con tanta fuerza que creí que escupiría los pulmones). Aún tienes la misma mirada de aquel niño gordito con un balón en la mano. Después de separarnos en el colegio hice mi vida como seguramente hayas hecho tú. Me dediqué a preparar lo que sería mi gran carrera, pero por el camino me desorienté y estudié lo que pude, estudié Leyes, y me titulé sin muchas complicaciones. Conocí a la que fue mi esposa, nos casamos y nos asociamos con unos amigos para abrir un buffet y bla, bla, bla, bla… lo de siempre, lo que todo el mundo podría esperar de un chico con el mundo por delante. Todo se resume en que tuvimos unos buenos años.

Como ya adivinarás, en algún momento todo cambió para peor (se aclaró la voz nuevamente). Todo comenzó durante unas vacaciones en Londres con mi esposa que nos dio por jugar un billete de lotería y nos la ganamos. Así de simple; sin quererlo con muchas ganas nos ganamos todo lo que nos podíamos ganar en la vida. El dinero nunca trae nada bueno por más que la gente diga que te soluciona la vida. Yo creo que te la complica y, si es mucha pasta, te la complica que te cagas. A veces, por las noches, cuando la terminal está en silencio, imagino en los cristales el rostro de felicidad que tenía mi mujer el día que nos enteramos del premio. Era muy feliz, éramos muy felices. Tuvimos, a partir de ahí, años en que todo fue estupendo; compramos la parte de nuestros amigos en el buffet y lo ampliamos para que todos ellos trabajaran para nosotros cuidando de nuestro capital. Luego nos dedicamos a viajar a tal o cual sitio sin siquiera recordar qué cosas veían nuestros ojos; que si dormíamos en Marrakesh, desayunábamos en Paris, dábamos un paseo por la tarde por Londres y volvíamos a despertar en otro lugar. Nos compramos cosas que no necesitábamos, cosas que ya teníamos, cosas para nuestros amigos (como cuando Michael Jackson le compró un jarrón de mierda de la dinastía pollas a Liz Taylor por una millonada y nunca supo si lo recibió o si lo tiró a la basura con los huesos de sus mascotas). Luego comenzamos a perder propiedades, que nunca nos importaron, y finalmente, después de tanto derroche, descubríamos que sólo lográbamos aumentar nuestro patrimonio. No me preguntes cómo pero éramos más ricos que antes. Supongo que todo gracias a los tipos de interés y a nuestro equipo de abogados que velaba por nosotros y por su sueldo de los próximos años. No se explica de otro modo.

Lo malo tardó en venir, pero llegó (En esta parte Ibrahim se detuvo con especial atención; escupió dentro del vaso de plástico que tenía en la mano y siguió como si nada hablando) Lo malo jamás se hace de rogar, no tarda en venir, o quizá sea que no sepamos reconocer las nubes negras cuando se acercan. De esa mala época recuerdo sólo el miedo que comenzó a invadirnos. Fue como una gran nube paranoide sobre nuestras cabezas. De la noche a la mañana todo el mundo quería secuestrarnos, robarnos, descuartizarnos, arrancarnos las córneas y huir dejándonos tirados en una cuneta. ¿Tú sabes lo que es tener tanta pasta que no sabes qué coño hacer con ella? (Ibrahim enarcó una ceja y la mantuvo así largos minutos mientras se chupaba el azúcar del croissant que se había pegado a sus dedos) ¡Teníamos tanta que no sabíamos qué hacer con ella! ¡El dinero no se acababa nunca! ¡Se multiplicaba!

La siguiente etapa a la paranoia fue buscar al culpable de nuestro miedo. Y vino la sed de venganza contra todos los que nos rodeaban, fuesen quienes fuesen. Comenzamos a creer que habíamos identificado a quienes querían vernos muertos y, mi esposa y yo, decidimos vengarnos dando un gran susto a nuestro buffet de abogados, aquellos que alguna vez habían sido nuestros compañeros de trabajo. Esperamos a que acabara el año y organizamos, como siempre, la fiesta de la empresa: una discoteca preciosa, gigantesca, alcohol, regalos caros para todos y la promesa de mantenerles en el puesto. A medianoche, teniendo en cuenta que la gente ya estaba borracha, ordenamos a los encargados que bloquearan las puertas de emergencia para que no saliera nadie. Y luego cortamos la energía y les dejamos a todos entre tinieblas. Todo el mundo comenzó a gritar, sufrieron ataques de pánico, desmayos, atropellos, contusiones y heridas de gravedad. Meses más tarde aún pagábamos de nuestro bolsillo recuperaciones y sicólogos. Inexplicablemente fue la mejor manera, la más perversa y arriesgada, de asegurar la fidelidad de la gente.

Y sin embargo nos aburríamos. ¡Era inevitable! Éramos un par de inútiles. Cuanto más económicamente libres nos sentíamos, más asco nos daba de nosotros mismos, incluso un día, frente al espejo, vomité. En el espejo sólo vi a un hombre que no amaba a su esposa. Todo era mentira: las paredes de piedra de nuestro chalet, la chimenea, la terraza, el campo de golf donde la hierba crecía salvaje, la piscina gigantesca llena de moho, las fotos enmarcadas donde estábamos abrazados, la colección de galgos, caballos pura sangre, faisanes sueltos por el jardín, chinchillas paciendo libremente bajo los manzanos de manzanas podridas, gatos persas que dormían sobre los cojines de plumas destrozados, ¡Todo un zoológico! ¡Toda mentira! ¡Nada de lo que teníamos parecía ser realmente nuestro! ¡Nada nos hacía felices!

De la noche a la mañana, pasamos de la sensación de venganza, a sentir un recalcitrante aburrimiento. Cierta vez oí a alguien decir que “sólo la gente aburrida se aburre”. Así nos sentíamos nosotros. Me atrevería a decir que nos sentíamos como si fuésemos eternos y los días fueran siglos y siglos a través del tiempo. Frente a nosotros desfilaban personas que al instante olvidábamos, de fiesta en fiesta, de presentación en presentación, todo parecía no acabar y, por las noches, llegábamos a casa maldiciendo que jamás volveríamos a aceptar una invitación de Mr. X para ir a ver su bodrio de espectáculo, película, presentación de libro o inauguración de la birria que fuese.

Comenzamos a encerrarnos en el chalet; todo el día juntos, día y noche, encontrándonos por las esquinas, tropezando con nuestros cuerpos, desesperándonos, encogiéndonos. Todos los océanos jamás habrían borrado las huellas de nuestros pies desnudos en esa casa.

Los días pasaban como pasan las nubes sobre tu cabeza. Lentamente, con dolor parsimonioso. Llevaba días que no enviaba al chofer a comprarme ropa de firma porque no la usaba; al final, siempre acababa quedándosela él. Todos los días eran iguales. Me levantaba por las mañanas y la veía a ella en la piscina con un coctel en la mano y un cigarrillo; o hablando al móvil con alguna de sus nuevas amigas (alguna arpía de la tele a la que no prestaba atención) o toqueteándose las prótesis o untándose crema antiarrugas por capas y capas. Yo prefería vivir en pelotas porque así me aseguraba que ella no se acercaría a olisquearme la entrepierna. Sabía que me odiaba, por eso lo hacía.

Un lunes cualquiera, de los tantos en que me levantaba después del mediodía, tocaron al timbre insistentemente. Como nadie del servicio abrió me levanté en pelotas a abrir la puerta principal. Crucé el salón y vi a través del cristal a mi mujer bebiendo un cubata a la orilla de la piscina mientras las dos chachas limpiaban una moqueta deshilachada culo arriba. Creí adivinar que ella sentía placer al ver a dos inmigrantes trabajando mientras ella se rascaba el coño. La odié. Una bola de pelo ascendió por mi estómago, como les pasa a los gatos, y vomité con esta imagen tan repugnante. Caminé hacia la puerta descompuesto y la abrí. Un hombrecito vestido de cartero me miró de pies a cabeza para luego hacer una mueca como que estaba acostumbrado a ver a gente desnuda en los barrios ricos. Acto seguido me entregó una caja dirigida a los dueños anteriores del chalet (unos mafiosos rusos). Le cerré la puerta en las narices y abrí la caja con desesperación, como invadido por una extraña alegría que no sentía desde que el banco nos aprobó el crédito para abrir nuestro buffet. Dentro de la caja había una bellísima muñeca de cabellos dorados, vestidito rosa y hermosos zapatos rojos. Salí al jardín cubriéndome el rostro del sol del mediodía. Mi esposa estaba tirada en la tumbona hablando por teléfono con una amiga de Marbella sobre si le convenía grabar un disco con alguna marica productora para tirar algo de pasta (porque ella en la puta vida ha tenido arte para nada). Mi mujer se quedó con cara de boba y ojos vidriosos mirando la muñeca y cortó el móvil dejando a su amiga hablando sola. ¡Fue como una transformación! Su semblante se iluminó y pude reconocer en ella a la mujer de la cual me había enamorado. ¡Qué ilusión!, dijo entre hipos, ¡de pequeña siempre quise tener una Nancy! Y se la quedó. Se olvidó de beber, de grabar un disco, de escribir un libro con una editora que quería sacarle los cuartos y se enfrascó en la muñeca y en vestirla. Ese día encontró un nuevo sentido a su vida y yo, sin darme cuenta, me quedé rezagado sintiendo como la envidia me consumía. Ella ya tenía en qué ocupar su vida mientras que yo sólo me tocaba el nabo ¡Con lo talentoso que yo era! Ahora sólo valía para gastar dinero en trajes que jamás usaba y para mostrarles la polla a los animales del mini zoológico que teníamos en el chalet. A veces me sentía como Adán en el paraíso antes de que se creara la mujer: absolutamente solo.

Mi esposa se transformó en una eminencia en lo que respecta a la muñeca Nancy. Mientras yo me trepaba a los árboles del jardín como los chimpancés, ella se enfrascó en buscar información de la muñeca, contactar con fabricantes, vendedores, distribuidores, coleccionistas e, incluso, clubes de fans del juguete. Uno de estos clubs estaba dirigido por una abogada lesbiana que era el terror de todo este mundo porque defendía a rajatabla los derechos de autor de las fotos de las muñecas en los blogs internacionales. Esta abogada estaba convencida de que los derechos y copyrights adquiridos por Internet valían para algo. Era una soberana hija de la gran puta; rígida y déspota a la vez. El primer contacto que tuvo mi esposa con ella fue a través de una demanda porque mi mujer, inocentemente, usó tres fotos de su blog oficial para crear uno propio. La abogada ganó la demanda, pero mi esposa ganó experiencia. Al cabo de tres meses la presidenta del club de fans del país era mi esposa y para ello se había gastado quinientos mil euros en comprar casi mil muñecas de colección, comprar y registrar blogs, pagar a fans y dejar unos pocos miles de euros para enviar a dos sicarios a darle una paliza a la abogada ésta.

Mi esposa se volvió loca, se obsesionó. Atrás quedaba el hobbie inocente de pasar los domingos en el Rastro de Madrid buscando muñecas de colección para luego tomarse unas cañas con las del Club de las Nancys. Atrás quedaron las reuniones de admiradoras del juguete en el chalet – días en que tenía que vestirme para que no me confundieran con un mico – en que se juntaban sólo para hablar de tal o cual modelo de muñeca y de lo que harían en la próxima Gran Feria Nancy del año siguiente. Atrás quedó toda la fantasía que encerraba en su interior para dejar paso a la obsesiva compulsiva que sólo quería arrasar con cualquiera que se mostrara demasiado competitiva. Teníamos muñecas por doquier, a cada cual más hermosa, todas encerradas en vitrinas de exposición mirándonos con ojos dulces y llenos de odio a la vez, como miran los buitres a las hienas que mueren de sed en la estepa. Mi esposa se olvidó incluso de los planes de tener hijos y arrasó con toda la casa para llenarla de muñecas, incluso la habitación del que sería nuestro primer hijo o, al menos, del que deseábamos tener antes de ganarnos la lotería.

Lo siguiente fue ser la más famosa coleccionista de Nancys, la más famosa y la más poderosa porque incluso, gastándose todo lo que se gastaba en este hobbie, comenzó a tener beneficios por publicidad hasta incluso lograr que la marca decidiera volver a producir el juguete. Comenzó a dar conferencias, a viajar al extranjero y a dejarme solo en casa muchos días. Ya no le servía para nada.

Y así fue como desnudo y solo, me vi rodeado de los animales que se comían las flores del jardín: la pareja de chimpancés que se salpicaban con el agua de la piscina, los gatos que se columpiaban de las cortinas, el cerdo vietnamita que se comió la tumbona, los galgos que corrían libres tras los gatos persas. Y yo, desnudo y solo en el jardín como una especie más en libertad. Sólo entraba a casa cuando tenía frío o hambre o era de noche y me iba a la cama, hasta el día que aprendí a dormir a la intemperie. Un día ella no volvió de viaje. Un día ella no volvió nunca más. Comenzó a faltar comida en las neveras y los animales comenzaron a escaparse por la autovía que pasaba detrás del chalet. Yo salí de mi escondite, detrás de unos arbustos resecos, y vi que ya no había nada. Unos hombres desconocidos entraron a casa. Sentí vergüenza de mi desnudez y me escondí de sus voces. Cuando se fueron el chalet estaba clausurado y ya no podía entrar. Rompí un par de cristales y me colé en mi propia casa pero ya no la sentía mía. Salí por la noche arrastrándome por detrás de los cubos de basura y cogí ropa vieja que había tirada en un contenedor y comencé a vagar por la autovía por días hasta que llegué a este sitio y comencé a comer la mierda que la gente deja tirada por todas partes” (Ibrahim tosió con fuerza, luego comenzó a temblar de frío)

Por el altavoz del aeropuerto oí la llamada de mi vuelo y me puse de pie. Ibrahim ni siquiera reparó en ello. Mantuvo su postura cabizbaja y volvió a toser con aún más fuerza. Cogí mi maleta de mano y le hice una señal de que me iba, pero Ibrahim continuaba ignorándome, como si el tiempo se hubiese detenido. Le di la espalda y di un par de pasos en dirección al control de las puertas de embarque. Ibrahim me habló. Lo último que dijo fue: “Deshazte de ella”. Nunca más volví a saber nada de él.

Tiempo después me gané un premio de lotería bastante importante. Para esa fecha mi mujer ya vivía con el que era su amante y mi hija de vez en cuando me visitaba y me hablaba de su colección de Nancys. Acabé comprando el que había sido el chalet de Ibrahim, a las afueras de Madrid, y lo reformé. Vivía sólo. A veces me desnudaba por las noches en el medio del jardín e imaginaba que estaba en el Edén. Comencé a comprar animales y me hice de una pequeña selección de las especies más bellas: un par de gatos persas, unos galgos, un par de chimpancés, faisanes, un cerdo vietnamita, pavos reales y un caballo pura sangre. En las noches de verano me desnudo y salgo a dormir a la intemperie, bajo las estrellas, como al principio de los tiempos. A veces creo escuchar que hay alguien más, desnudo como yo, escondido tras los matorrales, olisqueándome, pero no. Estoy solo en este universo.

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