THA’ BOMB!


La gente y su obsesión por la seguridad.

La gente paga por sentirse segura; gente que jamás ha tenido confianza en sí misma paga seguros de vida, de hogar, de coches, garantías técnicas de productos, ¡todo! para sentir que alguien se responsabilizará por su inmensa inutilidad al momento se enfrentarse a un problema de la vida diaria. Inútiles, desconfiados, histéricas y malhablados; todos ellos contratan un seguro para sentirse responsables y cuando llega el momento de recurrir a ellos dan rienda suelta a toda su prepotencia e ignorancia (porque jamás se leen la póliza que han contratado y, con suerte, sabrán con qué compañía lo han hecho) ¡Lo quieren todo ya porque para eso pagan religiosamente una póliza que cubre todos los imprevistos y descubre toda la acuarela que constituye la estupidez humana.

Un día te levantas deseoso de liberarte de domiciliaciones bancarias y haces el intento de librarte de todas ellas aunque tengas que esperar al teléfono largos minutos y responder cuestionarios de calidad del servicio. Pero desistes. Es domingo.

Ese día te decides a probar en carretera tu coche nuevo con garantía de dos años y el sistema de alarma de seguridad por si intentan robártelo. Será un viaje muy seguro porque tienes tu póliza con asistencia en carretera por si te quedas tirado en el medio de la nada, el seguro de vida que el banco te exige con la hipoteca que te ahoga cada fin de mes, los contratos de telefonía e Internet que te mantienen on-line con el mundo, el seguro en caso que te pierdan las maletas en el aeropuerto (pero ese día no lo usarás), el de casa por si te dejas las llaves dentro o por si estalla el gas del vecino de abajo, el seguro médico en caso que te intoxiques con el bocadillo que comprarás en el área de servicio y el seguro de superprotección millonario que no sabes muy bien para qué sirve, pero lo tienes. Y marchas feliz porque sin duda será un viaje placentero. Te sientes seguro.

Tienes la sensación que la hipoteca te ha atornillado a una ciudad pero no importa. Es un paso importante en la vida de un hombre: tener un lugar propio donde vivir aunque tenga treinta metros cuadrados. Aunque la verdad, piensas que después de haber firmado ese compromiso con tu banco ya no podrás mudarte tan fácilmente de país. Te has robado a ti mismo: tu libertad de movimiento.

Antes de meterte al coche, insistes una vez más en llamar al teléfono de lo primero que se te ocurre para darlo de baja, digamos la póliza de superprotección del banco. Ocurre lo que sospechabas: te pasan de un teléfono a otro ¡Dios! ¡Nadie te super-protege! Finalmente cuando dejas de quejarte a una grabadora logras hablar con un ser humano que te dice que no sabe dónde remitirte para dar de baja el seguro en cuestión y que llames mañana porque no son horas. Cuelgas sintiéndote estúpido.

Te sientas al volante despreocupado y sales de viaje con tu coche nuevo. En casa, tu casa por la que te has hipotecado, quedan tus dos compañeros de piso que has cogido para paliar este gasto porque de otro modo con tu sueldo no llegas.

Conduces con la intención de irte a pasar el día a tu casa del pueblo, también asegurada, y poder disfrutar algunos días de ella.

¡Por fin un imprevisto! Ya estás preparado para usar la primera garantía que tienes disponible: te quedas tirado en mitad de la nada por culpa de una abrazadera que tu coche nuevo no trae para sujetar el manguito del turbo. Llamas a la asistencia, siendo conciente que quien te responderá está al otro lado del mundo trabajando por menos dinero y le pides que te ayude. Gracias a dios no tienes hijos, ni perros de caza, ni remolques con caballos, ni abuelas hemipléjicas que llevar en tu paseo porque resultan ser obstáculos para la asistencia en carretera. Te mandan una grúa para llevar el coche a un concesionario oficial que no conoces, te envían un taxi para llevarte a una casa de alquiler en un aeropuerto y al llegar a ella la de la agencia se da cuenta que tu tarjeta de crédito no tiene suficiente dinero para bloquear como fianza en caso que regreses el coche sin combustible. Protestas, llamas quince mil veces, insistes y te envían un taxi para llevarte a tu destino. Como ya te has amargado pides al taxista que te traiga a casa de regreso porque las ganas de paseo ya las has perdido.

El taxi te deja en el portal casi al anochecer, derrotado. No sabes donde se han llevado tu coche pero te da igual. Mañana llamarás y, después de unos minutos, la voz de la grabadora se tornará humana.

Al entrar a tu piso, que tanto te costó al hipotecarte, compruebas que en tu ausencia tus compañeros han organizado un after-hour dominguero con todos sus colegas de la facultad donde estudian y los vecinos han llamado a la policía para acabar la fiesta. No te da tiempo ni siquiera a tomarte una copa para pasar el mal trago, pero te tranquilizas fumando un cigarrillo que has encontrado en el lavabo del baño.

Cuando por fin se va el último de los extraños que invadía tu casa piensas en echar a tus compañeros, pero como ya es de noche lo dejas para el día siguiente. Hablas con una de ellos, con la chica y, educadamente sin perder los estribos, le dices que al día siguiente tendrán que limpiar todo.

Tu otro compañero de piso ha bajado a despedir a su novio, con el que se ha peleado al llegar la policía, pero sabes que regresará haciendo ruido porque se habrán reconciliado y se lo traerá de vuelta para tirárselo toda la noche en su cuarto con el consabido escándalo de gemidos que suelen hacer.

Minutos más tarde el chico regresa solo y sin dirigirte la palabra se va a su cuarto más ofendido de lo que estás tu.

Todo el mundo ya está en la cama. Mañana todo volverá a la normalidad.

A medianoche un silbido extraño te despierta y saltas al baño donde una cañería ha explotado y llamas al seguro de hogar, pero como es domingo, no vendrá nadie hasta el día siguiente para arreglar el desperfecto. Así que te toca cortar el agua. Tus compañeros te ayudan, pero de mala gana.

Te recuestas en el sofá del salón y no paras de escuchar a tu compañera de piso hablando por teléfono con su novio sobre lo hijo de puta que has sido al cortarles la fiesta. Y te pone verde y habla a viva voz para que te enteres que es de ti que están hablando. Por fin decide colgar y logras conciliar el sueño.

Son las dos de la mañana. Tu compañero de piso ha abierto la puerta a alguien y das por echo que es su novio que pasará la noche en su cuarto. Tienes tanto sueño que te da igual. Te levantas del sofá y te vas a tu cuarto.

A las tres de la mañana alguien toca el timbre de casa insistentemente como si fuera el fin del mundo. Abres la puerta de tu habitación y tu compañero de piso habla por el telefonillo con alguien que resulta ser su novio ¿entonces con quién está en su cuarto? Pues será otro.

Le escuchas hablar en susurros y vuelves a la cama pero cinco minutos después alguien está pegando patadas a la puerta mientras que en la calle alguien le da al timbre como si fuera una bandurria.

Sales al pasillo. Ya están todos despiertos. Tu compañera de piso semidormida te pregunta quién está golpeando como si fuera tuya la culpa. Tu compañero de piso se deshace en disculpas porque es su novio con el que lo ha dejado esa noche y por eso ha llamado a otro noviete de repuesto. Lo único que te incomoda es que ahora hay alguien en la calle que viene a meterle una paliza a quien se cruce en su camino. Amenazas con llamar a la policía. Tu compañero de piso sale a la calle y se queda allí muerto de frío intentando convencer a su novio cornudo que se vaya a casa y que lo suyo se ha terminado. Sin resultado, obviamente.

El chico vuelve a casa dando un portazo y aprovecha para sacar de su cama al novio de repuesto y lo larga a la calle sin importarle que se encuentre con el que le daba de porrazos a la puerta. Veinte minutos más tarde se escuchan voces y gritos en la calle, pero luego se hace un silencio sospechoso. El teléfono móvil de tu compañero de piso no para de sonar y éste termina hablando a gritos con no sabes quién.

¡Tienes tanto sueño! Rezas porque los romeos que se pelean en la calle terminen de disputarse a la maricona rompe-corazones y se abra de una vez la puerta del piso para que entre el triunfador con un ojo en tinta y se vayan todos de una vez a dormir. Pero no.

La maricona rompe-corazones sale a la calle a calmar los ánimos y vuelve a entrar solo, esta vez llamando a tu puerta para contarte que en la puerta de la calle ha tropezado con una mochila y unas cajas extrañas. Tu compañera de piso se despierta y llama a su novio para contarle todo lo que está pasando a todo volumen.

Llega el novio de la chica a casa. Son las cuatro de la mañana, también ha visto las cajas y la mochila con un equipo de dvd dentro y, como él está estudiando para policía nacional, decide sin consultarle a nadie que eso es una bomba artesanal que ha dejado el novio cornudo de tu compañero de piso. Y la paranoia en el ambiente se puede cortar con un cuchillo.

Te preguntas como un dvd puede servir para detonar una bomba, pero te auto convences que eso no te está pasando.

Por consejo del estudiante de policía decides llamar a los maderos que te piden todos tus datos desde tu nombre hasta la talla de calzoncillos que usas y al sonido de la palabra “bomba” escuchas al otro lado del auricular algo como sonidos de hojas frotándose entre sí que simulan el sonido del trabajo frenético y profesional. Ese sonido te tranquiliza.

Llamas a tu seguro de superprotección decidido a poner a alguien como beneficiario para cobrar una fortuna por la vida que estás pronto a perder por culpa de una bomba artesanal activada por un equipo de dvd. Hablas con una mujer semidormida que te toma los datos y te dice que ya te llamarán al día siguiente aunque para cuando eso sea quizá ya hayas volado por los aires: tú y los muebles del Ikea con los que adornaste tu piso de hipoteca de por vida.

Pasa media hora. Nadie viene a verificar si eso es una bomba o es un dvd metido en una mochila entre unas cajas inservibles. Eso es lo que has sospechado desde el principio, pero como la paranoia se puede palpar, nadie tiene tiempo de escucharte.

Bajas decidido a la calle a ver si algún policía se digna a venir pero nada. Sólo encuentras al novio cornudo en la esquina haciendo guardia muerto de frío y le das veinte euros para que se coja un taxi y deje de hacer el ridículo. Del novio de repuesto no hay rastro. Al volver al portal hay un par de chicos jalándose un par de líneas sobre los cubos de basura y decidido te vas hacia ellos y les pateas los cubos. Se quedan boquiabiertos y huyes antes que reaccionen dentro del portal. A tu espalda los chicos aquellos te gritan que te van a partir la cara y te das cuenta que unos de ellos es Taurinho, el dueño de tu bar favorito del barrio. Ya le pedirás disculpas por no haberle reconocido.

Al llegar al piso vuelven a tocar al telefonillo de manera insistente. Es Taurinho, tu amigo dueño del bar, que está como un enajenado porque le has jodido su último tiro. Vuelves a llamar a la policía y tu compañera de piso reza por que venga algún policía guapísimo de ojos azules a detener todo ese escándalo. Tu compañero de piso reza por lo mismo. El estudiante de policía manosea tus vinilos de los Rolling Stones

Son casi las seis de la mañana. La policía no ha venido y te vas a la cama esperando que, por una vez en la vida, la inútil fuerza de seguridad del estado no haga su trabajo y que lo que está en el portal sea una bomba de las de verdad que explote en mil pedazos el edificio completo, a tus compañeros de piso y al novio-estudiante de policía. Rezas también que la onda expansiva alcance en el taxi al novio cornudo; que explote Taurinho y sus gramos de coca, los cubos de basura, tus vecinos quejumbrosos y toda tu puñetera vida relamida apegado a un sinnúmero de seguros de vida y salud que no te garantizan ni la tranquilidad ni la seguridad que todo el mundo parece tener menos tu.

Amanece. Es lunes. Tus compañeros de piso se han quedado dormidos y no van a clases. La casa apesta a alcohol, cigarrillos y hay alguien durmiendo en tu sofá favorito: es el novio de repuesto que no sabes en qué momento entró a casa. Eso significa que has logrado dormir al menos dos horas.

Vuelves a dar el agua. El baño se inunda pero  tu has logrado ducharte con cuidado de no cortarte las plantas de los pies con los cristales de una botella de whisky.

Desayunas, haciendo un hueco entre toda la mierda de cajas de pizzas que hay en la mesa de la cocina y sales contento a la calle. No sabes porqué estás tan eufórico. Tienes tu casa invadida por dos irresponsables que tendrás que aguantar no sabes por cuánto más, no sabes donde está tu coche, tu tarjeta de crédito esta al mínimo y hueles a tabaco. Haces parar un taxi que te lleve al trabajo y al bajarte en Gran Vía con Callao el sol de la mañana te da en toda la cara. Te pones tus gafas de sol para disimular un poco tus ojeras. Antes de meterte a la oficina te beberás un café para despertar, pero mientras haces la fila se acerca a ti una indigente con un carrito de la compra y, sin mediar palabra, te da en la cabeza con un libraco y se marcha como si nada protestando porque la gente no ve el mundo con sus propios ojos.

El golpe te despierta completamente. Ya no es necesario café ni nada. Sales a la calle en búsqueda de esa extraña mujer, pero ya no está. Tienes la sensación que algo ha sucedido, algo mágico te ha cambiado. Te quitas las gafas y miras al sol de la mañana. Coges el móvil y llamas a tus compañeros de piso hasta que te responden semidormidos y les dices saboreando cada palabra como si deslizaras la lengua por el filo de una cuchilla:

– ¡Fuera de mi casa ya, hijos de puta!

Tiras tus gafas de sol. El sol brilla más.

Has tomado la primera gran decisión de todas las restantes que tomarás ese gran día.

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