VOCES AD LIBITUM

Fotografía: “Vietnam” (Renata Julga)

 

Ella sólo quería un poco de tranquilidad. En casa no le esperaba más que el televisor encendido.

Salió de la frutería del paseo de Delicias y caminó cabizbaja con la bolsa de la compra en la mano izquierda y una manzana verde en la derecha que le regaló el pakistaní que la atendió. Cruzó la calle pensando en qué podría hacer de cenar mientras buscaba el cajero que estaba al frente de la frutería pero era de otra sucursal y ésta le cobraría comisión. Miró el tráfico de los coches de la calle, que acababa de cruzar, y sonrió; al otro lado el frutero movía una mano despidiéndose de ella como si no la fuese a volver a ver jamás en la vida. Ella sonrió de nuevo.

En las escalinatas de la boca de metro de Delicias se detuvo en seco sin razón alguna, pensó en que le gustaba coger el metro para ir a aquella frutería y dió un paso en falso bajando un escalón – el olor de la hierbabuena le recordaba el aroma de su pueblo del sur-. Levantó la mano derecha hasta tener la manzana a unos centímetros de su boca y la olisqueó como quien admira un diamante robado. Retrocedió aquel paso en falso y cruzó la calle esquivando un autobús y un par de taxis que corrían con prisa a ninguna parte y se plantó en las puertas del cajero del banco que estaba junto a la frutería. El chico pakistaní le hacía señas con el pulgar levantado como si aprobara su cambio de opinión.

La oficina bancaria estaba junto a las mesas de una terracita de un bar atestado de chicos y chicas latinos, pero ella se quedó observando pensativa hacia el interior del habitáculo del cajero. Eran pasadas las dos de la tarde y dentro los funcionarios le ignoraron; se trataría de alguien que ha llegado tarde y tendría que volver mañana.

La bolsa pesaba mucho y la dejó caer al suelo. Calle abajo las naranjas del zumo se desperdigaron por la acera y uno de los camareros del bar se distrajo intentando atajarlas con los pies para traérselas de regreso. Ella se distrajo observando en el suelo una lechuga húmeda, un par de pimientos, un melón y dos peras de agua. Recordó que llevaba pintura rosa para pintarse las uñas de los pies y lo apretó en el bolsillo del vestidito con la mano libre. Dio otro bocado a la manzana y la dejó caer. No quería volver a casa, allí no había nada, quería un sitio para ella, una nave espacial para ella sola. El camarero se acercó con las naranjas que pudo recolectar y le preguntó si estaba bien. Ella asintió como si el chico fuese el azafato de la nave que le da la bienvenida, pero luego éste se alejo llevándose las naranjas al bar. Ella se miró en el cristal del cajero automático; estaba vieja, ajada, cansada y vacía. Quería volar. Llevó una mano hacia la puerta del cajero y la empujó. Una vez dentro se sentó en el suelo, sacó la pintura de uñas del bolsillo del vestido y se descalzó. El olor del esmalte rosa le abrió las fosas nasales y, delicadamente, fue pintándose cada uña con delicadeza; primero el pie izquierdo, luego el derecho y así vuelta a empezar, hasta que vio adornada cada una con una gruesa capa de pintura. Estiró las piernas en el suelo y se detuvo a pensar en lo bellos que se veían sus pies ahora pintados de aquel color de fantasía. Un sonoro clic clic le despertó. Una mujer, algo asustada, le miraba desde arriba. Sacó dinero de la máquina y le dejó caer desde lo alto un par de monedas que ella recibió con una sonrisa de oreja a oreja como si recibiera las primeras gotas de una lluvia veraniega, luego nadie más quiso entrar. Miró a través del cristal, hacia la calle, y vio que la gente se agolpaba para observarla como si fuese una atracción de circo. Yo solo quiero un poco de tranquilidad, les dijo, como si con eso la gente entendiera sus razones para encerrarse en un cajero a ver la vida pasar. Salga, le decían, queremos sacar dinero. Pero ella no entendía por qué querían invadir su nave interplanetaria si sólo había sitio para una persona y ya estaba completo. Buscaros otra nave que esta está ya casi en marcha, les decía moviendo las manos en señal de que se largaran, pero nadie hacía caso. Vino una pareja de policías e intentaron convencerla de que saliera de allí, pero no se atrevieron a entrar al verla descalza con las uñas de los pies tan pintadas. No tardaron en venir dos policías más que tampoco entraron porque parecían más enfrascados en reírse de ella hablando por radio a kilómetros de distancia. Un niño que iba de la mano de su madre propuso incendiar el cajero para obligar a la mujer a salir, pero un hombre le recriminó que esas no eran maneras y que no había razones para tratar a aquella mujer loca como su fuera una rana en un foso. La madre del niño se ofendió y le pidió al hombre aquel que no le dirigiera la palabra a su maravilloso hijo. El hombre se rió en su cara diciéndole que no tratara a su hijo como si fuera hijo de las infantas reales y, que si decía esas cosas de sicópata, era porque la madre estaba igual de psiquiátrica. En la calle  todo el mundo se enfrascó en una ridícula discusión sobre los derechos del niño a decir cuanta mierda se le ocurre y nadie paró de gritarse cosas obcenas hasta tener un ojo en tinta; dimes y diretes, insultos y calumnias, gente basta y aburrida que observaba a una mujer pacer a gusto tirada en un cajero con las uñas de los pies pintadas de rosa. Ella sintió frío, pero a la vez se sintió a gusto de no pertenecer al grupo que se peleaba por entrar a sacarla de su nave espacial y se protegió el rostro de sus miradas con la manga. Solo quiero estar tranquila, decía, ¿por qué el mundo te niega la paz? ¡Tú de qué vas, marciana!, le gritó un hombre mayor. ¿Te crees mejor que nosotros que quieres apartarte?, le gritó otro. Ella sollozó ante la violencia de la gente que quería obligarla a pertenecer a este mundo. La nave estaba a punto de partir y ella no se iría de este planeta sin decir lo que ella pensaba de él. No necesito información, les gritó, sólo quiero irme a casa en mi nave interplanetaria, a casa lejos de este mundo donde te cuentan cosas que no quieres saber.  La mujer se recostó en el suelo en posición fetal anhelando que las voces ad libitum poco a poco fuesen desvaneciéndose en la nada abismal. La nave pronto iniciaría el despegue y dejaría a las voces atrás. Pronto podría ponerse de pie y mirar por la escotilla; atrás quedarían todos los habitantes del planeta, cada vez más pequeñitos, atados a un hilo umbilical que les alimentaba de información como un cáncer social que no les dejaba vivir sin aprender algo nuevo a la fuerza y, así, hacerles partícipes de una pseudo realidad. Tanta información que te mantiene conectado online, intercomunicado para saber todo de tu vecino, pero que cada día te importe menos su vida. Un poco de soledad por favor, pensaba la mujer tirada en el suelo, ¡no quiero saber lo que pasa en Pakistán!, ¡A la mierda la política exterior de USA! ¡El fuego que rodea Moscú! ¡Las peticiones de amistad de las redes sociales! ¡El debate nacional sobre los toros! ¡La vida de los famosos! ¡Las fortunas amasadas por los primeros puestos de la revista Forbes! ¡Las drogas para vivir más años! ¡Más! ¡Más! ¡La gente quiere vivir más años y para qué! Una eternidad tragando lo que no quieres tragar. Deberíamos vivir treinta años y al día siguiente caer todos fulminados pero satisfechos de haber vivido; todos limpios sin contaminación informativa que nos arrugara el ceño, sin horas de televisión, sin tumores cerebrales que nos impidan el raciocinio, sin pastillas para dormir ni para despertarse, sin el hombre que te dice el tiempo, sin los que dictan las leyes que debes seguir, sin ciudades ni rascacielos, sin soledad virtual…

–       ¿Señora se encuentra bien?, le pregunta el chico pakistaní de la frutería.

–       Si, si… – dice ella despertando de su trance espacial – ¿Dónde hay un cajero electrónico por aquí?

–       Cruzando la calle – responde el chico – ¿Se encuentra bien?

–       Si, si… sólo es que necesito sacar dinero… aunque la verdad es que me vendría bien estar un rato sola, tener un poco de paz…

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