UNA CIERTA NOSTALGIA

Fotografía: “Niña con bebé” – Renata Julga –

Observo cómo va desmenuzando, miguita a miguita, la masa del pan semi-crudo a los pajarillos que picotean bajo la mesa. La observo de lejos.

Hubo un tiempo en que fue una mujer temible, de mano pesada como un hierro y voz retumbona, pero ahora no es más que una viejecita quejumbrosa que no sirve más que para alimentar bichos. Mariquitas, les llama por ese nombre, y los pajarillos se acercan a picarle las pantuflas entre sus risas de vieja desgastada y friolienta. A veces la sorprendo con la mirada triste y perdida en sus cosas y otras la pillo mirándome fijamente, como si me conociera de verdad, y me suelta un “¡Qué me miras tanto, cabra floja, vete a mirar las cabras será mejor”. Mi madre ya no es la de antaño, ni yo tampoco.

Los días pasan apacibles en Salamanca, aunque en casa de mi madre pasan más lentos como el paso de una bandada de pájaros. Me levanto por la mañana y salgo de mi cuarto tropezando con el perro que sale corriendo a mear. Le echo una mirada triste a la cocina comida de mierda de hace siglos, llena de tarros de leche en polvo caducada, jarras de plástico con yogurt casero, ollas negras, tazas apiladas, cuadros y fotos viejas colgando de la pared y la piedra del suelo indecente que jamás nunca limpiaré. Me deprime la casa de mi madre, me deprime y enloquece. Bajo los escalones de piedra ennegrecida hacia el patio y voy al baño a ducharme con la ventana del baño que da a la calle abierta de par en par con la esperanza de que pase alguien, me vea desnuda e indefensa y me rescate. O al menos que alguien me vea. A esas horas de la madrugada no suele pasar nadie. Salgo al patio secándome el pelo y me hago la trenza frente al espejo de la pared con la peineta que clavo luego a la cola de caballo.

Todo lo que está fuera de casa está invadido por el parrón y todo, absolutamente todo, tiene un tono grisáceo por la ceniza del horno de barro. Observo lo que me rodea con palidez somnolienta: la piedra gigante semi enterrada en la esquina del cierre, los patitos aprendiendo a nadar en la acequia, el perro jugueteando con una manzana podrida y a mi madre que asoma apoyaba en el bastón pidiéndome que le haga el desayuno. Junto al baño, en el manzano donde cuelgo la ropa interior, se esconde el pavo esperando su ración de trigo majao. El gato duerme en el taburete de mimbre junto al fuego extinguido. El sonido del golpe del bastón contra la pared de adobe me despierta.

– ¡Priende el fuego que hay que poner las ollas!

Una vez quise dejar a mi madre a su suerte, más sola que el cañonazo de las doce de los antofagastinos, pero me arrepentí. Vagué despeinada por la avenida del Esfuerzo hasta toparme con el loco del pueblo, el que construye nubes, y me pidió un cigarrillo. Pobre desgraciado; le miré con pena como si me viese a mí misma desde el cielo y le dejé hablando solo como siempre. Me sentí tan mal ignorándole que deseé para mis carnes caerme de culo en el canal, allende el cerro, y ahogarme entre los  pirigüines. Seguí caminando por la calle hasta el Charap y bajé por la feria de la esquina. Era una tarde cálida de primavera, el sol caía anaranjado sobre las hojas de los árboles y calentaba mi mollera y mis pensamientos malsanos. ¡Vieja puta!, dije en voz alta y una mujer que pasó por mi lado dio un brinco del susto. La vi alejarse maldiciendo y luego me calmé pensando en lo que podía deberle a la bruja de mi madre, algo que justificara por qué había regresado a cuidarla a mis cuarenta años, pero no encontré nada que valiera la penuria. Desperté de mi odio mientras abría la puerta de una camioneta conducida por un chimpancé con casco minero que iba rumbo a Los Vilos. Desde ese día no he vuelto a salir a la calle después de alguna discusión con mi madre.

¡Niña!, me grita mi madre desde el dintel de la puerta, ¡Fíjese la sorda! ¡Oye! ¡Niña de mierda que no hacís ni juicio! ¡Si te viera tu taita!

Si mi padre estuviera vivo mi madre ya estaría muerta. ¡Qué puta manía tiene de santificarle en su santo reino! Mi padre era la cosa más inútil que parió mujer alguna. Se levantaba por las mañanas, pescaba la olla de porotos y se la llevaba entera pa la chacra y no volvía hasta la noche apestando a vinacho y dándole de golpes a las puertas hasta que encontraba la cama. Al día siguiente lo mismo otra vez. El único recuerdo bueno que guardo de él es que me mostrara los pájaros de la noche, aquellos que solo huyen cuando se esconde el sol: los murciélagos de Llimpo.

Cierta vez mi hermano no pudo acompañarle a encerrar los animales, porque estaba enyesado por una caída de caballo, y me cogió a mí de la coleta para que fuera con él. Durante todo el camino no dijo niúna palabra, na más dijo que era una maldición haber tenido una niña mujer y que apenas pudiera me iba a soltar la rienda para que me largara con el primer huaso bruto que me bailara la cueca, me diera una chorrera de cabros chicos y me moliera a palos. Y así lo hizo. Al primer mozo que me rondó le dejó que me llevara lejos. Cuando volví a casa, diez años después, golpeaba como un membrillo, mi padre había muerto pisoteado por un caballo, mi hermano se había largado con una camarera de un bar de Illapel y habíamos perdido todos los animales porque mi madre los había rentabilizado como pensión de viudedad. Yo le vine de perlas pa cuidarle en la vejez y no sé por qué no me negué. Simplemente me presenté en la que fue mi casa y me dediqué a cuidarla. Recuerdo ese día como si fuera ayer. Entré por la puerta y mi madre me esperaba tejiendo una colcha; al verme sólo exclamó: ¡Fíjese, cómo viene de murienta de atrá del cerro! ¿No traerás algún guacho bajo la pollera? ¡No amita, cómo se le ocurre!, le respondí, Dios no quiso darme hijos y si me los hubiera dao ni los hubiera traío pa que usté los mentara. Mi madre bajó la mirada y con un gesto de la mano apuntó a las ollas y el fuego del brasero. Recuerdo ese día como el de la derrota; vacía por dentro, hueca, sin hijos, sin familia formada y acompañada de un perro guacho que me siguió desde el cementerio. Nunca me sentí más abandonada, era, era… era como recuperarse de la alergia al llantén y darse cuenta que tu vida huele a mierda.

Mi padre solía contarme historias de sus encuentros con el diablo que siempre vestía de negro, montaba a caballo y le brillaban los ojos como el fuego. Mi padre siempre se encontraba con Él cada noche que volvía de trabajar: detrás del cerro, por la cuesta del molino, por Santa Rosa, husmeando en el cerro chico, aguaitándole desde el puente fiscal montado en su caballo negro. El diablo nunca le hizo nada. Mi padre ya tenía la vida bastante jodida como para asustarse con el malo. A mi madre le pasaba distinto. Mi madre vivía muerta de miedo porque el demonio se le presentaba como un perro negro de lengua roja que la seguía donde la veía hasta la puerta de casa. Una noche despertó gritando que sacara cagando el perro de encima de su cama. Esa noche me dio un susto de muerte. Estuve hasta las tres de la mañana dándole de golpes a la bacinica bajo la cama hasta que la vieja se calmó y siguió roncando. Yo me desvelé convencida que sólo me quiere pa espantarle los malos espíritus.

Mi madre está en la puerta cogida de la reja hablando con el de la leche de vaca. Le debemos dos semanas. Esta vieja tacaña no hay manera que pague las cuentas de una vez, siempre se queda debiéndole a la gente, es como si no valorara que el lechero viene desde Camisa a traerle el encargo. A veces, incluso, me da vergüenza salir a comprar porque ella va dejando clavos en todos los almacenes y, cuando vuelvo a casa, es siempre llorando porque escucho voces que dicen que soy “la hija de la bruja sinvergüenza que no paga” y nunca compro na. Siempre se me olvida comprar.

Esta noche podría irme de aquí para siempre ¡Un día me voy a ir a la mierda y no voy a mirar ni pa atrá!… Puras mentiras, como la canción, me encanta mentirme mí misma.

Llevo tanto tiempo cuidándola que he perdido la cuenta de los días y las horas. Ya ni sé si el ayer es hoy y si mañana ya pasó.

Todos los días hago las mismas cosas mientras mi madre se encoge más y más en la silla de mimbre con sus cuadritos de lana tejidos para una colcha que, si los juntara todos, mediría quinientos metros; la vajilla polvorienta en el mueble de la cocina, la mesa coja de madera, el parrón que no da uva, la caca de los patos, el vomito del gato, la cola del caballo donde clavo la peineta, el váter que huele a sexo aguado, la ventana de mi cuarto que da a la calle, la cama donde me duermo vestida por si hay que levantarse corriendo a despertar a la bruja cuando se ahoga, la radio que toca la misma canción de los “Cuarenta grados, nena” y la misma en invierno sobre “la maldita primavera”; la tele en blanco y negro sin antena, el mismo culebrón venezolano con la típica protagonista ciega, sorda, pobre, imbécil, abandonada por su familia junto al río y criada por una banda de maleantes, pero que termina siendo feliz con un galán guapísimo y rico (estoy en deuda con Corin Tellado por mi existencia de mujer-estúpida-traga-culebrones-mierdoso – autora de los mejores guiones odia-mujeres- que, si pudiera, le escribiría dándole las gracias por mantener mi culo pegado al piso de mimbre de dos a cinco de la tarde)

A veces me siento fuera de la casa, después de la novela, a comer duraznos con un cuchillo y a mirar el paso de las vecinas que traen a los niños del colegio. Las vecinas  hablan a mis espaldas y me llaman la loca, la llorosa, la fea culiá esa, la mula, la que no hubo quien preñara, la puta que se fue a un antro del pueblo del lado y ahora se hace la fina, la mala hija, la mala esposa y la mala todo. Las vecinas se han inventado tantas cosas de mí que han hecho mi vida hasta entretenida y todo.

– ¡Ojalá y me muriera! ¡Tengo una hija que ni se ocupa na de mí! ¡Por qué no te vas a la calle y te casas con el primer patapelá que te le cruce!

Ya estamos otra vez. Si no fuera por mí mi madre no tendría con quien hablar y olvidaría cómo usar las palabras. Es incapaz de verme tranquila y le hierve la sangre que pueda tener alguna clase de contacto con la realidad. Yo no la escucho; cuando se pone así de estúpida es que ni la escucho. Me busca la bronca por cualquier custión y al final termina haciéndome mala sangre y ella tan pancha. ¡Vieja eh’ mierda, ojalá y la enterraran viva!

Me meto dentro de casa a buscar la pala y la escoba pa recoger las cáscaras de durazno que he tirado. Entro dando un portazo y la veo de pie tambaleándose lanzando cosas al suelo con la mano sana y con el bastón dándole al perro. ¡Me vuelve loca cuando le pega al pobre! ¡Ojalá y me muriera ahora mismo de una vez! En el suelo luce en pedazos el primer juguete que alguien me regaló de niña: una manzana alcancía con un gusano tragamonedas. Ese ha sido el único regalo que recibí de niña y me lo dio mi hermano mayor, el que se fue con la camarera putingui de Illapel porque, quizá, se dio cuenta que mi madre era un cacho de mierda.

–      ¡Yo no tengo hijos! ¡Estoy sola! ¡Soooola! – grita con más fuerza para que las vecinas la escuchen y se piensen que la maltrato, pero ella se golpea contra la mesa y las paredes. Dentro de un rato se calmará y se quedará dormida en el suelo junto a la frazada de cuadritos de colores y yo la arroparé cuidando de no despertarla.

Pronto vendrá la policía, alertada por los vecinos, a ver por qué grita esta vez. Para cuando vengan yo ya no estaré; habré dejado escapar al perro por la reja y me habré ido por donde vine. Yo, en vida, quería mucho a mi madre aunque ella fuera una vieja bruta, pero es que ni muerta la soporto y menos aun cuando me mira a la cara pa hacerme saber que me ve y me oye perfectamente. Ni siquiera es capaz de agradecer el que me haya quedado cerca suyo para velarle en sus últimos días. Serán pocos los siglos que ella tenga, aferrada a su ridículo rosario, para dar gracias a Dios por tenerme como a un perro fiel, como una perra hambrienta que vuelve una y otra vez a lamer su mano arrugadita cuando se queda dormida tirada en el suelo.

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