YO CONSTRUYO NUBES

Fotografía cartel en el Museo Dali, Berlín 2009

Me sucede últimamente que estoy distraído. No recuerdo qué viene después de alguna que otra letra y pa’ escribir esta parrada he tardado tres horas entre grito y grito de mi madre que quiere que me tome el Metohexital para la epilepsia. Hoy no me siento capaz de tomar Propofol. Ambos los tomo desde que era enano y por eso la gente piensa que soy así, como subnormal sin el “como”, pero yo soy inteligente pero que muy inteligente, de lo contrario sería incapaz de coser palabras en un papel ni construir nubes en el cielo.

Lo único que me gustaría de la vida es vivir tranquilo y estar todo el día en la esquina viendo la gente pasar pero sin que nadie me ignorara, sentado en las escaleras con mi hojas en blanco y mis lápices de colores dibujando las piedras del suelo.

Hoy no he ido al colegio otra vez porque me ha dado un amago de ataque y casi me trago la lengua. He estado empastillado y no iré al menos en dos semanas como siempre. Ya me tocará ir a la casa de todos los hijos de puta que van en mi curso a ver si me prestan los cuadernos. Seguro que nadie quiere.

A veces veo correr a los chicos detrás de una pelota, cuando me siento en las escaleras, y siempre me entran ganas de jugar con ellos pero no me dejan. Ya tengo casi quince  y ya deberían dejarme salir más allá del colegio pero no hay caso. Mi madre es así. Por eso me siento resignado aquí en las escaleras a ver la vida pasar.

Cuando me aburro construyo nubes en el cielo y les doy formas, nombres y colores con mis lápices y, a veces, incluso les dedico poemas porque siempre están allí arriba moviéndose lentamente como yo me muevo en este mundo. A ellas todo el mundo les mira porque son gigantes de leche derramada sobre nuestras cabezas. A mí todos me ignoran porque no me dejaron crecer como ellas.

Mi madre es profesora de la escuela básica y está separada de mi padre. Yo si fuera él también le hubiera enviado a la mierda. ¿Hay algo peor que drogar a tu propio hijo para que parezca normal ante los demás niños? Ella siempre estuvo convencida que me hacía un bien empastillándome de pequeño, pero con cada Propofol que me tragaba perdía una oportunidad única de ser normal. Por evitarme los sufrimientos de un ataque de epilepsia me ha evitado los sufrimientos de vivir.

Es duro crecer en un pueblo y que todo el mundo te ignore. A veces el vecino sale escondido de casa y se monta rápido en el coche porque está harto que le pida que me dé una vuelta por la plaza antes de tirar al trabajo. A veces preferiría que me trataran verdaderamente como el “tonto del pueblo” y me dieran una paliza. Hubo un tiempo que me metía en problemas y arrojaba piedras a los coches y a los niños pero todo el mundo huía como si llevara un elefante atado a la espalda. ¿Para qué combatir la epilepsia si al final, con un buen ataque y un buen par de berridos, el mundo sabría que existo?  No hay nada peor que el mundo se olvide de ti.

Soy bastante flaco y un poco feo porque me están saliendo unos pelillos en el bigote que sólo me afean más. Por más que me afeito y me afeito no hay modo que me crezca pelo en condiciones, son todo pelusas. Daría cualquier cosa por tener barba de tres días como un verdadero hombre y no estar como estoy: a medio construir. Los pies los tengo desproporcionadamente grandes y los brazos muy largos como un chimpancé. La ropa me queda algo pequeña pero puede decirse que ya me da igual porque sé que estoy condenado a vivir como se le antoja a mi madre; como un epiléptico sin derecho a una vida normal.

A los diez años comencé a escribir y a dibujar. Incluso participé en el colegio pero me descartaban de todos los concursos de poesía porque pensaban que el Propofol me ayudaba a escribir mejor. Lo que pasa que en este pueblo de catetos nadie tiene talento más que para jugar al futbol y para coger el azadón. Si no fuera por el Propofol, y que soy epiléptico, estaría también como los demás trabajando en alguna finca para tener algo de dinero para gastármelo bebiendo como hacen todos los chavales que se ven atrapados en este pueblucho de mierda. Quizá parecer enfermo no esté tan mal, aunque si miro al futuro, no quiero transformarme en el imbécil que se quedó en las escaleras y, que cada verano, vienen a visitar los niños que crecieron con él ahora con sus hijos y nietos.

Y aquí estoy. Otro día en las escaleras. Unos años más tarde, flaco, largo, con la ropa que me queda pequeña, con un bigote de pelusilla que me hace ver ridículo y epiléptico de los que jamás han tenido un verdadero ataque.

El fin de semana pasado, sin ir más lejos, vi mi futuro justo frente a mí porque vinieron al pueblo unos amigos de cuando era pequeño y fueron los primeros en años que me dieron la mano y me dijeron:¡Tío, estás igual! Pero por detrás una de las chicas del grupo dijo que yo ya tenía alguna arruga en la frente y eso me devolvió la fe. Al menos algo en mi cara había cambiado y dejaba su huella. Cuando ellos se regresaron a la ciudad, y dejaron de saludarme una vez al día camino a la piscina, volví a mi rutina de siempre de sentarme en las escaleras a ver la gente pasar.

Un día dejaré de tomar las pastillas para los ataques. Por su culpa jamás he tenido un ataque en condiciones: echarme a gritar, soltar espuma por la boca, tragarme la lengua y dar de patadas en el culo a mi madre como un poseso… No tendré yo ese placer se sentir en mis carnes un remezón apocalíptico y reventar como un sapo hinchado. No lo tendré jamás.

El mundo hay que cambiarlo, pero más importante aun es cambiar el mío que llevo dentro. Hoy pinté nubes de colores rojos y violetas acechando una ciudad de concreto – que estoy seguro existe detrás de las montañas – y me asusté. Siempre las pintaba blancas, espumosas, gráciles e inofensivas. Hoy las nubes parecían vivas en el papel y comenzó a soplar un viento invernal que me hizo estremecer de frío. Me paré de las escaleras y escupí como un chico adulto. La chica de la ventana de la casa de al lado me ofreció un cigarrillo riendo y arrojándomelo a los pies como si yo fuera un perro sarnoso. Ya no me ignoran, pensé, ahora me ven y me denigran. Algo es algo.

Lo tengo todo en mi bolso. Lo he pensado todo el día. Lo tengo todo en mi bolso. Ahora escucho música con unos cascos y un reproductor que me regalaron para mi cumpleaños y ahora las nubes vuelven a clarear cada vez que escucho música de otros sitios en otros idiomas. Ahora las nubes se mueven más aprisa y les sigo dando grandes zancadas. Las nubes van hacia el puente del pueblo    que pasa sobre la autovía a gran altura. Yo sigo las nubes que construí; todas son blancas e inocentes, me dicen que les siga donde me lleven porque ellas van a sacarme de ese agujero. ¡El loco de las nubes, ahí va el loco de las nubes!, me gritan los niños y me siguen en sus bicicletas dándome de patadas y escupiéndome. ¡Era eso! ¡Sólo debía moverme para que todos vieran que existo!

Me reclino con la espalda en el concreto del puente y por fin siento frío y la brisa acelerada en la cara mezclada con el polvo de los autobuses y los coches que me silban al pasar junto a mis orejas. La mano dentro del bolso. La mano rápida dentro del bolso porque las nubes están esperando por mí. Una pelota de tenis en mi mano y un cuchillo afilado en la otra para hacer un pequeño corte en ella y rellenarlo con cabezas de cerillas rojas como cabecitas de hormigas carnívoras que encierro dentro de la pelota con un buen trozo de cinta adhesiva negra por donde se escapa una mecha mojada en alcohol de quemar. Muchas pelotas llenas de hormigas de cabecitas rojas. La mochila llena de ellas y un mechero blanco, blanquito de llama traviesa.

Abajo, en la autovía, coches llenos de los seres que me ignoraban.

¡Yo existo! ¡Sabéis! ¡Estoy aquí! ¡Yo soy!

Las nubes, dentro de mi mochila, con formas de pelotas de tenis pequeñas que pronto serán adultas volando por el cielo, las hermosas nubes. Las nubes que yo mismo construí con cabecitas de hormigas rojas que cacé dentro de una caja de cerillas.

¡Las nubes nos odian, por eso se van lejos!

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